La hora de fingir
Jun. 30 , 2009
A los 25 años, Teresa llevaba dos años en una relación de pareja, ambos creían que el matrimonio estaba cercano. Nada empañaba la aparente perfección que disfrutaban; sin embargo un secreto celosamente guardado estaba generando en ella una creciente intranquilidad. Por primera vez ella estaba contando en voz alta a un psicólogo que siempre, pero siempre, desde sus primeras relaciones sexuales ella fingía. Como una consumada actriz sexual que era, sus parejas nunca habían sospechado que esa mujer tan apasionada desarrollaba en la cama un guión aprendido. Teresa sabía cuando y como representar los gestos, los jadeos y las expresiones de un clímax que inevitablemente conducían a un orgasmo simultáneo.
A pesar de que su razón le decía que esa ficción tenía un costo alto, en la medida en que le impedía conocer su propia posibilidad de placer, además de colocarla en una mentira crónica, se sometía a darle continuidad por el temor a perder a su pareja si revelaba el engaño. Esta trampa es clásica y son pocas las mujeres que se atreven a romperla.
En voz baja, se afirma que todas las mujeres alguna vez han simulado un orgasmo. Pero, ¿por qué lo hacen? ¿Qué efectos tiene sobre sí mismas y sobre su vida de pareja?
Todos somos capaces de representar en diferentes situaciones que la estamos pasando mejor de lo que en realidad sentimos. Esto se hace por razones diversas: por ánimo de agradar, de ser sociales, o por no ofender a un anfitrión amable. Sin embargo, esta capacidad tiene sus límites que están dados cuando el deseo de complacer se transforma en una constante de la vida emocional, que deja de ser una opción para convertirse en una obligación ineludible.
Los que así se comportan parecen ser incapaces de confrontar el conflicto y se muestran anclados a una actuación que tiene, como objetivo inconsciente, la satisfacción del deseo de los otros, aún cuando no coincida con los propios.
En la vida sexual esta característica se manifiesta explícitamente a través del fingimiento del placer y el orgasmo. Esta actuación puede presentarse tanto en varones como en mujeres, aunque resulta mucho más corriente en ellas, apoyado en las particulares características fisiológicas de la excitación y el orgasmo masculino y femenino.
El escritor romano Ovidio, dejó su huella literaria en un texto clásico de la literatura erótica llamado El Arte de Amar. Durante el período del emperador Claudio, destinó a las mujeres de su tiempo este contradictorio consejo: "Si tu naturaleza te ha negado la sensación del amor, imita el dulce deleite emitiendo quejidos embusteros. Desdichadas las mujeres a quienes esto ocurre, pues el hombre y las mujeres deben gozar por igual. De lo contrario es aburrido y cruel".
Las estadísticas nos son esquivas para dimensionar con claridad qué porcentaje de mujeres son las que efectivamente hacen del fingir una constante de su vida sexual. Por sus características pueden pertenecer al grupo de aquellas que carecen totalmente de orgasmo, aproximadamente un 9 por ciento de las sexualmente activas. Pero más allá de las cifras, lo que verdaderamente interesa son los motivos por los cuales se reitera esta conducta en su vida erótica, y qué efectos tiene sobre sí mismas y sobre su vida de pareja.
No todas las mujeres que fingen son absolutamente anorgásmicas, muchas de ellas recuerdan que en algunas ocasiones, sin saber muy bien por qué, llegaron al clímax, pero no saben cómo repetir la circunstancia y las conductas asociadas al hecho. Otras llevan tanto tiempo fingiendo, y lo han realizado tan sistemáticamente con distintas parejas, que ignoran cómo hacerlo de otro modo.
Sus razones se relacionan, por lo general, con la necesidad de complacer al varón y de transmitirle una imagen de mujer satisfecha y plena para ser aceptada y valorizada por ellos. Otras lo hacen porque no se atreven a confesar su insatisfacción a una pareja que, por torpeza y ansiedad, no es capaz de llevarlas a ese grado de placer. Temen producir una situación de enfrentamiento y conflicto, y de ese modo poner en riesgo la relación.
El fingimiento se transforma en una auténtica trampa en el momento en que una relación se consolida y perdura a través del tiempo. Ellas no saben o no se atreven a confesar a su pareja que le han mentido a lo largo de su vida en común. Al no hablar de su secreto, se condenan, al menos con su cónyuge, a la frustración constante y a la disminución correlativa de su deseo sexual. Algunas mujeres creen que un amante lleno de habilidades podría llevarlas al orgasmo, pero esa fantasía coloca en lo externo la resolución del problema, cuando lo más probable es que ellas tampoco tengan en ese contexto la capacidad de conexión suficiente con el placer para inhibir su tendencia a la actuación. Y si lo lograran es porque han entendido como vencerla.
Recuerdo una paciente totalmente consciente de esta limitación cuya fantasía era sostener un encuentro sexual con un perfecto desconocido con quien quedaría libre de sus ataduras.
Un escenario típico sucede en una pareja donde el varón tiene eyaculación precoz. La mujer, que sabe más o menos con exactitud el momento en que todo va a terminar, se acopla manifestando en sonidos y movimientos un goce inexistente. Este final "feliz" hace que el varón nunca se cuestione sus propias limitaciones, y acrecienta en ella el disgusto por una actividad forzada que busca terminar rápidamente. Si en algún momento esta actuación se devela, la reacción masculina suele ser de honda decepción y dolor, por la mentira involucrada y por el golpe consecuente a su autoestima varonil.
También es cierto que muchos varones sospechan de esa sexualidad tan perfecta, pero tampoco se atreven a cuestionarse a sí mismos; prefieren seguir sientiendose buenos amantes. Por lo demás cuesta trabajo descubrir una buena actuación, especialmente en los primeros tramos de una relación. Casi todos hemos visto alguna vez la escena del film “Cuando Harry conoció a Sally” donde la actriz Meg Ryan escenifica a la perfección un orgasmo en una cafetería repleta de gente.
Con el correr del tiempo suele instalarse en estas mujeres una falta de deseo crónica, porque les resulta muy difícil sostener esa imagen de mujer plena y complacida. Se transforman en actrices cansadas y su “show” es cada vez menos convincente.
Su reticencia a mantener relaciones sexuales resulta inexplicable para su pareja, quien no entiende el rechazo de una actividad que hasta el momento era totalmente placentera. En ese instante ellas quedan atrapadas entre la revelación de una mentira, o la búsqueda de excusas poco creíbles que justifiquen su conducta.
En esa situación estaba Antonia después de siete años de matrimonio, amaba a su esposo, pero cada vez se le hacía más cuesta arriba llegar a la relación sexual. Estaba simplemente harta de fingir, y se respetaba lo suficiente como para no elegir el camino de seguir adelante a costa de sí misma. Se dijo muchas veces que si el no la entendía prefería la separación y con esa convicción esperó el momento adecuado para revelar su angustia y su secreto.
Para su asombro la respuesta de su marido al escucharla fue más bien triste que agresiva: En definitiva, le dijo él, me parece que siempre había sospechado algo así.
La única salida, aunque dolorosa, es la verdad, tratando de que la pareja entienda las razones individuales que han llevado al fingimiento. A partir de allí se abre la posibilidad de cambio y, por qué no, del descubrimiento de las posibilidades de goce verdadero.
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¿Qué es una pareja?
Jun. 19 , 2009
La palabra pareja ha entrado en nuestro
vocabulario, ocupando un lugar de privilegio.
Una generación atrás cuando se presentaba
socialmente a alguien o se hablaba de una relación se hacía referencia al
novio/a, polola/o, esposo, marido, a un amigo, o simplemente se lo identificaba
por su nombre, pero difícilmente como su o mi pareja; esta nueva denominación
ha llegado para ocupar un lugar diferente y designar una categoría amplia, tan
amplia que atraviesa las barreras de género, tiempo, compromiso y orientación
sexual.
Sin embargo la idea de pareja, que parece tan
evidente y aceptable a nuestros oídos deviene de un largo proceso de relación
entre los géneros. Para la antropóloga Helen Fischer la pareja aparece
evolutivamente como la “marca registrada” de la especie humana y es una especie
de destino biológico que sirve perfectamente a una finalidad reproductiva y de
protección de la descendencia. Sin embargo la cultura y las emociones, han
querido que esta estructura trascienda su fin biológico hacia el dominio de
otros hechos sociales más complejos como el nacimiento del amor, la idea de
parentalidad, la consolidación y permanencia del vínculo.
Desde esta perspectiva la pregunta que surge es si
podemos hablar de pareja desde el inicio mismo de la cultura o si es un
producto social que solo tiene sentido desde una visión moderna; porque los
elementos que la definen hoy en día se basan en la libre elección, la igualdad
y la correspondencia de sentimientos amorosos.
Dos generaciones atrás pareja era sinónimo de unión
marital heterosexual, legal y religiosa comprometida en un acuerdo de
fidelidad, y se entendía como un primer escalón necesario hacia la familia; a
un lado quedaban, casi marginalmente, los que solo convivían. Aún hoy en el
lenguaje periodístico policial se escucha hablar de “convivientes”, y antes se
denominaban estas uniones como concubinato.
Desde la mitad del siglo XX en adelante algunas
cosas han cambiado, principalmente se afirma la idea de que no existe un solo y
adecuado modo al que las personas deban ajustarse para estar juntos. Gran parte
de la responsabilidad lo tienen los cambios en las relaciones de género, que
del sometimiento explícito ha rotado a formas más igualitarias en los vínculos.
La mujer sumisa, dependiente y dispuesta a aceptar con resignación la
multiplicidad sexual masculina ya no se sostiene como el rol deseado. Desde
mediados del siglo XX en adelante comenzaron a aparecer nuevas
modalidades de acuerdo.
De obligación se pasa a la noción de elección,
lo que comienza a generar formas diferentes y originales de unión, asimismo los
compromisos se desplazan de la legalidad de las escrituras públicas al deseo
íntimo del compartir un riesgo y un deseo de perdurabilidad. Las parejas
contemporáneas asumen con mayor conciencia la peligrosa inconstancia de los
vínculos amorosos, y cada vez creen menos en las garantías externas, por lo que
el matrimonio no aparece como la salvaguardia, sino como la conclusión de un
proceso de mutuo y profundo conocimiento. Pero la decisión de convivencia no
debe ser vista como un prólogo, ni un período de prueba, es un estado
diferente, que puede concluir o prolongarse como cualquier otra relación. Vivir
juntos no representa una estrategia para disminuir gastos fijos, sino la puesta
en juego de la capacidad de compartir las características de cada
individualidad.
Sin embargo tampoco la convivencia dentro de un
mismo hábitat físico es una condición absoluta de la pareja de hoy, hay quienes
establecen reglas de juego que comprenden un estado de “puertas afuera”, que
respeta el deseo o la imposibilidad formal de compartir un mismo techo. Dentro
de esta categoría se sitúan quienes no quieren atarse a un ritual de presencia
permanente del otro, porque sienten que eso los asfixia, y que requieren de
soledad y compañía como hechos complementarios y no opuestos. También están los
que como producto de una separación anterior viven con sus hijos, y no desean
apresurar una convivencia forzada, que muchas veces termina en el desastre.
No podría dejar de mencionar a las parejas
“virtuales” conectadas por Internet, de las cuales una parte importante se
mantienen sin contacto físico. Es decir que deciden voluntariamente que ese es
el estado que desean. Ser reconocido por el otro como su pareja virtual, pero
sin trasponer los límites de la conexión remota.
La heterosexualidad tampoco define, como condición
de exclusión a una pareja, los homosexuales hombres y mujeres se unen de mismo
modo que cualquiera (aún cuando carecen todavía de un marco legal),
compartiendo los beneficios y los riesgos de la permanencia
Otra condición que aparecía como consubstancial a
la pareja era la exclusividad sexual, sin embargo también hay quienes creen que
la pareja abierta es una opción válida sin que ello ataque el vínculo. Abierta
significa que cualquiera de los dos puede optar por un acercamiento afectivo o
sexual a otro. La base de esta posición se sitúa en la creencia que la
monogamia sexual no es más que represión del deseo, que tanto los varones como
las mujeres anhelarán en algún momento de su vida un cambio que los revitalice.
Y que generalmente lo hacen a través de la infidelidad.
Desde la década del 70 en adelante apareció
una fuerte reivindicación de las relaciones extramaritales otorgándoles un
valor implícito, esta idea transgresora tuvo fuertes sostenedores en
algunos círculos psicológicos. En 1975, Lake y Hill escribieron: “No hay
duda que la vida de una alta proporción de hombres y mujeres casados se ha
visto enriquecida y ha cobrado sentido gracias a relaciones sexuales secretas”.
Esta parecería ser la misma premisa que llevó a Nena y George O’Neill, autores
de un muy difundido texto del momento, a afirmar en 1972, que “ la fidelidad
sexual es el falso dios de los matrimonios tradicionales”, estos gurús de las
uniones abiertas propusieron que la verdadera fidelidad consistía en admitir y
actuar las más secretas fantasías sexuales compartiéndolas con la pareja, aún
cuando ellas incluyeran la alternativa de mantener relaciones sexuales con
otras personas, en forma individual o grupal.
La lógica sobre la que se sostiene esta afirmación
es seductora, porque surge de la convicción de que el deseo no es domesticable,
y si necesita expresarse no se debería ocultarlo y encadenarlo a mentiras o
estafas morales.
Sin dejarse llevar por juicios de tipo valórico
(que todos hacemos), a través de las cuales se pueden condenar estos
comportamientos, lo que importa es descubrir si el modelo que estas personas
ven como ideal, representa un camino diferente de la opción monogámica y
permite superar la posesividad tan común en las parejas que conocemos ¿Es tal
vez una conducta generosa y de respeto a los deseos individuales, que se sitúa
por encima de los celos posesivos de la pareja tradicional? ¿O simplemente
estas acciones son una manera de coexistir con otro que en realidad poco
importa desde un plano amoroso? En lo personal carezco de respuestas
definitivas, creo que cada uno elije un
camino coherente con su visión de mundo.
Todos estos elementos hacen pensar que cuando hoy
hablamos de pareja, probablemente tengamos que agregarle un apellido a ese
nombre, porque parece claro que ya no existe una forma cultural única, sino
diferentes manifestaciones, donde ninguna adquiere superioridad moral o garantía
de seguridad y continuidad.
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Frecuencia Sexual
Jun. 07 , 2009
Frecuencia sexual
Algunos lectores que han seguido estas columnas, conocen además la página personal que dedico a los temas centrales de pareja y sexualidad, y por lo tanto probablemente ya han leído este post, para los que no han visitado quiero explicar que este tema es el más leído de todos los que figuran allí. Por eso es que me pareció interesante hacerlo conocer.
En un clásico filme de W. Allen, “Annie Hall", se grafica muy sintéticamente uno de los conflictos que tienden a dividir los deseos y apetencias de mujeres y varones.?La pantalla se divide en dos y se ve simultáneamente a ambos miembros de una pareja en consulta con sus respectivos psicólogos. El terapeuta le pregunta a él "¿Cuántas veces hace el amor?", Y él responde: "Poquísimo, tres veces a la semana". Cuando el psicólogo le pregunta a ella, ella responde: "Muchísimo, tres veces a la semana".?Una versión más ajustada a la vida cotidiana puede desprenderse de este guión marital:?El -Paty...Paty (tocándola en la espalda)?Ella –mmm… (Dándose vuelta en la cama)?-¿Por qué no…? (propuesta)?-¡No!?-¿Y porque no? (reclamo)?- Porque no tengo ganas, estoy con sueño.?- Pero si son las diez.?- Si claro, y mañana quién se levanta a las seis para preparar a los niños. Yo ¿No es cierto??- Tú, está bien, pero hace dos semanas que no pasa nada.?- No hace tanto, dos o tres días.?- Dos semanas, son dos semanas, las conté y tengo muchas ganas de estar contigo.?-¿Será posible que no pienses en otra cosa? Duérmete y déjame dormir.?- No puedo, no puedo.?- Ya sé, ahora te pones en víctima y mañana en idiota y tengo que decir que sí para que no te enojes.?- ¿Y qué??- Cómo ¿y que?, tu quieres sexo y yo quiero algo un poco más tierno, más cariñoso.?- Yo soy cariñoso. ?¡Si claro, cuando quieres sexo!
Si es que esta escena le resulta familiar no es porque usted sea muy original, sino porque se repite noche tras noche en infinidad de dormitorios nacionales y extranjeros; y es que el amor y el sexo son los dos reclamos más frecuentes que hombres y mujeres presentan en la vida cotidiana. Los hombres afirman que no reciben suficiente sexo y las mujeres se quejan de no contar con suficiente romanticismo y amor.
En realidad los dos tienen un poco de razón: las mujeres porque ellos solo se ponen especialmente cariñosos ante la posibilidad de que el acercamiento corporal culmine en un encuentro sexual, y los hombres porque ellas esperan acercamientos emocionales a lo largo del día que justifiquen y preparen la escena sexual.
Las dos posibilidades pueden estar abiertas; porque es cierto que el amor se construye con cuidados y atenciones, pero también con arrebatos pasionales ; los hombres debieran entender que para una mujer las atenciones personales preceden a las sexuales y son un elemento principal de las relaciones de pareja; mientras que las mujeres debieran entender que para los hombres el sexo puede ser una instancia de descarga de tensiones, pero también una puerta de expresión para las emociones que normalmente ellos no manifiestan.
Hay que entender también que una pareja es como un buen vino, un producto orgánico en constante evolución, por eso no hay que tener miedo a los cambios, sino al estancamiento.
La expresión fluida del deseo sexual une a las parejas, del mismo modo que la evitación sexual las distancia. En este juego existen factores que actúan como inhibidores psicológicos del encuentro y otros como incitadores.Las estadísticas señalan que la frecuencia sexual depende de dos variables medibles, como son la edad y los años de matrimonio, y otras subjetivas, como son las situaciones por las que atraviesan los individuos y la relación de pareja. Los estudios dan cuenta de una curva descendente que se inicia con una alta frecuencia de relaciones sexuales al principio del matrimonio, que comienza a disminuir entre los cinco y siete años, para estabilizarse alrededor de los diez, con una curva franca de descenso de allí en más.
Al principio de la pareja, las relaciones son diarias. Luego bajan a unas tres veces por semana, para promediarse en dos veces por semana, disminuyendo a cada quince días o una vez al mes en etapas posteriores.
Son cifras generales, que establecen un perfil estadístico más o menos consistente en la frecuencia de los encuentros sexuales en la población sexualmente activa, pero nada dicen de la calidad y del grado de satisfacción que tales encuentros suponen. Otras investigaciones arrojan un dato interesante, en relación con un número significativo de parejas que, con el paso de los años, disminuyeron la frecuencia sexual pero aumentaron la sensación de satisfacción en cada encuentro.
La propia satisfacción favorece en mujeres y hombres el deseo de estar juntos, y renovar la actividad erótica.
El tema de la baja frecuencia sexual encabeza la lista de las quejas masculinas, aunque no faltan las mujeres que se quejan de lo mismo, reclamando a sus maridos cierto desgano a la hora de cumplir con sus "obligaciones sexuales".
Los varones, más enrollados en este tema, encuentran en la cantidad de relaciones, una verificación del interés sexual de la compañera por el sexo, y por su propia persona.
No es que a los varones les interese solo la cantidad y la repetición, también creen en la calidad, pero no aparecen muy dispuestos a negociar lo uno por lo otro. Sin embargo, la insistencia del varón, como forma de obtener la cuota de sexo que desea, incrementa el rechazo femenino, y disminuye el deseo. Muchas mujeres acceden a la relación sexual con poco entusiasmo, para evitarse peleas continuas y recriminaciones interminables.
La escena típica pasa por la acusación del varón de no ser tenido en cuenta, y la respuesta femenina de no entender que no siempre se puede estar dispuesta.
Las reiteradas excusas de cansancio, tensión, ocultan esa dificultad en la mujer para entregarse a la relación sexual, por la relación en sí misma.
Las mujeres dicen: " si no buscase tanto yo estaría más dispuesta”.
Los hombres dicen: " si no se negase tantas veces, yo no sería tan insistente " ¿Porque no muestra ella interés? ¿Porque no me busca?
Si yo la busco tantas veces, afirman con cierta tristeza, es porque nunca sé cuando va a decir que sí.
En el otro extremo hay varones y mujeres, más varones por supuesto, que colocan en el tema de la frecuencia todas sus ansiedades compulsivas. Se diría que viven pensando en la actividad sexual. Para ellos toda posposición es vivida como un rechazo.
La frecuencia sexual entonces, marca una pauta de encuentro, cuando ambos han aprendido a negociar y tomar decisiones que contemplen las necesidades de ambos o de desencuentro, cuando la pareja no sabe colocarla en un contexto de satisfacción mutua.
No se trata de centralizar el problema en torno al número de relaciones que se tienen por semana, sino de lo que esas relaciones significan en términos de placer y satisfacción. La responsabilidad es obviamente de ambos, y representa el esfuerzo que cada uno hace por satisfacer las demandas y deseos de la pareja.
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