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Tratados de la Demasía

08.01.2009 | 0 Comments

Esta vez les traigo un cuento del escritor chileno Eduardo Correa, que retrata en forma vívida el paisaje y el "ambiente  interior" del personaje.

Los invito a leerlo.

 

Tratados de la Demasía

“Lo más maravilloso de la vida parece ser que casi desconocemos nuestras posibilidades de autodestrucción.”
Diarios. John Cheever.


No era Roma, el letrero no decía en parte alguna que era Roma, pero podría ser al menos su equivalente, aunque no había foro, ruinas  ni coliseo.

Traté de mirar lo más lejos posible y sólo se vió el desierto.

 Giré y el desierto siempre fue el mismo. Saqué una sola conclusión: estábamos perdidos, irremediablemente perdidos y el maldito sitio al que estábamos llegando no era Roma. (certeza absoluta).

¿De dónde crestas había sacado la idea de que íbamos a llegar a Roma?

 Quizás fuese eso de que todos los caminos conducen a….

 Una gota de sudor bajó por el costado de mi rostro, luego otra, y otra más. Entonces me di cuenta del insoportable calor y de que tenía una sed enorme.

Miré el asiento trasero del automóvil y vi las latas de cerveza casi ardiendo bajo el sol.

 Abrí una y escupí violentamente el primer sorbo.

Era lo único para beber hasta que llegáramos a alguna parte, o al menos a alguna estación de gasolina que hubiese en los próximos kilómetros.

 Evalúo la situación junto con detener el vehículo.

 Los Ray Ban me  permiten ver mejor sin achinar tanto los ojos. 
Al mirar al asiento de su lado, la puedo ver.

Me doy cuenta de que duerme. Habíamos  bebido, al menos, dos botellas de vodka y consumido unos ansiolíticos. Había colocado un casette de John Lee Hocker y luego ella había entrado en un profundo trance.

Durmiendo había cambiado la música por Billie Holiday y no sabía cómo había seguido por el camino.

¿Dónde estaríamos?

Y si Roma estuviera cerca y no supiera. Y si todo no fuera más que una broma de muy mal gusto, un chiste o una equivocación en la linealidad del espacio.

Si no lleváramos este cargamento en el portamaletas, si todo no fuera más que un viaje de enamorados.

 Y si al policía de esa BMW no se le hubiera ocurrido detenernos en algún lugar, y si ella no hubiera disparado al rostro del policía , que cayó dando tumbos  en la zanja al lado del camino, quizás ya estaríamos en Roma, cenando y bebiendo en un buen ristorante, sabiendo que en alguna pieza de algún  hotel nos esperaba una gran cama cómoda y amable , por toda la tarde.

Ahora el motor se detuvo. Traté de hacerlo arrancar y sólo un ruido desagradable se me pegó a los oídos.

-¡Mierdas!

Repetí la misma operación, hasta que la luz que indicaba la carga de batería terminó por apagarse.

 Nuevamente silencio.(             )

El sudor ahora salió del  jockey y bajó por pleno rostro.

 Me saqué la camiseta de Marylin Manson, negra, sudada y sucia, la misma que ya llevaba usando tres días.

Bajé del auto y me apoyé en el capot rojo. No vi a nadie en ninguna dirección. 

 Éramos los únicos en el camino,  en miles de kilómetros.

Quizás era  porque ella estaba en cualquier otra dimensión.

 


Decididamente comencé a caminar siguiendo un hipotético eje blanco en medio del camino;  la huella que  separaba lo  posible de lo imposible.

Caminé muy rápido , con la convicción absoluta de que iba a llegar a Roma,  y no me importó nada más en la vida. 



Mojave. Abril 2001.

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