Innovaciones de Ayer, Tradiciones de Hoy
Jul. 02 , 2009

Todas las tradiciones tienen su origen en innovaciones que en el pasado implicaron ruptura y crisis. La tradición es la madurez de la innovación y muchas veces su decrepitud. Por definición una innovación es un fenómeno fugaz. No permanece más que el momento en el cual encarna el cambio, la transformación y por tanto lo nuevo. Lo que aparece como una innovación en un instante, deja de serlo al siguiente. En la medida en que una innovación es exitosa y comienza a ser aceptada, pasa a formar parte del universo cotidiano y pierde su fuerza provocativa. La memoria de preferencia retiene los intentos que conocen el éxito, y eso significa que, paradójicamente, las innovaciones se recuerdan cuando al divulgarse pierden su fuerza provocativa.
Las relaciones entre innovación y tradición son más ricas y complejas de lo que suele suponer la lógica de la exclusión y la dicotomía. Las tradiciones han debido generarse en algún momento y las innovaciones han de partir de algo. Rechazar lo establecido, es ya un punto de partida. No puede haber innovación sino a partir de lo conocido. No se crea de la nada, como tampoco en la nada. A su vez, muchas tradiciones pueden contener en sí mismas el germen del cambio. Perfectamente puede desarrollarse una tradición cuyo sentido sea la promoción y aceptación del cambio.
Las tradiciones si bien representan la permanencia, no están necesariamente asociadas a lo malo y negativo. Un mundo como el actual, con desafíos y oportunidades en cada esquina, no siempre tiene presente que el primer problema a resolver está relacionado con discriminar entre lo que queremos cambiar y con lo que queremos preservar. Por último, ciertamente, también con lo que queremos recuperar. La apología de la innovación queda muchas veces presa de su propio entusiasmo, cuando sólo observa el cambio en su aspecto más superficial. La práctica del cambio, llevada al límite de su potencial, o bien la flexibilidad desatada sin reparos, conducirían a la pérdida de la identidad.
La identidad personal y la de un pueblo se construyen como resultado de la existencia de ciertas regularidades. Una sociedad demasiado abierta al cambio, asume el peligro de la desintegración. Una sociedad demasiado cerrada y encerrada en sí misma, termina por esclerosarse. Tradición e innovación tienen una relación de mutua necesidad, y cada uno de estos extremos toma del otro parte de su sentido. Tradición e innovación, conservación y cambio, convergencia y divergencia, orden y caos, no se definen en niveles independientes y excluyentes.
Tal vez la principal dificultad, de la que surgen algunas de estas percepciones rígidas, la encontramos en el hecho de que las innovaciones con gran facilidad revierten en hábitos que a poco andar pierden toda su funcionalidad. El micro cuento El Gato del Gurú, de Anthony de Mello, expresa esta situación de modo singular: “Cuando, cada tarde, se sentaba el gurú para las prácticas del culto, siempre andaba por allí el gato del ashram distrayendo a los fieles. De manera que ordenó el gurú que ataran al gato durante el culto de la tarde. Mucho después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro gato al ashram para poder atarlo durante el culto vespertino. Siglos más tarde, los discípulos del gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización del culto como es debido”.
Lo que representa un avance en cierto momento y bajo ciertas condiciones, luego puede llegar a ser una carga y un obstáculo. La sensibilidad se petrifica con facilidad y el comportamiento termina manifestándose más como repetición que como apertura. El gato del gurú es un fenómeno corriente de la vida social, que suele ser invisible para las conciencias adormecidas. Mirar con ojos de ayer los problemas de hoy es un atentado a la posibilidad de crear e innovar.
El venerado Lactancio, llamado el Cicerón cristiano, preceptor del hijo de Constantino, tenía en el siglo IV buenas razones para defender la idea de una tierra plana: “¿Puede alguien ser tan necio como para creer que hay hombres cuyos pies están más altos que sus cabezas, o lugares donde las cosas pueden colgar cabeza abajo, los árboles crecer al revés y la lluvia caer hacia arriba? ¿Dónde estaría lo maravilloso de los jardines colgantes de Babilonia, si admitiéramos la existencia de un mundo colgante en las antípodas?”. Un lugar así no podría existir; de hecho la expresión antípoda alude a un lugar donde los pies de los hombres se encuentran en el sentido opuesto.
Ejemplos específicos de innovaciones envejecidas y degradadas, y sólo sostenidas por la fuerza de la inercia, existen en gran cantidad en todo tiempo y lugar. En la antigüedad el libro tenía la forma de un rollo llamado volumina, y algunos de ellos llegaron a tener varios metros. Un detalle característico fue la colocación del título al final del texto, debido a que así resultaba más rápida su identificación cuando se encontraba completamente enrollado sobre uno de sus ejes, después de haber sido leído. Más adelante, al final del Imperio Romano, surge el códice con el tipo de páginas que tiene el libro actual. Este nuevo formato resultó tan útil, que algunos especialistas lo consideran como una innovación en el mismo nivel que la rueda y el alfabeto. A partir del siglo III el códice se populariza, pero se continuó poniendo el título en la última página hasta entrado el siglo V.
La incorporación de la retórica en el mundo griego como una materia de la mayor relevancia para el ejercicio de la democracia, es también un caso pertinente. Luego de creada en el siglo VI aC, su enseñanza se extendió y se hizo habitual. En el siglo siguiente, en Atenas surgieron maestros y se crearon escuelas a las que concurrían muchos ciudadanos deseosos de ser protagonistas activos del quehacer político. Con el tiempo, esta exitosa institucionalización, llevó a la retórica a ser una parte fundamental de la educación universitaria. Por siglos continuó ocupando un lugar de privilegio, y no desapareció de los planes de estudio hasta la víspera del siglo XX. Todo esto en circunstancias de que muy pronto perdió su fuerza formativa y se volvió una técnica sin contenido ni vitalidad. Su sentido primero, asociado al conocimiento meditado de un objeto que preparaba a las personas para una acción eficaz, desembocó en una forma vacía, exclusivamente al servicio del ornamento, incapaz de dar origen a nuevos desarrollos del pensamiento.
Algunos ejemplos más próximos son interesantes. En el sistema carcelario chileno existe prohibición para el ingreso de limones. En el pasado los internos utilizaban el limón para preparar una bebida alcohólica llamada pájaro verde. El procedimiento consistía en separar el alcohol que contenían los barnices o pinturas, con ayuda del jugo ácido. Con ese alcohol se obtenía una bebida algo parecida a un licor, pero desgraciadamente muy tóxica. Con el tiempo el alcohol ha dejado de usarse como base de barnices y pinturas, que ahora usan principalmente componentes sintéticos. Un buen trago se obtiene hoy con agua de arroz y una manzana fermentada, pero los limones siguen sin poder entrar a la cárcel.
El filósofo Marshall McLuhan acuñó la expresión espejo retrovisor, para describir aquellas experiencias en las que el pasado impide reconocer el presente, y a veces también el futuro. En su opinión, “cuando enfrentamos una situación nueva, tendemos siempre a adherirnos a los objetos, al sabor del pasado más reciente. Miramos el presente en un espejo retrovisor. Entramos en el futuro retrocediendo”. Tal como ocurrió en la antigua Viena con ocasión de la aparición del tranvía. Se cuenta la historia de un ingeniero que se esforzaba por describir las características del nuevo medio de transporte al Archiduque, quien escuchaba con gran interés. Cuando concluyó la explicación, el Archiduque señaló con entusiasmo que todo le parecía claro, excepto por un detalle: “¿Dónde va el caballo?”.
El punto crucial es que una vez creada una práctica, buena parte de la energía disponible se utiliza para defender el espacio familiar de seguridad configurado por la estabilidad y la certidumbre. Se ponen en marcha verdaderas estrategias de carácter personal y social, destinadas a protegerse de cualquier transformación sospechosa de alterar la tranquilidad de lo conocido. Al final, el problema no reside en la tradición como tal, sino en la falta de autocrítica con que los grupos otorgan sentido a lo que ellos mismos han construido. La innovación tiene su madurez, pero también puede tener una mala vejez. Toda innovación exitosa produce una tradición. Recíprocamente, toda tradición fértil provocará otras tantas innovaciones en el futuro.
La vieja demanda filosófica del autoconocimiento aparece una vez más dotada de valor. Ni las personas ni los grupos podrán superar los esquemas consagrados y producir cambios positivos, si no son capaces de desarrollar un juicio crítico sobre lo que son y lo que quieren ser.




Posted by Romina on July 01, 2009 at 03:24 PM CLT #
Posted by vivian urmeneta on July 03, 2009 at 04:33 PM CLT #
Buen razonamiento, excelente encausamiento, mas la modernidad ( de reconocida innovacion ) se muere en manos de la post modernidad, no se alcanza a saborear una epoca y ya estamos cambiendo el folio por "atrasada", ¿ como apropiarnos de una epoca si al interior de nuestros "terrenos" esta el "virus" de lo cambiante por excelencia ? ¿ sera quizas que ha llegado el momento de dejar de apreender para comenzar a administrar el conocimiento ? ¡¡ Necesitamos buenos administradores de conocimiento !!
Posted by Fantomas on July 03, 2009 at 08:47 PM CLT #