Roberto Rosenzvaig

Sexualidad y pareja

 

Orgasmo femenino

Jul. 31 , 2009

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¿A quién le importa tener un orgasmo? Vaya pregunta. A todos parece la respuesta obvia, incluyendo a mujeres, hombres, adolescentes, adultos y ancianos. Sin embargo y aunque aparezca como un deseo universal los signos que lo identifican no son tan claros para cada uno. Comencemos por definir el origen de esta palabra: orgasmo significa etimológicamente “agitación, ardor”, para los griegos tenía un significado más subjetivo y literario: “yo deseo ardientemente”.

La poetisa griega Safo describía el orgasmo de esta manera: “El sudor corre por mi cuerpo, me estremece un escalofrío, me vuelvo más verde que la hierba, ya falta poco, me siento morir”.

Lady Chatterley, el personaje al que dio vida D.H. Lawrence,  lo comparó con “las campanas al vuelo”.

El orgasmo significa entrega, descontrol, amén de cierta pérdida de conciencia que los franceses llamaban petite mort lo que traducido se entiende por pequeña muerte.

Científicamente, según los investigadores modernos de la fisiología sexual, puede entenderse como un breve episodio de liberación física de tensiones musculares acumuladas durante la relación sexual que se manifiestan en contracciones rítmicas a nivel genital, aunque también comprometen al resto del cuerpo. Estas contracciones, que se producen a intervalos de diez segundos, permiten liberar la congestión sanguínea de la pelvis y son sumamente placenteras para ambos sexos porque producen sensaciones de alivio y relajación de la tensión erótica acumulada durante la relación sexual.

Un interesante experimento realizado por el investigador Gerst Holstege, de la Universidad de Groningen, en Holanda, utilizando un escaner de emisón de positrones, mostró qué sucedía en el cerebro de varones y mujeres durante el orgasmo: "Lo más interesante que encontramos fue que durante el orgasmo todas las regiones del cerebro relacionadas con el miedo o la alerta se apagan, y esto es algo que nunca habíamos visto", explica este experto. El orgasmo produce una especie de trance; nos aleja del miedo y de la ansiedad, y en el momento del clímax sobreviene una especie de apagón momentáneo del cerebro.

Hay sutiles, aunque importantes diferencias entre los orgasmos de ellos y ellas. En las mujeres, el apagón es mucho más acusado que en los hombres, aunque en estos últimos los centros del miedo también se desactivan.

En resumen: las sensaciones físicas y las sensaciones subjetivas de placer se unen para producir este estado que es natural y espontáneo para algunas y sólo un secreto anhelo para otras.

Sin embargo la capacidad orgásmica es inherente al ser humano, no se requiere ningún estado psicológico especial para lograrlo, se diría que inversamente, lo que muchas mujeres hacen, es reprimir esta aptitud natural.

Cuando ellas llegan a la consulta diciendo “soy frígida”, término en desuso, pero que aún se escucha por allí,  llevan adherido un rótulo a su sexualidad que las descalifica ante sí mismas y ante su pareja. Esta palabra parece significar ausencia de sensaciones y placer, pero en la inmensa mayoría de los casos se trata de mujeres que disfrutan parcialmente de la experiencia, pero no logran ningún tipo de clímax similar al de su pareja sexual, es decir son anorgásmicas.

Los estudios estadísticos muestran que cerca de un 10 por ciento de las mujeres nunca han alcanzado la experiencia orgásmica, ni individualmente (por masturbación) ni a través de una relación sexual.

Hay mujeres que se interrogan a sí mismas y a su cuerpo, para saber si alguna vez alcanzaron esa respuesta placentera. Dicen – yo no sé si tengo orgasmo o no-  si no lo reconocen lo más probable es que carezcan de él, sin embargo algunas tienen respuestas tan mínimas que no las registran como tales. La verdad es que no las amplifican, porque las contracciones musculares no son placenteras en sí mismas, sino que nosotros mismos hacemos que las sean a través de nuestro cerebro emocional.

En la vereda opuesta están quienes llegan a un orgasmo placentero casi sin deseo, sólo por fricción. Reconozco que nunca dejan de sorprenderme estas mujeres que se sienten muy lejanas de su pareja, que comienzan los encuentros sexuales totalmente presionadas y que sin embargo alcanzan casi sin dificultades su orgasmo.

Otras mujeres, un 20 por ciento, llegan al orgasmo sólo por estimulación directa del clítoris por caricias manuales, orales o por una posición que favorezca un contacto muy estrecho entre los genitales del varón y esa zona destinada por la naturaleza a ser receptora de sensaciones. Aunque esta forma de acceder al orgasmo les puede generar dudas en cuanto a su “normalidad”; dicha confusión proviene de un viejo malentendido por el cual se entiende que el único orgasmo verdadero, natural y completo sería el obtenido por y durante la penetración vaginal. El llamado orgasmo vaginal, al cual llegan cerca de un 60 por ciento de las mujeres. Sin embargo el mito que debemos disipar es aquel que afirma - sin ninguna base coherente de sustentación - que las mujeres que no lo obtienen son menos maduras sexualmente que las otras que si lo logran. Su forma de llegar al clímax es diferente, pero no por ello menos placentera.
 
El problema surge cuando los varones se empeñan en que su pareja logre un orgasmo por penetración, como en una especie de desafío a sí mismos y a su capacidad de otorgar goce sexual, más que por una verdadera preocupación por su compañera a la cual acarician sin verdadero interés, casi mecánicamente. Esta falta de estímulo físico y afectivo genera barreras para la expresión del placer y puede terminar por inhibir la propia capacidad orgásmica de la mujer.

Para la mayoría de las parejas de la cultura occidental contemporánea, la penetración está precedida de juegos previos, que usualmente incluyen estimulación en el área del clítoris. Los que así lo hacen aumentan las posibilidades de orgasmo, los que no, aquellos que sienten que las caricias compartidas no son más que un prólogo obligado, fuerzan negativamente el encuentro, centrando la posibilidad de goce exclusivamente en la fricción entre pene y vagina, lo que correlativamente disminuye las posibilidades orgásmicas.

Las terapias sexuales centradas en el objetivo de lograr acceder a ese esquivo orgasmo se han mostrado efectivas para aquellas mujeres, similares a una recordada paciente de 70 años quien decía “no quiero morirme sin haber sentido esa sensación”.

Muchas mujeres se preguntan si pueden tener ambos tipos de orgasmos, o si pueden pasar de uno centrado en el clítoris a otro centrado en su vagina durante la penetración. Todo es posible, pero no se debe caer en el error de creer en que ello es imprescindible para la felicidad sexual, ésta es demasiado compleja y rica para ser reducida sólo a la capacidad de tener o no orgasmos.

En el encuentro sexual lo más importante no son los logros mecánicos, sino la capacidad de darle al otro aquellas cosas que lo hacen sentir entendido y aceptado, para mujeres y hombres esto determina el verdadero sentido del éxito.

 

Problemas sexuales en varones jóvenes

Jul. 23 , 2009

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La presencia de estas dificultades en menores de 30 años son una novedad, un cambio que establece una clara diferencia entre esta generación y las anteriores. No voy a afirmar-porque sería absurdo- que los jóvenes carecían de problemas sexuales en el pasado, lo que es notable es como se preocupan hoy por cambiar esas conductas y mejorar la calidad de su vida sexual. Antes trataban de disimular o de invisibilizar el conflicto, hoy lo asumen como un escollo al que hay que superar.

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Estabilidad y cambio, dos caras de la vida en pareja

Jul. 13 , 2009

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Vamos a partir de una premisa esencial: todo el mundo cambia con el paso del tiempo, algunos con sentido positivo y otros negativos. Una amiga periodista, Paula Olmedo, escribió estas palabras que transcribo aquí:
“Conozco una persona que apenas ve televisión y no disfruta demasiado yendo al cine. Le atrae la música, eso sí, y los bailes. Reconoce cuando un actor sabe hacer su trabajo. Un día, va al cine y ve un film clásico; Cantando Bajo la Lluvia. Se fascina. No puede creer lo que está viendo. Una película fantástica, un gran actor, bella música, coreografías perfectas, gracia, encanto y alegría.
Sale feliz del cine y guarda esas imágenes en su mente durante años.
Es que no tienen idea cómo disfrutó esa película.

Por eso cuando años más tarde vio que la vendían en video, no dudó en comprarla. Y se emocionó como la primera vez cuando vio aparecer a Gene Kelly. Gozó viéndolo bailar, moverse, cantar. La vió muchas veces, siempre en el mismo living, siempre sentado en el mismo sillón, tomando Coca Cola con hielo. Le encantaba repetir el rito: película, sillón, Coca Cola con hielo.

Hasta que un día, dejó de disfrutar las canciones, los bailes y empezó a verla como una película tonta, una comedia inútil, simple, ingenua y hasta mal hecha. Empezó a creer que había muy poco de espontaneidad en el trabajo del actor y notó que había ensayado sus pasos mil veces, hasta saber exactamente en qué punto iba a poner el pie y cuánta agua iba a saltar con su gesto. Cómo iba a mover el paraguas y qué tenía que hacer para que en ese instante el actor que hacía de policía supiera que debía entrar en escena y mirarlo feo por estar saltando de posa en posa. Ya no creyó nunca más que Gene Kelly estaba contento y enamorado. Lo había visto tantas veces repetir lo mismo, que nada le parecía natural. Era todo una gran opereta.  Le desilusionó el set de cartón piedra, el agua que caía exageradamente sobre los adoquines y el actor que nunca, nunca olvidó su canción ni tropezó. Lo aburrió su rutina perfecta”.

Personalmente he visto lo mismo en decenas de parejas. Empiezan felices y fascinados uno con el otro, llenos de emociones positivas. Pero luego de años de convivencia recuerdan los primeros tiempos como un sueño que se desvaneció. Lo que les pasó es que con los años evolucionaron, cambiaron y en algún momento miraron al otro y en vez de ver a esa persona que los hacía vibrar y saltar de contentos, encontraron a un extraño.
No todos están condenados a este final, porque ello depende de la capacidad de entender y acompañar los cambios que cada uno va produciendo en las distintas áreas de la vida. La evolución y el progreso individual se expresa de distintas maneras, las necesidades se modifican y lo que fue suficiente deja de serlo. Es casi imposible mantenerse estático.

“Antes no eras así”, esa es una frase demoledora, que quiere expresar la angustia frente a las diferencias que no se entienden.
Una pareja está compuesta (como su nombre lo indica) por dos personas y como tal está expuesta tanto a los cambios individuales como los que afectan a la relación en sí misma. Los estudios sociales muestran que a lo largo de la vida el cambio es más común que la estabilidad, particularmente en el campo de las creencias, valores y actitudes, de allí que muchas personas se vuelven prácticamente irreconocibles a su pareja, que no comprende ni recuerda aquello que hizo nacer el amor y la pasión en el principio de la relación.

 ¿Que es lo que se modifica en una pareja con el correr del tiempo? ¿Que es lo que mejora y que empeora?  Sólo teniendo estos aspectos claros parece posible para las parejas prever los sucesos desfavorables y promover los deseables.

Una idea general asocia incorrectamente la prolongación de la vida en común como un elemento principalmente negativo para el vínculo amoroso. El cansancio y el aburrimiento no dependen de los años en si sino de las acciones que las parejas llevan a cabo durante ese período. Muchos creen que los vínculos que se inician tienen una sexualidad más placentera que otras con un largo período de convivencia. Esta suposición parte de la falsa premisa de asociar buen sexo con  el apasionamiento de cuerpos jóvenes y formados y principalmente con el rendimiento atlético en la cama, herencia de una cultura que ha instaurado como modelo único de belleza y éxito sexual a aquel que se asocia con la juventud y la exterioridad. De acuerdo a este mito la sexualidad quedaría supeditada a la calidad de la erección y al número de repeticiones sexuales que sea capaz de alcanzar una pareja.

 Sin embargo, lo cierto es que nadie nace sabiendo, y que la madurez también puede hacer a las personas más sabias a la hora de hacer el amor, tal como lo demuestran las investigaciones realizadas con parejas que se declaran conformes y satisfechas de su vida sexual. Estas personas creen  que con el paso de los años sus relaciones han mejorado. Cuando se les preguntan  por las razones de este cambio positivo ellos dicen que ambos se conocen más profundamente, que han explorado sus gustos y sus rechazos. Saben que hacer, y como hacerlo. Saben hablar de sus deseos, de aquellas cosas que agradan y de lo que se rechaza. Han aprendido que una sexualidad sin falsas inhibiciones permite una relación más transparente y estrecha. Han aprendido principalmente a respetar sus límites.
De las parejas que hablan de sí mismas como felices y apasionadas se hace posible aprender algunos secretos eróticos:
Estas parejas sostienen la importancia del contacto corporal que utilizan con un sentido emocional y sexual. Recuerdan tocarse mutuamente de una manera suave o apasionada, pero acariciarse siempre porque el contacto afectivo e íntimo marca la diferencia entre amarse sexualmente o simplemente tener sexo. A través de las caricias se pueden transmitir todas las emociones y todos los deseos. Tocar representa interés, apoyo, intimidad, proximidad; por ello vale la pena practicar sin vergüenza gestos de contacto afectivo. Estas parejas se besan, no solo como un gesto social de contacto de mejillas, sino como un mensaje de apego constante. Esto en si mismo es maravilloso,  y debiera mantenerse en el recuerdo por siempre, porque si se compara estas acciones con la actividad sexual genital, esta última está condenada por el imperio de la fisiología a un final, que puede ser más o menos glorioso, pero que cesa y separa, por lo menos temporalmente a los amantes. En cambio, los intercambios de caricias, en los que los besos ocupan un lugar de privilegio, señalan la posibilidad de que el deseo y la excitación se sostengan casi indefinidamente. Esta verdad no debería ser olvidada nunca, particularmente por aquellas parejas que opacan su vida erótica en acciones cada vez más genitales, que desplazan y secundarizan los besos apasionados.

Los besos no son solo prólogo y promesa de un paraíso soñado, son los ladrillos del edificio de la sensualidad, y si se los suprime tambalea toda la estructura.
La calidad del vínculo afectivo y erótico de una pareja puede ser rápidamente evaluado solo constatando la presencia o ausencia de los besos amorosos. No hablo aquí de aquellos que misteriosamente son insensibles a este contacto; se que existen, y que parecen padecer de una limitación crónica de sus posibilidades sensoriales. Más bien me refiero a quienes han besado y ya no

lo hacen, ni con la frecuencia ni la intensidad con que lo practicaban en el pasado. Son amantes en desuso, aunque unan sus genitales con regularidad placentera.
Al amante se lo besa, se le absorbe el alma a través de la boca, se le entrega el propio sabor en un remolino de lenguas, porque el beso es una fiesta de los sentidos.
Los terapeutas de pareja sabemos que lamentablemente las parejas que se alejan afectivamente usualmente dejan de acariciarse y besarse, y aún cuando puedan continuar manteniendo relaciones sexuales, van como directo al punto y el punto siempre es lo genital. ¡Cuántas veces he escuchado como queja que todos los contactos se limitan en ese tipo de relaciones a caricias por debajo de la cintura!

Si se observa con atención a las parejas de enamorados se percibe que se miran siempre a los ojos, que se contemplan mientras se tocan, y que también eso ocurre cuando hacen el amor. Otros dejan de mirarse, y ello le sucede a muchas parejas que comienzan a oscurecer la habitación cuando tienen relaciones; esta acción tiene dos vertientes: la primera por cierta vergüenza frente a los cambios corporales que traen los años y el poco cuidado que tienen algunas personas de sí mismas, la segunda para ocultarse de la mirada del otro por temor a la autoexposición, tal vez porque mirar representa tener conciencia de la relación y de los cambios de la pareja que alimentan los propios cambios en un sentido positivo o negativo. Cuando uno mira la excitación del otro la propia excitación crece, como en un espejo que acrecienta las sensaciones personales, tal vez por ello muchas parejas encuentran en los moteles (siempre llenos de espejos) un buen amplificador de emociones sexuales.
Otra receta recomendada por los expertos consiste en hablar todos los días, no sólo para intercambiar informaciones como un noticioso de televisión, sino para saber del otro, para conocer sus sensaciones y sus ideas, incluyendo el tema sexual. Mucha gente cree que del sexo no se habla, sólo se ejecuta. Otros sienten inhibiciones a hablar de sexo fuera de la propia situación sexual. ¿De que es lo que hay que hablar? Se preguntan. Tal vez porque imaginan que se trata de una especie de comentario de tipo descriptivo sobre los sucesos acaecidos en la cama. Cuando uno habla y escucha aprende a expresar sensaciones, emociones e ideas a través de la palabra. “Me gustas cuando callas porque estás como ausente” decía Neruda en un verso inmortal, pero al menos en la intimidad y entre las sábanas no parece una máxima aplicable a rajatabla. Me gustas cuando hablas porque te siento más mía, parece un verso más adecuado para una escena de amor compartido.
Cuando se está abierto al otro los cambios son un instrumento de crecimiento de la intimidad de la pareja; por ello es que los años pueden agregar condimentos que - como secretos de cocina - acrecientan el sabor final de un plato - que aunque simple - tiene ese sabor oculto de la experiencia.

http://www.robertorosenzvaig.cl


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