Aprendiendo a reconocer y controlar nuestras emociones en pareja. Primera parte
Nov. 02 , 2009
Hay parejas que confrontan esporádicamente, pero otras han establecido una rutina de confrontación que se puede comparar con el efecto que produce una piedra al ser arrojada a un estanque de agua en calma. Al principio la reacción del agua es local y si es lo suficientemente estable es absorbida sin dificultad; sin embargo al repetirse la secuencia el impacto es mayor y la reacción ya es más amplia y abarcativa. Estos incidentes repetidos están marcando la inseguridad de la relación y la creciente susceptibilidad ante cualquier disparador que inicie una nueva secuencia.
Las confrontaciones reiteradas tienen un efecto desgastador porque se hace progresivamente más difícil acceder a algún tipo de acuerdo central; esto sucede porque las parejas ya no discuten sobre un tema en particular, sino que discuten acerca de cómo discuten y de quien discute. Cada debate es una suma de todos los debates que han tenido en el pasado.
La clave para reconocer este estado está en darse cuenta que hay una secuencia emocional repetida con independencia de los temas concretos. Estas emociones como la ira, el rencor, el miedo, la furia, se expresan a través de recriminaciones tales como:
¡No entiendes!
¡No te importa lo que siento!
¡No me escuchas!
En algún momento de esta confrontación se produce un malestar emocional intenso que impulsa al más agotado a la retirada a un refugio defensivo, es decir que se establece una distancia afectiva con el otro.
A partir de allí cualquier cosa que se diga o haga será vivida como una acusación, un intento de dominio o de descalificación. Sin embargo esta retirada no suele tranquilizar a la otra persona, sino que puede impulsarla a redoblar sus argumentos o acusaciones en forma cada vez más enfática, buscando “hacer entender” o “convencer” de su propio modo de ver la situación.
Como evidentemente no obtiene respuesta alguna, se siente a su vez agredido, con lo cual se equiparan emocionalmente. Ambos se inundan de rencor.
Hay dos razones básicas por las cuales se produce ese distanciamiento; la primera es el sentirse rechazado (no querido), la segunda sentirse abandonado, por ello es que la rabia se transforma en resentimiento.
Cuando los motivos originales de los conflictos son distorsionados o negados, se produce un desplazamiento hacia temas que parecen periféricos o menores, pero que adquieren una relevancia insospechada. Una toalla abandonada, mojada y solitaria en el piso del baño se transforma en una metáfora del desprecio por los derechos del otro. Pero la base no está evidentemente en la toalla sino que eso se traduce por:
-Me importa una “raja” tu confort.
-Me carga tu preocupación por el orden.
Eso equivale a abandono y rechazo. Las confrontaciones entonces se sitúan como la punta del iceberg de un conflicto más profundo. En ese sentido las emociones del presente se vinculan con los sentimientos dolorosos del pasado. Con todas aquellas situaciones en que alguno se sintió herido.
El psicólogo estadounidense John Gottman ha registrado estas escenas en un laboratorio de comportamiento, a través de las grabaciones en vídeo él puede mostrar el punto en el que un enfrentamiento conyugal se convierte en pura defensividad, hostilidad e insultos. Este estado coincide con la aceleración del pulso; a medida que las pulsaciones aumentan, la capacidad de interactuar con cierta armonía desaparece. Es una correlación directa y llamativa: tan nítida que Gottman les aconseja a las parejas en conflicto que se tomen el pulso en medio de la disputa.
Para ambos sexos, escribe Gottman, haber pasado las cien pulsaciones es razón suficiente para terminar la escena. Una persona cuyo corazón late a una velocidad de cien pulsaciones por minuto, debido a la furia y no a un ejercicio aeróbico, ya no es capaz de comprender ni de responder inteligentemente lo que su compañero o compañera está tratando de decirle. En ese nivel sólo se registra ansiedad, angustia, malestar corporal. Podemos llamar a este estado “desbordamiento”, la metáfora es evidente porque cuando algo se desborda se pierden los límites y estos son reemplazados por el descontrol.
Tenemos umbrales diferentes que facilitan o inhiben el desbordamiento, algunos toleran sin inmutarse diferentes tipos de confrontación, mientras que otros tienden a reaccionar intempestivamente ante la menor crítica. El punto principal es que a medida que el conflicto se hace crónico el desbordamiento se hace más frecuente, con lo cual se profundiza la sensación de deterioro de la relación.
Y cuando las opciones “racionales” se agotan a veces no queda nada más que el grito, el aullido, el llanto, o la violencia, es decir la expresión de emociones primitivas arraigadas desde la infancia en nuestro cerebro emocional.
El conflicto crónico a su vez enferma a quienes participan de él, porque se produce un estado de estrés sostenido, con efectos tales como ansiedad permanente, depresión, trastornos alimentarios, trastornos del sueño, perturbación de las relaciones familiares y laborales.
Las personas se enferman con mayor facilidad porque aumenta el nivel de las hormonas responsables de la inhibición del sistema inmune (adrenalina, noradrenalina y ACTH). Las investigaciones señalan que las mujeres son más susceptibles a enfermar que los varones frente a los estados de desbordamiento emocional repetidos.
Yo dije, yo no lo dije.
Yo no quise decir eso
Tú dijiste
Me dijiste
No oigo
Estoy sorda.
Parece una poesía, pero no lo es, simplemente coloqué algunas expresiones habituales en una secuencia antojadiza que señala el monólogo y la sordera final. Porque no vale la pena seguir allí para sufrir, mejor retirarse, sino a otro espacio físico, por lo menos a un espacio interior no contaminado.
Esto se llama desconexión.
Otras parejas son capaces de debatir más civilizada y democráticamente sus desacuerdos, aunque muchas veces se los ve inmersos en un ciclo interminable de enojos y reconciliaciones. Uno de los más sorprendentes escenarios en la terapia se produce cuando llegan a la consulta personas cuyo único vínculo parece ser el conflicto y el afán de demostrar al otro lo equivocado que está, aunque para demostrarlo se haya usado el mismo argumento durante los últimos diez años. Continúan los enfrentamientos porque esa acción es su único nexo, sin ellas ya serían extraños y entonces comprenderían que no les queda más que la separación.
Una amiga contaba la siguiente historia:
¿Usted alguna vez deseo matar a su marido?
-Matar lo que se dice matar nunca, pero tirarlo por la ventana muchas veces.
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Historia de un triángulo. A propósito de "Donde está Elisa"
Oct. 15 , 2009
Olivia, Javier e Ignacio; tres personajes que componen un triángulo del cual solo dos están conscientes. Esta es la trama de la supervista serie "Donde está Elisa"; que además posee otros triángulos sexuales, pero aunque no es la historia central, adquirió un notable peso en la línea dramática desarrollada porque tiene todos los elementos para lograrlo, incluyendo a un hijo adolescente que es el primero en descubrir la relación, una confesión a una adorable esposa que además está embarazada y la previsible respuesta catastrófica de esta. Un "follón total" como dirían los españoles. Pero más allá de las descripciones vale la pena considerar la vigencia social del triángulo tal como se ve en la historia televisiva.
A quienes leyeron "La razón de los amantes" la excelente novela de Pablo Simonetti, recordaran que allí también se plantea un triángulo más abierto y consciente, pero no menos crìtico en lo que se refiere a la base de sustentación de la pareja.
¿Cuán frecuente es esta situación? ¿Quiénes la desarrollan? ¿Cuál es su propósito? Entre los hombres hay que dividir (para comprender mejor) dos grandes grupos: el primero compuesto por los varones con prácticas bisexuales que difícilmente sostienen un triángulo sino que son más bien promiscuos, recurriendo tanto a aventuras pasajeras como a sexo pagado.
El segundo grupo lo componen varones que han tenido fantasías o prácticas homosexuales en algún momento de su historia de vida y que frecuentemente recurren a sitios de pornografía homosexual en Internet como apoyo de prácticas autoeróticas. Su deseo se sostiene pero se inhiben a encaminarse a una sexualidad francamente homosexual, porque por razones familiares, valóricas, religiosas etc, no quieren identificarse, o no ser identificados por otros como gay. Al escucharlos es muy frecuente que surjan comentarios tales como: mi familia jamás lo aceptaría, no quiero quedarme solo, no me veo sin esposa y familia, quiero tener hijos, no quiero ser homosexual.
Son comentarios legítimos, nadie está obligado a realizar prácticas sociales o sexuales marcadas por una determinada orientación sexual. No existe un mandato biológico imperioso, ni una naturaleza dominante, porque el deseo (como tantos otros fenómenos humanos) también es una construcción social y responde a nuestra capacidad de tomar decisiones y elecciones como también de respetarlas. El problema no está en estas personas conscientes de sus límites y -porque no- de su sufrimiento, sino en los que se enmascaran para lograr una pareja, un matrimonio e hijos.
He trabajado clínicamente con un número significativo de varones que consultaban en esta circunstancia y el denominador común del conflicto en pareja se basaba en su incapacidad de sostener una vida sexual activa y placentera con su pareja. Existe para ellos dos escenarios: uno espontáneo y excitante ligado a sus prácticas autoeróticas y otro forzado o esforzado, frecuentemente acompañado de algún tipo de disfunción sexual que es el que llevan a cabo con su pareja.
Los que se atreven, en algún momento buscarán una compañía sexual masculina; los saunas gay están poblados de personas con este perfil. Y aqui se instalan todos los elementos de la infidelidad: la mentira, el ocultamiento, la disociación entre sexo y amor. Su ausencia de deseo aparece entonces como el factor crítico en la pareja, porque no todas las mujeres están dispuestas a aceptar una existencia asexuada.
Hay casos en que la mujer admite abierta o silenciosamene esta duplicidad pero para que funcione esta aceptación debe conllevar algún tipo de beneficio para ella. He conocido parejas en que la revelación -no el descubrimiento abrupto- de esta situación llevó a un replanteo de la totalidad del sentido del vínculo, es decir ¿Por qué y para qué estamos juntos?
El descubrimiento abrupto del engaño además de que la infidelidad es con otro varón, conduce generalmente a una ruptura traumática del vínculo. La mentira se potencia y adquiere ribetes dramáticos. La respuesta emocional de la mujer implica una sensación de estafa, dolor, rabia, tristeza y aún depresión. Esto se agrava porque no faltan quienes afirman que siempre se percataron de las inclinaciones sexuales del marido. La rabia se expresa en un deseo encendido de venganza que implica la develación de la oculta identidad del "traidor" a quien quiera escucharlo. Cuando trabajo con las personas involucradas en este escenario declaro como terapeuta que todas estas reacciones son absolutamente válidas, pero creo que cuando la venganza domina obscurece a la propia persona que la padece y le impide procesar el dolor psíquico y la desorganización emocional. No se puede olvidar o perdonar por decreto, esto requiere tiempo y proceso.
La enseñanza básica que deviene de este triángulo intencional es que lo peor que uno puede hacer en la vida es comenzar una relación a partir del engaño -sexual o de otra índole- consciente al otro, eso a la larga se hará insostenible.
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Mitos y deseos de la vida en pareja
Sep. 16 , 2009
La base de la pareja se establece sobre una trama desarrollada a partir de los sentimientos amorosos. Esa es su fortaleza, pero también su debilidad.
Cuando se ama se cree que ese amor será continuo o por lo menos eso es lo que se anhela, y aún cuando las personas no pequen de inocentes, en el sentido de creer en la eternidad de la pasión, tienen la secreta expectativa de lograr la continuidad del sentimiento amoroso. Este es, dicho en otras palabras, el ideal de amor romántico, que es especialmente dominante en el mundo occidental.
Este mito fundacional señala que tú conoces a alguien, te enamoras, te unes a esa persona y si el amor se sostiene vivirán felices para siempre. La verdad es diferente, algunas parejas necesitan tiempo para conocerse en profundidad, algunas tendrán que trabajar sobre ciertos temas conflictivos para armonizarse, y otras jamás tendrían que haber pensado en estar juntos.
Un Segundo mito declara que todas las personas son capaces de constituirse en pareja y que ello se funda en una capacidad natural de los seres humanos, lamentablemente esto tampoco es cierto, porque se requiere de una mínima capacidad aprendida de adaptación y tolerancia. Estar y permanecer en pareja depende de un aprendizaje básicamente emocional y a partir de este es posible el desarrollo de habilidades y capacidades específicas que facilitarán el proceso o que por el contrario lo harán arduo.
Estas habilidades y capacidades son las siguientes:
• La habilidad para seleccionar una pareja adecuada. Compleja combinación entre intuición y suerte.
• La capacidad para hacer al otro un legítimo otro en la convivencia.
• La capacidad para comprometerse en una relación íntima.
• La capacidad para mantener un cierto grado de integridad personal que permite respetar los compromisos asumidos.
• La capacidad para mantener cierta coherencia valórica.
• La habilidad para regular cierto tipo de emociones (particularmente la rabia y el rencor).
• La habilidad para regular cierto tipo de impulsos (particularmente sexuales)
• La habilidad de llevarse bien o armónicamente con otra persona por un período extendido de tiempo.
• La habilidad para sintonizarse con las emociones y necesidades afectivas de la otra persona.
• Y el último pero no el menos importante, la capacidad y habilidad para amar a otra persona y manifestar ese amor.
Un tercer mito que afirma que estar y permanecer en pareja es un signo de madurez, obviamente no se ajusta a la realidad, porque este hecho por sí mismo no es garantía de madurez, aquí aparecen dos teorías explicativas; la que señala que las parejas se buscan por niveles de maduración emocional similares, de modo que pueden estar en cualquier punto evolutivo de su desarrollo emocional como sujetos. La segunda teoría en cambio señala que las personas se unen en pareja como modo de complementar sus propias carencias. Lo cierto es que la capacidad para constituir una pareja permanente y monógama se vincula con determinadas estructuras de personalidad, con los modelos relacionales provenientes de las familias de origen y con cierto grado de salud mental.
Las personas que logran establecer este nexo en forma rápida y armónica tienen una biografía similar, los otros pueden desembocar en situaciones de incomprensión mutua; esto sucede porque sus necesidades de afecto y comunicación se ubican en niveles diferentes.
Las características individuales no son las únicas que permiten explicar el ajuste de la pareja, porque cada par de sujetos constituyen una combinación única, capaz de extraer lo mejor y lo peor de cada uno. La dinámica de la relación de pareja produce interacciones en diferentes niveles, y exige de ambos los cambios necesarios para armonizar las diferencias. Para ello parece evidente que la vida en pareja requiere de inteligencia emocional, principalmente en lo que se refiere a la capacidad de sintonizarse con las emociones y necesidades afectivas de la otra persona, esta capacidad no es un atributo genético y mucho menos una característica diferencial estructural entre mujeres y varones, es una habilidad que se aprende y se desarrolla.
Los investigadores han intentado a través del seguimiento de diferentes parejas, determinar los factores que permitirían realizar un ejercicio predictivo del futuro de un proyecto de unión.
Este desafío no deja de ser interesante, pero como dije, el encuentro de una pareja adecuada depende de una compleja interacción entre intuición y suerte. Por otra parte lo que puede ser adecuado para hoy, puede no serlo para mañana, porque las personas cambian en sus necesidades y demandas. Si dos jóvenes deciden convivir con plena conciencia de la posible transitoriedad de esa unión, su nexo principal de unión puede ser el placer de estar juntos, el sexo o la capacidad de entretenerse. No se complican pensando sobre el futuro de ese encuentro, se aman y disfrutan la compañía.
Esta escena parece completamente diferente de otra en que los protagonistas vienen de varias relaciones frustradas y apuestan con ansiedad a que en algún lugar encontrarán la persona adecuada.
Está claro que los sujetos que tienen similitudes de edad, religión, estatus socioeconómico, pertenecen a grupos culturales parecidos y se identifican con cierto tipo de creencias y valores tienen mayores posibilidades de elegirse y de sostener una pareja a través del tiempo, que los que no los tienen.
Pero esto tampoco es una garantía, porque si así fuese, las personas debieran confeccionar un check list, como el que usan los pilotos de aviones, donde se enumeran una a una las condiciones técnicas que permiten un vuelo sin riesgos. En este caso esa lista tendría que contener todas las características deseables del sujeto buscado, de cierto modo esto es lo que hacen las agencias matrimoniales, presentar gente que se supone tienen más elementos en común entre sí mismos que con otros candidatos. Del mismo modo se producen los encuentros virtuales a través de los sitios que proclaman: “Encuentra al amor de tu vida” “Encuentra a tu alma gemela”.
Ignoro la tasa de éxitos de esos encuentros diseñados por computador, entre otras cosas porque la lista de lo que se desea en una posible pareja nunca es totalmente transparente ya que se define a partir de elementos conscientes e inconscientes. Los segundos son misteriosos e intranquilizantes si se adhiere a la teoría que afirma que las personas se buscan para completar inconscientemente a través del otro sus propias carencias.
Si se sigue el supuesto de que los factores comunes como actividades preferidas, creencias y valores básicos, suposiciones de cómo deben ser los comportamientos dentro de la pareja y la vida erótica y sexual, son los responsables de que dos personas se sientan atraídas y les permiten prolongar su relación, es necesario precisar que estas coincidencias deben sostenerse para seguir siendo válidas.
La mayor parte de las rupturas se producen cuando esos factores comunes dejan de serlo.
La vida en pareja se sostiene sobre nueve pilares que en forma amplia se pueden enumerar:
• Amor.
• Compromiso
• Continuidad.
• Cotidianeidad.
• Fidelidad.
• Intimidad.
• Proyecto vital compartido.
• Relaciones sexuales.
• Satisfacción.
Quienes deseen profundizar en estos pilares, puede hacerlo a través de mi último libro Amor y desamor en la pareja.
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La primera vez
Sep. 02 , 2009
La primera vez
En una época en la sexualidad parece cada vez más fácil y explícita, y
donde la iniciación sexual es cada vez más temprana, me pregunto si la primera
vez, la primera relación de penetración todavía importa. No solo por el
contacto físico que ella implica, sino principalmente por que no es sólo el
cuerpo, o una parte del cuerpo, lo que se pone en juego en ese instante. Es mucho
más que eso, porque representa la entrega de sí a un otro, y además señala el
instante en que se dice adiós al cuerpo infantil, en lo metafórico y lo
concreto. Hoy como ayer el primer encuentro amoroso no debiese tomarse como una
banalidad ni para el varón ni para la mujer, porque conlleva riesgos, suscita
esperanzas, despierta dudas y temores.
Representa, sin lugar a dudas un acontecimiento señalado en donde aparece la
apropiación de un saber, y la conciencia de un cuerpo con posibilidades y
límites.
Hay muchas personas que recuerdan vagamente su primera experiencia
sexual, porque pasó por sus vidas como una acción rápida, otros y otras sin
embargo la recuerdan con ternura, porque fue cuando debía y con quien se
deseaba.
Hay cuatro preguntas principales en torno a este tema: Cuando, como,
donde y con quién.
A lo largo de la historia la idea del momento adecuado se ha ido
modificando, y hoy nadie se atrevería a
asociar científicamente ese evento a una edad determinada, es más bien una
cuestión de decisión personal, en la que intervienen factores tan diversos como
madurez emocional, perspectivas religiosas o morales, oportunidad, confianza en
sí mismo y en el otro. El cómo nos
remite a la educación, que en general es escasa y deformada en los
adolescentes. Este tema no es menor por que allí parecen todos los miedos y
riesgos que comporta la iniciación sexual, y deja una marca a veces indeleble
en la vida sexual futura; cuando la torpeza, la violencia o el descuido
reemplazan al afecto y la ternura. Un embarazo inesperado es un ejemplo de este
mal principio.
Los temores más generales entre las mujeres son:
Al dolor
Al embarazo.
A que se les note -lo vivido en esa primera entrega- corporalmente.
Al objeto que va a penetrar en su espacio interior.
A ser sometidas.
Al rechazo posterior.
Al abandono.
A ser descubiertas.
A si serán capaces de gozar.
Entre los varones los temores son:
A penetrar.
Al himen y a la sangre femenina.
A no lograr la erección.
A no saber que y como hacerlo.
Al ridículo.
A hacer daño.
A ser descubiertos.
A embarazar a la mujer.
Sin ánimo de caer en esquematismos -por lo demás desaconsejables en
materia sexual-, una buena iniciación sexual debería cumplir con ciertos requisitos.
Una elección libre y responsable.
Un lugar adecuado.
Tiempo disponible.
Un método anticonceptivo seguro y confiable, fruto de un adecuado
asesoramiento médico, si es que no se desea tener hijos.
Privacidad.
La convicción de que “más rápido y mucho” no es sinónimo de “mejor”.
Tolerancia, comprensión y paciencia para con el otro y con uno mismo.
Amor.
Nadie es mejor o peor por tener una relación sexual, la diferencia reside
en que cuando adopta la forma un acto mecánico y desprovisto de afecto es en
rigor una iniciación forzada, que a veces ni siquiera resulta útil como
entrenamiento.
Bisexualidad. Hechos y debates.
Aug. 22 , 2009
Hace algunos días me toco presenciar un capítulo de la popular telenovela ¿Dónde está Elisa? Allí se muestra la relación entre dos varones, uno francamente homosexual y el otro un falso heterosexual, porque es más el esfuerzo y voluntad que él aparentemente coloca en sostener una relación marital sin deseo sexual, que su vocación por ello. Prueba de lo mismo es la fuerte atracción que siente en la relacion homosexual que inicia y sostiene con el entrañable amigo de su mujer. Esta historia me recordó otras historias presentes en mi experiencia clínica donde el tema de la bisexualidad se hizo presente. De estas extraigo algunos ejemplos:
Cynthia y Alberto eran una pareja como tantas otras parejas con pocos años de matrimonio; con alegrías y tristezas, proyectos, encuentros y desencuentros, armonías y conflictos. Sin embargo durante los últimos seis meses sus discusiones habían aumentado en frecuencia y volumen. Como consecuencia de ello un cierto distanciamiento afectivo se hizo evidente, una distancia afectiva y también sexual, que hizo aparecer en Cynthia la duda sobre la existencia de otra persona en la vida de Alberto. Ello la llevó a adoptar una actitud vigilante y controladora sobre las actividades de su marido que antes no había tenido. Comenzó a encontrar ocultamientos, pequeñas mentiras, excusas para justificar horas en las que él simplemente desaparecía o estaba inlocalizable. En esta búsqueda obsesionada, inventó un viaje repentino y urgente durante un fin de semana (por razones familiares), pensando en volver repentinamente y sorprenderlo. Así lo hizo y al llegar al departamento lo encontró con otra persona, pero la otra persona no era otra mujer sino otro hombre.
María Isabel vivió una experiencia diferente. Luego de años de matrimonio, tres hijos y una aparente felicidad en la convivencia. Ella le comunicó a su esposo el deseo de separarse. Por un tiempo le dijo. Le habló de su necesidad de reflexión sobre este matrimonio que la ahogaba.
A pesar de la resistencia del marido en aceptar una separación que no entendía, la firmeza de la decisión de María Isabel determinó el distanciamiento que se reveló irreversible.
Muchos años después ella resumió su historia: “Cuando me separé lo único que yo quería era estar sola. Gabriel es una buena persona y por eso me sentí mal haciéndolo sufrir, pero me sentía vacía”.
“Como no quería depender de él retomé mi profesión con fuerza. Tenía que viajar a menudo fuera del país y pasaba harto tiempo en hoteles. Eso es aburrido, especialmente porque no tienes con quien hablar de temas que no sea el trabajo”.
“Una de esas noches, cansada de ver televisión, baje al lobby del hotel a tomar una copa de vino. Por casualidad me senté cerca de otra mujer que también estaba sola y espontáneamente comenzamos a conversar. Lo hicimos durante horas. Teníamos tantas cosas en común, tanta afinidad. Fue una fascinación mutua. El contacto entre las dos siguió a la distancia, primero mails, luego llamadas telefónicas. Ella se convirtió en una persona importante en mi vida”.
“Creo que forcé un nuevo viaje para verla. Después todo pasó naturalmente, nos amamos. Y lo raro es que yo no me sentía sorprendida, es como si eso hubiese estado en mi desde siempre”.
En el caso de Daniel, él siempre tuvo en claro su duplicidad, se casó con una mujer a la que amaba, creo una familia con hijos de los que se sentía orgulloso. Pero siempre, desde el inicio de su pareja y aún antes del matrimonio mantuvo encuentros sexuales con hombres. Encuentros transitorios, de “puro sexo” como él decía, sin embargo le pasó algo inesperado, que introdujo un sesgo conflictivo en esta aparente armonía, se enamoró de otro hombre. A partir de allí comenzó la angustia, porque su deseo sexual, su pasión se convirtió en excluyente. Ya no era capaz de sentirse atraído por su mujer.
Estas historias nos llevan a interrogarnos sobre uno de los fenómenos de las prácticas sexuales menos revelado y poco investigado, desde que el número de personas que tienen prácticas bisexuales (varones y mujeres) parece más amplio de lo que se presenta a simple vista.
Desde lo que hoy conocemos desde un punto de vista biológico, al principio del camino de la gestación las gónadas indiferenciadas pueden orientarse hacia cualquier dirección, pero si no hay una intervención específica de un gen ubicado en el brazo corto del cromosoma Y, la dirección de desarrollo será de hembra. Este es el primer gran eslabón en el proceso de diferenciación sexual, que una vez transpuesto es inmodificable. La segunda intervención es de origen hormonal, y requiere de la acción de hormonas testiculares sobre el cerebro fetal para que sea efectivo el proceso de masculinización, sin embargo es posible que, como señala J. Money, la masculinización y la feminización coexistan en el cerebro en diversos grados, con una prolongación hacia el plano de los deseos y conductas sexuales, lo que dicho en otros términos haría posible que la sexualidad fuese monosexual (heterosexual u homosexual) o bisexual.
La tercera intervención está representada por la acción de la socialización del recién nacido que es educado para ser heterosexual en la inmensa mayoría de las sociedades humanas.
Las interacciones entre los tres planos deben producirse en un momento crítico del desarrollo evolutivo, en un instante preciso, que posibilite la cristalización de las potencialidades de cada individuo.
La gran discusión, incompleta e inacabada, es si es posible afirmar que los determinantes prenatales son los principales factores que harán variar la orientación sexual con independencia de la modelación social.
La biología ha destacado los factores prenatales que condicionan el desarrollo de la sexualidad y de las conductas reproductivas, mientras que las ciencias sociales han centrado sus análisis en la influencia del medio y del aprendizaje social, sin embargo la visión más correcta pasa por admitir que ambos interactúan para que se produzca un resultado final, en términos de la orientación sexual del individuo.
En un mundo donde la orientación sexual está polarizada entre la heterosexualidad y la homosexualidad, que por fin resulta admitida, la bisexualidad introduce un nuevo factor de conflicto, porque amenaza a ambos lados del escenario y produce hostilidad más confusión. Durante años ha sido sistemáticamente ignorada como fenómeno social, sin embargo ella reaparece desde dos ámbitos totalmente diferentes.
Por un lado, en las novelas, el cine y en el mundo del espectáculo surgen personajes claramente ambiguos o francamente bisexuales, cantantes como Michael Jackson o Miguel Bosé hacen gala de ese estilo ambiguo. Recientes biografías revelan que Laurence Olivier, Cary Grant o Eleanor Roosevelt jugaron romances con varones y mujeres. Pero el asunto va más allá de las columnas de la prensa amarilla, cuando las prácticas de los bisexuales masculinos los colocan dentro del cuadro de los grupos más sensibles en la posibilidad de contagio del Sida a la comunidad heterosexual.
Este problema social ha llevado a un primer plano de debate el tema de la orientación sexual.
En muchas sociedades los límites son difusos, algunas mujeres lesbianas tienen ocasionalmente relaciones sexuales con varones, algunos hombres que se definen a sí mismos como heterosexuales pueden tener juegos eróticos con otros hombres, pero admiten la etiqueta de homosexuales sólo cuando han tenido relaciones sexuales que incluyan sexo oral, penetración o masturbación mutua con otro varón. De hecho la construcción de la orientación y de la identidad sexual es un proceso que puede atravesar por etapas confusas y ambiguas hasta su cristalización en la post adolescencia, y dentro de ellas psicológicamente se admite la existencia de deseos y fantasías eróticas hacia el propio sexo.
Las estadísticas del número de bisexuales no son confiables, porque no se lo asocia a un estado constante. El/la bisexual se ubica en un territorio sin reconocimiento social ni moral, por lo que difícilmente admite su condición.Para el propósito de clarificar las orientaciones sexuales, importa diferenciar las prácticas bisexuales realizadas por un grupo de personas básicamente homosexuales de aquellas francamente orientadas en una doble dirección. Los primeros se mimetizan dentro de un matrimonio o pareja para obtener esposa/o, hijos y legalidad social. Estas personas son capaces de mantener – con verdadero esfuerzo relaciones sexuales con su pareja, mientras que su verdadero goce está del lado de la relación homosexual, la cual buscan y practican en forma oculta. Sin embargo a pesar de que ese accionar pudiese confundirlos con bisexuales, en realidad no lo son, sino más bien esforzados o esforzadas heterosexuales enmascarados.
La conclusión que surge de la observación de estas diferentes maneras de construir el objeto de deseo erótico, es que ese proceso es mucho más complejo de lo que se creía y que no depende sólo de factores biológicos, familiares, culturales y sociales, sino de la intrincada relación entre ellos. La inmensa mayoría de las sociedades educa a sus miembros para que sean heterosexuales, y la mayor parte efectivamente lo serán, pero tal como se señaló mas arriba es probable que los seres humanos tengamos algo de ese ser andrógino original, y que lo femenino y lo masculino coexistan en un cierto grado en nuestra historia individual, tanto en término de actitudes como de deseos. Si se acepta esta idea, también puede entenderse como en una sociedad abierta y tolerante los sujetos pueden dar libre curso y poner en acción deseos que en una sociedad más represiva serían prohibidos o negados.
En su límite, tal como plantea Marjorie Garber, autora el polémico libro “Viceversa”, las palabras homo, hetero, bi, tal vez no definen estados sino más bien posicionamientos del amor y del placer y como tal cambiantes, por lo que las etiquetas no son adecuadas para entender el fenómeno, sino que corren por cuenta de una sociedad que siempre ha necesitado controlar que los comportamientos sexuales se mantengan dentro de lo correcto y lo normal, como forma de autodefensa ante formas de expresión de la sexualidad que la desafían.
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Las parejas disparejas. El caso del varón
Aug. 10 , 2009
Las diferencias de edad entre las parejas nunca han sorprendido a nadie. Especialmente cuando la diferencia se coloca hacia el lado del varón.
Durante siglos, la norma fue que un hombre maduro y consolidado elegía como consorte a una mujer joven, saludable, trabajadora, preferentemente bella y obviamente virgen.
Sólo cuando el ideal de amor romántico se extiende desde la cultura europea hacia otras latitudes, comienza a gestarse una norma inversa a la anterior, particularmente en Occidente.
Desde allí es que las parejas comenzaron a buscar, al imperio de la libertad de elección y el acceso a la educación y al trabajo, uniones más similares, incluyendo en esta determinación la equiparación de la edad de ambos.
Lo que antes aparecía como una constante se transformó en la excepción, por lo menos cuando la brecha etárea era de 15 o 20 años de diferencia.
Sin embargo, en la última década estamos presenciando que cada vez se hace más común alternar con parejas con amplias diferencias de edad entre ambos.
El fenómeno es original, porque no comporta un retorno hacia formas tradicionales, sino que se produce entre personas dispuestas a asumir con tolerancia los riesgos de la desemejanza, que no se relaciona solamente con el número de años, sino con la experiencia de vida, los gustos, las expectativas.
Sobre este tema y no por casualidad, me fue dado participar de una conversación que quiero sintetizar aquí:
El evento sucedió durante un almuerzo planificado a mediados de semana, pretexto para juntar amigos, que por supuesto y de acuerdo a la mejor regla de convivencia, se prologa de abundante pisco sour, que siempre afloja la lengua y las ideas reprimidas.
Promediando la comida, el grupo se encuentra sumergido en una alcohólica reflexión sobre el valor de la pareja, y de las dificultades de la búsqueda cuando uno no ha tenido el éxito esperado. Sus edades, dato imprescindible para entender el peso del debate, fluctúan entre los 48 y 55 años, algunos están formalmente separados de uno o varios intentos conyugales y, hoy son libres de elegir estar solos o buscar compañía.
Ninguno cree que la primera opción sea la válida, porque no se ven a sí mismos como solitarios. Sin embargo, el tema de la elección no es tan sencillo, porque no hablan de compañías sexuales, que nunca faltan, sino de una nueva pareja. Dejándose volar por la fantasía, comienzan un ejercicio imaginario del perfil de las candidatas, y la primera regla dorada se establece en la edad. "Nada de viejas a esta altura", demanda uno de los comensales.
Los casados no se abstienen de opinar, porque en definitiva comparten las visiones de un mundo masculino.
Vieja sería para ellos cualquier mujer de su propia edad, las deseables y potables rondarían los 35, y ojalá menos, guardando con cierta vergüenza su deseo de que fuesen mucho más jóvenes. Todo esto, dicho en voz alta, sin temores de caer en posiciones políticamente incorrectas. Lo sienten como natural, no como un deseo perverso. No se preguntan con recelo de sí mismos: ¿Por qué una mujer más joven? Tal vez porque no existe una respuesta concreta, sino un conjunto de deseos que se expresan en esa elección. La primera de las hipótesis explicativas que surge, está dada a partir de un cierto efecto de rejuvenecimiento que produce el contacto íntimo con una mujer más joven. Desde el rey Salomón en adelante - quién se rodeaba de bellas jóvenes en su vejez, bajo la idea de que el contacto con ellas lo nutría de energía- el inconsciente colectivo se ha nutrido de esa fantasía. El propio envejecimiento se detiene mágicamente cuando se es objeto de deseo de un rostro y un cuerpo admirado. Una nueva energía vital surge de ese amor, que actúa como una fuente mítica de inmortalidad. Ese es el tema del Dr. Fausto, dispuesto a vender su alma al diablo para ser inmortal y deseado.
En los hombres que han transpuesto la quinta década, los fantasmas permanentes que acosan a la sexualidad masculina se revelan con mayor intensidad. Miedo a ser menos viriles, menos potentes, menos seguros a la hora de satisfacer sexualmente a su compañera, aun cuando una cierta sabiduría erótica puede haber reemplazado las hazañas gimnásticas de épocas anteriores, siguen idealizando un pasado intenso. Para ellos, un cuerpo joven excitado por ese propio cuerpo maduro es un afrodisíaco más potente que cualquier Viagra. La intensidad sexual los devuelve a la propia juventud, y así se sienten llenos de energías insospechadas. Caminan más, corren, pueblan los gimnasios, vuelven a bailar, en una coherente búsqueda por eliminar cualquier posible flaccidez, y hasta se animan a pensar que una pequeña cirugía plástica no les vendría nada mal.
Ahora no sólo hay que sentirse joven interiormente, sino además parecerlo exteriormente. En cierta edad no hay mayor elogio que el que dice: "¿¡Cuántos años tienes!? Pero, por Dios, no se te notan".
No se piense que estoy construyendo un perfil de los patéticos viejos-jóvenes, disfrazados de adolescentes. Los hombres de los que hablo son los maduros personajes que habitan oficinas, consultas, comercios. Pero no es sólo lo sexual el foco de atracción: ser elegido por alguien deseable a la mirada de los otros, tocado cariñosamente, declara ante los demás la propia vigencia. El orgullo por ser quienes somos.
Las parejas disparejas asumen desafíos que mayormente se relacionan con diferencias generacionales en torno a gustos, actividades, diversiones, grupos de pertenencia, etapas de la vida en que cada uno esta y el modo en que se proyectan sus expectativas.
Orgasmo femenino
Jul. 31 , 2009
¿A quién le importa tener un orgasmo? Vaya pregunta. A todos parece la respuesta obvia, incluyendo a mujeres, hombres, adolescentes, adultos y ancianos. Sin embargo y aunque aparezca como un deseo universal los signos que lo identifican no son tan claros para cada uno. Comencemos por definir el origen de esta palabra: orgasmo significa etimológicamente “agitación, ardor”, para los griegos tenía un significado más subjetivo y literario: “yo deseo ardientemente”.
La poetisa griega Safo describía el orgasmo de esta manera: “El sudor corre por mi cuerpo, me estremece un escalofrío, me vuelvo más verde que la hierba, ya falta poco, me siento morir”.
Lady Chatterley, el personaje al que dio vida D.H. Lawrence, lo comparó con “las campanas al vuelo”.
El orgasmo significa entrega, descontrol, amén de cierta pérdida de conciencia que los franceses llamaban petite mort lo que traducido se entiende por pequeña muerte.
Científicamente, según los investigadores modernos de la fisiología sexual, puede entenderse como un breve episodio de liberación física de tensiones musculares acumuladas durante la relación sexual que se manifiestan en contracciones rítmicas a nivel genital, aunque también comprometen al resto del cuerpo. Estas contracciones, que se producen a intervalos de diez segundos, permiten liberar la congestión sanguínea de la pelvis y son sumamente placenteras para ambos sexos porque producen sensaciones de alivio y relajación de la tensión erótica acumulada durante la relación sexual.
Un interesante experimento realizado por el investigador Gerst Holstege, de la Universidad de Groningen, en Holanda, utilizando un escaner de emisón de positrones, mostró qué sucedía en el cerebro de varones y mujeres durante el orgasmo: "Lo más interesante que encontramos fue que durante el orgasmo todas las regiones del cerebro relacionadas con el miedo o la alerta se apagan, y esto es algo que nunca habíamos visto", explica este experto. El orgasmo produce una especie de trance; nos aleja del miedo y de la ansiedad, y en el momento del clímax sobreviene una especie de apagón momentáneo del cerebro.
Hay sutiles, aunque importantes diferencias entre los orgasmos de ellos y ellas. En las mujeres, el apagón es mucho más acusado que en los hombres, aunque en estos últimos los centros del miedo también se desactivan.
En resumen: las sensaciones físicas y las sensaciones subjetivas de placer se unen para producir este estado que es natural y espontáneo para algunas y sólo un secreto anhelo para otras.
Sin embargo la capacidad orgásmica es inherente al ser humano, no se requiere ningún estado psicológico especial para lograrlo, se diría que inversamente, lo que muchas mujeres hacen, es reprimir esta aptitud natural.
Cuando ellas llegan a la consulta diciendo “soy frígida”, término en desuso, pero que aún se escucha por allí, llevan adherido un rótulo a su sexualidad que las descalifica ante sí mismas y ante su pareja. Esta palabra parece significar ausencia de sensaciones y placer, pero en la inmensa mayoría de los casos se trata de mujeres que disfrutan parcialmente de la experiencia, pero no logran ningún tipo de clímax similar al de su pareja sexual, es decir son anorgásmicas.
Los estudios estadísticos muestran que cerca de un 10 por ciento de las mujeres nunca han alcanzado la experiencia orgásmica, ni individualmente (por masturbación) ni a través de una relación sexual.
Hay mujeres que se interrogan a sí mismas y a su cuerpo, para saber si alguna vez alcanzaron esa respuesta placentera. Dicen – yo no sé si tengo orgasmo o no- si no lo reconocen lo más probable es que carezcan de él, sin embargo algunas tienen respuestas tan mínimas que no las registran como tales. La verdad es que no las amplifican, porque las contracciones musculares no son placenteras en sí mismas, sino que nosotros mismos hacemos que las sean a través de nuestro cerebro emocional.
En la vereda opuesta están quienes llegan a un orgasmo placentero casi sin deseo, sólo por fricción. Reconozco que nunca dejan de sorprenderme estas mujeres que se sienten muy lejanas de su pareja, que comienzan los encuentros sexuales totalmente presionadas y que sin embargo alcanzan casi sin dificultades su orgasmo.
Otras mujeres, un 20 por ciento, llegan al orgasmo sólo por estimulación directa del clítoris por caricias manuales, orales o por una posición que favorezca un contacto muy estrecho entre los genitales del varón y esa zona destinada por la naturaleza a ser receptora de sensaciones. Aunque esta forma de acceder al orgasmo les puede generar dudas en cuanto a su “normalidad”; dicha confusión proviene de un viejo malentendido por el cual se entiende que el único orgasmo verdadero, natural y completo sería el obtenido por y durante la penetración vaginal. El llamado orgasmo vaginal, al cual llegan cerca de un 60 por ciento de las mujeres. Sin embargo el mito que debemos disipar es aquel que afirma - sin ninguna base coherente de sustentación - que las mujeres que no lo obtienen son menos maduras sexualmente que las otras que si lo logran. Su forma de llegar al clímax es diferente, pero no por ello menos placentera.
El problema surge cuando los varones se empeñan en que su pareja logre un orgasmo por penetración, como en una especie de desafío a sí mismos y a su capacidad de otorgar goce sexual, más que por una verdadera preocupación por su compañera a la cual acarician sin verdadero interés, casi mecánicamente. Esta falta de estímulo físico y afectivo genera barreras para la expresión del placer y puede terminar por inhibir la propia capacidad orgásmica de la mujer.
Para la mayoría de las parejas de la cultura occidental contemporánea, la penetración está precedida de juegos previos, que usualmente incluyen estimulación en el área del clítoris. Los que así lo hacen aumentan las posibilidades de orgasmo, los que no, aquellos que sienten que las caricias compartidas no son más que un prólogo obligado, fuerzan negativamente el encuentro, centrando la posibilidad de goce exclusivamente en la fricción entre pene y vagina, lo que correlativamente disminuye las posibilidades orgásmicas.
Las terapias sexuales centradas en el objetivo de lograr acceder a ese esquivo orgasmo se han mostrado efectivas para aquellas mujeres, similares a una recordada paciente de 70 años quien decía “no quiero morirme sin haber sentido esa sensación”.
Muchas mujeres se preguntan si pueden tener ambos tipos de orgasmos, o si pueden pasar de uno centrado en el clítoris a otro centrado en su vagina durante la penetración. Todo es posible, pero no se debe caer en el error de creer en que ello es imprescindible para la felicidad sexual, ésta es demasiado compleja y rica para ser reducida sólo a la capacidad de tener o no orgasmos.
En el encuentro sexual lo más importante no son los logros mecánicos, sino la capacidad de darle al otro aquellas cosas que lo hacen sentir entendido y aceptado, para mujeres y hombres esto determina el verdadero sentido del éxito.
Problemas sexuales en varones jóvenes
Jul. 23 , 2009
La presencia de estas dificultades en menores de 30 años son una novedad, un cambio que establece una clara diferencia entre esta generación y las anteriores. No voy a afirmar-porque sería absurdo- que los jóvenes carecían de problemas sexuales en el pasado, lo que es notable es como se preocupan hoy por cambiar esas conductas y mejorar la calidad de su vida sexual. Antes trataban de disimular o de invisibilizar el conflicto, hoy lo asumen como un escollo al que hay que superar.
Estabilidad y cambio, dos caras de la vida en pareja
Jul. 13 , 2009
Vamos a partir de una premisa esencial: todo el mundo cambia con el paso del tiempo, algunos con sentido positivo y otros negativos. Una amiga periodista, Paula Olmedo, escribió estas palabras que transcribo aquí:
“Conozco una persona que apenas ve televisión y no disfruta demasiado yendo al cine. Le atrae la música, eso sí, y los bailes. Reconoce cuando un actor sabe hacer su trabajo. Un día, va al cine y ve un film clásico; Cantando Bajo la Lluvia. Se fascina. No puede creer lo que está viendo. Una película fantástica, un gran actor, bella música, coreografías perfectas, gracia, encanto y alegría.
Sale feliz del cine y guarda esas imágenes en su mente durante años.
Es que no tienen idea cómo disfrutó esa película.
Por eso cuando años más tarde vio que la vendían en video, no dudó en comprarla. Y se emocionó como la primera vez cuando vio aparecer a Gene Kelly. Gozó viéndolo bailar, moverse, cantar. La vió muchas veces, siempre en el mismo living, siempre sentado en el mismo sillón, tomando Coca Cola con hielo. Le encantaba repetir el rito: película, sillón, Coca Cola con hielo.
Hasta que un día, dejó de disfrutar las canciones, los bailes y empezó a verla como una película tonta, una comedia inútil, simple, ingenua y hasta mal hecha. Empezó a creer que había muy poco de espontaneidad en el trabajo del actor y notó que había ensayado sus pasos mil veces, hasta saber exactamente en qué punto iba a poner el pie y cuánta agua iba a saltar con su gesto. Cómo iba a mover el paraguas y qué tenía que hacer para que en ese instante el actor que hacía de policía supiera que debía entrar en escena y mirarlo feo por estar saltando de posa en posa. Ya no creyó nunca más que Gene Kelly estaba contento y enamorado. Lo había visto tantas veces repetir lo mismo, que nada le parecía natural. Era todo una gran opereta. Le desilusionó el set de cartón piedra, el agua que caía exageradamente sobre los adoquines y el actor que nunca, nunca olvidó su canción ni tropezó. Lo aburrió su rutina perfecta”.
Personalmente he visto lo mismo en decenas de parejas. Empiezan felices y fascinados uno con el otro, llenos de emociones positivas. Pero luego de años de convivencia recuerdan los primeros tiempos como un sueño que se desvaneció. Lo que les pasó es que con los años evolucionaron, cambiaron y en algún momento miraron al otro y en vez de ver a esa persona que los hacía vibrar y saltar de contentos, encontraron a un extraño.
No todos están condenados a este final, porque ello depende de la capacidad de entender y acompañar los cambios que cada uno va produciendo en las distintas áreas de la vida. La evolución y el progreso individual se expresa de distintas maneras, las necesidades se modifican y lo que fue suficiente deja de serlo. Es casi imposible mantenerse estático.
“Antes no eras así”, esa es una frase demoledora, que quiere expresar la angustia frente a las diferencias que no se entienden.
Una pareja está compuesta (como su nombre lo indica) por dos personas y como tal está expuesta tanto a los cambios individuales como los que afectan a la relación en sí misma. Los estudios sociales muestran que a lo largo de la vida el cambio es más común que la estabilidad, particularmente en el campo de las creencias, valores y actitudes, de allí que muchas personas se vuelven prácticamente irreconocibles a su pareja, que no comprende ni recuerda aquello que hizo nacer el amor y la pasión en el principio de la relación.
¿Que es lo que se modifica en una pareja con el correr del tiempo? ¿Que es lo que mejora y que empeora? Sólo teniendo estos aspectos claros parece posible para las parejas prever los sucesos desfavorables y promover los deseables.
Una idea general asocia incorrectamente la prolongación de la vida en común como un elemento principalmente negativo para el vínculo amoroso. El cansancio y el aburrimiento no dependen de los años en si sino de las acciones que las parejas llevan a cabo durante ese período. Muchos creen que los vínculos que se inician tienen una sexualidad más placentera que otras con un largo período de convivencia. Esta suposición parte de la falsa premisa de asociar buen sexo con el apasionamiento de cuerpos jóvenes y formados y principalmente con el rendimiento atlético en la cama, herencia de una cultura que ha instaurado como modelo único de belleza y éxito sexual a aquel que se asocia con la juventud y la exterioridad. De acuerdo a este mito la sexualidad quedaría supeditada a la calidad de la erección y al número de repeticiones sexuales que sea capaz de alcanzar una pareja.
Sin embargo, lo cierto es que nadie nace sabiendo, y que la madurez también puede hacer a las personas más sabias a la hora de hacer el amor, tal como lo demuestran las investigaciones realizadas con parejas que se declaran conformes y satisfechas de su vida sexual. Estas personas creen que con el paso de los años sus relaciones han mejorado. Cuando se les preguntan por las razones de este cambio positivo ellos dicen que ambos se conocen más profundamente, que han explorado sus gustos y sus rechazos. Saben que hacer, y como hacerlo. Saben hablar de sus deseos, de aquellas cosas que agradan y de lo que se rechaza. Han aprendido que una sexualidad sin falsas inhibiciones permite una relación más transparente y estrecha. Han aprendido principalmente a respetar sus límites.
De las parejas que hablan de sí mismas como felices y apasionadas se hace posible aprender algunos secretos eróticos:
Estas parejas sostienen la importancia del contacto corporal que utilizan con un sentido emocional y sexual. Recuerdan tocarse mutuamente de una manera suave o apasionada, pero acariciarse siempre porque el contacto afectivo e íntimo marca la diferencia entre amarse sexualmente o simplemente tener sexo. A través de las caricias se pueden transmitir todas las emociones y todos los deseos. Tocar representa interés, apoyo, intimidad, proximidad; por ello vale la pena practicar sin vergüenza gestos de contacto afectivo. Estas parejas se besan, no solo como un gesto social de contacto de mejillas, sino como un mensaje de apego constante. Esto en si mismo es maravilloso, y debiera mantenerse en el recuerdo por siempre, porque si se compara estas acciones con la actividad sexual genital, esta última está condenada por el imperio de la fisiología a un final, que puede ser más o menos glorioso, pero que cesa y separa, por lo menos temporalmente a los amantes. En cambio, los intercambios de caricias, en los que los besos ocupan un lugar de privilegio, señalan la posibilidad de que el deseo y la excitación se sostengan casi indefinidamente. Esta verdad no debería ser olvidada nunca, particularmente por aquellas parejas que opacan su vida erótica en acciones cada vez más genitales, que desplazan y secundarizan los besos apasionados.
Los besos no son solo prólogo y promesa de un paraíso soñado, son los ladrillos del edificio de la sensualidad, y si se los suprime tambalea toda la estructura.
La calidad del vínculo afectivo y erótico de una pareja puede ser rápidamente evaluado solo constatando la presencia o ausencia de los besos amorosos. No hablo aquí de aquellos que misteriosamente son insensibles a este contacto; se que existen, y que parecen padecer de una limitación crónica de sus posibilidades sensoriales. Más bien me refiero a quienes han besado y ya no
lo hacen, ni con la frecuencia ni la intensidad con que lo practicaban en el pasado. Son amantes en desuso, aunque unan sus genitales con regularidad placentera.
Al amante se lo besa, se le absorbe el alma a través de la boca, se le entrega el propio sabor en un remolino de lenguas, porque el beso es una fiesta de los sentidos.
Los terapeutas de pareja sabemos que lamentablemente las parejas que se alejan afectivamente usualmente dejan de acariciarse y besarse, y aún cuando puedan continuar manteniendo relaciones sexuales, van como directo al punto y el punto siempre es lo genital. ¡Cuántas veces he escuchado como queja que todos los contactos se limitan en ese tipo de relaciones a caricias por debajo de la cintura!
Si se observa con atención a las parejas de enamorados se percibe que se miran siempre a los ojos, que se contemplan mientras se tocan, y que también eso ocurre cuando hacen el amor. Otros dejan de mirarse, y ello le sucede a muchas parejas que comienzan a oscurecer la habitación cuando tienen relaciones; esta acción tiene dos vertientes: la primera por cierta vergüenza frente a los cambios corporales que traen los años y el poco cuidado que tienen algunas personas de sí mismas, la segunda para ocultarse de la mirada del otro por temor a la autoexposición, tal vez porque mirar representa tener conciencia de la relación y de los cambios de la pareja que alimentan los propios cambios en un sentido positivo o negativo. Cuando uno mira la excitación del otro la propia excitación crece, como en un espejo que acrecienta las sensaciones personales, tal vez por ello muchas parejas encuentran en los moteles (siempre llenos de espejos) un buen amplificador de emociones sexuales.
Otra receta recomendada por los expertos consiste en hablar todos los días, no sólo para intercambiar informaciones como un noticioso de televisión, sino para saber del otro, para conocer sus sensaciones y sus ideas, incluyendo el tema sexual. Mucha gente cree que del sexo no se habla, sólo se ejecuta. Otros sienten inhibiciones a hablar de sexo fuera de la propia situación sexual. ¿De que es lo que hay que hablar? Se preguntan. Tal vez porque imaginan que se trata de una especie de comentario de tipo descriptivo sobre los sucesos acaecidos en la cama. Cuando uno habla y escucha aprende a expresar sensaciones, emociones e ideas a través de la palabra. “Me gustas cuando callas porque estás como ausente” decía Neruda en un verso inmortal, pero al menos en la intimidad y entre las sábanas no parece una máxima aplicable a rajatabla. Me gustas cuando hablas porque te siento más mía, parece un verso más adecuado para una escena de amor compartido.
Cuando se está abierto al otro los cambios son un instrumento de crecimiento de la intimidad de la pareja; por ello es que los años pueden agregar condimentos que - como secretos de cocina - acrecientan el sabor final de un plato - que aunque simple - tiene ese sabor oculto de la experiencia.
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La hora de fingir
Jun. 30 , 2009
A los 25 años, Teresa llevaba dos años en una relación de pareja, ambos creían que el matrimonio estaba cercano. Nada empañaba la aparente perfección que disfrutaban; sin embargo un secreto celosamente guardado estaba generando en ella una creciente intranquilidad. Por primera vez ella estaba contando en voz alta a un psicólogo que siempre, pero siempre, desde sus primeras relaciones sexuales ella fingía. Como una consumada actriz sexual que era, sus parejas nunca habían sospechado que esa mujer tan apasionada desarrollaba en la cama un guión aprendido. Teresa sabía cuando y como representar los gestos, los jadeos y las expresiones de un clímax que inevitablemente conducían a un orgasmo simultáneo.
A pesar de que su razón le decía que esa ficción tenía un costo alto, en la medida en que le impedía conocer su propia posibilidad de placer, además de colocarla en una mentira crónica, se sometía a darle continuidad por el temor a perder a su pareja si revelaba el engaño. Esta trampa es clásica y son pocas las mujeres que se atreven a romperla.
En voz baja, se afirma que todas las mujeres alguna vez han simulado un orgasmo. Pero, ¿por qué lo hacen? ¿Qué efectos tiene sobre sí mismas y sobre su vida de pareja?
Todos somos capaces de representar en diferentes situaciones que la estamos pasando mejor de lo que en realidad sentimos. Esto se hace por razones diversas: por ánimo de agradar, de ser sociales, o por no ofender a un anfitrión amable. Sin embargo, esta capacidad tiene sus límites que están dados cuando el deseo de complacer se transforma en una constante de la vida emocional, que deja de ser una opción para convertirse en una obligación ineludible.
Los que así se comportan parecen ser incapaces de confrontar el conflicto y se muestran anclados a una actuación que tiene, como objetivo inconsciente, la satisfacción del deseo de los otros, aún cuando no coincida con los propios.
En la vida sexual esta característica se manifiesta explícitamente a través del fingimiento del placer y el orgasmo. Esta actuación puede presentarse tanto en varones como en mujeres, aunque resulta mucho más corriente en ellas, apoyado en las particulares características fisiológicas de la excitación y el orgasmo masculino y femenino.
El escritor romano Ovidio, dejó su huella literaria en un texto clásico de la literatura erótica llamado El Arte de Amar. Durante el período del emperador Claudio, destinó a las mujeres de su tiempo este contradictorio consejo: "Si tu naturaleza te ha negado la sensación del amor, imita el dulce deleite emitiendo quejidos embusteros. Desdichadas las mujeres a quienes esto ocurre, pues el hombre y las mujeres deben gozar por igual. De lo contrario es aburrido y cruel".
Las estadísticas nos son esquivas para dimensionar con claridad qué porcentaje de mujeres son las que efectivamente hacen del fingir una constante de su vida sexual. Por sus características pueden pertenecer al grupo de aquellas que carecen totalmente de orgasmo, aproximadamente un 9 por ciento de las sexualmente activas. Pero más allá de las cifras, lo que verdaderamente interesa son los motivos por los cuales se reitera esta conducta en su vida erótica, y qué efectos tiene sobre sí mismas y sobre su vida de pareja.
No todas las mujeres que fingen son absolutamente anorgásmicas, muchas de ellas recuerdan que en algunas ocasiones, sin saber muy bien por qué, llegaron al clímax, pero no saben cómo repetir la circunstancia y las conductas asociadas al hecho. Otras llevan tanto tiempo fingiendo, y lo han realizado tan sistemáticamente con distintas parejas, que ignoran cómo hacerlo de otro modo.
Sus razones se relacionan, por lo general, con la necesidad de complacer al varón y de transmitirle una imagen de mujer satisfecha y plena para ser aceptada y valorizada por ellos. Otras lo hacen porque no se atreven a confesar su insatisfacción a una pareja que, por torpeza y ansiedad, no es capaz de llevarlas a ese grado de placer. Temen producir una situación de enfrentamiento y conflicto, y de ese modo poner en riesgo la relación.
El fingimiento se transforma en una auténtica trampa en el momento en que una relación se consolida y perdura a través del tiempo. Ellas no saben o no se atreven a confesar a su pareja que le han mentido a lo largo de su vida en común. Al no hablar de su secreto, se condenan, al menos con su cónyuge, a la frustración constante y a la disminución correlativa de su deseo sexual. Algunas mujeres creen que un amante lleno de habilidades podría llevarlas al orgasmo, pero esa fantasía coloca en lo externo la resolución del problema, cuando lo más probable es que ellas tampoco tengan en ese contexto la capacidad de conexión suficiente con el placer para inhibir su tendencia a la actuación. Y si lo lograran es porque han entendido como vencerla.
Recuerdo una paciente totalmente consciente de esta limitación cuya fantasía era sostener un encuentro sexual con un perfecto desconocido con quien quedaría libre de sus ataduras.
Un escenario típico sucede en una pareja donde el varón tiene eyaculación precoz. La mujer, que sabe más o menos con exactitud el momento en que todo va a terminar, se acopla manifestando en sonidos y movimientos un goce inexistente. Este final "feliz" hace que el varón nunca se cuestione sus propias limitaciones, y acrecienta en ella el disgusto por una actividad forzada que busca terminar rápidamente. Si en algún momento esta actuación se devela, la reacción masculina suele ser de honda decepción y dolor, por la mentira involucrada y por el golpe consecuente a su autoestima varonil.
También es cierto que muchos varones sospechan de esa sexualidad tan perfecta, pero tampoco se atreven a cuestionarse a sí mismos; prefieren seguir sientiendose buenos amantes. Por lo demás cuesta trabajo descubrir una buena actuación, especialmente en los primeros tramos de una relación. Casi todos hemos visto alguna vez la escena del film “Cuando Harry conoció a Sally” donde la actriz Meg Ryan escenifica a la perfección un orgasmo en una cafetería repleta de gente.
Con el correr del tiempo suele instalarse en estas mujeres una falta de deseo crónica, porque les resulta muy difícil sostener esa imagen de mujer plena y complacida. Se transforman en actrices cansadas y su “show” es cada vez menos convincente.
Su reticencia a mantener relaciones sexuales resulta inexplicable para su pareja, quien no entiende el rechazo de una actividad que hasta el momento era totalmente placentera. En ese instante ellas quedan atrapadas entre la revelación de una mentira, o la búsqueda de excusas poco creíbles que justifiquen su conducta.
En esa situación estaba Antonia después de siete años de matrimonio, amaba a su esposo, pero cada vez se le hacía más cuesta arriba llegar a la relación sexual. Estaba simplemente harta de fingir, y se respetaba lo suficiente como para no elegir el camino de seguir adelante a costa de sí misma. Se dijo muchas veces que si el no la entendía prefería la separación y con esa convicción esperó el momento adecuado para revelar su angustia y su secreto.
Para su asombro la respuesta de su marido al escucharla fue más bien triste que agresiva: En definitiva, le dijo él, me parece que siempre había sospechado algo así.
La única salida, aunque dolorosa, es la verdad, tratando de que la pareja entienda las razones individuales que han llevado al fingimiento. A partir de allí se abre la posibilidad de cambio y, por qué no, del descubrimiento de las posibilidades de goce verdadero.
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¿Qué es una pareja?
Jun. 19 , 2009
La palabra pareja ha entrado en nuestro
vocabulario, ocupando un lugar de privilegio.
Una generación atrás cuando se presentaba
socialmente a alguien o se hablaba de una relación se hacía referencia al
novio/a, polola/o, esposo, marido, a un amigo, o simplemente se lo identificaba
por su nombre, pero difícilmente como su o mi pareja; esta nueva denominación
ha llegado para ocupar un lugar diferente y designar una categoría amplia, tan
amplia que atraviesa las barreras de género, tiempo, compromiso y orientación
sexual.
Sin embargo la idea de pareja, que parece tan
evidente y aceptable a nuestros oídos deviene de un largo proceso de relación
entre los géneros. Para la antropóloga Helen Fischer la pareja aparece
evolutivamente como la “marca registrada” de la especie humana y es una especie
de destino biológico que sirve perfectamente a una finalidad reproductiva y de
protección de la descendencia. Sin embargo la cultura y las emociones, han
querido que esta estructura trascienda su fin biológico hacia el dominio de
otros hechos sociales más complejos como el nacimiento del amor, la idea de
parentalidad, la consolidación y permanencia del vínculo.
Desde esta perspectiva la pregunta que surge es si
podemos hablar de pareja desde el inicio mismo de la cultura o si es un
producto social que solo tiene sentido desde una visión moderna; porque los
elementos que la definen hoy en día se basan en la libre elección, la igualdad
y la correspondencia de sentimientos amorosos.
Dos generaciones atrás pareja era sinónimo de unión
marital heterosexual, legal y religiosa comprometida en un acuerdo de
fidelidad, y se entendía como un primer escalón necesario hacia la familia; a
un lado quedaban, casi marginalmente, los que solo convivían. Aún hoy en el
lenguaje periodístico policial se escucha hablar de “convivientes”, y antes se
denominaban estas uniones como concubinato.
Desde la mitad del siglo XX en adelante algunas
cosas han cambiado, principalmente se afirma la idea de que no existe un solo y
adecuado modo al que las personas deban ajustarse para estar juntos. Gran parte
de la responsabilidad lo tienen los cambios en las relaciones de género, que
del sometimiento explícito ha rotado a formas más igualitarias en los vínculos.
La mujer sumisa, dependiente y dispuesta a aceptar con resignación la
multiplicidad sexual masculina ya no se sostiene como el rol deseado. Desde
mediados del siglo XX en adelante comenzaron a aparecer nuevas
modalidades de acuerdo.
De obligación se pasa a la noción de elección,
lo que comienza a generar formas diferentes y originales de unión, asimismo los
compromisos se desplazan de la legalidad de las escrituras públicas al deseo
íntimo del compartir un riesgo y un deseo de perdurabilidad. Las parejas
contemporáneas asumen con mayor conciencia la peligrosa inconstancia de los
vínculos amorosos, y cada vez creen menos en las garantías externas, por lo que
el matrimonio no aparece como la salvaguardia, sino como la conclusión de un
proceso de mutuo y profundo conocimiento. Pero la decisión de convivencia no
debe ser vista como un prólogo, ni un período de prueba, es un estado
diferente, que puede concluir o prolongarse como cualquier otra relación. Vivir
juntos no representa una estrategia para disminuir gastos fijos, sino la puesta
en juego de la capacidad de compartir las características de cada
individualidad.
Sin embargo tampoco la convivencia dentro de un
mismo hábitat físico es una condición absoluta de la pareja de hoy, hay quienes
establecen reglas de juego que comprenden un estado de “puertas afuera”, que
respeta el deseo o la imposibilidad formal de compartir un mismo techo. Dentro
de esta categoría se sitúan quienes no quieren atarse a un ritual de presencia
permanente del otro, porque sienten que eso los asfixia, y que requieren de
soledad y compañía como hechos complementarios y no opuestos. También están los
que como producto de una separación anterior viven con sus hijos, y no desean
apresurar una convivencia forzada, que muchas veces termina en el desastre.
No podría dejar de mencionar a las parejas
“virtuales” conectadas por Internet, de las cuales una parte importante se
mantienen sin contacto físico. Es decir que deciden voluntariamente que ese es
el estado que desean. Ser reconocido por el otro como su pareja virtual, pero
sin trasponer los límites de la conexión remota.
La heterosexualidad tampoco define, como condición
de exclusión a una pareja, los homosexuales hombres y mujeres se unen de mismo
modo que cualquiera (aún cuando carecen todavía de un marco legal),
compartiendo los beneficios y los riesgos de la permanencia
Otra condición que aparecía como consubstancial a
la pareja era la exclusividad sexual, sin embargo también hay quienes creen que
la pareja abierta es una opción válida sin que ello ataque el vínculo. Abierta
significa que cualquiera de los dos puede optar por un acercamiento afectivo o
sexual a otro. La base de esta posición se sitúa en la creencia que la
monogamia sexual no es más que represión del deseo, que tanto los varones como
las mujeres anhelarán en algún momento de su vida un cambio que los revitalice.
Y que generalmente lo hacen a través de la infidelidad.
Desde la década del 70 en adelante apareció
una fuerte reivindicación de las relaciones extramaritales otorgándoles un
valor implícito, esta idea transgresora tuvo fuertes sostenedores en
algunos círculos psicológicos. En 1975, Lake y Hill escribieron: “No hay
duda que la vida de una alta proporción de hombres y mujeres casados se ha
visto enriquecida y ha cobrado sentido gracias a relaciones sexuales secretas”.
Esta parecería ser la misma premisa que llevó a Nena y George O’Neill, autores
de un muy difundido texto del momento, a afirmar en 1972, que “ la fidelidad
sexual es el falso dios de los matrimonios tradicionales”, estos gurús de las
uniones abiertas propusieron que la verdadera fidelidad consistía en admitir y
actuar las más secretas fantasías sexuales compartiéndolas con la pareja, aún
cuando ellas incluyeran la alternativa de mantener relaciones sexuales con
otras personas, en forma individual o grupal.
La lógica sobre la que se sostiene esta afirmación
es seductora, porque surge de la convicción de que el deseo no es domesticable,
y si necesita expresarse no se debería ocultarlo y encadenarlo a mentiras o
estafas morales.
Sin dejarse llevar por juicios de tipo valórico
(que todos hacemos), a través de las cuales se pueden condenar estos
comportamientos, lo que importa es descubrir si el modelo que estas personas
ven como ideal, representa un camino diferente de la opción monogámica y
permite superar la posesividad tan común en las parejas que conocemos ¿Es tal
vez una conducta generosa y de respeto a los deseos individuales, que se sitúa
por encima de los celos posesivos de la pareja tradicional? ¿O simplemente
estas acciones son una manera de coexistir con otro que en realidad poco
importa desde un plano amoroso? En lo personal carezco de respuestas
definitivas, creo que cada uno elije un
camino coherente con su visión de mundo.
Todos estos elementos hacen pensar que cuando hoy
hablamos de pareja, probablemente tengamos que agregarle un apellido a ese
nombre, porque parece claro que ya no existe una forma cultural única, sino
diferentes manifestaciones, donde ninguna adquiere superioridad moral o garantía
de seguridad y continuidad.
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Frecuencia Sexual
Jun. 07 , 2009
Frecuencia sexual
Algunos lectores que han seguido estas columnas, conocen además la página personal que dedico a los temas centrales de pareja y sexualidad, y por lo tanto probablemente ya han leído este post, para los que no han visitado quiero explicar que este tema es el más leído de todos los que figuran allí. Por eso es que me pareció interesante hacerlo conocer.
En un clásico filme de W. Allen, “Annie Hall", se grafica muy sintéticamente uno de los conflictos que tienden a dividir los deseos y apetencias de mujeres y varones.?La pantalla se divide en dos y se ve simultáneamente a ambos miembros de una pareja en consulta con sus respectivos psicólogos. El terapeuta le pregunta a él "¿Cuántas veces hace el amor?", Y él responde: "Poquísimo, tres veces a la semana". Cuando el psicólogo le pregunta a ella, ella responde: "Muchísimo, tres veces a la semana".?Una versión más ajustada a la vida cotidiana puede desprenderse de este guión marital:?El -Paty...Paty (tocándola en la espalda)?Ella –mmm… (Dándose vuelta en la cama)?-¿Por qué no…? (propuesta)?-¡No!?-¿Y porque no? (reclamo)?- Porque no tengo ganas, estoy con sueño.?- Pero si son las diez.?- Si claro, y mañana quién se levanta a las seis para preparar a los niños. Yo ¿No es cierto??- Tú, está bien, pero hace dos semanas que no pasa nada.?- No hace tanto, dos o tres días.?- Dos semanas, son dos semanas, las conté y tengo muchas ganas de estar contigo.?-¿Será posible que no pienses en otra cosa? Duérmete y déjame dormir.?- No puedo, no puedo.?- Ya sé, ahora te pones en víctima y mañana en idiota y tengo que decir que sí para que no te enojes.?- ¿Y qué??- Cómo ¿y que?, tu quieres sexo y yo quiero algo un poco más tierno, más cariñoso.?- Yo soy cariñoso. ?¡Si claro, cuando quieres sexo!
Si es que esta escena le resulta familiar no es porque usted sea muy original, sino porque se repite noche tras noche en infinidad de dormitorios nacionales y extranjeros; y es que el amor y el sexo son los dos reclamos más frecuentes que hombres y mujeres presentan en la vida cotidiana. Los hombres afirman que no reciben suficiente sexo y las mujeres se quejan de no contar con suficiente romanticismo y amor.
En realidad los dos tienen un poco de razón: las mujeres porque ellos solo se ponen especialmente cariñosos ante la posibilidad de que el acercamiento corporal culmine en un encuentro sexual, y los hombres porque ellas esperan acercamientos emocionales a lo largo del día que justifiquen y preparen la escena sexual.
Las dos posibilidades pueden estar abiertas; porque es cierto que el amor se construye con cuidados y atenciones, pero también con arrebatos pasionales ; los hombres debieran entender que para una mujer las atenciones personales preceden a las sexuales y son un elemento principal de las relaciones de pareja; mientras que las mujeres debieran entender que para los hombres el sexo puede ser una instancia de descarga de tensiones, pero también una puerta de expresión para las emociones que normalmente ellos no manifiestan.
Hay que entender también que una pareja es como un buen vino, un producto orgánico en constante evolución, por eso no hay que tener miedo a los cambios, sino al estancamiento.
La expresión fluida del deseo sexual une a las parejas, del mismo modo que la evitación sexual las distancia. En este juego existen factores que actúan como inhibidores psicológicos del encuentro y otros como incitadores.Las estadísticas señalan que la frecuencia sexual depende de dos variables medibles, como son la edad y los años de matrimonio, y otras subjetivas, como son las situaciones por las que atraviesan los individuos y la relación de pareja. Los estudios dan cuenta de una curva descendente que se inicia con una alta frecuencia de relaciones sexuales al principio del matrimonio, que comienza a disminuir entre los cinco y siete años, para estabilizarse alrededor de los diez, con una curva franca de descenso de allí en más.
Al principio de la pareja, las relaciones son diarias. Luego bajan a unas tres veces por semana, para promediarse en dos veces por semana, disminuyendo a cada quince días o una vez al mes en etapas posteriores.
Son cifras generales, que establecen un perfil estadístico más o menos consistente en la frecuencia de los encuentros sexuales en la población sexualmente activa, pero nada dicen de la calidad y del grado de satisfacción que tales encuentros suponen. Otras investigaciones arrojan un dato interesante, en relación con un número significativo de parejas que, con el paso de los años, disminuyeron la frecuencia sexual pero aumentaron la sensación de satisfacción en cada encuentro.
La propia satisfacción favorece en mujeres y hombres el deseo de estar juntos, y renovar la actividad erótica.
El tema de la baja frecuencia sexual encabeza la lista de las quejas masculinas, aunque no faltan las mujeres que se quejan de lo mismo, reclamando a sus maridos cierto desgano a la hora de cumplir con sus "obligaciones sexuales".
Los varones, más enrollados en este tema, encuentran en la cantidad de relaciones, una verificación del interés sexual de la compañera por el sexo, y por su propia persona.
No es que a los varones les interese solo la cantidad y la repetición, también creen en la calidad, pero no aparecen muy dispuestos a negociar lo uno por lo otro. Sin embargo, la insistencia del varón, como forma de obtener la cuota de sexo que desea, incrementa el rechazo femenino, y disminuye el deseo. Muchas mujeres acceden a la relación sexual con poco entusiasmo, para evitarse peleas continuas y recriminaciones interminables.
La escena típica pasa por la acusación del varón de no ser tenido en cuenta, y la respuesta femenina de no entender que no siempre se puede estar dispuesta.
Las reiteradas excusas de cansancio, tensión, ocultan esa dificultad en la mujer para entregarse a la relación sexual, por la relación en sí misma.
Las mujeres dicen: " si no buscase tanto yo estaría más dispuesta”.
Los hombres dicen: " si no se negase tantas veces, yo no sería tan insistente " ¿Porque no muestra ella interés? ¿Porque no me busca?
Si yo la busco tantas veces, afirman con cierta tristeza, es porque nunca sé cuando va a decir que sí.
En el otro extremo hay varones y mujeres, más varones por supuesto, que colocan en el tema de la frecuencia todas sus ansiedades compulsivas. Se diría que viven pensando en la actividad sexual. Para ellos toda posposición es vivida como un rechazo.
La frecuencia sexual entonces, marca una pauta de encuentro, cuando ambos han aprendido a negociar y tomar decisiones que contemplen las necesidades de ambos o de desencuentro, cuando la pareja no sabe colocarla en un contexto de satisfacción mutua.
No se trata de centralizar el problema en torno al número de relaciones que se tienen por semana, sino de lo que esas relaciones significan en términos de placer y satisfacción. La responsabilidad es obviamente de ambos, y representa el esfuerzo que cada uno hace por satisfacer las demandas y deseos de la pareja.
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Adicción al sexo
May. 20 , 2009
Hay pocas consultas tan especiales como las de los adictos sexuales; porque para que esta práctica se trasforme en problema debe afectar de manera evidente la vida personal y de relación.
El concepto mismo de adicción sexual es polémico, y discutido, desde que ha sido extrapolado desde las dependencias químicas y extendido hacia otras formas de dependencia.
Cuatro son las principales críticas que recibe la idea de adicción sexual:
La primera desde un punto de vista biológico, desde donde se considera que no se puede hablar de adicción dado que no existe una interacción conocida entre una sustancia y el cerebro.
La segunda desde una ideología conservadora quien ve a este concepto simplemente como una justificación de una conducta básicamente inmoral.
Desde un punto de vista liberal se lo critica como un modo de restringir por la vía de la denominación científica, lo que en definitiva se hace parte de las opciones de vida de las personas.
Una cuarta crítica, tal vez la más fundada, se centra en considerar a esta noción una fase de la creciente medicalización y etiquetamiento de que son objeto las conductas sexuales, especialmente cuando resultan problemáticas o conflictivas para las normas por las que se regula el conjunto social.
Entender las adicciones fuera del modelo médico, representa
contextualizarlas en un orden diferente y existencial.
El término adicción es una descripción de una relación fijada entre un sujeto y un objeto dentro de un contexto social (AMBIENTE).De ninguna manera es el resultado de los atributos de un objeto o de un sujeto.
Es la relación entre la persona adicta con su objeto compulsivo de adicción influenciada por la confluencia de fuerzas psicológicas, sociales y biológicas lo que define la estructura.
Este artículo se centra particularmente en las manifestaciones que llevan a una serie de búsquedas indiscriminadas más centradas en la ansiedad que el placer.
Puede ser definido como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente; el sustraerse al mismo proporciona una ansiedad incontrolable. Las adicciones proporcionan una fuente de bienestar para el individuo al aplacar la ansiedad, pero esta experiencia es transitoria y debe ser repetida para encontrar alivio al dolor psíquico.
La repetición de la experiencia puede acarrear sentimientos de vergüenza e inadecuación, pero eso no es suficiente para limitarlas.
Los criterios para determinar una adicción sexual son varios, pero se pueden señalar algunos centrales.
Tomando el ejemplo del alcoholismo, que fue considerado durante un largo período una bajeza moral, el énfasis actual se centra en
cambio, en considerarlo una enfermedad. Este modelo se proyecta hacia los tratamientos centrados en los cambios de conducta y la abstinencia total como modo de enfrentar la adicción. El conocido esquema de los 12 pasos difundido por AA, se proyectó hacia las drogadependencias, el juego compulsivo o la adicción hacia el consumo. En forma similar la sexualidad compulsiva es contemplada por numerosos e influyentes sectores científicos como una adicción comportamental.
Suelen estar presentes los siguientes elementos.
Actividades sexuales repetidas que resultan en una falla para
asumir roles y obligaciones en el trabajo, los estudios o en la
familia.
Actividades sexuales en situaciones potencialmente peligrosas.
Repetidos problemas legales o familiares que devienen de esas
actividades sexuales.
Continuadas actividades sexuales no obstante que ellas produzcanproblemas sociales o interpersonales recurrentes.
Tolerancia.
Fenómenos negativos asociados con la abstinencia.(depresión, ira, ansiedad, irritabilidad, falta de concentración, cambios bruscos de humor).
Cantidades más grandes de actividad sexual por largos períodos de los que se preveían en las intenciones originales.
Un sostenido deseo de controlar esas actividades sexuales y simultáneamente una falla en los intentos por lograrlo.
Un tiempo aumentado aplicado a actividades necesarias para obtener estímulos sexuales y/o recobrarse de sus efectos.
Actividades sexuales continuadas a pesar de los conocimientos de la persistencia o recurrencia de problemas físicos o psicológicos causados por la exacerbación de la actividad.
Los adictos sexuales se involucran en encuentros sexuales a pesar de los riesgos que corren, sus descuidos los llevan a practicar ocasional o permanentemente contactos sexuales sin cuidados mínimos.
Otras conductas que se presentan son:
· promiscuidad compulsiva,
· fijación compulsiva a una pareja,
· masturbación compulsiva,
· relaciones amorosas compulsivas
· sexualización compulsiva de una relación.
Muchas veces estos sujetos llevan una doble vida. De hecho, en el diario vivir, funcionan y trabajan para mantenerse ocupados. Sin embargo, a lo largo del día, una parte de su tiempo libre lo dedican a sus conductas compulsivas y a buscar los medios para llegar al acto, lo que conlleva la negligencia de sus responsabilidades familiares y vida social.
Además, son muy hábiles para esconder a los demás y, sobre todo a su cónyuge, su vida paralela.
Tienen la impresión de tener una doble personalidad: una compulsiva y la otra funcional. El mundo fantasioso erótico es, por excelencia, el espacio donde imaginan escenas eróticas.
Habitualmente, entre el deseo sexual y el acto, existe un espacio interior fantasioso que permite que el deseo se materialice en forma de pensamientos, imágenes y escenarios de carácter erótico.
Este espacio precede y acompaña el acto sexual;
puede durar un período más o menos largo, según la capacidad del individuo para tolerar un cierto nivel de tensión sexual. Está ligado a la dinámica psicosexual consciente e inconsciente del individuo.
El individuo compulsivo que crea ciertos escenarios eróticos entra en un estado de conciencia alterada que lo lleva a perder momentáneamente el contacto con su vida. Paralelamente, siente una excitación sexual que no puede materializar. Es incapaz de frenar su impulso. Esta presión interna es tan avasalladora y tan difícil de manejar que lo lleva a la compulsión.
Los tratamientos psicológicos y sexológicos de las compulsiones sexuales presentan índices elevados de éxito, siempre y cuando los pacientes reconozcan su necesidad de cambio y sean constantes en su terapia. Los peores indicadores se encuentran entre aquellos que pretenden minimizar su enfermedad disfrazándola de opción sexual, o los que quieren tranquilizar a sus parejas a través de un tratamiento en el cual no creen.
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Ansiedad. Un mal contemporáneo
May. 13 , 2009
Cada vez que un paciente relata los sucesos que rodean a su experiencia sexual surgen hechos específicos que dependen de la particular historia de vida de cada uno, y también otros que se sitúan en un plano general y compartido. Dentro de estos últimos se pueden ubicar dos factores relevantes que afectan el normal desempeño de la vida sexual: la exigencia y la ansiedad. Dice una vieja melodía: “ Ansiedad, por tenerte en mis brazos. Musitando palabras de amor”. Otro bolero clásico habla de la relación amorosa y la expresa en palabras tales como: “ ansiedad, angustia, desesperación”. Estos tres últimos términos aparecen unidos en una verdadera escalada de reacciones que se producen ante las emociones que suscita el ser amado.
De uno modo u otro, todos hemos experimentado alguna vez los signos que representan un estado de ansiedad: hormigueos en el estómago, palpitaciones, sudoración. Las circunstancias que pueden producir estas manifestaciones son múltiples: desde un encuentro amoroso, una entrevista de trabajo, un altercado, una relación sexual; en fin, todas aquellas circunstancias que provocan o producen un estado de alerta, y que predisponen al sujeto para la defensa o la acción. En este sentido la ansiedad es útil porque ayuda a enfrentarse a las situaciones complejas de la vida cotidiana.
Sin embargo, esta reacción esporádica puede convertirse en un invitado permanente que se presenta en forma crónica o intermitente, bajo la forma de ataques que paralizan al sujeto y le impiden reaccionar en forma adecuada.
La ansiedad puede definirse como un malestar psicológico que se produce de modos diferentes a lo largo de la vida de un individuo. Se la puede ubicar en un continuo que va desde una ligera perturbación ocasional, hasta una grave patología que altera la capacidad de funcionamiento armónico de la persona en distintas áreas de su existencia.
Su modo de expresión puede ser global o específico. Los factores básicos sobre la que se sustenta se relacionan con emociones tales como el miedo, la tristeza, la rabia, la frustración, el rechazo, las expectativas excesivas que los sujetos se forjan acerca de sí mismos y de su vida, la inseguridad expresada en una alerta constante sobre la propia persona (aprehensión), sobre el propio cuerpo y sus funciones (trastornos psicosomáticos), y sobre las ideas (obsesiones).
Las personas aprenden a convivir con la ansiedad, y en general la mantienen dentro de límites controlables, sin embargo para otros se convierte en un monstruo omnipresente, que determina un desequilibrio constante al cual los individuos se adaptan como forma de existencia, y se expresa en un estilo de vida colectivo. Basta observar las interacciones cotidianas características de una gran ciudad, para percibir como las personas se mueven en un cortocircuito emocional; este hecho se expresa en la impaciencia, la intolerancia, la agresión desmedida, en un estado de alerta constante que se hace notorio en la forma de conducir un automóvil, o en una fila de supermercado que se transforma en un caldero de emociones negativas contenidas y estalla ante cualquier conducta del otro que es traducida como falta de respeto, o lisa y llana agresión.
Es obvio y difícil permanecer ecuánime en un contexto de ansiedad generalizada, aunque esta adopte formas encubiertas.
Se podría hablar, aunque parezca excesivo, de una sociedad ansiogénica que admite el conflicto como estilo de relación, aún cuando –En un típico doble discurso- se lo condene públicamente.
Las inquietudes sobre distintos aspectos de la vida cotidiana se hacen omnipresentes; preocupación obsesiva por la salud, el trabajo, los hijos, el dinero, los ansiosos crónicos parecen anticipar siempre un desastre, y aunque comprenden que su estado de ansiedad es excesivo, no pueden desprenderse de ello, y lo expresan en síntomas tales como tensión muscular, temblores, dificultades para conciliar el sueño, dolores de cabeza, irritabilidad, trastornos en la vida afectiva y sexual. La ansiedad se constituye en la base de casi todos los problemas sexuales; es el factor común que vincula a una eyaculación precoz, un trastorno erectivo o una anorgasmia. Varones y mujeres se muestran incapaces de entregarse a las sensaciones eróticas, porque sus pensamientos los alejan de las percepciones corporales, para llevarlos a una situación de espectador de sus propios límites o sus propios fracasos.
En el extremo están quienes adoptan la ansiedad como estilo de vida, se autodenominan hiperkinéticos, y valorizan esta actitud, como si fuese un modo apropiado de conducirse. Lo demuestran en cada instancia: en el trabajo, en las relaciones personales, en la vida íntima. Su existencia, y la de los que tienen la mala fortuna de convivir con ellos queda signada por esta particularidad, que conduce inevitablemente a relaciones sin tiempo, ni armonía.
La adicción a la adrenalina es un ejemplo de la búsqueda permanente de estímulos reforzadores que sostienen una combinación entre un efecto específico sobre el cuerpo y las emociones que lo acompañan. Por un lado la actividad frenética de estos sujetos tiende a generar neurotrasmisores llamados aminas cerebrales, estas sustancias actúan a corto plazo, por lo que si se desea sostener las sensaciones están obligados a mantener el estímulo o aumentarlo hasta el agotamiento psíquico. Por otro lado, es el mismo deseo de experimentar un placer intenso, que no tiene -para ellos- comparación con otro, el que les genera una ansiedad específica que los empuja a la búsqueda.
Hagan lo que hagan: trabajo, deportes, fiestas, sexo; todo tendrá un denominador común: energía y velocidad. Mirado de esa manera no parece tener nada de malo, sugiere un estilo de vida, un modo de goce ligado a la intensidad. Sin embargo no es tan inocente, ni carece de riesgos. Lo que es necesario establecer para diferenciar un adicto a la adrenalina de otros que también la disfrutan, es el concepto de dependencia y anclado en este, el de compulsión.
Cualquiera puede disfrutar de la aventura, del riesgo controlado, de la pasión que inspira el nuevo amor, pero cuando solo es posible el goce asociado a la intensidad extrema, y cualquier otra posibilidad queda reducida a la condición de tolerable o más bien aburrida, es evidente que el campo y las posibilidades de satisfacción se restringen.
El problema principal que padecen, aunque no lo reconozcan fácilmente, es su imposiblidad de convivencia cercana o íntima con personas que no comparten su estilo. Esto no es un problema en la medida que cada cual puede tener territorios propios de acción, pero también debe existir la posibilidad de compartirlos, aunque más no sea transitoriamente.
Un segundo problema, que es el que los acerca a la consulta psicológica, es su dificultad en sostener y consolidar sus relaciones de pareja. Cuando se los entrevista lo primero que llama la atención es lo fugaz de sus vínculos. Entran y salen de las relaciones con la misma velocidad que los caracteriza.
Si la justificación de ese accionar se encontrara en un deseo de multiplicidad sexual sin compromiso ni consecuencias, se podría ver como una elección más, que no es ni más ni menos aceptable que otras opciones. Lo complicado es que en un momento se les produce una contradicción entre su anhelo de tener una pareja estable, con su rechazo a toda forma de constancia amorosa porque ella aparece como equivalente de la pasividad.
Aclaremos, no es que ellos no deseen conscientemente enamorarse o disfrutar de una pareja, lo que sucede es que la mayor parte del tiempo no logran darle una mínima oportunidad a la relación, porque simplemente se cuestionan cuando después de una fase inicial de gran intensidad, rápidamente ese otro no les genera la tensión y necesidad de presencia que ellos reconocen como atracción.
Su trampa es que no se imaginan a sí mismos sintiendo otro tipo de afectos más serenos, porque en su interior los asocian con la falta de interés, y eso les pasa porque confunden el amor que es un sentimiento global, con solo uno de sus componentes: la pasión adrenalínica. Este es el núcleo de un pensamiento erróneo que deben modificar si quieren tener oportunidad de amar con la serenidad que todo amor requiere en un instante de su proceso.
Cierto es que se puede vivir como si cada día fuese el último, o en una montaña rusa llena de descensos vertiginosos, el problema es quien querrá ser la acompañante en el carro.
Por el contrario, la verdad es que la ansiedad es una patología, y como tal debe ser encarada y sanada. No son las píldoras su panacea, sino la conciencia de que el equilibrio entre la persona, su medio ambiente y las relaciones es el ideal de existencia.
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Estilo sexual
May. 03 , 2009
¿Existe un estilo sexual de la pareja?
Esta es una pregunta complicada por que hay tantas aproximaciones al sexo, como parejas sexuales. En verdad no existe una manera única o correcta de ser sexual. Entonces cada pareja puede desarrollar un estilo propio, que no es estático, ni tampoco totalmente predecible.
El estilo sexual, envuelve elementos tales como los intereses, preferencias y experiencias de cambio.
Cada uno forja su estilo sexual en base a sus necesidades y preferencias.
El primer elemento en el estilo sexual en pareja es la importancia que se le otorga a la intimidad sexual. El segundo componente es la flexibilidad en los roles y en las acciones.
Voy a describir algunos estilos, para que los lectores estimen cual es el que más se aproxima al propio.
Estilo complementario.
Se practica lo mío, lo tuyo y lo nuestro. Este estilo permite a cada miembro de la pareja tener y expresar una voz propia, es decir une la individualidad con la participación. Es relevante señalar que ninguno de los dos atribuye al otro la responsabilidad única del encuentro o de activar deseo, excitación o placer (actitudes, ropa, baile, estímulos) Se puede ser aquí pasivo o activo. Buscador o buscado, pero siempre en una doble dirección.
Cada uno es sensible y abierto a las demandas, necesidades y límites de su pareja. Y la respuesta: “no quiero ahora” no se vive como rechazo sino como opción, porque el no puede dar paso al si, en otro momento y en otra circunstancia. Estas parejas colocan a la relación sexual, tanto en frecuencia como en calidad como una prioridad en su vínculo. Y son particularmente sensibles a los cambios negativos producidos por circunstancias de conflicto.
Estilo tradicional.
Es el más predecible y estable. Se buscan formas tranquilas,seguras y poco innovadoras. Es un sexo donde el cariño y la ternura desplazan a la pasión, aún cuando esto no implica la ausencia de placer compartido. Los roles de género se expresan a través de la búsqueda activa por parte del varón, tanto de la aproximación como de las posibles variaciones dentro de la relación sexual. El sexo no es vivido como una prioridad, sino como una expresión más de la vida compartida.
Estilo espiritual.
Cercanía, intimidad y entrega. Aquí el amor sexual encuentra su lugar privilegiado. Estas parejas son capaces de compartir sus experiencias, hablar de sus necesidades, expresar sus emociones. Ellos otorgan una gran importancia al conocimiento de las necesidades de su pareja y están dispuestos a satisfacerlas. Puede creerse que este es el estilo ideal, pero ello parte de una falsa premisa: que cuanto mayor es la intimidad mejor es la relación sexual. Por el contrario la experiencia muestra que estas parejas corren un riesgo porque la intimidad absoluta puede deserotizar el vínculo.
Estilo emocionalmente expresivo.
Divertido y sensual. Es el estilo más erótico y desenfadado. La pareja está dispuesta a innovar, a mostrar el placer y el deseo sin barreras. Colocan la espontaneidad a la base del encuentro. Los roles se intercambian como en una danza donde a veces uno conduce y otras es conducido. Su frecuencia sexual suele ser alta y físicamente agotadora.
Una pareja puede atravesar a lo largo de su existencia por diferentes estilos y esto depende de la flexibilidad de cada uno. La clave es permanecer abierto y receptivo a la exploración de los deseos sexuales, a las preferencias y a los sentimientos sobre los que se basa la fortaleza de la relación. Las preferencias y la sensibilidad erótica son parte de lo que cada uno es como persona sexual y deben ser aceptadas e integradas dentro del estilo sexual de ambos.
Esto no significa que dejan de existir diferencias, ellas son parte de la riqueza de una pareja donde dos personas están juntas, pero siguen siendo individuos. El objetivo es la búsqueda del deseo, el placer y la satisfacción y cada cual debe hacerse responsable por ello.
No hay un estilo correcto que se ajuste a todas las parejas. Por eso la clave está en encontrar códigos comunes que satisfagan las expectativas conscientes e inconscientes de cada uno, pero para que esto se produzca es imprescindible mantener los canales de comunicación abiertos y favorecer la expresión de los deseos, fantasías, conflictos y frustraciones. Es evidente que cuando la comunicación permite expresar emociones y sentimientos, no todos serán positivos y agradables, pero gracias a ello se derriba la barrera más nefasta para una pareja que es el silencio.
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