Rodrigo Guendelman

What´s going on

 

Arriviste

May. 12 , 2012

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He titulado de la manera más siútica posible esta columna para reírme de mí y de tantos chilenos que cada día estamos más arribistas. Tal como lo imaginan, ese adjetivo viene del francés “arriviste”, que usa como base el verbo “arriver” (llegar) y se refiere a una persona que progresa en la vida por medios rápidos y, a veces, sin escrúpulos. Estoy convencido de que no hacemos más que empeorar en este aspecto, y para afirmar la tesis, me baso en algunas observaciones...

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Separarse es fracasar

Apr. 27 , 2012

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¿En qué momento el divorcio, la ruptura de una relación de pareja de años, el quiebre de un vínculo que incluye experiencias, recuerdos, familia y amigos en común dejó de ser algo terrible para transformarse en una “experiencia de vida”, de esas que a veces son necesarias para avanzar hacia la felicidad?

Parto con esta pregunta porque así es como tanta gente te “vende” hoy su fracaso. Y voy a usar varias veces la palabra en esta columna pues estoy convencido hasta el fondo de mi alma de que fallar en una relación de pareja es justamente eso, fracasar. Suena conservador, pero no creo que sea ese el punto.

Para que se entienda mejor la tesis: no me cabe duda alguna de que el divorcio, la separación, el fin de un proyecto de vida es algo válido, posible, que pasa todo el tiempo y que nos puede suceder a todos. Sin duda. Romper un vínculo es algo humano y real. Cierto además que te puedes volver a levantar y, tal vez, hasta mejorar tu vida. Pero, y por aquí está el asunto, primero hay que hacerse cargo del duelo. Y el duelo sólo ocurre cuando se asume que algo muere. Y si te divorcias, muere un proyecto de vida. No es el fin del mundo, pero tampoco es una cosa cualquiera. Es un fracaso. Una pérdida. Un terremoto con tsunami incluido. Un tajo que deja una gran cicatriz en tu vida. Entonces, asumir que es un fracaso en vez de sacarle el poto a la jeringa, es síntoma de madurez. De tomarle valor a las cosas. De entender que apostaste parte importante de tu patrimonio emocional a una relación y perdiste, quebraste, te empobreciste, fallaste. Bien  claro y simple. Y no es el fin del mundo, cierto, pero hay kilos de pena y desilusión y eso hay que asumirlo.

Es en ese contexto que me sorprende y preocupa percibir tanto miedo a asumir ese dolor, tanta gente que disfraza su herida de “oportunidad”, sin antes haber llorado lo suficiente, sin tomarse el tiempo para reflexionar, procesar, trabajarse en una terapia y entender qué pasó. Hay pánico a sufrir, entonces nadie quiere asumir el fracaso. Y aquí viene lo peor, según mi forma de ver las cosas: si no hay duelo, si no me siento perdedor, si no admito que fallé, entonces no aprendo, no recibo los inputs de mi experiencia y no crezco. Peor aún, me arriesgo a repetir el guión en forma literal con mi próxima pareja.

Aclaro, por si las dudas, que no me llamo Pilar, mi apellido no tiene que ver con la falta de audición y esto no es autoayuda, sólo sentido común y la suma de varias conversaciones que se han quedado pegadas en la retina. Me parece raro escuchar a tantas personas hablando de la felicidad individual como si fuera el tesoro detrás del arco iris y, ergo, tapando su separación como si apenas se tratara de un peldaño más en una larga escalera, un pequeño obstáculo en la vía a la plenitud, algo que es necesario probar e incluso repetir cuantas veces sea necesario hasta llegar al Nirvana. A mí, la verdad, todo eso me parece una tremenda muestra de infantilismo y un clásico síntoma de Peter Pan.

Emparejarse y durar emparejado es difícil, agotador a veces, frustrante otras, fome en algunos períodos, pero el pasto del vecino no es más verde. También se pone amarillo después de un rato. Y, claro, a veces el amor se acaba. Aunque si uno lee esa historia que da vueltas por Internet (ponga en Google “cuando llegué a mi casa esa noche mientras mi esposa…”), da para pensar que hasta eso puede ser discutible. Pero no importa, a cualquiera de nosotros le puede llegar el momento de abandonar, ser abandonado o terminar un vínculo por mutuo acuerdo. El tema es cómo entenderlo, cómo digerirlo y cómo vivirlo. Algo que, por estos días, varios enfrentan de una manera anestesiada, profiláctica y trancada.

Yo prefiero llamarle pan al pan y vino al vino. Separarse, divorciarse, sufrir el quiebre de una relación de pareja que alguna vez fue una familia es un fracaso con mayúsculas. Y fracasar es tan duro como real. Es parte de la existencia y todos tenemos derecho a que nos pase. Pero así como los países con más emprendedores son aquellos donde el fracaso no implica una tarjeta roja de por vida, de la misma manera hay que perderle el miedo a la palabra, asumir las consecuencias que implica, procesar un buen rato y recién entonces, volver a jugar.    


Santiagoadicto II

Apr. 14 , 2012

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Han pasado casi seis meses desde la publicación en estas mismas páginas de la columna “Santiagoadicto”. Ese mismo día, el sábado 28 de octubre de 2011, lo que salió impreso en papel y en tinta digital en Tendencias de La Tercera dio inicio y motivó la creación del twitter @santiagoadicto, que hoy tiene más de cuatro mil seguidores. En pocos días más, Santiagoadicto será también un programa de CNN Chile, para que el amor irrestricto a la capital de Chile sea expresado en todos los formatos posibles. Es esa pasión por Santiago, y la injusticia de sentir que la ciudad más importante del país ha sido vapuleada y criticada desde la ignorancia por décadas, lo que me lleva a declararme un fan, un groupie de este notable pedazo de tierra en el que nací y vivo. Y así lo percibo también a través de los comentarios y aportes visuales en el twitter: somos muchos y, cada vez más, los que sentimos el inmenso privilegio de vivir en estos más de 600 kilómetros cuadrados.

Me hacía la siguiente pregunta hace unos días, ¿cuántas veces, miles de santiaguinos habrán pasado caminando por el número 1340 de la calle Compañía, en pleno centro, sin detenerse a mirar el maravilloso edificio que se levanta allí? Se trata del Palacio de la Alhambra, una construcción de estilo morisco que se inspira en su par de Granada y en El Alcázar de Sevilla, que fue construido hace 150 años y que por fuera y por dentro tiene razones de sobra para dejar boquiabierto a cualquiera. Miramos poco, casi nunca levantamos la cabeza y, como escribía otro columnista esta misma semana, corremos mucho pero caminamos poco. Y, en el proceso, nos perdemos este pedazo de ciudad.

¿Cuándo fue la última vez que caminó por calle República, especialmente por las cuatro cuadras más cercanas al Club Hípico?  Esa era la calle más elegante de Chile hace un siglo y ahí se encuentran algunas de las casas más hermosas de Santiago. Por ejemplo, la que construyó el industrial belga Amadeo Heiremans y que hoy alberga al Museo de la Solidaridad Salvador Allende. ¿Lo conoce? Probablemente no. Un dato: a mediados de mayo celebran 40 años de vida y lo harán mostrando parte de su colección de arte contemporáneo, que incluye unas 2600 piezas, entre obras de Miró, Calder y Matta. De hecho, se trata de una de las colecciones de arte moderno más importantes de América Latina y muy, pero muy poca gente visita este museo. Una pena. Una tontera. Porque Santiago no puede ser la gran ciudad que es mientras uno no la viva, salga de su burbuja personal, la recorra, la toque, la conozca y la empiece a querer, a cuidar y a admirar.

¿Se ha dado una vuelta por Matucana últimamente?  Le cuento: la Quinta Normal quedó espectacular después de la remodelación, hay una laguna, botes, mucha vegetación, juegos de agua para que los niños lo pasen increíble en verano, sillas de piedra con mucho diseño y gente compartiendo en familia. Al otro lado de la calle está el Museo de la Memoria, un must de Santiago que algunos se pierden por flojos y otros por ideología. Pegado a la Quinta Normal está el fotogénico Cité Las Palmas. Y a pocos metros está la Biblioteca de Santiago. Un par de cuadras más allá, subiendo por Huérfanos o por cualquiera de sus calles paralelas, está el barrio Yungay, donde el graffiti artístico, los pasajes, los cités y  lugares clásicos como la Peluquería Francesa o la Fuente Mardoqueo le dan a esta zona un tremendo carácter. No muy lejos de ahí está la Plaza Brasil y sus juegos, probablemente los más lúdicos y creativos de la Región Metropolitana. Los diseñó hace casi veinte años Federica Matta, hija de Roberto, y en total son 22 esculturas que representan diversos temas de la identidad chilena. Ponga a su hijo a jugar ahí y le garantizo que no podrá sacarlo por las siguientes tres horas.

Sigamos subiendo, ahora hasta la Biblioteca Nacional, en plena Alameda. ¿Qué tal un happy hour en la terraza del quinto piso del Cesar Business, hotel que está al frente de ese edificio histórico y que tiene una espectacular vista del centro? No le explico lo que es ver al sol poniéndose detrás de la Torre Entel. Ultra fotogénico. Y así. Sigue y sigue. Santiago está lleno de sorpresas. El problema es de uno que no mira, no recorre ni tiene la menor idea de dónde vive. Hay que cambiar el switch y mandarse a hacer una polera que diga “Yo amo Santiago” o, si prefiere, “Soy un Santiagoadicto”. Esta extraordinaria ciudad se lo merece.

Misandria

Mar. 30 , 2012

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No, no es la candidata a Miss Mundo de un país perdido en el Caribe. Misandria es algo mucho menos amable e ingenuo: es el desprecio hacia los hombres. Justo la otra cara de la moneda de la más conocida misoginia. Proviene del griego miseín (odio) y andros (hombre). Y si bien todavía no es un término popular, tarde o temprano lo será.

Antes de argumentar, permítanme una cita de Valerie Solanas, la mujer que le disparó a Andy Warhol y que escribió el Manifiesto SCUM (Society for Cutting Up Men o Sociedad para exterminar a los hombres): “El macho es un accidente biológico: el gen Y (masculino) no es otra cosa que un gen X (femenino) incompleto. Para decirlo con otras palabras, el macho es una mujer inacabada. Ser macho es ser deficiente. Los machos son lisiados emocionales. El hombre es un egocéntrico total. Incapaz de sentir amor, amistad, afecto o ternura. Es un elemento absolutamente aislado, inepto para relacionarse con los otros. En consecuencia, y en el mejor de los casos, es el colmo del aburrimiento”.

Fuerte, ¿no? Mejor dicho, brutal y patético. Algo que, con suerte, debiera ser una anécdota en la enciclopedia de las supremacistas de género femenino. Sin embargo, en tiempos recientes me ha tocado ser testigo de varias mujeres que decidieron aniquilar a sus parejas y que ni siquiera necesitaron un arma, bastaron las palabras. Esas que se dicen sin anestesia, sin compasión y con una frialdad de la que jamás tuve registro. El asunto es que no se trata de un caso, sino de varios. Claro, no son mujeres radicales en el discurso como Valerie Solanas, pero al final, después de los hechos, parecen sus alumnas estrellas. Y tampoco se trata de féminas que detesten a todos los hombres por igual, sino que se concentran en pisotear al más importante: el marido, el padre de sus hijos, el tipo que quiere envejecer con ella y que no imagina el final infeliz que le espera. Apuesto además que se trata de misándricas sucesivas, de esas que inevitablemente vuelven a clavar el puñal una y otra vez. Pero eso es elucubración. Mejor volvamos al tema.

Es cierto que el amor se puede acabar. Es un hecho que la tentación puede llevar a una infidelidad. Pasa hasta en las mejores familias, decía mi abuela. Incluso, puede ocurrir que ella se enamore de su amante y que esté dispuesta dejarlo todo. También es parte del libro de vida. Pero, y aquí está el punto central, hay maneras y maneras. Lo que me ha tocado observar en los últimos años me asusta, me pone en guardia y me obliga a rescatar la palabra misandria de ese rincón del disco duro que sólo sirve para jugar Scrabble. Las mujeres, bueno, algunas, están siendo unas verdaderas asesinas emocionales con sus parejas. Les mienten, los gorrean y, cuando las descubren, no sólo no tienen intención alguna de pedir perdón o de arreglar las cosas, sino que han adquirido una espantosa frialdad para alejarse sin compasión, arrasando con la autoestima de sus boquiabiertos ex maridos.

No cabe duda de que ellos también son responsables de haber llevado la relación a una zona de riesgo. No se trata de jugar acá a los buenos y a los malos, al negro y al blanco. Pero nadie merece ser amputado del corazón de la manera en que está pasando hoy en día. ¿Será que el empoderamiento se la ha subido a algunas mujeres más arriba de la cabeza? ¿No será que esta transición de la mujer esclava del hogar a la mujer jefa de todo está produciendo ciertos daños colaterales? Por favor, que quede claro: esto no es generalización. Pero tampoco es un caso aislado. Me atrevo a ponerlo sobre la mesa como una inminente y muy peligrosa tendencia. Y creo que tiene explicación: cuando una persona insegura recibe un metro cuadrado de poder, es capaz de ejercer el poder en ese metro cuadrado como un verdadero tirano.

Siento que hay algunas mujeres que llevan, sin saberlo, el Manifiesto SCUM en su inconsciente: esas que vieron cómo sus madres sufrían junto a un hombre autoritario, las que fueron víctima del bullying de sus hermanos, las que han sido acosadas en el trabajo o toqueteadas en el metro. Hay una parte de su cabeza que, llegado el momento, decide que el tipo con el que decidieron construir un proyecto ahora las aburre. Se convencen de que ya no les sirve. Encuentran un macho Alpha que brilla un poco más. Viven un rato en paralelo, muchas veces dejando pistas para que la pega la haga el pobre infeliz que está a punto de ser masacrado. Entonces las pillan. Lloran cinco minutos. Y ahí viene la debacle. Te enteras de que hace rato no te aman, de que hace tiempo están con otra persona, te informan que mañana te tienes que ir de la casa, que a tus hijos los verás de ahora en adelante fin de semana por medio y que tu nueva vida es una verdadera mierda. Y todo pasa en un rato. Un rato en el que te aniquilaron. Sin piedad. Sin culpa. Como si ser hombre fuera lo más parecido a una hormiga recién pisoteada.


El dominio de las hembras

Mar. 16 , 2012

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¿Sorprendidos de que el posible responsable de haber matado a una madre de cuatro hijos con un piedrazo sea hombre? ¿O de que los cuatro agresores de Daniel Zamudio fueran hombres? ¿O de que la mayoría de las personas que gustan de la pedofilia sean hombres? A mí no me impresiona. Vivimos en una sociedad aún controlada por machos, donde la fuerza, la competencia ruda y la violencia son tan culturales como estructurales. Es cierto que si uno mira al reino animal, comprueba que en muchos grupos de mamíferos la cosa no es muy diferente. Es más, hay infanticidio, canibalismo y hasta xenofobia. Sin embargo, hay un gran pero. Una excepción, que en vez de confirmar la regla, podría ponerla en duda. Me refiero a los bonobos, una especie que pertenece a los primates sin cola, es decir  al grupo donde están los gorilas, los orangutanes y los chimpancés. Y que son, por lejos, nuestros parientes más cercanos.

Una chilena, Isabel Behncke, los estudia hace años y ha pasado meses observándolos en su hábitat natural en el Congo, para el doctorado que realiza en Oxford. Entre otras conclusiones, Isabel ha podido apreciar cómo en esa sociedad son las hembras las dominantes: el líder, si es que hay uno, es siempre la hembra más vieja. Más aún. La jerarquía de los machos depende de la madre, que es quien les confiere su posición. Lo que podría parecer un detalle anecdótico, no lo es. Pues los bonobos, con este esquema de poder, son una sociedad mucho más tolerante que, por ejemplo, la de los agresivos chimpancés. Destacan por su inteligencia emocional y hay un marcado énfasis en las relaciones sociales. Y, a diferencia de los grupos en los que manda el macho alfa, aquí la hegemonía de las hembras permite desarrollar una vida donde sobra el juego y la sexualidad.

Es probable que si alguna vez escucharon hablar de los bonobos fue a propósito, justamente, de su comportamiento sexual. Ese es, de hecho, el factor que los salva de ser cazados para los zoológicos, pues ninguno de estos parques quiere animales exhibicionistas y faltos de pudor. He aquí otro asunto fundamental: en la sociedad de los bonobos, el sexo cumple múltiples funciones. “Ocurre en el contexto del juego, pero también en medio del conflicto y la tensión. Por eso muchos científicos piensan que se trata de un mecanismo para disipar conflictos. Las hembras están disponibles la mayor parte del tiempo, lo que ayuda a que los machos sean menos agresivos que los chimpancés”, explica Isabel Behncke en una entrevista de la Revista Mujer.

¿Van sumando? Hembras dominantes + sexualidad como catalizador de emociones y no como tabú  = menos agresividad y más armonía. Claro, uno podría pensar que el macho vive subyugado y castrado en esta micro civilización de chicas Alfa. Pero no es así. “Se cree que por esta dominancia de las hembras, los machos tienen un rol periférico, pero yo los encontré muy sociales. Juegan mucho. Su risa es tan fuerte que la escuchas de lejos y es contagiosa. Tienen un sentido de goce de la vida que no siempre aceptamos en los animales”, cuenta esta chilena que ha dado charlas para TED.

¿Ha escuchado hablar de esas gerentas exitosas que logran combinar capacidad analítica con empatía, es decir habilidades duras y blandas? ¿Ha visto como una mujer es capaz de llevar una casa, una pega, una familia y una relación de pareja? ¿Tuvo usted una mamá? Me estoy convenciendo. Si antes pensaba que la futura hegemonía femenina (que se viene, tarde o temprano) era puro riesgo para la sobrevivencia masculina, después de leer sobre los bonobos y de conocer a esta brillante patiperra chilena que se luce ante la comunidad científica con sus investigaciones de campo, empiezo a pensar distinto. Creo que un mundo dominado por la oxitocina, el Kerastase, la empatía, el rímel, las cremas humectantes, esa notable capacidad intuitiva, el miedo a las polillas, las curvas y la poderosa capacidad de dar vida, puede ser uno mejor. Más sano, más sexy y más vivible. Señoras, los bonobos me obligan a darles el gigantesco beneficio de la duda. Por favor, pasen, gobiernen, lideren y mejoren el planeta. Tienen en mí a su vasallo. 


Sálvate vos solo

Mar. 03 , 2012

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El título de esta columna es mucho más que una frase. Es un paradigma.
El rostro más visible de una idiosincrasia. Ocurrió hace algunos meses
en plena fila de autos para entrar al Parque Intercomunal de La Reina...

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Volver a parir

Feb. 18 , 2012

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Ya tiene nueve semanas. Me refiero a Simón, como lo decimos con mi mujer, pues hasta ahora es más parecido a un sea monkey que a un ser humano. Así que puedo contarlo. Tengo permiso oficial: voy a ser papá por segunda vez. Y, la verdad, estoy asustado. No sé a ustedes, pero a mí cada cambio estructural en la vida me ha costado. Emparejarme, comprometerme, convivir, casarme y tener un hijo. Todos esos procesos fueron un verdadero parto en su momento.

Temía y sigo temiendo por mi libertad. Temía y sigo temiendo por tener que esclavizarme en las pegas para poder financiar una familia, que ahora pasa de tres a cuatro integrantes. Temía y sigo temiendo que leer un libro se transforme en una actividad reservada únicamente para las vacaciones y que, tal como me acaba de pasar este verano, ni siquiera así pueda terminarlo. Mi hija, el amor más grande de mi vida, tiene casi tres años. Aunque antes nunca quise ser papá y, honestamente, me visualizaba como un solterón eterno, ahora agradezco haber trabajado mis vulnerabilidades y ser el padre de Rafaela. La quiero con fanatismo, me cuesta un kilo ser duro con ella, me siento casi como un groupie masoquista cuando me pide o me dice algo. O sea, aparentemente superé mis trancas. No. Falso. Respecto de este nuevo hijo que viene en camino estoy igual que antes de que naciera mi primogénita. Complicado, lleno de dudas, cual adolescente al que le toca hacerse cargo de una responsabilidad que le parece muy de adulto, casi de otro planeta. No hay economías de escala emocionales en este segundo y último (¿se acuerdan de la columna “Me voy a hacer la vasectomía”?...bueno, no era chiste) hijo. Claro, seguro que me va a ser más fácil cambiar pañales y sacar chanchos, pero eso es técnica, método; en cambio esto otro es abstracción pura: mucha psicología, mucho rollo, mucho onanismo mental.

Ahora bien, no todas mis razones son egocéntricas e inmaduras. También siento culpa. Culpa de informarle a Rafaela que ya no será el centro del universo. “Pero si eso es muy bueno para ella”, me dicen, y no me cabe duda de que a la larga le va a servir, pero yo quiero seguir malcriándola, diciéndole que es única, la más linda, la más inteligente, la más chora, la más creativa y exquisita y maravillosa de las criaturas del universo. Entonces, en lo que sin duda mi terapeuta diría que es pura proyección de hijo mayor que vio amenazado su reinado, percibo este nuevo embarazo como una afrenta al mundo perfecto de mi hija.

No sé cuánto pesa en estas reflexiones el hecho de haber debutado como padre a una edad en que muchos ya tienen hijos adolescentes –me han dicho que muchas veces me comporto como abuelo chocho en vez de hacerlo como papá autoritario- pero sí tengo claro que cuanto más viejo es uno, más racional también es, y por eso, temas como el costo alternativo del tiempo, la inversión que significa criar y el gasto asociado a contribuir con la sobrepoblación mundial no son anécdotas lejanas, sino asuntos concretos de aquí y de ahora.

Vengo llegando de la ecografía. Simón tiene un corazón que late fuerte, se ve sano y eso me da una tremenda tranquilidad. Pero Simón es aún un prospecto sin sexo conocido, un personaje de quien se habla en términos de semanas, días y líquido amniótico. Un enigma. Un ser por el que aún es difícil sentir cosas tangibles. En cambio, de vuelta en la realidad, aquí en el presente, rondan los fantasmas habituales. ¿Cómo me las voy a arreglar? ¿Cuánto más tendré que laburar? ¿Podré pagar dos colegios, de esos que sirven para que en Chile no te estigmaticen? ¿Cómo enfrentará mi hija la competencia? ¿Tendré que cambiarme de casa para que sigamos cómodos? ¿Si en el auto pongo dos sillas, cabrá algo más o me veré obligado a cambiarlo? ¿Qué tanto afectará la vida en pareja el tener que dedicarse a una guagua recién nacida y a una niñita que todavía está en el jardín infantil? ¿Se multiplicarán por dos los miedos a que a cualquiera de los dos les pase algo o el asunto es peor, es decir, es exponencial? ¿Será cierto eso de que uno siempre tiene un hijo preferido y hay que luchar para que no se note? ¿Seré capaz de educar, de querer y de proteger a dos hijos? ¿Soy yo el único gil que se hace estas preguntas o habrá alguien más a quién le pase o le haya pasado algo parecido?  

    

Lo que NO nos gusta de ellas

Feb. 04 , 2012

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1. Que no vengan con manual de instrucciones. ¿No ven que uno es limitado y ustedes son ilimitadamente complejas? O sea, sufren de cambios hormonales, nos preguntan cómo se ven con determinada ropa y está prohibido decirles la verdad, nadan en Oxitocina (no señor, no es una cecina), compiten con otras mujeres por ser la más fatal y poco les importa qué opina uno, les carga que les digan cartuchas pero tampoco les gusta ser homenajeadas como golfas de categoría. No es fácil. Para nada.

2. Que lloren en las peleas. No sólo tienen una memoria extraordinaria para apabullarnos en una discusión, sino que cuando sienten que están perdiendo acuden al certero golpe en el mentón conocido como lagrimeo. Les cae una lágrima, miran para bajo, mueven la cabeza como diciendo “no hay caso con este bruto” y uno se apiada, empatiza (demasiado) y bota todas sus armas al suelo. Tiramos la toalla para que ella, manipuladora entrenada desde la infancia, recupere la sonrisa. Y luego nos de el tiro de gracia.

3. Que coman como jabalíes y después reclamen por que están gordas. Sencillamente insoportable. Si come, no joda. Si le molesta su peso, cierre la boca. Es así de simple. Pero no. En esa encantadora pero también desgastante dinámica contradictoria, ellas comen y joden. Y uno es el que tiene que mentir descaradamente diciéndole que prácticamente no comió, que está más flaca que nunca y que ya se quisieran muchas mujeres de la tele su cuerpo sabroso. Mentir hasta la muerte o ser devorados por una fémina rencorosa que sólo se permite a sí misma el derecho a criticarse. 

4. Que nos pidan que las acompañemos al mall. Nosotros tenemos una Carta Gantt para comprar. Nos demoramos entre uno y cinco minutos en adquirir lo que ya sabíamos que necesitábamos. Ellas no. Su mapa de shopping es una especie de Test de Rorschach que cambia según el biorritmo del día, tiene zonas difusas y todo es interpretable pero nada certero. El proceso nunca demora menos de tres horas, a veces vuelven con las manos vacías y siempre sienten culpa de haber gastado más de lo que debieran.

5. Que nos reten. Fíjense en esta contradicción: si uno dice delante de otras personas que su mujer es una especie de madre, te puede quitar el habla hasta el día siguiente. Pero en  la práctica, de cada diez retos en la pareja, nueve son de ella a él. Nos retan tal cual como nos retaban nuestras mamás. Incluso cuando hacemos algo que nos vienen reclamando hace rato que hagamos. Lo miran con cara de asco, lo critican, nos dicen “esto no se hace así, fíjate, ésta es la manera”, terminan haciendo ellas la pega y, en una especie de traición inconsciente, nos invalidan en nuestras escasas habilidades domésticas. Y después reclaman porque están superadas con tanta pega.

6. Por último, veamos una serie de cosas que no nos gustan, menos importantes que las anteriores, pero no por eso menos insoportables: 
a) que el ruidito de la máquina depilatoria no nos deje hacer nada con cierto grado de concentración
b) que encuentren pelotudo ver partidos de fútbol en la tele pero les parezca de lo más normal ver el reality o el programa de farándula 
c) que sigan diciendo que les faltan sólo cinco minutos cuando en realidad quieren decir sin-cuenta
d) que la tina se tape todas las semanas por sus toneladas de pelo acumuladas
e) que apaguen la luz con la excusa de buscar más intimidad cuando lo que de verdad les enrolla es mostrar los defectos de su cuerpo. Defectos que todos tenemos, que sólo a ellas les importan y que a nosotros hasta nos parecen exquisitos. 
f) que no sepan que existe algo llamado espejo retrovisor
g) que se enojen con esta columna

Pobres viejos

Jan. 20 , 2012

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Un padre y un hijo están sentados en el jardín, en silencio. El hijo lee el diario. El padre contempla la naturaleza. Aparece un pajarito y el padre, un señor de unos setenta años, le pregunta a su hijo ¿qué es eso?. “Un gorrión”, contesta el más joven. El padre vuelve  a hacer la pregunta varias veces y el hijo, que termina impacientándose, le grita a su progenitor. El padre, sin enojarse, sin cambiar la cara, sin inmutarse, se levanta a buscar algo y vuelve. Le pasa un diario de vida a su heredero. Le dice que lea en voz alta. Es posible que el señor esté perdiendo la memoria, que su estado sea algo senil, pero hay cosas que no se olvidan. Cuando el hijo empieza a leer, se quiebra, lo abraza, le da un beso y se queda aferrado a su padre. La cámara se aleja de a poco. Y así termina el corto de menos de cinco minutos. Salvo que usted sea de otro planeta, le garantizo que se va a emocionar. Yo, al menos, he llorado cada una de las ocho o nueve veces que lo he visto. En serio. Le sugiero que escriba ahora mismo en Google, “Qué es eso?”, véalo completo y después regrese a leer el resto de la columna.


Toda esta introducción tiene un objetivo muy claro: nos hemos vuelto salvajemente egoístas con la gente mayor, los “abuelitos” -como reza el típico eufemismo local-, los de la tercera edad. En buen chileno, con los viejos. Los pobres viejos que abundan en esos hogares donde sus hijos pagan para que otro los cuide, otro los bañe, otro les hable, otro los quiera. “Es que no hay espacio en la casa”, “no tengo tiempo” o “su enfermedad demanda demasiado cuidado”, son las típicas excusas. La semana pasada vi en la televisión un reportaje a uno de estos “hogares” de viejitos, el cual era denunciado por la vecina debido a los maltratos reiterados para con sus residentes. Los amarraban todo el día, se escuchaban gritos desgarradores y esta buena samaritana, cuya casa está pegada al asilo privado, decidió actuar. ¿Saben cuál fue la actitud de los hijos, los que pagaban por que sus padres estuvieran ahí? Defender con uñas y dientes a la dueña del lugar. E intentar destruir las acusaciones de la vecina. Yo pensaba lo siguiente: si uno de mis padres vive ahí, lo primero que hago es cambiarlo a otro lado. Me bastaría un rumor pequeño para desconfiar y mi prioridad, obvio, sería mi progenitor.


Pero, profundizando en el tema, entendí mejor: para esos hijos sus padres son un cacho, un daño colateral, un problema que se soluciona pagando una casa que los reciba y visitándolos un par de veces al mes. Más por culpa que por ganas. En un país considerado el más individualista de todos los que integran la OCDE, donde la población envejece de manera agresiva y en el cual la expectativa de vida se acerca cada vez más a los noventa años, el pronóstico es deprimente Si no somos capaces de devolver con amor y generosidad lo que nuestros padres nos regalaron durante décadas, es decir, si no nos hacemos cargo con afecto, recursos y espacio físico cuando ellos lo necesiten, no sólo nos transformaremos en una nación sin alma, sino que perderemos la posibilidad de que nuestros hijos aprendan de sus abuelos, convivan con ellos y asimilen la vejez como una etapa natural de la vida. Peor aún, el karma del egoísmo nos hará temer con pavor el hecho de convertirnos en ancianos. Y entonces viviremos como seres inmaduros y narcisos tratando de detener el tiempo, aunque eso nos cueste inmovilizar el rostro, matar las expresiones y hacer el ridículo intentando parecer lo que no somos. Pobres viejos si los seguimos tratando así. Aunque, en realidad, pobres de nosotros si no cambiamos el chip.


Si todavía no ha puesto en Google “Qué es eso?”, hágame caso: escríbalo altiro y véalo, le prometo que se trata de una experiencia de esas que, si bien no llegan a cambiar la vida, al menos se transforman en una patada a las emociones más primitivas. Y, si es de esos hombres que nunca lloran y que se ufanan de que jamás les cae una lágrima, le hago una apuesta aquí y ahora: esta vez sí se le van a poner rojos los ojos, va a sentir algo salado en los labios, se le va apretar la guata y va a salir corriendo a abrazar a su viejo. Palabra de scout.


 

El peor invento para la mujer fue el arado

Jan. 07 , 2012

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Hay dos nombres que debieran ser obligatorios en el colegio, en la universidad y en la vida: Helen Fisher y las charlas TED. Ella, Mrs. Fisher, es una antropóloga que lleva décadas estudiando la evolución de las emociones humanas así como las diferencias entre hombres y mujeres. Experta en el amor romántico desde la visión científica, Helen Fisher tiene un par de libros que son material sagrado. “Anatomía del amor” y “Porqué amamos” se llaman esas dos biblias.


Vamos al segundo concepto. Las charlas TED o “TED Talks”, cuyo nombre viene de “Technology, Entertainment, Design”, son parte de una organización sin fines de lucro que se dedica a juntar a las personas más inteligentes del planeta para que den charlas que no deben superar los 25 minutos. Gracias a gente de espíritu solidario, muchas de esas charlas están traducidas al español. Ahora, juntemos los dos temas. Si ustedes ponen en Google “Helen Fisher nos habla del porqué amamos y engañamos”, podrán sumarse al millón y medio de visitas que ha tenido esta extraordinaria conferencia, una de las más notables que esta científica del amor ha dado para TED. Y como el concepto de TED es “Ideas worth spreading”, o sea, “Ideas que vale la pena divulgar”, me atrevo a tomar un par de puntos de esta presentación que, les sugiero, debieran ver de principio a fin.


Es en el minuto nueve de la exposición, cuando la investigadora del comportamiento humano tira la frase que le da título a esta columna, es decir “el peor invento para la mujer fue el arado”, que pongo pausa, agarro libreta y lápiz, empiezo a tomar apuntes y aprendo algo que no sabía. Hasta ese momento, es decir unos 3500 años antes de Cristo, la familia con doble ingreso era el estándar, lo normal, lo típico. O sea, las mujeres tenían una situación de igualdad con los hombres. Durante millones de años, ellas fueron responsables de conseguir entre un 60 y un 80% de lo que se comía en el hogar gracias a su trabajo como recolectoras de verduras y frutas. Y eso les permitía ser consideradas igual de poderosas que los hombres en lo sexual, social y económico. Recién cuando la agricultura incorporó el arado, lejos uno de los inventos más revolucionarios (y también sexistas) de la historia de la humanidad, el hombre se volvió más poderoso y cambiaron los roles. Ellas perdieron su “pegas” como recolectoras, se quedaron en las casas y ellos se transformaron en la mano de obra y, al mismo tiempo, en la mano que aprieta, el dedo que da órdenes y la cabeza que toma decisiones.


Fíjense, entonces, qué espectacular: lo que está pasando hoy en día, este empoderamiento femenino a nivel planetario con mujeres cada vez más participativas en los trabajos, en las universidades, en las zonas de influencia y, por supuesto, en la relación de pareja, no es más que una vuelta atrás, un retorno al matrimonio simétrico e igualitario de la antiguedad. Esta igualdad de género que cada vez observamos con más fuerza en sociedades desarrolladas, es el retorno a la normalidad, a lo que hombres y mujeres vivimos durante casi toda nuestra existencia, salvo por ese lapso que hay entre la llegada del arado y la revolución industrial.


Así como dicen que el cuerpo de los deportistas tiene memoria o que nunca se nos olvida andar en bicicleta, ¿no ayudará esto a explicar que en países como Estados Unidos, Noruega, Alemania o Dinamarca ocurra una tan extraordinaria adaptación del sexo femenino a sus antiguas capacidades y que las mujeres estén volviendo cual ejército de hormigas al liderazgo académico y empresarial? Mal que mal, cinco mil años de sumisión son un pelo de la cola en la historia de la humanidad, y la capacidad de resiliencia se hace mucho más efectiva cuando ese músculo alguna vez estuvo inflado y ahora es sólo cuestión de volver a bombearlo.


Me tranquiliza aprender de Helen Fisher. Me aleja en buena parte de las teorías más pesimistas respecto de la sobrevivencia masculina. Me gusta pensar que esta “Mujer 2.0”, antes que aparecer como vengadora implacable que viene a cobrar cuentas, se entienda como la consecuencia de un movimiento de manecillas que permite volver a la hora antigua, la de siempre, esa que nos ha visto vivir juntos, como equipo, como partners, desde el principio de los tiempos.

La navidad de los que sobran

Dec. 23 , 2011

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Alguien me hace una insólita pregunta en Twitter. ¿Qué se hace en navidad cuando tus padres recién se han separado?. “Se vive el duelo”, le contesto casi por reflejo, intentando aplicar mis humildes conocimientos aprendidos como paciente de largos años en terapia. “¿Justo en esta fecha?”, me replica con otro tuiteo. Y hasta ahí llega mi capacidad para aportar con algún tipo de consejo digno. Cierto, ¿cómo recomendarle a alguien que deje fluir su pena en un momento en que casi todos estás felices, acompañados, celebrando y estimulados por tanto regalo? Me es fácil empatizar con este tema. Como alguien no católico, he vivido la extraña y nostálgica soledad de sentirme un bicho raro durante muchas navidades. Veía las terrazas de los departamentos iluminadas con mucho verde y rojo, observaba a la gente salir muy elegante o llegar llena de paquetes a la comida a la que estaban invitados, miraba esos abrazos largos y apretados de personas que sentían que vivían uno de los momentos importantes del año y yo, a pesar de que no tenía ningún problema demasiado grande en la vida en ese momento, igual entendía que se festejaba una fiesta  en todas partes, frente a mi nariz, aquí y en la quebrada del ají, a la que yo no estaba invitado. Y a nadie le gusta que lo dejen afuera. Sentirse outsider. Sobrar. Eso, hasta que conocí a mi actual mujer y a su familia, quienes me acogieron y me hicieron partícipe del amigo secreto y del pinito navideño y del viejo pascuero y de todas esas luces y colores tan propios de esta fiesta. Lo cual  ayudó a sentirme parte de. A no ser un voyerista medio deprimido. Pero igual me siguen pasando cosas raras en noches como las de Navidad y, también, Año Nuevo. Me acuerdo de mi viejo, que en paz descanse, por el sólo hecho de ver a tanto papá con sus hijos. Lo extraño. Lo imagino ahí. Y entonces asumo que, aunque la Pascua sea algo súper integrado a tu vida, igual te puede doler. Porque hay alguien que quieres y que no está. Porque tuviste un año de mierda y el 24 de diciembre, justo a una semana de cambiar el folio, te hace mirar para atrás y evaluar y darte cuenta que no estás tan contento como los que te rodean. Porque tu divorcio implica no poder ver a tus hijos esta noche, sino que recién mañana a la hora de almuerzo, en el mejor de los casos. Porque tu mejor amigo está enfermo y ni siquiera está en Chile como para poder darle un abrazo. Porque éste es ya el cuarto año en que con tu mujer intentan tener un hijo y ningún  tratamiento resulta y la impotencia los consume y se han gastado hasta lo que no tienen para lograrlo y no pasa nada. Porque te despidieron hace poco y no se lo quieres decir todavía a tu familia para no echarles a perder “la fiesta”. Porque, aunque ya pasaron unos días, te sigue dando vueltas en la cabeza la foto del auto que se desintegró el miércoles en la Kennedy, y piensas en la imagen del conductor cuando todavía estaba vivo, esa que viste en su Twitter, en la que salía con dos niños a su lado, que supones, son sus hijos que hoy lo lloran. Hoy, en noche buena, una noche linda para muchísimos, pero tan dura para los que no están bien. Una noche tan bonita para la mayoría, pero tan difícil como la primavera lo es para los depresivos. Una noche de contrastes, donde la felicidad y las energías positivas se catalizan, pero las penas y los dolores también se acentúan, se subrayan, se iluminan con un foco gigante que dice que tú no estás igual que los demás. Como soy de esos ingenuos que creen en el karma y en las vibras, prometo lo siguiente: esta noche le dedicaré un minuto de energía positiva a todos los que están tristes, solos, melancólicos, enfermos, con el corazón destrozado, asustados y sufriendo en silencio. Cual Teletón de las emociones (y perdónenme este momento chulo) estoy seguro de que si sumamos esas energías, si somos varios, muchos los que regalamos 60 segundos de pensamientos positivos y generosos, entonces más de alguien sentirá que le hacen cariño en la espalda. Feliz navidad.

Casi más importante que el amor

Dec. 09 , 2011

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La primera vez que mi psiquiatra pronunció las tres palabras de las que quiero hablar en esta columna, sentí una especie de epifanía. Tal como sucede cuando uno descubre una palabra en otro idioma que es capaz de sintetizar una idea que en nuestra lengua requiere de una larga frase, así me sentí con este descubrimiento. “Comunidad de destino” fue el concepto que me deslumbró. Mi terapeuta usó la frase para describir la que tal vez es la razón más importante por la cual las parejas hacen lo imposible por permanecer unidas y evitar el quiebre. Son tres palabras que, en realidad, contienen cientos de ellas. Comunidad de destino, me explicó mi gurú terapéutico, es una especie de baúl, de clóset gigante, de container que almacena todo lo que hemos vivido en nuestra historia ya sea como pololos, novios, matrimonio (o convivientes), padres y abuelos. Como familia.


Comunidad de destino es la suma de todos los recuerdos y experiencias en común: las fotos, los videos, los hijos, los suegros, los cuñados, las vacaciones, las peleas, los amigos, las anécdotas, los cumpleaños, las películas, el sexo, los discos, los olores, las rutinas, las enfermedades, las mañas, la adultez, la vejez, las terapias familiares, los partos, los gritos, la placa para el bruxismo que siempre se asoma en el velador, el pijama horrible que usaste diez años, los mensajes sexys que me mandabas en el celular, los viajes, el frío terrible de ese invierno, los fracasos, los despidos, la quiebra de la empresa, el aumento de sueldo, el perro, el gato, las largas y a veces insoportables tardes en el mall, esa vez que te desmayaste y esa otra vez que te emborrachaste como tagua, la casa que arrendamos por cinco años seguidos en esa playa tan rica, la graduación de cuarto medio de la Paulita y el día en que Pedro entró al jardín infantil, los lentos que bailábamos en el Eve, el crucero rasca al que fuimos para la luna de miel, los primos, la parcela de tus viejos, ese cáncer maldito que por el momento está bajo control, la primera vez que vacunamos a la Paula, el jefe que te hacía sufrir, el plasma que nos ganamos en ese bingo, tu lumbago crónico, mi fibromialgia.


¿Saben cuánto vale ese inmenso stock de emociones al momento de evaluar los pros y contras de una relación? Vale oro. Es casi tan importante como el amor. Y, por momentos, es hasta más vital. Porque esa historia construida en conjunto, de a dos, y luego (eventualmente) de a más, puede perfectamente convertirse en el sostén que ayude a sortear una crisis y a entregar el tiempo suficiente para recuperar el encantamiento y, más tarde, sentimientos más profundos.


Parto de la base de que, indirecta o inconscientemente, no hay nadie que decida separarse o divorciarse sin antes haber sopesado esa historia construida a cuatro manos, esa tremenda torre levantada mediante miles de momentos inolvidables. Lo que me produce ciertas dudas es si la gran cantidad de parejas que fracturan definitivamente el vínculo convencidas de que en otra persona encontrarán la verdadera felicidad, evalúan en profundidad que comenzar una nueva relación significa hacerle un forado gigantesco a esa biografía que llevaba años edificándose y que jamás volverá a ser lo que era.


Estar consciente de este término, comunidad de destino, y de todo lo que implica, es ser dueño de un elemento más transversal que la religión, más tangible que el amor, más duradero que el sexo, más completo que los hijos y mucho más relevante que la plata para dar la pelea por salvar la relación de pareja hasta que no queden fuerzas. Es el primer consejo que un padre debe darle a su hijo cuando éste viene a contarle sus problemas de convivencia o matrimonio, salvo claro que haya violencia u otros problemas estructurales que impidan apostar al largo plazo. Es la frase que quizá muchos podremos encontrar obvia después de escucharla, pero que hace la diferencia.


La comunidad de destino que talla y esculpe una pareja en su vida es, probablemente, el mayor patrimonio y la inversión con mayor tasa de retorno que se puede lograr en la existencia. Por eso vale la pena tenerla presente. Decirla. Nombrarla. Hablarla. Gritarla si es necesario. Recordarla bien seguido. Valorarla. Y cuidarla como hueso santo.

 



 



 



 



 

Gruesa

Nov. 25 , 2011

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Cansado. Y aburrido. Así me tiene el discurso políticamente correcto. Especialmente, el de las feministas, esas señoras que están al pié del cañón para apuntarte con el dedo apenas dices algo que se aleja del manual de buenas costumbres que satura el discurso de su club de Lulú. Esta semana tuve la mala idea de decir que Britney Spears, quien tocó el martes en Santiago, bailaba poco, cantaba nada y….estaba gruesa. Rellena. Maciza. Comparada con ella misma, por supuesto. Una crítica que creo válida por cuanto ella es un producto de consumo de la industria del pop, y lo que nos vende en sus videos debe ser replicado en vivo.  No se trata de que a mí me gusten las escuálidas, todo lo contrario, me han alucinado mujeres mucho más “grandes” que Britney, pero una cantante que vende sensualidad en sus canciones, debe al menos tratar de replicar el concepto en sus shows. Eso. Punto. Pero imagínense lo que pasó. Una andanada de legionarios del deber ser me trató de medieval, sexista, machista y hasta de instigador de la anorexia. La mayoría, chicas. Aunque hubo varios hombres con el mismo discurso censurador.


Ya lo había sentido tiempo atrás, con un texto que escribí acerca de Camila. Sí, esa misma, la dirigente estudiantil. Dije que era guapa y que a los hombres nos movía las hormonas. Bastó eso para que cientos de señoras me ametrallaran en menos de 140 caracteres. Decían que tratar de sexy a una luchadora social era rebajarla, cosificarla, humillarla. Que con mis pocas líneas yo destruía las décadas de construcción social del movimiento feminista. Que era peor que Saddam Hussein y Belcebú. ¿Saben en cambio lo que dijeron dos mujeres tan empoderadas y  brillantes como Mónica González y Mariana Aylwin en la presentación del libro “Cuestión de tamaño” (que recopila las columnas de este autor)? Que les habría encantado ser Camila para recibir un piropo de esa categoría. Que era un honor. Que les daba hasta un poco de envidia. Esas son las mujeres que yo admiro y que nos dan cancha, tiro y lado a tantos hombres: las seguras de sí mismas, las que tienen sentido del humor, la autoestima alta y que no andan con barreras defensivas por la vida.


Es cierto, las feministas en su momento fueron fundamentales para romper la injusticia de los géneros y comenzar a fracturar el subsidio a la mediocridad tan propio de los hombres. Tenían que ser combativas en los años setenta. Y hasta entiendo que se rieran poco. Pero ya no más. Una feminista pegada en el pasado es hoy un chiste, un cliché y un tipo de persona que toda mujer avanzada detesta. Hoy no se compite ni se castiga al hombre que osa cruzar algunos de esos límites impuestos en décadas pasadas. Ahora avanzamos juntos, colaboramos, nos reímos de nosotros mismos y si una guapa recibe un halago por su facha, sonríe, agradece y jamás supone que si le dicen que es linda es porque es tonta. Así como tampoco inventa un drama porque alguien osa decir la palabra gruesa o pasada de peso, menos cuando se refiere a una artista rehabilitada que cobra $200.000 por asistir a un show donde el caramelo que te vendió en MTV hoy parece un turrón con anabólicos.


¿Se entiende? Las mujeres que vienen de vuelta no ladran, no andan enojadas por la vida, saben perfectamente combinar sus habilidades en materia laboral con la coquetería de un vestido sexy, manejan las emociones y las finanzas como los dioses y, al mismo tiempo, se dan el tiempo de ir al gimnasio para tener el mejor cuerpo posible. No es obligación dejarse las canas para ser intelectual. No hay que ser enemiga de los hombres para ser amiga de las mujeres. Eso ya fue. Se acabó. Es más, aunque en varios países subdesarrollados queda tierra por arar, la pelea la ganaron. Somos los hombres los que tenemos menos pega y menos años estudio en muchas de las naciones que integran el Ocde. Somos nosotros los que nos tenemos que reinventar para sobrevivir. Así que relajen la vena. Ríanse más. Ironicen. Disfruten nuestros cumplidos. Y díganle a sus amigas enojonas que si siguen así, se van a tener que poner bótox en la frente y acido hialurónico en la entreceja.

Para ser papá hay que romper el cordón

Nov. 12 , 2011

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He vuelto a terapia después de un año. Llevo un par de sesiones y no he podido dejar de hablar de un tema que me obsesiona. Un asunto que, creo, debiera producir al menos algún grado de ansiedad a todos los padres. Me refiero a esa obligación que tenemos los hombres de romper el cordón sicológico que une a la madre con sus hijos. Tal como lo oyen. La primera vez que se lo escuché a un especialista me pareció algo perturbador, casi violento. Pero después de darle algunas vueltas, le encontré absoluto sentido.


Ésta es la idea: la madre se embaraza, tiene nueve meses al feto en su cuerpo, después llega el parto, vienen los seis meses de lactancia, el apego, la simbiosis entre ella y su guagua, esa cercanía que casi no distingue al hijo de su propia piel. Pasa el tiempo y el hombre, por más aperrado y buen marido y jugado y buen papá y moderno y  proactivo que sea, básicamente ha tenido el rol de un observador. Atento, pero a cierta distancia. Una especie de aguatero. De reserva. Y, claro, él ama por sobre todas las cosas a su mujer y a su hijo pero no puede evitar sentir que, especialmente en el primer año de vida, tres son multitud. Le parece que, muchas veces, sobra. Que la tensión emocional y la geometría que se forma entre los cuerpos de esos dos mamíferos, la mamá y la criatura, es perfecta, diseñada por un comité que de seguro incluyó a Da Vinci, Steve Jobs y al de arriba.


Ok, es verdad que las cosas se hacen más amables desde que la guagua empieza a caminar y luego a hablar. Uno empieza, por fin, a sentirse papá con mayúsculas. Pero cuidado, todo ese tiempo que pasó entre el parto y los primeros pasos es capital afectivo ahorrado con altísimas tasas de interés. Hay un pegoteo entre ella y su heredero que ya fue y que “nada nada lo despega”. Como la gotita. O casi. Porque depende de nosotros, los padres, cambiar las circunstancias.


Dicen los que han estudiado el tema, que éste es uno de los asuntos de la vida familiar donde resulta más necesario entrar sin golpear la puerta. Arremeter. Hacer una escisión, un tajo, un corte entre la madre y el hijo. O atacamos con machete incluido, hasta lograr una posición mínimamente ventajosa y desde ahí nos defendemos con armamento nuclear, o quedamos afuera. Así de binario. Así de blanco-negro.


No he podido dejar de tocar este tema en mis sesiones con el psicólogo porque me afecta. Tengo clarísimo, recién ahora, que mi viejo -que en paz descanse- no supo hacerlo. De seguro que nadie le dijo ni le enseñó, eran tiempos en que estas cosas se hablaban poco, quizá hasta trató y simplemente no pudo. Pero eso me convirtió en un mamón con escasez de figura paterna y definió mi personalidad. Peor aún, como mi padre no supo meterse entre nosotros (mi madre y yo), me quedé sin conocerlo. Hablábamos poco. No nos conectábamos afectivamente. Y, para remate, se fue joven.  Pero me dejó una gran enseñanza: esta historia no se repite. Nunca más.


Por eso me preocupo de buscar espacios de complicidad con mi hija, de bañarla yo solo, de cambiarle los pañales y limpiarla, de vestirla sin ayuda, de ver juntos videos de “bebés” en Youtube mientras se sienta en mis piernas, de cantar canciones en el auto cuando la voy a buscar al jardín infantil, de enseñarle palabras, de salir a pasear juntos, los dos solos, a la plaza. Quiero que sepa que yo existo para ella independiente de su mamá. Que si bien ambos somos sus padres y la amamos y nos desvivimos por ella, también existe una relación ella-yo, con códigos, recuerdos, anécdotas y chistes nuestros. Exclusivos y a veces hasta excluyentes. Aunque suene medio pesado. Es necesario. Fundamental.


Como se dice en estos tiempos de computines, lo que se da por default, por defecto, es el vínculo entre la madre y el hijo. El nuestro en cambio, el del padre y su mini me, es producto de la pega. De la constancia. Del entrenamiento. Es el resultado de mantener cortado, bien roto, cercenado día a día, semana a semana, mes a mes, ese cordón mucho más duro y hermético que el umbilical. No es gratis, ni automático ni se puede delegar. Pero el beneficio es, sin duda, el vínculo más sagrado de todos.

Santiagoadicto

Oct. 28 , 2011

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El 11 de diciembre del año pasado escribí en estas mismas páginas una columna titulada “¿Cómo que Santiago es fome?”, donde piropeaba a la ciudad que me vio nacer y en la que vivo hace más de 40 años. 26 días después, exactamente un 7 de enero, el diario más importante del planeta, The New York Times, titulaba “The 41 places to go in 2011” (“Los 41 lugares a donde ir en 2011) y ponía a Santiago no en el lugar 40, ni en el 28 ni en el 12, sino que en la primera posición, gracias a lugares como el GAM, el Museo de la Moda, el Hotel W y el Festival Lollapalooza. Ha pasado casi un año, tiempo suficiente para concluir mi proceso de conversión: antes era un admirador de la capital, ahora soy un adicto a Santiago o un “Santiagoadicto”, como me he bautizado.


Mi ceremonia de graduación ocurrió la semana pasada: caminaba por la calle Bandera -audífonos conectados a mi MP3, celular actuando como cámara, cual turista que re-conoce su propia tierra- cuando veo un edificio amarillo de la década cincuenta en el número 883. Era muy atractivo por fuera, pero una vez dentro de la recepción quedé boquiabierto: todo era de mármol, la estética era art decó, la altura era como la de un palacio. Una belleza. Salgo, busco la señalética para saber con qué calle hace esquina Bandera y leo “Aillavilu”. Plop. Jamás había escuchado ese nombre en mi vida, a pesar de que trabajé diez años en el centro. Decido saber de qué se trata la callecita en cuestión, enfilo por ahí, cuando a los pocos pasos veo varias chaquetas de cuero colgadas en plena fachada de una casa. Es la tienda “Cueros, motos y rock and roll”, un paraíso para los motoqueros vintage y un lugar con música potente, dueños con look de película de Tarantino y hasta la réplica en yeso de un monstruo que sale de su tumba, en pleno techo del local. A pocos metros, encuentro una especie de mini persa de discos usados, donde me quedo pegado más de una hora. Y en la esquina, se me aparece “La Piojera”, el bar más chileno de Chile, “Monumento Sentimental” según el guachaca Dióscoro Rojas y zona de los famosos “Terremotos”. Una sola cuadra tiene Aillavillú, pero todo eso está ahí, esperando romper ese mito enquistado en tanto santiaguino que no duda en decir que su ciudad es aburrida y que acostumbra funar a su desconocida metrópolis.


Con el pecho inflado por la gran sorpresa, sigo caminando.  El sol se empieza a poner, las vistas sobre algunos de los exquisitos edificios antiguos de Teatinos se vuelven irresistiblemente fotogénicas, llego a la esquina de  Moneda con Morandé  y me quedo de pie, durante un par de minutos, contemplando esa construcción afrancesada de 1916 que fue la sede del Diario Ilustrado y que hoy alberga a la Intendencia de Santiago. Qué lugar más lindo. Y qué belleza es el centro de Santiago cuando uno deja de mirar al suelo, se da tiempo, levanta la cabeza y se conecta con la urbe. Y es sólo un botón de las espectaculares opciones que tiene este extraordinario trozo de tierra.


¿Sabían que todos los domingo y festivos el Transantiago tiene un recorrido especial por museos, centros culturales, zonas típicas y edificios patrimoniales, de 10:00 a 18:00 horas, por el que hay que pagar una sola vez el pasaje? ¿Sabían que en el primer piso del Edificio Forum (Providencia 2653), entre tiendas de odontología y farmacias naturistas, hay un espectacular mural del escultor Federico Assler? ¿Sabían que la Municipalidad de Recoleta organiza visitas nocturnas al Cementerio General? ¿Sabían que hasta el 20 de noviembre se puede visitar CasaCor, la mayor muestra arquitectónica, de diseño y decoración de Latinoamérica, y segunda a nivel mundial, en el Santiago Paperchase Club?  ¿Sabían que no sólo fuimos la primera ciudad fuera de Estados Unidos en ser sede de Lollapalooza, sino que entre el 16 y 18 de diciembre seremos la primera ciudad fuera de Amsterdam en recibir el Festival Mysteryland?


Estamos hot porque tenemos una ciudad extraordinaria. No sólo a una hora del mar y a una hora de la nieve. Mucho mejor que eso: a minutos del bullante Barrio Italia, el precioso Barrio Yungay y el cada vez más entretenido Barrio Lastarria. Al lado de iglesias, sinagogas y mezquitas que hay que conocer. De tiendas vintage de lujo en pleno Huérfanos como “Artista del hambre”. Y rodeados por esa invención chilenísima que son los caracoles. Cerca de exquisitos supermercados de comida oriental, como los de Patronato. Y a pasos  de restaurantes como el Quitapenas, donde se puede comer pernil, chorrillana y cazuela. Hay mucho. De todo. Basta andar en “Dodge patas”, como debía mi viejo, o subirse a una micro o al metro. Y recorrer. Y gozar. Y sentirse chocho de la mansa ciuad que nos gastamos.

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