Lo que NO nos gusta de ellas
Feb. 04 , 2012
Pobres viejos
Jan. 20 , 2012
Un padre y un hijo están sentados en el jardín, en silencio. El hijo lee el diario. El padre contempla la naturaleza. Aparece un pajarito y el padre, un señor de unos setenta años, le pregunta a su hijo ¿qué es eso?. “Un gorrión”, contesta el más joven. El padre vuelve a hacer la pregunta varias veces y el hijo, que termina impacientándose, le grita a su progenitor. El padre, sin enojarse, sin cambiar la cara, sin inmutarse, se levanta a buscar algo y vuelve. Le pasa un diario de vida a su heredero. Le dice que lea en voz alta. Es posible que el señor esté perdiendo la memoria, que su estado sea algo senil, pero hay cosas que no se olvidan. Cuando el hijo empieza a leer, se quiebra, lo abraza, le da un beso y se queda aferrado a su padre. La cámara se aleja de a poco. Y así termina el corto de menos de cinco minutos. Salvo que usted sea de otro planeta, le garantizo que se va a emocionar. Yo, al menos, he llorado cada una de las ocho o nueve veces que lo he visto. En serio. Le sugiero que escriba ahora mismo en Google, “Qué es eso?”, véalo completo y después regrese a leer el resto de la columna.
Toda esta introducción tiene un objetivo muy claro: nos hemos vuelto salvajemente egoístas con la gente mayor, los “abuelitos” -como reza el típico eufemismo local-, los de la tercera edad. En buen chileno, con los viejos. Los pobres viejos que abundan en esos hogares donde sus hijos pagan para que otro los cuide, otro los bañe, otro les hable, otro los quiera. “Es que no hay espacio en la casa”, “no tengo tiempo” o “su enfermedad demanda demasiado cuidado”, son las típicas excusas. La semana pasada vi en la televisión un reportaje a uno de estos “hogares” de viejitos, el cual era denunciado por la vecina debido a los maltratos reiterados para con sus residentes. Los amarraban todo el día, se escuchaban gritos desgarradores y esta buena samaritana, cuya casa está pegada al asilo privado, decidió actuar. ¿Saben cuál fue la actitud de los hijos, los que pagaban por que sus padres estuvieran ahí? Defender con uñas y dientes a la dueña del lugar. E intentar destruir las acusaciones de la vecina. Yo pensaba lo siguiente: si uno de mis padres vive ahí, lo primero que hago es cambiarlo a otro lado. Me bastaría un rumor pequeño para desconfiar y mi prioridad, obvio, sería mi progenitor.
Pero, profundizando en el tema, entendí mejor: para esos hijos sus padres son un cacho, un daño colateral, un problema que se soluciona pagando una casa que los reciba y visitándolos un par de veces al mes. Más por culpa que por ganas. En un país considerado el más individualista de todos los que integran la OCDE, donde la población envejece de manera agresiva y en el cual la expectativa de vida se acerca cada vez más a los noventa años, el pronóstico es deprimente Si no somos capaces de devolver con amor y generosidad lo que nuestros padres nos regalaron durante décadas, es decir, si no nos hacemos cargo con afecto, recursos y espacio físico cuando ellos lo necesiten, no sólo nos transformaremos en una nación sin alma, sino que perderemos la posibilidad de que nuestros hijos aprendan de sus abuelos, convivan con ellos y asimilen la vejez como una etapa natural de la vida. Peor aún, el karma del egoísmo nos hará temer con pavor el hecho de convertirnos en ancianos. Y entonces viviremos como seres inmaduros y narcisos tratando de detener el tiempo, aunque eso nos cueste inmovilizar el rostro, matar las expresiones y hacer el ridículo intentando parecer lo que no somos. Pobres viejos si los seguimos tratando así. Aunque, en realidad, pobres de nosotros si no cambiamos el chip.
Si todavía no ha puesto en Google “Qué es eso?”, hágame caso: escríbalo altiro y véalo, le prometo que se trata de una experiencia de esas que, si bien no llegan a cambiar la vida, al menos se transforman en una patada a las emociones más primitivas. Y, si es de esos hombres que nunca lloran y que se ufanan de que jamás les cae una lágrima, le hago una apuesta aquí y ahora: esta vez sí se le van a poner rojos los ojos, va a sentir algo salado en los labios, se le va apretar la guata y va a salir corriendo a abrazar a su viejo. Palabra de scout.
El peor invento para la mujer fue el arado
Jan. 07 , 2012
Hay dos nombres que debieran ser obligatorios en el colegio, en la universidad y en la vida: Helen Fisher y las charlas TED. Ella, Mrs. Fisher, es una antropóloga que lleva décadas estudiando la evolución de las emociones humanas así como las diferencias entre hombres y mujeres. Experta en el amor romántico desde la visión científica, Helen Fisher tiene un par de libros que son material sagrado. “Anatomía del amor” y “Porqué amamos” se llaman esas dos biblias.
Vamos al segundo concepto. Las charlas TED o “TED Talks”, cuyo nombre viene de “Technology, Entertainment, Design”, son parte de una organización sin fines de lucro que se dedica a juntar a las personas más inteligentes del planeta para que den charlas que no deben superar los 25 minutos. Gracias a gente de espíritu solidario, muchas de esas charlas están traducidas al español. Ahora, juntemos los dos temas. Si ustedes ponen en Google “Helen Fisher nos habla del porqué amamos y engañamos”, podrán sumarse al millón y medio de visitas que ha tenido esta extraordinaria conferencia, una de las más notables que esta científica del amor ha dado para TED. Y como el concepto de TED es “Ideas worth spreading”, o sea, “Ideas que vale la pena divulgar”, me atrevo a tomar un par de puntos de esta presentación que, les sugiero, debieran ver de principio a fin.
Es en el minuto nueve de la exposición, cuando la investigadora del comportamiento humano tira la frase que le da título a esta columna, es decir “el peor invento para la mujer fue el arado”, que pongo pausa, agarro libreta y lápiz, empiezo a tomar apuntes y aprendo algo que no sabía. Hasta ese momento, es decir unos 3500 años antes de Cristo, la familia con doble ingreso era el estándar, lo normal, lo típico. O sea, las mujeres tenían una situación de igualdad con los hombres. Durante millones de años, ellas fueron responsables de conseguir entre un 60 y un 80% de lo que se comía en el hogar gracias a su trabajo como recolectoras de verduras y frutas. Y eso les permitía ser consideradas igual de poderosas que los hombres en lo sexual, social y económico. Recién cuando la agricultura incorporó el arado, lejos uno de los inventos más revolucionarios (y también sexistas) de la historia de la humanidad, el hombre se volvió más poderoso y cambiaron los roles. Ellas perdieron su “pegas” como recolectoras, se quedaron en las casas y ellos se transformaron en la mano de obra y, al mismo tiempo, en la mano que aprieta, el dedo que da órdenes y la cabeza que toma decisiones.
Fíjense, entonces, qué espectacular: lo que está pasando hoy en día, este empoderamiento femenino a nivel planetario con mujeres cada vez más participativas en los trabajos, en las universidades, en las zonas de influencia y, por supuesto, en la relación de pareja, no es más que una vuelta atrás, un retorno al matrimonio simétrico e igualitario de la antiguedad. Esta igualdad de género que cada vez observamos con más fuerza en sociedades desarrolladas, es el retorno a la normalidad, a lo que hombres y mujeres vivimos durante casi toda nuestra existencia, salvo por ese lapso que hay entre la llegada del arado y la revolución industrial.
Así como dicen que el cuerpo de los deportistas tiene memoria o que nunca se nos olvida andar en bicicleta, ¿no ayudará esto a explicar que en países como Estados Unidos, Noruega, Alemania o Dinamarca ocurra una tan extraordinaria adaptación del sexo femenino a sus antiguas capacidades y que las mujeres estén volviendo cual ejército de hormigas al liderazgo académico y empresarial? Mal que mal, cinco mil años de sumisión son un pelo de la cola en la historia de la humanidad, y la capacidad de resiliencia se hace mucho más efectiva cuando ese músculo alguna vez estuvo inflado y ahora es sólo cuestión de volver a bombearlo.
Me tranquiliza aprender de Helen Fisher. Me aleja en buena parte de las teorías más pesimistas respecto de la sobrevivencia masculina. Me gusta pensar que esta “Mujer 2.0”, antes que aparecer como vengadora implacable que viene a cobrar cuentas, se entienda como la consecuencia de un movimiento de manecillas que permite volver a la hora antigua, la de siempre, esa que nos ha visto vivir juntos, como equipo, como partners, desde el principio de los tiempos.
La navidad de los que sobran
Dec. 23 , 2011
Alguien me hace una insólita pregunta en Twitter. ¿Qué se hace en navidad cuando tus padres recién se han separado?. “Se vive el duelo”, le contesto casi por reflejo, intentando aplicar mis humildes conocimientos aprendidos como paciente de largos años en terapia. “¿Justo en esta fecha?”, me replica con otro tuiteo. Y hasta ahí llega mi capacidad para aportar con algún tipo de consejo digno. Cierto, ¿cómo recomendarle a alguien que deje fluir su pena en un momento en que casi todos estás felices, acompañados, celebrando y estimulados por tanto regalo? Me es fácil empatizar con este tema. Como alguien no católico, he vivido la extraña y nostálgica soledad de sentirme un bicho raro durante muchas navidades. Veía las terrazas de los departamentos iluminadas con mucho verde y rojo, observaba a la gente salir muy elegante o llegar llena de paquetes a la comida a la que estaban invitados, miraba esos abrazos largos y apretados de personas que sentían que vivían uno de los momentos importantes del año y yo, a pesar de que no tenía ningún problema demasiado grande en la vida en ese momento, igual entendía que se festejaba una fiesta en todas partes, frente a mi nariz, aquí y en la quebrada del ají, a la que yo no estaba invitado. Y a nadie le gusta que lo dejen afuera. Sentirse outsider. Sobrar. Eso, hasta que conocí a mi actual mujer y a su familia, quienes me acogieron y me hicieron partícipe del amigo secreto y del pinito navideño y del viejo pascuero y de todas esas luces y colores tan propios de esta fiesta. Lo cual ayudó a sentirme parte de. A no ser un voyerista medio deprimido. Pero igual me siguen pasando cosas raras en noches como las de Navidad y, también, Año Nuevo. Me acuerdo de mi viejo, que en paz descanse, por el sólo hecho de ver a tanto papá con sus hijos. Lo extraño. Lo imagino ahí. Y entonces asumo que, aunque la Pascua sea algo súper integrado a tu vida, igual te puede doler. Porque hay alguien que quieres y que no está. Porque tuviste un año de mierda y el 24 de diciembre, justo a una semana de cambiar el folio, te hace mirar para atrás y evaluar y darte cuenta que no estás tan contento como los que te rodean. Porque tu divorcio implica no poder ver a tus hijos esta noche, sino que recién mañana a la hora de almuerzo, en el mejor de los casos. Porque tu mejor amigo está enfermo y ni siquiera está en Chile como para poder darle un abrazo. Porque éste es ya el cuarto año en que con tu mujer intentan tener un hijo y ningún tratamiento resulta y la impotencia los consume y se han gastado hasta lo que no tienen para lograrlo y no pasa nada. Porque te despidieron hace poco y no se lo quieres decir todavía a tu familia para no echarles a perder “la fiesta”. Porque, aunque ya pasaron unos días, te sigue dando vueltas en la cabeza la foto del auto que se desintegró el miércoles en la Kennedy, y piensas en la imagen del conductor cuando todavía estaba vivo, esa que viste en su Twitter, en la que salía con dos niños a su lado, que supones, son sus hijos que hoy lo lloran. Hoy, en noche buena, una noche linda para muchísimos, pero tan dura para los que no están bien. Una noche tan bonita para la mayoría, pero tan difícil como la primavera lo es para los depresivos. Una noche de contrastes, donde la felicidad y las energías positivas se catalizan, pero las penas y los dolores también se acentúan, se subrayan, se iluminan con un foco gigante que dice que tú no estás igual que los demás. Como soy de esos ingenuos que creen en el karma y en las vibras, prometo lo siguiente: esta noche le dedicaré un minuto de energía positiva a todos los que están tristes, solos, melancólicos, enfermos, con el corazón destrozado, asustados y sufriendo en silencio. Cual Teletón de las emociones (y perdónenme este momento chulo) estoy seguro de que si sumamos esas energías, si somos varios, muchos los que regalamos 60 segundos de pensamientos positivos y generosos, entonces más de alguien sentirá que le hacen cariño en la espalda. Feliz navidad.
Casi más importante que el amor
Dec. 09 , 2011
La primera vez que mi psiquiatra pronunció las tres palabras de las que quiero hablar en esta columna, sentí una especie de epifanía. Tal como sucede cuando uno descubre una palabra en otro idioma que es capaz de sintetizar una idea que en nuestra lengua requiere de una larga frase, así me sentí con este descubrimiento. “Comunidad de destino” fue el concepto que me deslumbró. Mi terapeuta usó la frase para describir la que tal vez es la razón más importante por la cual las parejas hacen lo imposible por permanecer unidas y evitar el quiebre. Son tres palabras que, en realidad, contienen cientos de ellas. Comunidad de destino, me explicó mi gurú terapéutico, es una especie de baúl, de clóset gigante, de container que almacena todo lo que hemos vivido en nuestra historia ya sea como pololos, novios, matrimonio (o convivientes), padres y abuelos. Como familia.
Comunidad de destino es la suma de todos los recuerdos y experiencias en común: las fotos, los videos, los hijos, los suegros, los cuñados, las vacaciones, las peleas, los amigos, las anécdotas, los cumpleaños, las películas, el sexo, los discos, los olores, las rutinas, las enfermedades, las mañas, la adultez, la vejez, las terapias familiares, los partos, los gritos, la placa para el bruxismo que siempre se asoma en el velador, el pijama horrible que usaste diez años, los mensajes sexys que me mandabas en el celular, los viajes, el frío terrible de ese invierno, los fracasos, los despidos, la quiebra de la empresa, el aumento de sueldo, el perro, el gato, las largas y a veces insoportables tardes en el mall, esa vez que te desmayaste y esa otra vez que te emborrachaste como tagua, la casa que arrendamos por cinco años seguidos en esa playa tan rica, la graduación de cuarto medio de la Paulita y el día en que Pedro entró al jardín infantil, los lentos que bailábamos en el Eve, el crucero rasca al que fuimos para la luna de miel, los primos, la parcela de tus viejos, ese cáncer maldito que por el momento está bajo control, la primera vez que vacunamos a la Paula, el jefe que te hacía sufrir, el plasma que nos ganamos en ese bingo, tu lumbago crónico, mi fibromialgia.
¿Saben cuánto vale ese inmenso stock de emociones al momento de evaluar los pros y contras de una relación? Vale oro. Es casi tan importante como el amor. Y, por momentos, es hasta más vital. Porque esa historia construida en conjunto, de a dos, y luego (eventualmente) de a más, puede perfectamente convertirse en el sostén que ayude a sortear una crisis y a entregar el tiempo suficiente para recuperar el encantamiento y, más tarde, sentimientos más profundos.
Parto de la base de que, indirecta o inconscientemente, no hay nadie que decida separarse o divorciarse sin antes haber sopesado esa historia construida a cuatro manos, esa tremenda torre levantada mediante miles de momentos inolvidables. Lo que me produce ciertas dudas es si la gran cantidad de parejas que fracturan definitivamente el vínculo convencidas de que en otra persona encontrarán la verdadera felicidad, evalúan en profundidad que comenzar una nueva relación significa hacerle un forado gigantesco a esa biografía que llevaba años edificándose y que jamás volverá a ser lo que era.
Estar consciente de este término, comunidad de destino, y de todo lo que implica, es ser dueño de un elemento más transversal que la religión, más tangible que el amor, más duradero que el sexo, más completo que los hijos y mucho más relevante que la plata para dar la pelea por salvar la relación de pareja hasta que no queden fuerzas. Es el primer consejo que un padre debe darle a su hijo cuando éste viene a contarle sus problemas de convivencia o matrimonio, salvo claro que haya violencia u otros problemas estructurales que impidan apostar al largo plazo. Es la frase que quizá muchos podremos encontrar obvia después de escucharla, pero que hace la diferencia.
La comunidad de destino que talla y esculpe una pareja en su vida es, probablemente, el mayor patrimonio y la inversión con mayor tasa de retorno que se puede lograr en la existencia. Por eso vale la pena tenerla presente. Decirla. Nombrarla. Hablarla. Gritarla si es necesario. Recordarla bien seguido. Valorarla. Y cuidarla como hueso santo.
Gruesa
Nov. 25 , 2011
Cansado. Y aburrido. Así me tiene el discurso políticamente correcto. Especialmente, el de las feministas, esas señoras que están al pié del cañón para apuntarte con el dedo apenas dices algo que se aleja del manual de buenas costumbres que satura el discurso de su club de Lulú. Esta semana tuve la mala idea de decir que Britney Spears, quien tocó el martes en Santiago, bailaba poco, cantaba nada y….estaba gruesa. Rellena. Maciza. Comparada con ella misma, por supuesto. Una crítica que creo válida por cuanto ella es un producto de consumo de la industria del pop, y lo que nos vende en sus videos debe ser replicado en vivo. No se trata de que a mí me gusten las escuálidas, todo lo contrario, me han alucinado mujeres mucho más “grandes” que Britney, pero una cantante que vende sensualidad en sus canciones, debe al menos tratar de replicar el concepto en sus shows. Eso. Punto. Pero imagínense lo que pasó. Una andanada de legionarios del deber ser me trató de medieval, sexista, machista y hasta de instigador de la anorexia. La mayoría, chicas. Aunque hubo varios hombres con el mismo discurso censurador.
Ya lo había sentido tiempo atrás, con un texto que escribí acerca de Camila. Sí, esa misma, la dirigente estudiantil. Dije que era guapa y que a los hombres nos movía las hormonas. Bastó eso para que cientos de señoras me ametrallaran en menos de 140 caracteres. Decían que tratar de sexy a una luchadora social era rebajarla, cosificarla, humillarla. Que con mis pocas líneas yo destruía las décadas de construcción social del movimiento feminista. Que era peor que Saddam Hussein y Belcebú. ¿Saben en cambio lo que dijeron dos mujeres tan empoderadas y brillantes como Mónica González y Mariana Aylwin en la presentación del libro “Cuestión de tamaño” (que recopila las columnas de este autor)? Que les habría encantado ser Camila para recibir un piropo de esa categoría. Que era un honor. Que les daba hasta un poco de envidia. Esas son las mujeres que yo admiro y que nos dan cancha, tiro y lado a tantos hombres: las seguras de sí mismas, las que tienen sentido del humor, la autoestima alta y que no andan con barreras defensivas por la vida.
Es cierto, las feministas en su momento fueron fundamentales para romper la injusticia de los géneros y comenzar a fracturar el subsidio a la mediocridad tan propio de los hombres. Tenían que ser combativas en los años setenta. Y hasta entiendo que se rieran poco. Pero ya no más. Una feminista pegada en el pasado es hoy un chiste, un cliché y un tipo de persona que toda mujer avanzada detesta. Hoy no se compite ni se castiga al hombre que osa cruzar algunos de esos límites impuestos en décadas pasadas. Ahora avanzamos juntos, colaboramos, nos reímos de nosotros mismos y si una guapa recibe un halago por su facha, sonríe, agradece y jamás supone que si le dicen que es linda es porque es tonta. Así como tampoco inventa un drama porque alguien osa decir la palabra gruesa o pasada de peso, menos cuando se refiere a una artista rehabilitada que cobra $200.000 por asistir a un show donde el caramelo que te vendió en MTV hoy parece un turrón con anabólicos.
¿Se entiende? Las mujeres que vienen de vuelta no ladran, no andan enojadas por la vida, saben perfectamente combinar sus habilidades en materia laboral con la coquetería de un vestido sexy, manejan las emociones y las finanzas como los dioses y, al mismo tiempo, se dan el tiempo de ir al gimnasio para tener el mejor cuerpo posible. No es obligación dejarse las canas para ser intelectual. No hay que ser enemiga de los hombres para ser amiga de las mujeres. Eso ya fue. Se acabó. Es más, aunque en varios países subdesarrollados queda tierra por arar, la pelea la ganaron. Somos los hombres los que tenemos menos pega y menos años estudio en muchas de las naciones que integran el Ocde. Somos nosotros los que nos tenemos que reinventar para sobrevivir. Así que relajen la vena. Ríanse más. Ironicen. Disfruten nuestros cumplidos. Y díganle a sus amigas enojonas que si siguen así, se van a tener que poner bótox en la frente y acido hialurónico en la entreceja.
Para ser papá hay que romper el cordón
Nov. 12 , 2011
He vuelto a terapia después de un año. Llevo un par de sesiones y no he podido dejar de hablar de un tema que me obsesiona. Un asunto que, creo, debiera producir al menos algún grado de ansiedad a todos los padres. Me refiero a esa obligación que tenemos los hombres de romper el cordón sicológico que une a la madre con sus hijos. Tal como lo oyen. La primera vez que se lo escuché a un especialista me pareció algo perturbador, casi violento. Pero después de darle algunas vueltas, le encontré absoluto sentido.
Ésta es la idea: la madre se embaraza, tiene nueve meses al feto en su cuerpo, después llega el parto, vienen los seis meses de lactancia, el apego, la simbiosis entre ella y su guagua, esa cercanía que casi no distingue al hijo de su propia piel. Pasa el tiempo y el hombre, por más aperrado y buen marido y jugado y buen papá y moderno y proactivo que sea, básicamente ha tenido el rol de un observador. Atento, pero a cierta distancia. Una especie de aguatero. De reserva. Y, claro, él ama por sobre todas las cosas a su mujer y a su hijo pero no puede evitar sentir que, especialmente en el primer año de vida, tres son multitud. Le parece que, muchas veces, sobra. Que la tensión emocional y la geometría que se forma entre los cuerpos de esos dos mamíferos, la mamá y la criatura, es perfecta, diseñada por un comité que de seguro incluyó a Da Vinci, Steve Jobs y al de arriba.
Ok, es verdad que las cosas se hacen más amables desde que la guagua empieza a caminar y luego a hablar. Uno empieza, por fin, a sentirse papá con mayúsculas. Pero cuidado, todo ese tiempo que pasó entre el parto y los primeros pasos es capital afectivo ahorrado con altísimas tasas de interés. Hay un pegoteo entre ella y su heredero que ya fue y que “nada nada lo despega”. Como la gotita. O casi. Porque depende de nosotros, los padres, cambiar las circunstancias.
Dicen los que han estudiado el tema, que éste es uno de los asuntos de la vida familiar donde resulta más necesario entrar sin golpear la puerta. Arremeter. Hacer una escisión, un tajo, un corte entre la madre y el hijo. O atacamos con machete incluido, hasta lograr una posición mínimamente ventajosa y desde ahí nos defendemos con armamento nuclear, o quedamos afuera. Así de binario. Así de blanco-negro.
No he podido dejar de tocar este tema en mis sesiones con el psicólogo porque me afecta. Tengo clarísimo, recién ahora, que mi viejo -que en paz descanse- no supo hacerlo. De seguro que nadie le dijo ni le enseñó, eran tiempos en que estas cosas se hablaban poco, quizá hasta trató y simplemente no pudo. Pero eso me convirtió en un mamón con escasez de figura paterna y definió mi personalidad. Peor aún, como mi padre no supo meterse entre nosotros (mi madre y yo), me quedé sin conocerlo. Hablábamos poco. No nos conectábamos afectivamente. Y, para remate, se fue joven. Pero me dejó una gran enseñanza: esta historia no se repite. Nunca más.
Por eso me preocupo de buscar espacios de complicidad con mi hija, de bañarla yo solo, de cambiarle los pañales y limpiarla, de vestirla sin ayuda, de ver juntos videos de “bebés” en Youtube mientras se sienta en mis piernas, de cantar canciones en el auto cuando la voy a buscar al jardín infantil, de enseñarle palabras, de salir a pasear juntos, los dos solos, a la plaza. Quiero que sepa que yo existo para ella independiente de su mamá. Que si bien ambos somos sus padres y la amamos y nos desvivimos por ella, también existe una relación ella-yo, con códigos, recuerdos, anécdotas y chistes nuestros. Exclusivos y a veces hasta excluyentes. Aunque suene medio pesado. Es necesario. Fundamental.
Como se dice en estos tiempos de computines, lo que se da por default, por defecto, es el vínculo entre la madre y el hijo. El nuestro en cambio, el del padre y su mini me, es producto de la pega. De la constancia. Del entrenamiento. Es el resultado de mantener cortado, bien roto, cercenado día a día, semana a semana, mes a mes, ese cordón mucho más duro y hermético que el umbilical. No es gratis, ni automático ni se puede delegar. Pero el beneficio es, sin duda, el vínculo más sagrado de todos.
Santiagoadicto
Oct. 28 , 2011
El 11 de diciembre del año pasado escribí en estas mismas páginas una columna titulada “¿Cómo que Santiago es fome?”, donde piropeaba a la ciudad que me vio nacer y en la que vivo hace más de 40 años. 26 días después, exactamente un 7 de enero, el diario más importante del planeta, The New York Times, titulaba “The 41 places to go in 2011” (“Los 41 lugares a donde ir en 2011) y ponía a Santiago no en el lugar 40, ni en el 28 ni en el 12, sino que en la primera posición, gracias a lugares como el GAM, el Museo de la Moda, el Hotel W y el Festival Lollapalooza. Ha pasado casi un año, tiempo suficiente para concluir mi proceso de conversión: antes era un admirador de la capital, ahora soy un adicto a Santiago o un “Santiagoadicto”, como me he bautizado.
Mi ceremonia de graduación ocurrió la semana pasada: caminaba por la calle Bandera -audífonos conectados a mi MP3, celular actuando como cámara, cual turista que re-conoce su propia tierra- cuando veo un edificio amarillo de la década cincuenta en el número 883. Era muy atractivo por fuera, pero una vez dentro de la recepción quedé boquiabierto: todo era de mármol, la estética era art decó, la altura era como la de un palacio. Una belleza. Salgo, busco la señalética para saber con qué calle hace esquina Bandera y leo “Aillavilu”. Plop. Jamás había escuchado ese nombre en mi vida, a pesar de que trabajé diez años en el centro. Decido saber de qué se trata la callecita en cuestión, enfilo por ahí, cuando a los pocos pasos veo varias chaquetas de cuero colgadas en plena fachada de una casa. Es la tienda “Cueros, motos y rock and roll”, un paraíso para los motoqueros vintage y un lugar con música potente, dueños con look de película de Tarantino y hasta la réplica en yeso de un monstruo que sale de su tumba, en pleno techo del local. A pocos metros, encuentro una especie de mini persa de discos usados, donde me quedo pegado más de una hora. Y en la esquina, se me aparece “La Piojera”, el bar más chileno de Chile, “Monumento Sentimental” según el guachaca Dióscoro Rojas y zona de los famosos “Terremotos”. Una sola cuadra tiene Aillavillú, pero todo eso está ahí, esperando romper ese mito enquistado en tanto santiaguino que no duda en decir que su ciudad es aburrida y que acostumbra funar a su desconocida metrópolis.
Con el pecho inflado por la gran sorpresa, sigo caminando. El sol se empieza a poner, las vistas sobre algunos de los exquisitos edificios antiguos de Teatinos se vuelven irresistiblemente fotogénicas, llego a la esquina de Moneda con Morandé y me quedo de pie, durante un par de minutos, contemplando esa construcción afrancesada de 1916 que fue la sede del Diario Ilustrado y que hoy alberga a la Intendencia de Santiago. Qué lugar más lindo. Y qué belleza es el centro de Santiago cuando uno deja de mirar al suelo, se da tiempo, levanta la cabeza y se conecta con la urbe. Y es sólo un botón de las espectaculares opciones que tiene este extraordinario trozo de tierra.
¿Sabían que todos los domingo y festivos el Transantiago tiene un recorrido especial por museos, centros culturales, zonas típicas y edificios patrimoniales, de 10:00 a 18:00 horas, por el que hay que pagar una sola vez el pasaje? ¿Sabían que en el primer piso del Edificio Forum (Providencia 2653), entre tiendas de odontología y farmacias naturistas, hay un espectacular mural del escultor Federico Assler? ¿Sabían que la Municipalidad de Recoleta organiza visitas nocturnas al Cementerio General? ¿Sabían que hasta el 20 de noviembre se puede visitar CasaCor, la mayor muestra arquitectónica, de diseño y decoración de Latinoamérica, y segunda a nivel mundial, en el Santiago Paperchase Club? ¿Sabían que no sólo fuimos la primera ciudad fuera de Estados Unidos en ser sede de Lollapalooza, sino que entre el 16 y 18 de diciembre seremos la primera ciudad fuera de Amsterdam en recibir el Festival Mysteryland?
Estamos hot porque tenemos una ciudad extraordinaria. No sólo a una hora del mar y a una hora de la nieve. Mucho mejor que eso: a minutos del bullante Barrio Italia, el precioso Barrio Yungay y el cada vez más entretenido Barrio Lastarria. Al lado de iglesias, sinagogas y mezquitas que hay que conocer. De tiendas vintage de lujo en pleno Huérfanos como “Artista del hambre”. Y rodeados por esa invención chilenísima que son los caracoles. Cerca de exquisitos supermercados de comida oriental, como los de Patronato. Y a pasos de restaurantes como el Quitapenas, donde se puede comer pernil, chorrillana y cazuela. Hay mucho. De todo. Basta andar en “Dodge patas”, como debía mi viejo, o subirse a una micro o al metro. Y recorrer. Y gozar. Y sentirse chocho de la mansa ciuad que nos gastamos.
El fin del macho alpha (o la revancha de los pernos)
Oct. 14 , 2011
Una de las muchas razones para que la serie The Big Bang Theory sea tan adictiva, es el hecho de que Leonard, uno de los protagonistas y macho Omega de pies a cabeza, conquiste a Penny, una hembra Alpha hecha y derecha: guapa, sexy y voluptuosa. Así como millones de hombres se proyectaron en el personaje que Charlie Sheen interpretó en “Two and a half men”, millones son también los pernos, nerds, geeks y techies que hoy se preparan con anticipación para ver en el cable a este “Club de machos Omega” integrado por Sheldon, Raj, Wolowitz y compañía. La serie se podría haber llamado perfectamente “La venganza de los nerds”, pues deja claro que en el siglo 21, este momento de la historia en que las mujeres se han empoderado y donde los músculos masculinos sirven cada vez menos, ese tipo fuerte y apto en términos darwinianos, conocido como macho Alpha, está en retirada.
El sitio de ciencias y cultura pop, terceracultura.cl, a través de su colaborador Ricardo Martínez, entrega un dato fundamental para entender este nuevo paradigma. Dice en su artículo titulado “Machos Omega, o de porqué los pernos terminaron venciendo a los bacanes”, que “el mundo donde compiten los mamíferos humanos no es ya sólo el mundo físico, sino que el mundo cultural. ¿Quiénes son los machos alfa en este nuevo mundo? Los que mejor comprenden la cultura humana, quienes son en extremo sistematizadores”. ¿Y a qué sistemas se refiere? Fíjense bien: “sistemas que se especializan en un ámbito cultural bastante delimitado, como el cómic o Star Wars”. Basta ver un capítulo de The Big Bang Theory para entenderlo: estos genios de la ciencia y la informática dividen su vida entre la investigación y la lectura de historietas firmadas por la Editorial Marvel. Dominan miles de datos, su memoria y disco duro crece día a día gracias a la intensidad de sus pegas y hobbies, se llenan de doctorados y, como ya sabemos, de ahí saldrá algún Sergei Bryn o Larry Page (Google), Marck Zuckerberg (Facebook) o Bill Gates (Microsoft). Cuál más perno, cuál más poderoso, cuál más billonario.
Dice el escritor francés Michel Houellebecq en “Ampliación del campo de batalla” que “el liberalismo sexual, ampliando el campo de batalla del liberalismo económico, ha acabado por producir efectos igualmente devastadores: algunos acumulan considerables fortunas, otros se hunden en el paro y en la miseria; algunos tienen una vida erótica variada y excitante, otros se ven reducidos al onanismo y a la soledad”. Miren el caso de Leonard Hofstadter. El físico de la serie, cuyo coeficiente intelectual es 173 y quien seduce a la estupenda Penny, hasta terminar siendo su novio, es el nerd que ahora gana por goleada, el que ahora acumula, el que vive la vida con estímulos. Es ese ex macho Omega a quien molestaban en el colegio, malo para el fútbol, cuatro ojos, lector voraz, bueno para las matemáticas, pésimo con las mujeres, cero músculo, cero caluga, malo para bailar que, veinte años después, en la fiesta de aniversario de egreso del colegio, se entera de que varios de los ex choros, buenos para la pelota y seductores full time, hoy son alcohólicos en rehabilitación, con pegas mediocres, dos divorcios en el cuerpo y poca plata para vivir. Él en cambio, se fue tranquilo por las piedras. Haciendo una cosa bien a la vez.
Los Leonard de estos tiempos son especialistas en lo suyo. Expertos en materias que la mayoría de la gente no comprende. Ganan bien. Les ofrecen stock options, ser gerentes, socios, dueños. Y las mismas mujeres que antes no los miraban, ahora resulta que los encuentran atractivos. Se han convertido, finalmente y a su manera, en machos Alpha de estos nuevos tiempos: resilientes, poderosos, buenos proveedores, fuertes en términos culturales, ganadores, depredadores sin querer queriendo, ubicados en la cima de la pirámide, en la J de jerarquía, en la parte delantera de la manada. Y, tal como pasa con los mamíferos, son ellos los que tienen extraordinarias posibilidades de aparearse con la hembra más fértil del territorio. Es, en pocas palabras, el fin del macho Alpha tal como lo conocíamos y la dulce revancha de los pernos.
A los hombres se nos acaban las palabras
Sep. 30 , 2011
Neuromarketing. Linda palabra. La conocí hace pocos días en la conferencia de un experto en esta nueva disciplina del marketing, que estudia el funcionamiento del cerebro en las decisiones de compra de un producto. Jurgen Klaric, un carismático estadounidense que habla perfecto español, expuso varias cosas interesantes. Pero a mí me quedó dando vueltas una en especial: las potentes diferencias entre machos y hembras. Según él, “es imposible entendernos entre hombres y mujeres porque codificamos diferente”. Así de enfático. Y para muestra, nos regaló un dato inolvidable a los asistentes, un número que de seguro permanecerá en mi disco duro por el resto de los días de mi vida. Es el siguiente: “las mujeres hablan 14 mil palabras al día, los hombres no más de cuatro mil. Puede cambiar el país, el idioma, la cultura y el número final, pero no la relación. Ésta es siempre de 3 a 1”. Maravilloso, ¿no? A mí me parece que explica demasiadas cosas.
Por ejemplo, ayuda a entender a ese tipo que llega cansado a las nueve de la noche a su casa, que sólo quiere un control remoto, una cerveza y, después, su almohada. Y que interrogado por su mujer acerca de su día en la oficina, contesta “bien”; sondeado por ella acerca del almuerzo con los ex compañeros de colegio, contesta, “estuvo bueno” y, llamado a opinar por esa misma compañera de vida acerca de los cambios de color del muro del living, contesta “bonito”. ¿Por qué tan breve? Por una simple razón: “A los hombres se nos acaban las palabras”, dice Jurgen Klaric. En cambio, a esa hora de la jornada, a las mujeres todavía les quedan unas cuatro o cinco mil palabras que liberar. No se trata de un dato antojadizo o machista. Para nada. Es más, todo lo contrario. Tiene que ver con nuestro cerebro.
Si seguimos la línea teórica del doctor Paul D. Mac Lean, quien hace medio siglo dividió este órgano en tres partes, es decir córtex (funcional, lógico), sistema límbico (emocional) y reptil (de sobrevivencia), el asunto es tan simple como que los hombres somos fundamentalmente córtex y las mujeres son principalmente límbicas. O sea, nosotros estamos dirigidos y muchas veces amurallados por la racionalidad, por lo analítico; mientras que ellas están definidas por una zona del cerebro que es miles de veces más poderosa: esa que tiene que ver con las emociones, la intuición, la memoria, las sensaciones. Por si fuera poco, para las mujeres resulta mucho más fácil moverse entre ambos sectores del cerebro, lo que es propio de los líderes; en cambio son muy pocos los hombres que declaran abiertamente que quieren ser más emocionales.
Volvamos ahora a las palabras. Las 14 mil versus las 4 mil. Es cierto que parece algo satírico plantearlo como que ellas sufren de incontinencia verbal y que nosotros no sabemos cómo bypassear a la bruja parlanchina cuando llegamos al DFL 2. Que soñamos con que hayan llamado a las amigas, a las hermanas y a la mamá antes de nuestra vuelta a casa para no tener que enfrascarnos en diálogos (en realidad monólogos) del tipo “o sea que ya no me hablas porque no me quieres?”o “tienes a otra, ¿cierto?, ¿por eso es que estás tan poco comunicativo?” o “tenemos que hablar, hay varios temas de nuestra relación que están pendientes”. Ufff, claro que nos angustiamos. Pero eso pasa porque seguimos siendo cazadores de mamuts con visión de túnel (ellas tienen visión periférica), únicamente capaces de hacer una cosa a la vez, lobos solitarios que pasábamos todo el día en las praderas esperando a la presa, mientras ellas se quedaban en la cueva con las otras mujeres, con los hijos, recolectando, amamantando, hablando, aprendiendo de las otras mujeres (“¿qué es el chisme sino eso, aprender a través de la información que dan las pares?”, dice Jurgen Klaric).
Es así como ellas desarrollaron esas habilidades blandas que hoy las tienen como reinas del Management. Nosotros en cambio, tenemos dificultades para salir del ámbito de la razón y para usar esa palabra tan de moda: empatizar. Hablamos poco porque nos cuesta, somos limitados en el stock de palabras y vemos cómo se nos exige algo que no está en nuestra biología. Es tajante y hay que asumirlo: hoy en día, la que habla más es la que dice la última palabra.
El trago lo pone ciego a uno
Sep. 15 , 2011
¿Se acuerdan de la canción del grupo chileno Electrodomésticos? Su título es “Yo la quería” y dice así:
Usted sabe po'h/El trago lo pone ciego a uno/Qué le costaba esperar un poco, qué le costaba esperar. No me acuerdo muy bien, pero parece que algo se cayó/ Y ahí empezó todo.
Parece que tomé lo primero que pesqué/ Era el cuchillo que nos había regalado mi compadre/
Y ella gritaba como loca, no sé porque gritaba tanto. No entiendo qué pasó/Yo la quería harto eso sí/ Yo la quería harto.
Cuando era muy joven, escucharla me provocaba escalofríos. Cual película de terror convertida en canción. Ahora, más viejo y curtido, entiendo que es un perfecto retrato del inmenso riesgo que significa el alcoholismo. Y por favor, no nos hagamos los locos, Chile es un país de alcohólicos. Transversalmente bueno para el trago. ¿Quién no tiene al menos tres amigos muy pero muy capos para la parrilla, de esos que se “sacrifican” tres horas en el fuego, mientras se toman ocho piscolas seguidas, “porque, ufff, no sabís el calor que significa estar cerca de las carnes”? Llámenlos alcohólicos sociales, alcohólicos de fin de semana o alcohólicos de Club de Toby, pero asumamos que, al fin y al cabo, se trata de eso, de alcohólicos.Tal como se lo dejó bien claro el psiquiatra a un pariente mío cuando hace muchos años empezó a desarrollar el gusto por cierta sustancia prohibida: “aunque lo hagas cada dos meses, si no puedes dejar de hacerlo, eres un adicto”, sentenció el especialista.
Y aquí viene el eje central de esta columna: ¿han pensado alguna vez qué significa el 18 de septiembre para los chilenos, más allá de una fecha de independencia que sólo a algunos les interesa y de la posibilidad de tomarse vacaciones? Muy simple: es el fenómeno culturalmente aceptado, el permiso social para que todos pueden tomar alcohol hasta destruirse, reventar sus arterias a puro colesterol y amanecer en el suelo de una plaza. Así de decadente. Me impresiona tanto artículo de revista y nota en programas de televisión acerca de los “Diez consejos para sobrevivir al 18”, “Cómo enfrentar el día después de Fiestas Patrias”, “Ideas para bajar esos cuatro kilos que siempre subimos en Septiembre” y “Cómo preparar una chicha demoledora”. Si fuéramos ciudadanos con cierto grado de civismo y madurez, todo bien. Pero es tremendamente irresponsable hacer la vista gorda cuando lo que realmente vemos es un señor (y señoras también) conminado a hacerse pebre. Casi literalmente.
Me preocupa y me molesta que seamos tan estrictos con el cigarrillo -aunque apoyo totalmente esa idea- pero que cuando se trata de alcohol, el tema sea para la risa, para personajes del humor como Che Copete y Ruperto, y que el borrachito nos parezca tan folklórico, hasta tierno. Es un problemazo cultural que no somos capaces de ver porque lo tenemos demasiado encima, tan chileno y crossover como el robo hormiga del supermercado, aplaudir al chistosito homofóbico, hacerse el dormido en el asiento reservado para la Tercera Edad del Metro, mentir en el currículum o llegar tarde a las reuniones. Pero, claro, después ponemos las noticias y nos enteramos de que una pareja dejó encerrados a sus hijos en la casa para irse a tomar, empezó un incendio y los niños murieron calcinados. Solos. Encerrados. Y nos cae una lágrima. O leemos que un tipo mató a su mujer en plena borrachera aunque él “la quería harto eso sí”, pero sucede que “el trago lo pone ciego a uno”. Y nos espantamos. Y condenamos el consumo de alcohol, aunque sea de la boca para afuera. Contradictorio, ¿no?
Así como hay que parar de raíz los mechoneos violentos y humillantes en las universidades, también es fundamental frenar este juego de “tú te destruyes en las fondas y yo te hago barra”. Ahora. Ya. Hablando de frente, usando palabras como adicción, alcoholismo y violencia; así como colesterol alto, infarto y muerte. En español clarito. Sin eufemismos. Tomándose (esto sí, y al seco) el tema en serio. Y cambiando el paradigma.
La tiranía de la transparencia
Sep. 02 , 2011
Descubro el término que le da título a esta columna en el apasionante blog de la psicóloga chilena Constanza Michelson (psicoanalisisylaciudad.blogspot.com). Ella usa un ejemplo muy gráfico para describir la transparencia absoluta o, dicho de otra manera, la total falta de misterio y seducción: “esos turistas gordos en que ambos llevan poleras “I love Miami”, quienes quizás saben demasiado el uno del otro, disfrutando más bien cada uno en su goce solitario, ya sea con su comida o su máquina de fotos”. Me da vértigo y claustrofobia imaginar mi vida de pareja así, tal como cuando leí “Vía revolucionaria” de Richard Yates -uno de los mejores y más terribles libros que he le leído en mi vida- y en cada línea sentía el peso aplastante de la vida conyugal que describe Yates.
No es difícil caer en el peligroso juego de la transparencia llevada al extremo, pues muchas veces se confunde la confianza con la falta de vida privada, la entrega con la honestidad brutal y el amor con la simbiosis. Si sabemos todo, pero absolutamente todo del otro, entonces no hay margen para el erotismo, la sensualidad ni la pasión. Si somos almas gemelas llevadas al extremo de la hermandad, pasa lo que pasa con los hermanos: nos queremos pero no nos atraemos. Más todavía cuesta resistirse a esta tendencia contemporánea cuando hay tanto programa y red social que apunta a describir y retratarnos con lujo de detalles. ¿Qué es un reality televisivo exitoso sino la desnudez de alma, cuerpo y espíritu de sus protagonistas? ¿Qué es Facebook sino la acumulación de datos, fotos, trivia, ires y venires, pensamientos, revolcones, pololeos y terminadas, enojos, rabietas, bostezos y hasta estornudos de cada uno de sus usuarios, en confesión ininterrumpida durante las 24 horas? ¿Qué es Wikileaks sino la entrega de cientos de millones de datos, la mayoría desechables, de la rutina de cancilleres, diplomáticos y otros personajes del concierto mundial?
Vivimos tiempos de transparencia obsesiva donde, claro, hay beneficios concretos como la denuncia de los pedófilos y la fiscalización de los políticos, pero cada vez hay menos intimidad. Si el ocio es necesario para procesar los pensamientos y el sueño es vital para funcionar al otro día, la privacidad es fundamental para poder saber quién soy, para pensar y digerir los millones de estímulos que recibimos diariamente, para equilibrar lo externo y lo interno, desarrollar la autoestima, aprender a reconocer fortalezas y debilidades. En suma, para crecer. Y, también, para nunca dejar de admirar y siempre querer seguir descubriendo al otro. ¿Se han fijado lo difícil que resulta leer un texto si uno se pega el libro a los ojos? Así de complicado resulta mantener el sex appeal en una pareja que, de tan extrema cercanía, ya no es capaz de verse.
“En la absoluta transparencia ocurre que nada histeriza. Es decir, nada prende el deseo del otro. Así como cuando niños les decíamos a los demás que guardábamos un secreto, aunque éste no tuviera ninguna importancia, eso llevaba a que todos quedaran pendientes. Ese misterio, ese tener algo que el otro no sabe de mí, genera deseo”, escribe Constanza Michelson. Por eso, me parece que hay que hacer todo lo posible por estimular las actividades independientes de nuestro partner; jamás descuidar al grupo de amigos que cada uno tiene por su lado, desarrollar hobbies, historias que contarle al otro, secretos (de los que no dañan ni agreden), sueños privados, fantasías escondidas y acarrear un baúl personal con la llave atada al cuello. Como ese diario de vida que las niñitas atesoraban cual hueso santo y cuya clave era ultra secreta. Es un derecho y una necesidad. Hace bien. Da seguridad. Genera interés en los otros. Nos hace más libres de los miedos. Y es rico. Pero hay que romper el mito, el viejo paradigma: decir todo lo que me pasa y todo lo que siento y todo lo que hago y todo lo que quiero no le aporta a nadie. En serio. Hay que guardarse un porcentaje para uno mismo. Aunque sea un pedacito chico. Como ese pañuelo de la abuelita que, súbitamente, aparecía cuando ella estornudaba y que luego hacía desaparecer bajo la manga. Sinceridad siempre. Honestidad tirana, nunca jamás.
La teoría que toda mujer debe conocer
Aug. 19 , 2011
Escena fundamental de la divertidísima película “Hall Pass” (“Pase libre”): Maggie (Jenna Fischer) y Grace (Christina Applegate), angustiadas por las conductas quinceañeras y lascivas de sus maridos, reciben el consejo de una amiga bastante mayor y formada en el arte de hacer terapia. “La teoría de la Reactancia”, les cuenta la experta, “es un maravilloso principio de la psicología que consiste en que si le dices mucho a alguien que no puede hacer algo, lo quiere hacer más que nunca. Por el contrario, si remueves el tabú, remueves la obsesión”. O sea, psicología al revés: en vez de brujear, deja fluir. En vez de sermonear o poner malas caras porque un día él llega tarde o porque no puede evitar desviar (disimuladamente, claro) la mirada cuando ve a una mujer guapa en la calle, mejor no darle pelota.
Este principio, si bien es aplicable y sirve para ambos sexos, es mucho más eficiente cuando se usa con hombres. Pues somos nosotros, los machos, quienes vendemos el cuento del casado castrado, del tipo que perdió la libertad para hacer familia, del solterón eterno que sacrificó sus noches de juerga porque encontró a la madre de sus hijos. Pura neurosis, histeria de quinceañera que cada vez nos compran menos, pero que tiene el peso de haber sido transmitido por generaciones y a lo largo de muchas décadas. Un cuento bien falso pero que, repetido, se transforma casi en una verdad.
Es cosa de ver lo que pasa con los maridos de esta película, Rick (Owen Wilson) y Fred (Jason Sudeikis), un par de verdaderos pernos que dejados en “libertad” son tan torpes como inofensivos, para entender que la Teoría de la Reactancia debiera ser ramo obligatorio en el colegio y después, de nuevo, en toda carrera universitaria. Lo peor es que, sin saberlo, las mujeres lo entienden perfectamente cuando viven la etapa del coqueteo con una posible pareja. ¿A qué me refiero? Muy simple: no hay chica que no sepa que a menos atención entregada al chico, más será el esfuerzo de éste por conquistarla. Pura reactancia: el hombre, puesto en el extremo opuesto de la claustrofobia, es decir en el rincón del “te pesco poco”, no sólo quiere estar con su “presa” sino que hace lo inalcanzable por obtenerla. ¿Se dan cuenta? Está lleno de señoritas expertas en la teoría que, una vez convertidas en señoras se olvidan de la lección. Y empiezan, muchas veces presas de sus inseguridades, de su baja autoestima, de los pésimos consejos de otras mujeres, a apretar, a llevar a la esquina, a prohibir y a advertir de un listado de cosas a su pareja masculina. Error. Con mayúsculas. No, no y no. Al hombre hay que dejarlo ser. Es como un gato. Fiel mientras no lo jodan y le den comida. Desesperado si lo sofocan y lo arrinconan.
¿Por qué creen que ese libro de los hombres que aman a las cabras onas (o algo parecido) es grito y plata? Porque esa mujer es la que tiene su mundo, su espacio, su independencia y no vive preocupada del tipo que la acompaña. Lo quiere pero no lo necesita compulsivamente. Lo ama pero no le ruega amor. Confía en él pero no le pone un GPS en el traje. Vive, deja vivir y es eternamente deseada. Es, sin haber obtenido un Máster en sicología, ni un doctorado en psiquiatría, ni siquiera un curso express del tema, una profunda conocedora de la Teoría de la Reactancia. Y, hago aquí una precisión, no se trata de que tengan que darles una semana de “pase libre” a sus hombres para que estos las vuelvan a adorar. El punto es interiorizar el concepto para no tener que llegar a medidas extremas como ésa. El tema es manejar un mínimo ABC de comportamiento masculino (ojo, la exigencia es para ambos lados, para ambos sexos, pero hoy el artículo va dirigido a ellas) para saber cómo reaccionamos. Y es fácil. Somos tres mil veces más básicos y predecibles que ustedes. Basta un libro de cinco páginas para convertirse en una académica del masculinismo. Porque, finalmente, detrás de nuestros miedos y fobias, somos animalitos que no buscamos más que cariño, techo, algo de reconocimiento laboral, un par de cabros que nos digan papá, espacio para respirar y sexo. Así de humilde. Así de simple.
El otro miedo
Aug. 07 , 2011
Hace poco más de un año escribí una columna en estas mismas páginas que se titulaba “El nuevo miedo”. En ella hablaba de las angustias desconocidas que estaba enfrentando como papá primerizo. Principalmente, del temor a que a mi hija, que por esos días cumplía un año y recién empezaba a dar sus primeros pasos, le ocurriera algo: se tragara un globo y no pudiera respirar, se cayera a una piscina, tomara un cuchillo o algo con filo y se hiciera daño, qué se yo, son tantas las posibilidades que pueden generar ese pánico. Debo confesar que ahora -ya tiene poco más de dos años- me siento mucho más tranquilo. Camina perfecto, habla cada día más, entiende todo lo que le decimos sus papás, sabe que se puede caer o que se puede quemar y es cada día más niñita que guagua.
Solucionado el problema. ¿O no? Lamentablemente la respuesta es no. El tema sigue, lo único que cambió fue el ángulo de visión. Me explico. Un par de meses atrás empecé a ser consciente de otra sensación tan inédita como desconocida: por primera vez me da miedo que me pase algo a mí. No por mí, sino que por mi hija. Eso implica que automáticamente haya cambiado varias conductas, como la velocidad a la que manejo; he tomado más seguros de vida que todos lo que tuve antes, me comporto de manera mucho menos temeraria y hoy lo pensaría diez veces antes de agarrarme a combos o increpar a alguien, salvo claro, que la razón fuera de sobrevivencia. Ya no importo. Importa ella antes que cualquier otra cosa. Yo antes era todo para mí. Mi principio y mi fin. Así de narciso. Algo que, en parte, es el resultado una larga década de independencia y soltería, así como otra buena cantidad de años de psicoanálisis. Ahora, en cambio, soy un medio para la felicidad de esta pendeja que me vuelve loco. Y sé que a mi mujer le pasa lo mismo. Tenemos raíces nuevas pero tremendamente profundas. Tan largas como el pelo de esta niñita que nos consume, nos atonta y nos hipnotiza. Soy porque ella es. Así funciona esta esclavitud voluntaria y adictiva.
Por eso, me urge estar bien, sano, vivo, despierto, creativo, emprendedor, esforzado. Y me asusta lo contrario. La debilidad, la enfermedad, la depresión, las palabras cáncer, estado de coma, ciego, estado vegetal, cesante, sordo, parálisis, operación médica, mudo, drogadicto, alcohólico, alzheimer, próstata, choque, pobreza, terremoto, ambulancia, atropello, incendio, accidente y muerte. Quiero y necesito que me vaya bien porque quiero que ella esté bien. Quiero aumentar mi patrimonio porque quiero que ella pueda ir a un colegio mejor que al que yo fui, que pueda viajar, que viva cómoda y sin apuros. Quiero tiempo y años para mostrarle y hacerla oír cada uno de esos discos que he ido juntando. Quiero leerle cuentos, compartir con ella las credenciales de los conciertos a los que he ido, guiarla por los libros y las pinturas y las fotos y los grabados que me interesan, quiero inculcarle el respeto al prójimo, enseñarla a saludar, a ser generosa, a dar gracias, a ser respetuosa e intolerante con la intolerancia, a saber defenderse, a reclamar y exigir lo que le corresponde. Quiero estar ahí. Para ella. Y ya me duele el miedo a no poder cumplir con lo que espero de mí como padre, protector, amigo, guardaespaldas y consejero.
Antes, cuando era un soltero egoísta, la paternidad me asustaba por la posible pérdida de libertad, por lo caro que podía ser criar a un hijo y porque me iba a transformar en un nerd, de esos que veía pasear con el coche por la plaza. Hoy, todo eso huele a anécdota ridícula, a prejuicio totalmente equivocado. Lo que no imaginé nunca es que estas nuevas angustias, es decir el miedo a que tu hijo le pase algo, primero, y luego el miedo a no estar sano o vivo para asegurarte personalmente de que crezca con certezas y tranquilidad, iban a ser tan distintas, tan reales y tan difíciles de superar. Supongo que ser padre exige, entre muchas otras cosas, aprender a convivir con estas fantasías dolorosas. Que ser hombre, algo que muchos empezamos a conocer recién cuando tenemos herederos, es tener los cojones para aguantar estos temores.
Cuidado con las mujeres empoderadas
Jul. 22 , 2011
Lo vengo diciendo hace rato: los hombres somos una especie sin el futuro asegurado. El mundo está cada vez más feminizado, ellas empezaron hace rato a adquirir poder en todos los frentes y, considerando el altísimo número de ventajas comparativas de las féminas (inteligencia emocional, flexibilidad, empatía, capacidad de trabajo en equipo), nos vemos obligados a reinventarnos o morir. Es más, qué manera de ser atractiva y desafiante esta mujer empoderada, dueña de su vida y de sus tiempos, de esas que tienen a su trabajo como primera prioridad y que no andan con el vestido en la cartera. Una chica frontal, ambiciosa, tan segura de sí misma como sexy. Perfecta como amiga o como amante. Pero, cuidado, aquí viene la trampa: se trata de un pésimo partido a la hora de formar pareja.
Las mujeres de carrera, esas que triunfan en la universidad, el posgrado, la oficina y que se quieren comer al mundo son de altísimo riesgo, dinamita a punto de explotar. Una serie de estudios e investigaciones publicados en medios de prestigio indican que se divorcian más, son más infieles, no quieren tener hijos y, si los tienen, son menos felices al respecto. Por eso, un artículo de la revista norteamericana Forbes dice al respecto: “Cásate con una linda o una fea, una baja o una alta, rubia o morena, lo que sea, pero no te cases con una career woman (mujer de carrera)”.Ups. Fuerte, ¿no? Veamos algunos datos duros para argumentar tamaña tesis. Dice la publicación Journal of Marriage and Family que si este tipo de mujeres ganadoras “renuncia a sus trabajos y permanece en casa con su familia, serán infelices”. Le sigue otro medio muy serio, Social Forces, que anota que ellas lo pasarán mal si ganan más dinero que sus parejas masculinas; y para peor, el mismo Journal of Marriage and Family sentencia que nosotros, los hombres, lo pasaremos pésimo si nos superan en ingresos. No es todo. El American Journal of Sociology descubre que las probabilidades de los machos de enfermarse aumentan considerablemente cuando se emparejan con una winner. Para rematar, y esto ya parece chiste –aunque no deja de tener sentido- nuestra casa estará más sucia, dice el Institute for Social Research.
¿Todavía le parece afrodisíaca la ambición femenina, señor? Si le faltara aliño a la sopa, vaya este ají cacho de cabra expresado por Gary Becker, Premio Nobel de Economía: “Cuando ambos esposos tienen una carrera, el valor total del matrimonio disminuye para los dos, pues no se realiza el total del trabajo requerido, lo que hace la vida más dura para ambos y el divorcio más probable”. Seamos realistas, si mantener una relación de pareja hoy en día ya es bastante difícil (¿alguien tiene todavía más amigos casados que separados?), tener éxito con una señora empoderada, ganadora, jefa, que pasa cientos de horas en la oficina, es dificilísimo. De hecho, el ítem “tiempo en la oficina” parece ser directamente proporcional a la tentación y la infidelidad. “El ambiente laboral entrega un gran número de parejas potenciales” dice el Journal of Marital and Family Therapy. Para peor, las personas más educadas tienden a ser más infieles: quienes tienen educación universitaria son 1,75 veces menos leales que los que sólo tienen diploma escolar. Y quienes ganan más, también engañan más.
¿Sería todo? No. Queda la guinda de la torta. Un estudio reciente de Social Forces, medio especializado en investigar temas complejos, arroja la siguiente reflexión: las mujeres, incluso las feministas, son más felices cuando sus maridos son los principales sostenedores del hogar. Ufff. Tan enredado como la intrincada, desafiante y exquisita mente femenina. Si ya es un reto que dos personas se entiendan, si el hecho de haber tenido padres separados aumenta las probabilidades de fracaso en el matrimonio, si la edad es decidora, la diferencia religiosa puede alejar más que acercar y la situación socioeconómica de cada uno pone su granito de dificultad, bueno pues, ahora ya lo saben, a las mujeres súper empoderadas hay que partir descontándoles puntos, conocerlas requete muy bien primero y ponerlas a prueba varias veces. Parecen de lo más top, y perfectamente lo pueden ser como individuos, pero en pareja hacen tilt. Antes, incluso, de la segunda bola.

