Rodrigo Guendelman

What´s going on

 

Pobres viejos

Jan. 20 , 2012

24 Comments


Un padre y un hijo están sentados en el jardín, en silencio. El hijo lee el diario. El padre contempla la naturaleza. Aparece un pajarito y el padre, un señor de unos setenta años, le pregunta a su hijo ¿qué es eso?. “Un gorrión”, contesta el más joven. El padre vuelve  a hacer la pregunta varias veces y el hijo, que termina impacientándose, le grita a su progenitor. El padre, sin enojarse, sin cambiar la cara, sin inmutarse, se levanta a buscar algo y vuelve. Le pasa un diario de vida a su heredero. Le dice que lea en voz alta. Es posible que el señor esté perdiendo la memoria, que su estado sea algo senil, pero hay cosas que no se olvidan. Cuando el hijo empieza a leer, se quiebra, lo abraza, le da un beso y se queda aferrado a su padre. La cámara se aleja de a poco. Y así termina el corto de menos de cinco minutos. Salvo que usted sea de otro planeta, le garantizo que se va a emocionar. Yo, al menos, he llorado cada una de las ocho o nueve veces que lo he visto. En serio. Le sugiero que escriba ahora mismo en Google, “Qué es eso?”, véalo completo y después regrese a leer el resto de la columna.


Toda esta introducción tiene un objetivo muy claro: nos hemos vuelto salvajemente egoístas con la gente mayor, los “abuelitos” -como reza el típico eufemismo local-, los de la tercera edad. En buen chileno, con los viejos. Los pobres viejos que abundan en esos hogares donde sus hijos pagan para que otro los cuide, otro los bañe, otro les hable, otro los quiera. “Es que no hay espacio en la casa”, “no tengo tiempo” o “su enfermedad demanda demasiado cuidado”, son las típicas excusas. La semana pasada vi en la televisión un reportaje a uno de estos “hogares” de viejitos, el cual era denunciado por la vecina debido a los maltratos reiterados para con sus residentes. Los amarraban todo el día, se escuchaban gritos desgarradores y esta buena samaritana, cuya casa está pegada al asilo privado, decidió actuar. ¿Saben cuál fue la actitud de los hijos, los que pagaban por que sus padres estuvieran ahí? Defender con uñas y dientes a la dueña del lugar. E intentar destruir las acusaciones de la vecina. Yo pensaba lo siguiente: si uno de mis padres vive ahí, lo primero que hago es cambiarlo a otro lado. Me bastaría un rumor pequeño para desconfiar y mi prioridad, obvio, sería mi progenitor.


Pero, profundizando en el tema, entendí mejor: para esos hijos sus padres son un cacho, un daño colateral, un problema que se soluciona pagando una casa que los reciba y visitándolos un par de veces al mes. Más por culpa que por ganas. En un país considerado el más individualista de todos los que integran la OCDE, donde la población envejece de manera agresiva y en el cual la expectativa de vida se acerca cada vez más a los noventa años, el pronóstico es deprimente Si no somos capaces de devolver con amor y generosidad lo que nuestros padres nos regalaron durante décadas, es decir, si no nos hacemos cargo con afecto, recursos y espacio físico cuando ellos lo necesiten, no sólo nos transformaremos en una nación sin alma, sino que perderemos la posibilidad de que nuestros hijos aprendan de sus abuelos, convivan con ellos y asimilen la vejez como una etapa natural de la vida. Peor aún, el karma del egoísmo nos hará temer con pavor el hecho de convertirnos en ancianos. Y entonces viviremos como seres inmaduros y narcisos tratando de detener el tiempo, aunque eso nos cueste inmovilizar el rostro, matar las expresiones y hacer el ridículo intentando parecer lo que no somos. Pobres viejos si los seguimos tratando así. Aunque, en realidad, pobres de nosotros si no cambiamos el chip.


Si todavía no ha puesto en Google “Qué es eso?”, hágame caso: escríbalo altiro y véalo, le prometo que se trata de una experiencia de esas que, si bien no llegan a cambiar la vida, al menos se transforman en una patada a las emociones más primitivas. Y, si es de esos hombres que nunca lloran y que se ufanan de que jamás les cae una lágrima, le hago una apuesta aquí y ahora: esta vez sí se le van a poner rojos los ojos, va a sentir algo salado en los labios, se le va apretar la guata y va a salir corriendo a abrazar a su viejo. Palabra de scout.


 

El peor invento para la mujer fue el arado

Jan. 07 , 2012

21 Comments

Hay dos nombres que debieran ser obligatorios en el colegio, en la universidad y en la vida: Helen Fisher y las charlas TED. Ella, Mrs. Fisher, es una antropóloga que lleva décadas estudiando la evolución de las emociones humanas así como las diferencias entre hombres y mujeres. Experta en el amor romántico desde la visión científica, Helen Fisher tiene un par de libros que son material sagrado. “Anatomía del amor” y “Porqué amamos” se llaman esas dos biblias.


Vamos al segundo concepto. Las charlas TED o “TED Talks”, cuyo nombre viene de “Technology, Entertainment, Design”, son parte de una organización sin fines de lucro que se dedica a juntar a las personas más inteligentes del planeta para que den charlas que no deben superar los 25 minutos. Gracias a gente de espíritu solidario, muchas de esas charlas están traducidas al español. Ahora, juntemos los dos temas. Si ustedes ponen en Google “Helen Fisher nos habla del porqué amamos y engañamos”, podrán sumarse al millón y medio de visitas que ha tenido esta extraordinaria conferencia, una de las más notables que esta científica del amor ha dado para TED. Y como el concepto de TED es “Ideas worth spreading”, o sea, “Ideas que vale la pena divulgar”, me atrevo a tomar un par de puntos de esta presentación que, les sugiero, debieran ver de principio a fin.


Es en el minuto nueve de la exposición, cuando la investigadora del comportamiento humano tira la frase que le da título a esta columna, es decir “el peor invento para la mujer fue el arado”, que pongo pausa, agarro libreta y lápiz, empiezo a tomar apuntes y aprendo algo que no sabía. Hasta ese momento, es decir unos 3500 años antes de Cristo, la familia con doble ingreso era el estándar, lo normal, lo típico. O sea, las mujeres tenían una situación de igualdad con los hombres. Durante millones de años, ellas fueron responsables de conseguir entre un 60 y un 80% de lo que se comía en el hogar gracias a su trabajo como recolectoras de verduras y frutas. Y eso les permitía ser consideradas igual de poderosas que los hombres en lo sexual, social y económico. Recién cuando la agricultura incorporó el arado, lejos uno de los inventos más revolucionarios (y también sexistas) de la historia de la humanidad, el hombre se volvió más poderoso y cambiaron los roles. Ellas perdieron su “pegas” como recolectoras, se quedaron en las casas y ellos se transformaron en la mano de obra y, al mismo tiempo, en la mano que aprieta, el dedo que da órdenes y la cabeza que toma decisiones.


Fíjense, entonces, qué espectacular: lo que está pasando hoy en día, este empoderamiento femenino a nivel planetario con mujeres cada vez más participativas en los trabajos, en las universidades, en las zonas de influencia y, por supuesto, en la relación de pareja, no es más que una vuelta atrás, un retorno al matrimonio simétrico e igualitario de la antiguedad. Esta igualdad de género que cada vez observamos con más fuerza en sociedades desarrolladas, es el retorno a la normalidad, a lo que hombres y mujeres vivimos durante casi toda nuestra existencia, salvo por ese lapso que hay entre la llegada del arado y la revolución industrial.


Así como dicen que el cuerpo de los deportistas tiene memoria o que nunca se nos olvida andar en bicicleta, ¿no ayudará esto a explicar que en países como Estados Unidos, Noruega, Alemania o Dinamarca ocurra una tan extraordinaria adaptación del sexo femenino a sus antiguas capacidades y que las mujeres estén volviendo cual ejército de hormigas al liderazgo académico y empresarial? Mal que mal, cinco mil años de sumisión son un pelo de la cola en la historia de la humanidad, y la capacidad de resiliencia se hace mucho más efectiva cuando ese músculo alguna vez estuvo inflado y ahora es sólo cuestión de volver a bombearlo.


Me tranquiliza aprender de Helen Fisher. Me aleja en buena parte de las teorías más pesimistas respecto de la sobrevivencia masculina. Me gusta pensar que esta “Mujer 2.0”, antes que aparecer como vengadora implacable que viene a cobrar cuentas, se entienda como la consecuencia de un movimiento de manecillas que permite volver a la hora antigua, la de siempre, esa que nos ha visto vivir juntos, como equipo, como partners, desde el principio de los tiempos.

Enlaces

Feeds