Yo, Porcina
Jun. 25 , 2009
En el Salón Oval de la Casablanca, cuando la prensa chilena gastaba su privilegiado tiempo de preguntas al hombre más poderoso del mundo pidiéndole ir a sacarse fotos al jardín, podríamos haber confirmado en vez si los archivos secretos de la Nasa guardan contactos con extreterrestres. Incluso esa respuesta evasiva habría sido más útil al mundo.
Ví el espectáculo de nuestros mejores periodistas en terreno, desde mi cama. Con porcina. La tengo. Me llamaron de enfermería del colegio de mi hijo mayor (9 años) la semana pasada. Fiebre súbita, dolor de cabeza, y esa miradita de enfermo que no sentía hace tanto tiempo. Me dijeron que lo más problable era que fuera la porcina (es tanto más cómodo hablar de ella así), pero que me lo llevara a la casa y lo controlara con paracetamol, líquidos y regaloneos, capeándome la carrera de obstáculos en centros médicos. Si Teo es un niño promedio sano, era seguro que mejoraría. En la casa, ya metidos en la cama y regaloneando (gel matabichos de por medio, pero calcule usted cuidar a un hijo enfermo, dormir con él todas las noches y no contagiarse. Contemos además que para colmo el virus se contagia un día antes de mostrar los síntomas en el paciente), afrontamos al destino.
Pasada la primera noche y la peor de todas, asesorada por nuestro pediatra homeópata (¿Sabía usted que el tamiflú tiene como efectos colaterales -reconocidos- naúseas y vómitos?), y avispada cada dos horas para repartir decenas de globulitos... saqué cálculos. Seguramente yo no llegaría invicta más allá del martes.
Y así fue. Cruzando los dedos para no haber contagiado ni a marido ni al otro hijo y que esto se quede acá, les digo que es un maldito virus. El cuerpo me duele entero, en las noches me desvelo porque no encuentro la posición para dejar de sentir las articulaciones aporreadas. Pero no es más que una gripe fuerte y mala, y el número de muertos anuales por gripe (mayor que el H1N1), nunca fue noticia ni motivo de histeria antes.
Otra de los medios.



