¿De qué vacaciones me hablan?
Feb. 19 , 2010
Acabo de volver a Santiago después de dos semanas en el sur. Se supone que terminaron mis vacaciones. Mentira, acaban de empezar: ahora sí que puedo dormir más de dos horas seguidas. Conclusión indiscutible: los días de “descanso” con una guagua de siete meses no tienen nada de relax, de tranquilidad ni de recuperar energías. Y el problema pasa por distintas variables.
La primera es que dormir en la misma pieza con una niñita que apenas ha vivido 200 días es poco sano para la salud mental de los padres. Como si tuvieran un radar escondido, las guaguas detectan inmediatamente que a escasos centímetros de su cuna hay dos adultos dispuestos y entregados a consolarla cada vez que llora, por más que ambos hayan leído trece veces esa biblia fascista de la crianza llamada “Duérmete, niño” y se hayan jurado dejarla gritar hasta el cansancio.
Claro, puede ser que resulte en tu propia casa, eso sí, con el dolor del alma y la intuición de que no puede ser tan bueno ser tan desgraciado; pero ¿cómo se ferberiza (así le dicen los gringos a esta idea de dejar llorar en vez de consolar, que expuso por primera vez el pediatra Richard Ferber) a una niñita de menos de un año en la casa de tus suegros, con diez personas compartiendo el mismo techo? Imposible. De hecho, todo lo que pudiste avanzar en la “educación” de tu recién nacido hasta el verano, todas esas pequeñas rutinas con horarios establecidos que con tu mujer tratabas de cumplir en forma sagrada, se van a la mismísima en las vacaciones.
Obvio, no puedes pretender que toda la familia se cuadre ante las demandas de la paternidad y, por lo tanto, te ves obligado a soltar el control y a ver cómo tu primogénita se transforma en Chucky durante las noches. En el día, no importa lo que haya pasado horas antes, la amas hasta que te duele la guata. Pero cuando se pone el sol empiezas a tener los mismos síntomas de la gente con insomnio: ansiedad, algo de angustia y el cuerpo pesado.
Ya solo con tu mujer, en plena noche, alternando las eternas despertadas, te culpas de experimentar sentimientos alejados de la sublimación afectiva. Claro, cuando son las cinco de la mañana, hace mucho frío (para remate, febrero ha experimentado al menos diez días de invierno en la zona sur), la chimenea ya se apagó, no puedes prender luces y te paseas con tu guagua en brazos tratando de que se tome la leche para, ojalá, dormir dos horas seguidas, no es que exactamente la vida te sonría.
A diferencia de años anteriores, cuando todavía no tenías la suerte de darle continuidad a tu apellido, dejas de pensar en qué actividad deportiva vas a realizar al día siguiente. Al revés, tu único objetivo desde la mañana hasta la tarde es dormir y recuperar las horas de sueño perdidas. Y comer. No sé porqué, pero comes con devoción, como si fuera el único hobbie que te puedes permitir. Comes y duermes de día. Calmas los llantos y das mamadera de noche. El panorama perfecto para volver a la pega con tres kilos más, ojeroso, blanco y con la sonrisa falsa, bien atornillada, para contestar la pregunta de “¿cómo estuvieron esas dos semanitas, compadre?, ¿volvió relajadito, listo pa echarle pa delante?”. Uff.
La verdad, después de esta experiencia, comprendo que no hay la más mínima contradicción entre sentirse feliz de ser papá e infeliz de haber compartido la pieza con tu mini me. Que se puede amar a un hijo hasta lo inexplicable pero, de vacaciones, ni hablar hasta un par de años más. Tengo logo nuevo: “Febrero 2011, Santiago de Chile”.

