La primera vez
Dec. 26 , 2008
El título no se refiere a ningún tema sexual, sino al primer encuentro y sus desafíos.
Una persona X (autodefinido como tímido), un día determinado, tiene una cita con alguien que le interesa mucho. Se prepara con tiempo, elige la mejor tenida, se perfuma. Visualiza el escenario de encuentro. Sale hacia la cita, pero de acuerdo a las maléficas y conocidas leyes de Murphy, algo empieza a funcionar mal. Demasiado tránsito, semáforos que nunca cambian de luz, un accidente inesperado que lentifica aún más la circulación. En definitiva: retraso. La tranquilidad inicial da lugar a una ligera ansiedad, se mira una y otra vez el reloj, y con cierta angustia se comprueba que se esta haciendo tarde, muy tarde. Al llegar al lugar del encuentro se constata que M., la otra persona, está un tanto irritada por una espera a la que no está habituada. Con una sonrisa encantadora X explica las razones del retardo, que son aceptadas con amabilidad, pero con cierta distancia. A partir de allí X empieza a perder terreno, nunca logra ponerse cómodo, y M empieza a aburrirse, X nota esto, y redobla sus esfuerzos por parecer simpático, inteligente, seguro, exitoso, sensual. Cuando en realidad nota su boca seca y cierta sudoración molesta en las palmas de sus manos. Su empeño seductor choca contra las miradas distraídas de M. y finalmente la cita terminará en vagas intenciones de reencuentro, que probablemente nunca se llevarán a cabo.
El desarrollo de este proceso comienza en el momento en que se produce una dificultad, un tropiezo, que genera una situación de inseguridad. No cabe duda que todos hemos pasado por un momento similar en nuestras vidas: ese no es el problema, sino la sensación resultante de fracaso, de inhabilidad. Nuestro personaje, X, salió del encuentro con su autoestima por el suelo. Pero para él puede ser una excelente oportunidad para entender el proceso por el cual se insegurizó, y por el cual comenzó a mostrar un personaje exagerado y poco creíble. Para X el encuentro fue cada vez más un examen de sí mismo y de sus capacidades, e inconscientemente puso a M en condición de evaluadora. Él se sentía autoexigido, ansioso y en riesgo, peleaba contra lo que sentía un rechazo, sin entender que cuánto más exageraba sus conductas, menos cercanía obtenía. La ansiedad se expresaba además en una ligera sudoración de las palmas de las manos, que le demostraba lo nervioso que estaba. Esta retroalimentación negativa es precisamente una señal íntima de peligro, complementada por un pensamiento complementario “no sé qué hacer”, “ella no está ni ahí conmigo”. Y así funciona una escalada constante hasta que la persona se siente completamente fuera de lugar o simplemente asustada.
En la situación que describí se presentan dos elementos que combinados tienen un efecto devastador: Autoexigencia y ansiedad. El señor X de la historia pasó sin escalas de la intranquilidad a un ataque agudo de ansiedad, en este proceso se combinaron cuatro elementos: el ambiente, las emociones, los pensamientos negativos y las respuestas físicas. Comúnmente las personas atribuyen al ambiente, a los sucesos externos o a la acción específica de otras personas la responsabilidad de sus padecimientos emocionales. Se percibe al mundo exterior y a los otros como responsables directos de las desventuras, y se actúa defensivamente frente a lo que se siente como un ambiente hostil. Los/las otras aparecen como agresivos o intrusivos o persecutorios o distantes.
Ya decía Shakespeare “las cosas no son buenas ni malas, solo la mente hace que lo sea”, esta intuición psicológica del gran escritor revela el modo en que las experiencias individuales y las creencias dan forma a lo que se percibe. La respuesta de cada sujeto no sigue una pauta previsible y general, sino que pasa por el filtro de la capacidad de los individuos para reaccionar ante cada situación. Hay varios modos para intentar romper el circuito de temor, que tal vez X pueda llevar a cabo en su próximo encuentro, con M (si es que ella le diera otra oportunidad) o con cualquier otra persona. En la vida cotidiana, abundan los ejemplos donde la autoexigencia y la ansiedad combinadas inhiben, bloquean o definitivamente impiden a las personas conectarse con las situaciones de placer. Pero si no se toma a la ansiedad como una causa sino como una consecuencia de los factores emocionales que la desencadenan y que muchas veces no son percibidos, es posible articular herramientas para disminuir su impacto. Una persona puede aprender a regular por distintos medios el territorio de sus emociones; a cambiar los patrones de pensamiento que desde la exigencia le producen ansiedad. Otros pueden aprender a reconocer los signos de tensión y desarrollar modos de informar al cuerpo cuando debe relajarse. Y por último están aquellos que deberán modificar los escenarios que conducen a una reacción de alarma, para reemplazarlos por otros donde se sientan más seguros y confiados.
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Posted by margarita on December 26, 2008 at 08:24 PM CLST #
Saludos!
Posted by Sofía on December 28, 2008 at 12:05 AM CLST #