¿Qué es una pareja?
Jun. 19 , 2009
La palabra pareja ha entrado en nuestro
vocabulario, ocupando un lugar de privilegio.
Una generación atrás cuando se presentaba
socialmente a alguien o se hablaba de una relación se hacía referencia al
novio/a, polola/o, esposo, marido, a un amigo, o simplemente se lo identificaba
por su nombre, pero difícilmente como su o mi pareja; esta nueva denominación
ha llegado para ocupar un lugar diferente y designar una categoría amplia, tan
amplia que atraviesa las barreras de género, tiempo, compromiso y orientación
sexual.
Sin embargo la idea de pareja, que parece tan
evidente y aceptable a nuestros oídos deviene de un largo proceso de relación
entre los géneros. Para la antropóloga Helen Fischer la pareja aparece
evolutivamente como la “marca registrada” de la especie humana y es una especie
de destino biológico que sirve perfectamente a una finalidad reproductiva y de
protección de la descendencia. Sin embargo la cultura y las emociones, han
querido que esta estructura trascienda su fin biológico hacia el dominio de
otros hechos sociales más complejos como el nacimiento del amor, la idea de
parentalidad, la consolidación y permanencia del vínculo.
Desde esta perspectiva la pregunta que surge es si
podemos hablar de pareja desde el inicio mismo de la cultura o si es un
producto social que solo tiene sentido desde una visión moderna; porque los
elementos que la definen hoy en día se basan en la libre elección, la igualdad
y la correspondencia de sentimientos amorosos.
Dos generaciones atrás pareja era sinónimo de unión
marital heterosexual, legal y religiosa comprometida en un acuerdo de
fidelidad, y se entendía como un primer escalón necesario hacia la familia; a
un lado quedaban, casi marginalmente, los que solo convivían. Aún hoy en el
lenguaje periodístico policial se escucha hablar de “convivientes”, y antes se
denominaban estas uniones como concubinato.
Desde la mitad del siglo XX en adelante algunas
cosas han cambiado, principalmente se afirma la idea de que no existe un solo y
adecuado modo al que las personas deban ajustarse para estar juntos. Gran parte
de la responsabilidad lo tienen los cambios en las relaciones de género, que
del sometimiento explícito ha rotado a formas más igualitarias en los vínculos.
La mujer sumisa, dependiente y dispuesta a aceptar con resignación la
multiplicidad sexual masculina ya no se sostiene como el rol deseado. Desde
mediados del siglo XX en adelante comenzaron a aparecer nuevas
modalidades de acuerdo.
De obligación se pasa a la noción de elección,
lo que comienza a generar formas diferentes y originales de unión, asimismo los
compromisos se desplazan de la legalidad de las escrituras públicas al deseo
íntimo del compartir un riesgo y un deseo de perdurabilidad. Las parejas
contemporáneas asumen con mayor conciencia la peligrosa inconstancia de los
vínculos amorosos, y cada vez creen menos en las garantías externas, por lo que
el matrimonio no aparece como la salvaguardia, sino como la conclusión de un
proceso de mutuo y profundo conocimiento. Pero la decisión de convivencia no
debe ser vista como un prólogo, ni un período de prueba, es un estado
diferente, que puede concluir o prolongarse como cualquier otra relación. Vivir
juntos no representa una estrategia para disminuir gastos fijos, sino la puesta
en juego de la capacidad de compartir las características de cada
individualidad.
Sin embargo tampoco la convivencia dentro de un
mismo hábitat físico es una condición absoluta de la pareja de hoy, hay quienes
establecen reglas de juego que comprenden un estado de “puertas afuera”, que
respeta el deseo o la imposibilidad formal de compartir un mismo techo. Dentro
de esta categoría se sitúan quienes no quieren atarse a un ritual de presencia
permanente del otro, porque sienten que eso los asfixia, y que requieren de
soledad y compañía como hechos complementarios y no opuestos. También están los
que como producto de una separación anterior viven con sus hijos, y no desean
apresurar una convivencia forzada, que muchas veces termina en el desastre.
No podría dejar de mencionar a las parejas
“virtuales” conectadas por Internet, de las cuales una parte importante se
mantienen sin contacto físico. Es decir que deciden voluntariamente que ese es
el estado que desean. Ser reconocido por el otro como su pareja virtual, pero
sin trasponer los límites de la conexión remota.
La heterosexualidad tampoco define, como condición
de exclusión a una pareja, los homosexuales hombres y mujeres se unen de mismo
modo que cualquiera (aún cuando carecen todavía de un marco legal),
compartiendo los beneficios y los riesgos de la permanencia
Otra condición que aparecía como consubstancial a
la pareja era la exclusividad sexual, sin embargo también hay quienes creen que
la pareja abierta es una opción válida sin que ello ataque el vínculo. Abierta
significa que cualquiera de los dos puede optar por un acercamiento afectivo o
sexual a otro. La base de esta posición se sitúa en la creencia que la
monogamia sexual no es más que represión del deseo, que tanto los varones como
las mujeres anhelarán en algún momento de su vida un cambio que los revitalice.
Y que generalmente lo hacen a través de la infidelidad.
Desde la década del 70 en adelante apareció
una fuerte reivindicación de las relaciones extramaritales otorgándoles un
valor implícito, esta idea transgresora tuvo fuertes sostenedores en
algunos círculos psicológicos. En 1975, Lake y Hill escribieron: “No hay
duda que la vida de una alta proporción de hombres y mujeres casados se ha
visto enriquecida y ha cobrado sentido gracias a relaciones sexuales secretas”.
Esta parecería ser la misma premisa que llevó a Nena y George O’Neill, autores
de un muy difundido texto del momento, a afirmar en 1972, que “ la fidelidad
sexual es el falso dios de los matrimonios tradicionales”, estos gurús de las
uniones abiertas propusieron que la verdadera fidelidad consistía en admitir y
actuar las más secretas fantasías sexuales compartiéndolas con la pareja, aún
cuando ellas incluyeran la alternativa de mantener relaciones sexuales con
otras personas, en forma individual o grupal.
La lógica sobre la que se sostiene esta afirmación
es seductora, porque surge de la convicción de que el deseo no es domesticable,
y si necesita expresarse no se debería ocultarlo y encadenarlo a mentiras o
estafas morales.
Sin dejarse llevar por juicios de tipo valórico
(que todos hacemos), a través de las cuales se pueden condenar estos
comportamientos, lo que importa es descubrir si el modelo que estas personas
ven como ideal, representa un camino diferente de la opción monogámica y
permite superar la posesividad tan común en las parejas que conocemos ¿Es tal
vez una conducta generosa y de respeto a los deseos individuales, que se sitúa
por encima de los celos posesivos de la pareja tradicional? ¿O simplemente
estas acciones son una manera de coexistir con otro que en realidad poco
importa desde un plano amoroso? En lo personal carezco de respuestas
definitivas, creo que cada uno elije un
camino coherente con su visión de mundo.
Todos estos elementos hacen pensar que cuando hoy
hablamos de pareja, probablemente tengamos que agregarle un apellido a ese
nombre, porque parece claro que ya no existe una forma cultural única, sino
diferentes manifestaciones, donde ninguna adquiere superioridad moral o garantía
de seguridad y continuidad.
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