Roberto Rosenzvaig

Sexualidad y pareja

 

La hora de fingir

Jun. 30 , 2009

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A los 25 años, Teresa llevaba dos años en una relación de pareja, ambos creían que el matrimonio estaba cercano. Nada empañaba la aparente perfección que disfrutaban; sin embargo un secreto celosamente guardado estaba generando en ella una creciente intranquilidad. Por primera vez ella estaba contando en voz alta a un psicólogo que siempre, pero siempre, desde sus primeras relaciones sexuales ella fingía. Como una consumada actriz sexual que era, sus parejas nunca habían sospechado que esa mujer tan apasionada desarrollaba en la cama un guión aprendido. Teresa sabía cuando y como representar los gestos, los jadeos y las expresiones de un clímax que inevitablemente conducían a un orgasmo simultáneo.
A pesar de que su razón le decía que esa ficción tenía un costo alto, en la medida en que le impedía conocer su propia posibilidad de placer, además de colocarla en una mentira crónica, se sometía a darle continuidad por el temor a perder a su pareja si revelaba el engaño. Esta trampa es clásica y son pocas las mujeres que se atreven a romperla.  
En voz baja, se afirma que todas las mujeres alguna vez han simulado un orgasmo. Pero, ¿por qué lo hacen? ¿Qué efectos tiene sobre sí mismas y sobre su vida de pareja?

Todos somos capaces de representar en diferentes situaciones que la estamos pasando mejor de lo que en realidad sentimos. Esto se hace por razones diversas: por ánimo de agradar, de ser sociales, o por no ofender a un anfitrión amable. Sin embargo, esta capacidad tiene sus límites que están dados cuando el deseo de complacer se transforma en una constante de la vida emocional, que deja de ser una opción para convertirse en una obligación ineludible.
Los que así se comportan parecen ser incapaces de confrontar el conflicto y se muestran anclados a una actuación que tiene, como objetivo inconsciente, la satisfacción del deseo de los otros, aún cuando no coincida con los propios.
En la vida sexual esta característica se manifiesta explícitamente a través del fingimiento del placer y el orgasmo. Esta actuación puede presentarse tanto en varones como en mujeres, aunque resulta mucho más corriente en ellas, apoyado en las particulares características fisiológicas de la excitación y el orgasmo masculino y femenino.

El escritor romano Ovidio, dejó su huella literaria en un texto clásico de la literatura erótica llamado El Arte de Amar. Durante el período del emperador Claudio, destinó a las mujeres de su tiempo este contradictorio consejo: "Si tu naturaleza te ha negado la sensación del amor, imita el dulce deleite emitiendo quejidos embusteros. Desdichadas las mujeres a quienes esto ocurre, pues el hombre y las mujeres deben gozar por igual. De lo contrario es aburrido y cruel".

Las estadísticas nos son esquivas para dimensionar con claridad qué porcentaje de mujeres son las que efectivamente hacen del fingir una constante de su vida sexual. Por sus características pueden pertenecer al grupo de aquellas que carecen totalmente de orgasmo, aproximadamente un 9 por ciento de las sexualmente activas. Pero más allá de las cifras, lo que verdaderamente interesa son los motivos por los cuales se reitera esta conducta en su vida erótica, y qué efectos tiene sobre sí mismas y sobre su vida de pareja.

No todas las mujeres que fingen son absolutamente anorgásmicas, muchas de ellas recuerdan que en algunas ocasiones, sin saber muy bien por qué, llegaron al clímax, pero no saben cómo repetir la circunstancia y las conductas asociadas al hecho. Otras llevan tanto tiempo fingiendo, y lo han realizado tan sistemáticamente con distintas parejas, que ignoran cómo hacerlo de otro modo.

Sus razones se relacionan, por lo general, con la necesidad de complacer al varón y de transmitirle una imagen de mujer satisfecha y plena para ser aceptada y valorizada por ellos. Otras lo hacen porque no se atreven a confesar su insatisfacción a una pareja que, por torpeza y ansiedad, no es capaz de llevarlas a ese grado de placer. Temen producir una situación de enfrentamiento y conflicto, y de ese modo poner en riesgo la relación.

El fingimiento se transforma en una auténtica trampa en el momento en que una relación se consolida y perdura a través del tiempo. Ellas no saben o no se atreven a confesar a su pareja que le han mentido a lo largo de su vida en común. Al no hablar de su secreto, se condenan, al menos con su cónyuge, a la frustración constante y a la disminución correlativa de su deseo sexual. Algunas mujeres creen que un amante lleno de habilidades podría llevarlas al orgasmo, pero esa fantasía coloca en lo externo la resolución del problema, cuando lo más probable es que ellas tampoco tengan en ese contexto la capacidad de conexión suficiente con el placer para inhibir su tendencia a la actuación. Y si lo lograran es porque han entendido como vencerla.
Recuerdo una paciente totalmente consciente de esta limitación cuya fantasía era sostener un encuentro sexual con un perfecto desconocido con quien quedaría libre de sus ataduras.

Un escenario típico sucede en una pareja donde el varón tiene eyaculación precoz. La mujer, que sabe más o menos con exactitud el momento en que todo va a terminar, se acopla manifestando en sonidos y movimientos un goce inexistente. Este final "feliz" hace que el varón nunca se cuestione sus propias limitaciones, y acrecienta en ella el disgusto por una actividad forzada que busca terminar rápidamente. Si en algún momento esta actuación se devela, la reacción masculina suele ser de honda decepción y dolor, por la mentira involucrada y por el golpe consecuente a su autoestima varonil.
También es cierto que muchos varones sospechan de esa sexualidad tan perfecta, pero tampoco se atreven a cuestionarse a sí mismos; prefieren seguir sientiendose buenos amantes. Por lo demás cuesta trabajo descubrir una buena actuación, especialmente en los primeros tramos de una relación. Casi todos hemos visto alguna vez la escena del film “Cuando Harry conoció a Sally” donde la actriz Meg Ryan escenifica a la perfección un orgasmo en una cafetería repleta de gente.

Con el correr del tiempo suele instalarse en estas mujeres una falta de deseo crónica, porque les resulta muy difícil sostener esa imagen de mujer plena y complacida. Se transforman en actrices cansadas y su “show” es cada vez menos convincente.
Su reticencia a mantener relaciones sexuales resulta inexplicable para su pareja, quien no entiende el rechazo de una actividad que hasta el momento era totalmente placentera. En ese instante ellas quedan atrapadas entre la revelación de una mentira, o la búsqueda de excusas poco creíbles que justifiquen su conducta.
En esa situación estaba Antonia después de siete años de matrimonio, amaba a su esposo, pero cada vez se le hacía más cuesta arriba llegar a la relación sexual. Estaba simplemente harta de fingir, y se respetaba lo suficiente como para no elegir el camino de seguir adelante a costa de sí misma. Se dijo muchas veces que si el no la entendía prefería la separación y con esa convicción esperó el momento adecuado para revelar su angustia y su secreto.
Para su asombro la respuesta de su marido al escucharla fue más bien triste que agresiva: En definitiva, le dijo él, me parece que siempre había sospechado algo así. 
La única salida, aunque dolorosa, es la verdad, tratando de que la pareja entienda las razones individuales que han llevado al fingimiento. A partir de allí se abre la posibilidad de cambio y, por qué no, del descubrimiento de las posibilidades de goce verdadero.


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