Noche 4: El acierto y la estupidez

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Américo, abriendo la noche número cuatro de este festival, después de la intervención del Bafochi, no sólo constituye un buen espectáculo en sí mismo, sino que tiene algo que pocos pueden ostentar, en este u otros festivales: acá hay un ídolo transversal. Sus canciones, que desarrollan diversos géneros muy correctamente ejecutados, si no pasa nada extraordinario en el camino, deberían alcanzar estatura internacional. Por todo lo anterior, la devoción del público casi merece un punto aparte en este comentario.

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Noche 3: Aquel y aquellos

Con el riesgo de perder de vista algún estilo musical en la cuenta, Raphael, a lo largo de su extenso e intenso show, se paseó por la balada romántica, el swing, el tango, la rumba, el flamenco, la salsa, la polka e incluso hubo un momento en que rapeó. Atravesó su interpretación con un permanente uso del a capella, luego de lo cual, con una sincronía de reloj suizo, sin mirar de vuelta a su conjunto, volvía al ataque con otra pasada al coro final y terminaba todo repentinamente.

El público respondía embelesado. Raphael se ríe, se desplaza de lado a lado, invita una y otra vez a sus músicos a reverenciar los aplausos. Tiene tiempo y espacio y no pueden quitárselo. Le entregan galvanos. Los animadores interrumpen la bajada final de sus canciones con las peroratas que apresuran la despedida. Pero Raphael vuelve al escenario, se ríe, vuelve a cantar el coro otra vez. Los animadores están obligados a esperarlo. No hay espacio para concesiones. Si bien el público, compungido de frío en la noche de la Quinta Vergara, quiere verlo y escucharlo, es más bien Raphael quien quiere ser admirado y escuchado.

Felipe Camiroaga le pide una canción para la despedida. Él dice dos. Concluye porfiadamente con "Yo soy aquel". Así, la arrogancia también es parte de la puesta en escena, la que en Raphael tiene aval en una voz no sólo vigente sino extremadamente actual. Esto está ocurriendo ahora, y esta lección de canto e interpretación, que no hace sino emocionar, se entremezcla con la mirada personal del artista hacia el repertorio ajeno (Serrat, Sabina, Sanz, Adamo) o las voces desaparecidas (Rocío Durcal).

Mérito adicional fue la utilización de tecnología visual con los motivos proyectados en tres pantallas de lead que, al ser traslúcidas, se entremezclaban entre el artista y sus músicos de manera coherente.

Así, Raphael gobernó en una tercera jornada donde el número final tiende a salir perjudicado por la extensión del tiempo (algo que resulta antitelevisivo y que, sin embargo, sucede y funciona).

Pero también estuvieron aquellos. Bombo Fica, el humorista de turno, tuvo lo suyo. En tiempo, digo. Pasados los tres primeros chistes, el público aceptó sin miramientos su rutina rápida, repleta de personajes y de blancura optimista. No es poco, luego del culebrón oscuro que había planteado Legrand el día lunes. Ser contador de chistes, está claro, no es cualquier cosa. Bombo Fica incluso es divertido cuando a lo urbano le suma el absurdo: su rutina del
tarro de choritos es especialmente jocosa pese al abuso del habla más procaz. Resulta liviano, agradable. Se va con todos los premios. A esas alturas, los organizadores deben pensar que abrir las jornadas con el humor no es mala idea.

 
Y para hablar de Miranda! mencionemos el mérito del público asistente, que arropándose con lo que alcance (frazadas, cojines, abrazos) se queda hasta el final, pasadas las 3 y cuarto de la madrugada, con mucho frío hace harto rato, al baile y la fiesta de una banda que entregó diversión, desparpajo y extravagancia.

Esto no es como la lamentable Anahí. Lo de Miranda! está informado por el glam de Queen, Prince and The Revolution, The Cure y, ciertamente, Federico Moura. Lo de ellos es la canción de amor cándida y nerd, es la desilución hecha plástico y provocación. Miranda! es mucho más rock que muchos que se abogan el cartel. Traspiran, lucen mal intencionalmente, y tuercen melodías muy bellas en una fractura intensa. Ironizan con el dolor y el rechazo.

Así, el miércoles ha sido una noche larga, pero vale la pena, desde el primer chiste hasta la última nota sintetizada de los argentinos.


Noche 2: "¿Quiere cantar conmigo, Viña?"

Algún integrante de la comisión organizadora debería estar a cargo de decirle a cada uno de los participantes de la competencia internacional y folklórica del Festival de Viña que son el último pelo de la cola y que tienen terminantemente prohibido establecer comunicación con el público, so riesgo de hacer el ridículo.


Esta situación es particularmente delicada cuando se trata de intérpretes que hablan otros idiomas. Lo vivió en carne propia la francesa Melanie Dahan, que al concluir su interpretación de "La Vie en Rose" hizo un a capella e invitó a la concurrencia, en un casi correcto español, a cantar con ella: "¿Quiere cantar conmigo, Viña?"


Se la comieron. La asistencia de la segunda noche, rendida con la música romántica de Reik minutos antes, pifió a la desprevenida francesa, que igual dio las gracias antes de salir.


Poco después, la mexicana Anahí, con la ayuda de un centenar de jovencitas metidas en la platea y la galería (las loquitas, como ella las llama), realizó una bochornosa presentación que incluyó llanto de emoción (" regálenme un segundo de esto" ) Y un vestido de novia con cuchillos en su espalda (festival de colegio). Se puede ser condescendiente con el ridículo cuando se tiene algo a favor, algo artístico se entiende. Pero Anahí no tiene más que el centenar de cabras chicas organizadas en su club de fanáticas. Camiroaga, el robot, sugiere una canción más para la despedida.


Se lo comieron. El público pidió la salida de la espantosa mexicana, artísticamente hablando. Ojalá tenga mejor prestancia compitiendo para ser reina o virtiendo su opinión como jurado internacional.


Los dos ejemplos anteriores lo confirman entonces. El público, el Monstruo, apareció en la segunda jornada. Y esa es la parte más entretenida del Festival. El fervor de miles de personas que espontáneamente se convierten en juez y parte de un espectáculo que evita en todo momento que así sea. Ni los robots se salvan, y presa del entusiasmo del número de apertura con Magic Twins, Sole Onetto (cariñosamente la llamaremos Robotina), se lanza a abrazar de piernas abiertas a uno de los magos. Eso es el Festival. El exceso, el desorden, lo impredecible, lo único.


Ahora, lo memorable no tiene por qué ser lo meritorio, lo artísticamente esperable. En el imprevisto radica el mayor atractivo de este certamen. Sabemos la programación, nos controlan desde la dirección televisiva, pero siempre existe el riesgo de ver algo nuevo: una loca vestida novia con cuchillos ensagrentados que canta pésimo, una participante gala invitando a cantar a un público que la quiere fuera, tres minutos de rock and roll verdadero con un cuarteto que versiona aceleradamente el "Satisfaction" de los Rolling Stones (se llaman The Thirst) o una compuesta animadora dejándose llevar por la pasión del momento.


Frente a todo lo anterior, podremos considerar que Don Omar fue el más controlado y predecible. Además, el exceso de sampleos y apoyo de voces secuenciadas lo revela como un cantante mediocre, a mucha menor altura que la gracia de sus versos. Su pasaje romántico, a dúo con su corista, está entre lo peor cantado de una noche mal cantada, salvo la corrección de Reik, impecables en su vivo y con más de 15 mil personas, hombres y mujeres por igual, cantando a gritos.


No es poca cosa, si pensamos en todo lo que vimos la segunda noche. Aunque a veces desearía que lo único fuera de la mano con la excelencia. Solo a veces. 


 


Noche 1: El Festival de los robots

Descontemos los números artísticos de la primera noche de Festival por un momento. Dejemos fuera también la competencia y la obertura inicial. En este contexto, dos animadores que ya tenían la experiencia del año pasado salieron a escena como dos robots a hacer todo demasiado rápido. Desde el primer momento en que suben a escena están presionados para apurar todo lo que ocurre: los premios se vinieron de golpe para Coco Legrand, para el maestro Valentín Trujillo y para Paul Anka. Y no es que no los merecieran. Eso es otra discusión.


El problema es que Camiroaga y Onetto, anoche, representaron mejor que nunca la idea de que esta versión es un producto de tele, más que de escuchar, comunicarse, interpelar a un público que a ratos también se percibió adormecido. Son ellos, que comandados por la dirección televisiva le piden al público que premien, luego por favor, a los que están sobre el escenario.


Cuando lo haces luego de un espectáculo como el de Coco Legrand funciona porque estás esperando que el reconocimiento permita el pie para la segunda parte del espectáculo, que, oh frustración, no llega. Pero no importa. Sigamos con esta noche que tiene muchas sorpresas.


El asunto se torna delicado cuando homenajeas a uno de los músicos más trascendentes de la música popular chilena, además de ser simultáneamente un queridísimo personaje televisivo. Valentín Trujillo, desarmado, llorando a moco tendido, apoyado apenas en su piano de cola para no desplomarse, con toda su familia alrededor (lindo homenaje), está por venirse al suelo en el escenario entre tanto galvano (también entregado muy rápido) y aplauso. Pero Onetto y Camiroaga ya están en otra cosa. Se repiten expresiones como “debemos seguir avanzando” y “esta es una noche maravillosa”.


Entonces podemos pensar que la pareja de anfitriones son unos recién llegados o unos principiantes. Pero no es así. La fuerza del discurso televisivo los empuja lejos, rápido, para poder cerrar esto antes de las 3 de la mañana, por favor.
Insisto, no son ellos. Es la tele. Es la dirección televisiva, que los hace actuar como robots. Son los libretos armados redactados en una sala fría, y la imposibilidad que tiene cada uno de ellos de interactuar con un público que no por desanimado yace muerto escuchando silencioso la ruta escatológica de Coco Legrand o las nuevas versiones del repertorio de Paul Anka.


El espectáculo final podría manipularse como una multiplicación: el orden de los factores no altera el producto. Ambos, Legrand y Anka, son universos cerrados en sus propias características. Y acá también se nota demasiado la mano de quienes dirigen desde el switch. Con sus altos y bajos, son números importados para ser televisados a quienes no pagaron antes la entrada para verlos en un teatro o un una arena de conciertos.


Así, al colgarle el cartel de festival de un bicentenario, ocurre todo, menos un festival.
No importa. Tenemos tanto que recorrer.


 


Michael Jackson: el genio y la impunidad

¿Usted es de los que le perdona a Michael Jackson los comportamientos aberrantes de su vida no tan privada y se le aprieta el pecho cada vez que escucha "Billie Jean"? ¿Acaso no acostumbramos redimir a quienes mueren? ¿A la gente se le olvida la vida privada de quienes ostentan una enorme notoriedad pública? ¿No es esa vida pública, al mismo tiempo, la más fehaciente prueba de que podemos ser presa de nuestros propios vicios?

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Jonas Brothers y la obsolescencia


Frente al titular que encabeza este comentario, la pregunta subyace obvia: ¿trascenderán Jonas Brothers? ¿En la forma actual, como trío? ¿Con un cuarto integrante? El padre de los muchachos, también manager de la banda, ya dijo que el hermano menor, que tiene unos 10 años, podrá ser parte del colectivo una vez que deje de arrastrar la bolsa del pan. Es el negocio redondo de los chicos metidos en el espectáculo a través de una potente franquicia y manejados hábilmente por su padre.

Volvamos al meollo. ¿Tendremos que decir que esta es una moda que tiene un final abrupto como el de otros cientos a lo largo de décadas? Más drásticos aún: ¿sonará alguna canción de ellos en un año más apenas?

Nuestras entrañas suelen reaccionar con asco a cosas prefabricadas, a cosas demasiado prefabricadas. Es cuestión de enumerar, en este caso, todo lo que la franquicia Disney hizo en corto tiempo: spots, series de tv, películas para tv, conciertos estrenados en cine en formato 3d, discos, merchandising.

Latinoamérica debía ser además una estación fija de la nueva gira de Jonas Brothers. Recientemente, Disney descubrió la fuerza que tenían en el público latinoamericano luego de que pidieron un estudio de segmentos a la empresa Colligent: como consecuencia de lo anterior, Disney redobló sus recursos de marketing en el continente, obteniendo con ello resultados históricos de venta de discos (en la era en que no se venden discos), películas y tickets de conciertos (en Chile la productora Time4Fun intentó en vano trasladar la presentación al Estadio Nacional). Estamos frente al resultado de una creciente segmentación que también está utilizando información personal (no privada) que está repartida en internet.

¿Vale la pena la música de Jonas Brothers como para mover a tal magnitud la industria? Probablemente, no. Pero esa conclusión solo puede establecerse una vez que se está en medio de la presentación del conjunto, cuando desfilan uno tras otros los temas que cada fanática entona de memoria en un coro desesperado de más de 35 mil personas, compuesto también por padres resignados. Nada hay de extraordinario en el sonido de Jonas Brothers: se trata más bien de una seguidilla de todos los mejores lugares comunes de la industria del pop. Citemos tan solo un momento: se bajan las luces, y el vocalista, Nicholas, intentando contar la historia de su vida, completa su discurso diciendo: “you are my inspiration”.

Desde ese punto de vista artístico, ha habido en la historia momentos igualmente industriales pero ciertamente más talentosos. The Jackson 5, por ejemplo, trascendió series de televisión animadas, presentaciones interminables y relaciones familiares turbulentas, para dejar más que un puñado de buenas canciones de pop (qué decir de lo que hizo después Michael Jackson, el hermano clave). The Monkees, sin que fuesen respetados por ser una respuesta televisiva a la invasión británica en la segunda mitad de los sesenta (hubo un casting para armarlos y ni siquiera tocaban los instrumentos en las grabaciones originales), también al menos tuvieron algunos temas que todavía recuerdan los mayores de 50.

Pero es poco lo que se puede rescatar artísticamente de los Jonas Brothers. Su obsolescencia está marcada desde ya. No saldrán jamás de la convencionalidad y probablemente su vida útil tendrá que ver con cuánto puedan renovarse las plataformas que los sostienen y que nada tienen que ver con su talento. A menos que uno de ellos, intente zafarse de este modelo de trabajo, lo que es, hasta ahora, improbable.

¿Seis meses? ¿Un año más? ¿Tres?

Ahora, ¿por qué estamos dispuestos a decir que lo artístico no va por la misma ruta que lo industrial? Porque no siempre es de esa forma. Es más, baste decir que los padres pacientes que asistieron a Jonas Brothers con sus hijos saben que seis meses atrás existía otra cosa que ya no recuerdan. ¿Y si ese grupito o cantante que estaba por todas partes sigue haciendo su música, pero ya no recibe el mismo apoyo de marketing de antaño?

¿Es injustamente voraz la industria del entretenimiento?


¿Por qué habría de conocer a un tipo llamado Phil Spector?

 

Es cierto, un nombre como el de Phil Spector puede no ser gravitante en la cabeza de una persona que viva en un país como Chile. 

Acá, los que compran discos son cada vez menos y somos, al mismo tiempo, amenaza oficial para el material discográfico y audiovisual, según índices internacionales. Y si hacemos una rápida observación respecto de qué usa hoy la gente para escuchar música (celulares, parlantes montados en equipos de pésima amplificación, audífonos que matan la percepción de algunas frecuencias, autos con subwoofer demasiado activo) menos nos puede interesar saber acerca de la vida de un productor que acaban de ser encontrado culpable de la muerte de una actriz de poca monta en su mansión, en 2003. 

Pero es Phil Spector. Y aunque usted no lo crea, importa bastante. Para eso, tenemos que enterarnos acerca de qué hace el productor de un disco. Y lo mejor es contar la historia de Let it be, el disco de 1970 de los Beatles.

El cuarteto de Liverpool ya no se soportaba. Al terminar las grabaciones, parte cada uno por su lado sin siquiera despedirse. Se les ocurrió la pésima idea de documentarlo visualmente todo así que mientras grababan ellos, los grababan también. La tensión fue sumamente agotadora. Y a continuación, John Lennon, con las maquetas de los temas del disco bajo el brazo, decide ir a visitar al productor discográfico Phil Spector, entonces de un prestigio enorme por el sello que le imprimió a los registros de sus discos, para ver qué podía hacer para mejorar estas canciones nuevas que tenían.

Acá podemos entregar un par de datos: Phil había creado este estilo unos ocho años antes, y lo había plasmado en las grabaciones de las bandas vocales de chicas como las Ronettes (se casó con una de ellas de pasada) y que le significaron 25 canciones entre las 40 más tocadas de los años 60 en Estados Unidos. Coescribió algunas de ellas, pero nunca fue músico después de un intento cuando más joven. El tipo estaba a cargo de las perillas. Y en esa ruta, la de productor, definió cómo debían sonar las canciones para que fueran exitosas. Su sello o marca registrada fue lo que se conoció como Wall of Sound, una técnica de grabación en la que múltiples capas de instrumentos convertían una canción sencilla en una de alta densidad sonora, emulando el sonido de las radios que transmitían en AM, con un sonido muy comprimido. Spector dominó como nadie la mesa de grabación para multiplicar instrumentos y crear esa sensación del muro sonoro. Ahora, más allá de la técnica, las canciones funcionaban. Ejemplos hay decenas. Más aún, todo el pop, desde los 60 hasta hoy (y piensen en todos los nombres importantes) poseen esta influencia sonora.

John Lennon le dice entonces: “Oye, Phil, mira, yo creo que las canciones del disco salvan pero, suena pelado todo y a mi me gusta cómo tú le das solemnidad a las canciones. Quiero darles un estilo y mejorarlas”.

Spector escucha el disco y dice: “John, acá tienes puros hits, basta con adornarlos un poquito”.

A espaldas de Paul, quien jamás hubiese pedido a Spector que canciones como “Let it be”, “The Long and Winding Road” y “Across the Universe” se hubiesen enmurallado, John Lennon presentó el disco con este giro sonoro y el éxito fue descollante una vez más para el cuarteto de Liverpool.

La venganza sólo pudo venir décadas más tarde, cuando McCartney decide presentar Let it be Naked, el mismo disco de entonces, pero sin la producción de Phil Spector. Más allá de la venganza personal del bajista zurdo, el evento discográfico tuvo poca repercusión y lo que sigue sonando, cuando suenan esas viejas canciones, son las versiones producidas por Phil Spector.

Entonces, si hacemos el ejercicio, entenderemos muy bien no solo lo que hacía Phil Spector con su tarea de productor. También nos percataremos que un productor le saca el jugo a una banda, le saca su mejor lado, sobre todo cuando la banda misma no tiene una clara dirección artística.

Escuche las canciones del disco Let it be en un receptor decente y luego escuche Let it be Naked. Saque sus conclusiones. Un productor es determinante.

Le pasa, por ejemplo, a Metallica, que buscó a Rick Rubin para reinventarse. Le pasa a Weezer, que renació con Rick Okasek para su disco verde. Le pasa al mismo McCartney para su disco solista Chaos and Creation in the Backyard, cuando Nigel Godrich (el productor y sonidista de Radiohead) le recomienda que toque todos los instrumentos.

Le pasa también a una banda desconocida como Starsailor, que estuvo en Chile hace un par de años. Ya retirado en el ostracismo de su mansión, jugando a la ruleta rusa con novias ocasionales, Phil Spector gustó de Starsailor y fue el único disco que produjo (Silence is Easy) luego de años en que no hizo nada. El resto del tiempo, sumido en la opulencia y la soledad, habiendo trabajado con gente tan diferente como The Ramones (inolvidable "Baby I love you" ) o Tina Turner, Phil Spector queda preso de sus locuras y se enreda en un confuso incidente donde muere esta actriz desconocida.

Phil Spector, después de todo esto, a sus casi 70 años, tendrá que terminar sus días entre otras murallas.

 


Diablos, llegué tarde a ver "Ashes to Ashes"

 

Una psicóloga criminal, Alex Drake, recibe un tiro que la deja en coma. Despierta en 1981, para llegar a trabajar en una estación de policía con todo lo retro que se puede figurar que es ese año en la cultura británica: policías violentos, métodos corruptos de investigación, autos de la época, equipos tres en uno, tragos con guinda marrasquino, el cubo rubix. Pero este puente al pasado la conecta también con sus padres. Alex trae desde el presente la certeza de que ellos mueren por esos días en un bombazo terrorista e intenta hacer todo lo posible para torcer su destino. Si los salva a ellos, a lo mejor sale del coma y vuelve al presente, con su pequeña hija. A lo mejor.

Así transcurre "Ashes to Ashes" en HBO, por estos días. Se trata de un silencioso spin-off de la estupenda "Life on Mars", en la cual el agente Sam Tyler, entraba en coma luego de ser atropellado y despierta en 1973. Bueno, los mismos agentes con los que se relacionó Sam Tyler en dos temporadas, están de regreso junto al magnético personaje de la agente Alex Drake.

No se trata de una moda retro simplemente, sino de explorar capítulos de tu vida que pasan sólo como fragmentos. La nostalgia en este caso, nos muestra que hay una amarga condición de cosas no resueltas, y que muchas de ellas no dependen de la voluntad, las buenas o malas acciones de las personas sino muchas más veces del azar, las casualidades y los golpes de suerte e infortunios.

En cada capítulo, Alex, siempre en una tensa relación con su jefe, el insoportable Gene Hunt, resuelven entuertos criminales de mayor o mayor cuantía. Un payaso se aparece de cuando en cuando anunciando a Alex que el destino es inexorable y que los días están marcados para el futuro de sus ahora ocasionales compañeros de trabajo, de sus padres y de sí misma.

¿Vuelve al presente? ¿Se queda para siempre?

Cada momento de "Ashes to Ashes", aludiendo por cierto a David Bowie, es un vaivén que nos propone un encuentro con el pasado no a modo de la nostalgia de los objetos sino para marcar que mientras el tiempo se mantenga como una variable constante, la solución no radicará jamás en intentar cambiar la historia. Se trata de pequeñas reconciliaciones sucesivas, dolorosas, tragicómicas.

Ah, casi lo olvidaba. Quedan sólo un par de capítulos para que se acabe. Va los lunes a las 22 y los miércoles a las 20 por HBO. Sí, debi comenzar esta columna hace algunas semanas, cuando empezó.

Dada la lógica de "Ashes to Ashes", esto es casi correcto. Atrápenla antes que se pierda.


NOCHE 3: CARLOS EL MISTICO

Cuando pasen los años, uno podrá extraer nutritivamente diversos momentos raros de los 50 años de Festival en una jornada como la de la tercera noche, la cual partió sin obertura. Sólo la pegatina de momentos en video y de rompe y raja a Carlos Santana.


No era el plan original. Pasa que Santana usa los mismos equipos de los años sesenta, fierro puro y un total de 12 toneladas entre amplis, cajas, instrumentos. Mover eso fue titánico para la unidad de backline de la producción y así se decidió que Farkas hiciera el ridículo más tarde.


Carlos Santana es una persona ensimismada, y eso se traduce en la forma como plantea su show. Está cerrado en sí mismo, preocupado tan solo de que la manera de sus canciones se entiendan como una prédica que intenta representar a seres humanos sin nacionalidad, sin pecado. Mientras, su equipo técnico le quita la oportunidad a otros de hacer prueba de sonido, y dos intérpretes del folklore se quedan sin camarín por las necesidades del guitarrista mexicano, que, como ha estado todo el tiempo en la capital, saluda a Santiago en el escenario de la Quinta Vergara.


No lo tiene muy claro Santana. Se le olvida el nombre de uno de sus cantantes y repite su alusión al tecladista Chester Thompson. Pero aprovecha de hablar de la igualdad de la mujer y, como todo en el ser humano es una contradicción, musicalmente, lo que ofrece Santana es aplastante. Mezcló inescrupulosamente su catálogo clásico, repleto de temas de fuerza instrumental, con algunas canciones de su última etapa, las que estaban en forma de canción pop en el disco Supernatural de 1999. Casi dos horas, como si fuese lo único de la noche. Increíble sobre el escenario Santana. Nada que decir musicalmente. Impecable. Pero está fuera de este mundo. Y eso es egoísta.


De Farkas ya hablaron todos.


Dinamita Show partió muy bien, con el Indio haciendo una especie de stand up, con chistes de mal gusto, pero con convicción retórica. De ahí en más, cayeron en lo mismo de siempre, haciendo trampa, apelando a que la gente los conoce, localizándose en el humor cien por cien chileno, con cero expectativa de proyección (si yo fuese extranjero topándome con esto en la señal de A&E MUNDO habría exigido, al menos, subtítulos). exageraron en apelar a los chistes de drogas, pero tuvieron otros momentos divertidos, mezclando el humor físico, el cual el Flaco conoce y domina muy bien. En su bis, no logro entender aún lo de la canción y el bailecito. Los aplausos fueron merecidos pero lejos de la euforia que algunos medios concitan. No crea todo lo que lee, o al menos, lea varias cosas y no una.


Con todo, el que pagó los platos rotos de una jornada terrible y agotadora (quizás en el buen sentido, pero larga, estará usted de acuerdo) fue Roger Hogdson. su presentación, en una clave más íntima, con decoración de living, y énfasis en el piano y la guitarra acústica, recreó generosamente las canciones de Supertramp y las de su carrera solista. Linda voz tiene Roger. Buen espectáculo, el que fue visto por un 25 por ciento menos de público. Demasiado tarde para alguien que, no como otros, sí tiene voz para cantar.


NOCHE 4: PAOLO EL DESAFORTUNADO

Nacer con buena percha no lo es todo. Qué alivio comprobarlo. Espero de todo corazón que Paolo Meneguzzi, que lloró tras bambalinas por lo que le sucedió la cuarta jornada del Festival, haya entendido eso: que le falta arena al saco, le falta la chaucha para el peso. 15 mil personas yacían furiosas porque les extirparon a Simply Red. Los animadores no saben qué hacer más que comportarse de manera fría y cruel (Soledad ejerce ahí un papel solvente). Acaba de pasar el mejor número del festival: una lección de intepretación musical sobria, sin aspavientos, con un cantante que además de intacto en el registro de su voz, no muestra ninguna actitud de doble estándar arriba del escenario.


El tipo lo estaba pasando increíble. Algunos colegas que están conmigo me señalan que hace años que la Quinta no se desborda así de entusiasta y feliz. Eso era. 15 mil personas felices.


Pero volvamos con Paolo. En un acto de terrorismo de marketing, su sello discográfico piensa que infiltrando un centenar de adolescentes y otras no tan jóvenes podrían revertir cualquier rechazo. Y, sorprendentemente, resulta. Porque gritan tanto, que el resto del público se suma resignado a recibir a Paolo Meneguzzi. Ya. Bueno. Qué diablos. Que cante. Y la diferencia es prácticamente sideral. A lo mejor Paolo no es tan malo, pero es como tomarse un té azucarado después de pegarle una mascada a una torta dulce. Se siente desabrido. Y estoy siendo respetuoso en la comparación. Paolo no sabe ni siquiera encender su guitarra acústica en ese contexto. Piensa que está desconectada. Los nervios. Pobre. Paolo logra cantar. Uf, qué diferencia. Se arregla los retornos insistentemente. Las chicas infiltradas se abalanzan hacia el escenario y los pasillos, y él siente que no es aplaudido lo suficiente. Le cuenta al respetable que tiene músicos chilenos en su banda. Termina su repertorio. No le dan ni una antorcha. Paolo llora en el backstage minutos después. Y claro, ha visto a Simply Red y lo que provocó. El quiere ser cantante y su percha le ha servido para abrirse paso. Pero no tiene nada de lo otro que se requiere para provocar lo que Mick Hucknall hace sobre Viña en sus 50 años de festival.


Mick, en cambio, tiene un conocimiento profundo de la cultura de la música soul. Entendió de tal forma esa escuela de intepretación que logró desarrollar su registro en esa línea. Tiene talento, pero también estudia detenidamente los detalles. Parte desde ahí y encuentra su estilo con el trabajo de los años. El resultado es enorme, y como no se descuidó con el paso del tiempo, está intacto en su performance. Un par de lecciones para más de un número agotado que ya estuvo en estos escenarios.


Manpoval se la farrearon. Nada tiene que ver la rabia desatada del público cuando se fue Simply Red. Los que allí estaban recibieron con simpatía al trío de Temuco que basó su funcionamiento de humor en chistes viejos y una dinámica musical reiterativa, intentando ganarse insistentemente al respetable. El experimento, una farra brutal, se agotó a los 22 minutos. Ahí recién comenzaron las rechiflas. El público tuvo demasiada paciencia.


Para cuando aparecen R-KM y KEN-Y la fiesta vuelve a la normalidad con una mezcla de reggaeton y baladas de calidad media nada más. No es un número de lujo, pero vino tarde y a subir el ánimo. De haber estado en el público yo habría perdido la paciencia y ni me habría percatado de la mala fortuna que acompaña a Paolo como un sino.


NOCHE 2: FERNANDO EL TRAVIESO

 

Entraremos en detalles para cada momento, pero me atreveré a decir, respecto de la segunda jornada del festival de Viña en sus 50 años que Juanes, Ubiergo y KC tienen algo en común: al menos hay de parte de cada uno un puñadito de buenas canciones. Cuando ese puñadito se interpreta con prestancia la comunión con el público es plena y el artista pasa a segundo plano (salvo quizás en el caso de Juanes que es un poco más magnético). A continuación, el espectáculo es dadivoso: salen antorchas, gaviotas y pronto habrá que designar más premios porque esto es liquidación.


De hecho todo parte con la pelotera más ridícula de todas. Se le entregaron antorchas a Verónica Villarroel, quien interpretó un trozo operático muy solemne extraído de Madame Butterfly (que nada tiene que ver con el festival) y luego la canción popular Todas las Voces Todas. Lindo. Recargado a más no poder, pero lindo.


Los animadores la despiden y ella se va a retirar pero comenzó la desafortunada actitud de Camiroaga de darle el gusto a los 15 mil: faltando manos para abrazar tanto premio, Verónica se toma esto por sorpresa. La continuidad se torna un despelote y la obertura se alarga más de la cuenta. Punto aparte.


Ahora a eso que decía al comienzo de las canciones. Los tres números invitados de anoche poseen buenas canciones. En el caso de Juanes, tengo la impresión de que se pide más de lo que puede dar. El tipo es alguien con voz correcta, en ningún caso un prodigio con su voz, pero tiene un timbre característico, que es más de lo que se requiere en un espectáculo de esta dimensión. Debe haber más de 15 temas conocidos en el repertorio de anoche. Tiene disco nuevo y premiado. Tiene fama, tiene manager hábil que perfila también sus declaraciones y su sensibilidad política (que al final se hace blanda y sin destino, pero al menos dice algo). Tal vez le echa mucho la culpa a Dios. Más bien debería darle las gracias. Y es buen guitarrista. Tiene estilo. Su forma de tocar es un sello en sus canciones. Perdió retorno cuando avanzó por la tarima, cuestión que también le ocurrió a Camila, pero su espectáculo es de calidad. Podrá no gustarle a algunos por ser insípido a ratos, pero el tipo prende.


Fernando Ubiergo, en este contexto, era el convidado de piedra y se fue como tal. No porque fuera poco exitoso, pero su actitud en el escenario desnudó resentimiento, pues reiteró más de una vez que su presencia debía considerarse una representación y un homenaje al rock chileno, que no tenía mayor presencia en el certamen: “a todos los que no pueden estar acá”. Y se lanzó, luego de tres o cuatro temas, con “Te recuerdo Amanda”. Al finalizar, el incidente de la noche. Aplausos, premios, los técnicos, en menos de un minuto, desmontan el set de los músicos de Ubiergo, y no hay vuelta atrás. Pero los animadores intervienen, siguiendo el aplauso desatado del respetable. Nos damos cuenta que unas 4 o 5 canciones de Ubiergo son una mezquindad. Y Fernando Ubiergo, aprovecha esta situación. Y se hace rogar. Le ofrecen guitarra acústica y él pide a su pianista. Le piden que vuelva, que ya está aprobada y conectada la guitarra y él se niega. “Yo no quiero poner en problemas al Festival”, dice después mirando a los animadores y se sonríe. “Es que nos pidieron 4 o 5 canciones solamente”, dice encogiendo los hombros, y enrostrando al público que todo se refiere a la mentada falta de oportunidades de la música chilena. ¿No supo acaso que el mejor número de la jornada anterior era chileno? Qué latero. Qué tipo tan latero. Sus canciones, indiscutiblemente tremendas. Emotivas, se te aprieta la guata. El tipo hablando, latero. Mención especial a Camiroaga, que en medio de este entuerto dijo muy relajadamente cuando fue en busca de un vaso de agua para el trovador: “Qué festival más humano”. Travieso Ubiergo, porque logró incomodar a toda la producción y a los animadores, a pesar de que declaró no querer hacerlo. La lección es que mereció más escenario, a cambio de que hable menos.


De ahí en más, KC & The Sunshine Band se tomó el escenario bien tarde ya (1:30 AM). Se trata de un conjunto trasnochado, con un cantante que en su minuto era furor, y que ahora, fofo, con sobrepeso y muchas ganas, ha perdido completamente sus capacidades vocales. Era lo más cercano a una sesión de karaoke. Con una base instrumental impecable y dos pésimas coristas tratando de seguir al cantante que ya no tiene voz. ¿Basta con la base musical? Es tan conocido todo lo que se vino encima y sin detención (Shake your booty, Boggie Shoes, I’m your boogie man, en fin) que la fiesta está desatada así que parece que la maña voz no importa. Harry Casey se cayó, transpiró, no podía respirar, pero le colocó empuje, hizo chistes sobre su gordura (“Así se va a ver Justin Timberlake en 30 años”) e hizo todas sus coreografías.


Así, entre la travesura de Fernando, el sentido del humor de Casey (KC) y el a veces desabrido Juanes, es mejor quedarse con las buenas canciones.


NOCHE 1: ANTONIO EL PERVERSO

Concuerdo en lo que nos señaló Paulo Ramírez, productor ejecutivo del Festival de Viña, en una entrevista que dio a ADN Radio Chile: si de 50 años se trata, al menos 29 son de Antonio Vodanovic y era imprescindible contar con él. Nos reveló entonces que la idea era afianzar el concepto de la nostalgia y la historia para las nuevas generaciones, esos que van a ver a Camila, por ejemplo. Así y todo, con todo lo que hemos sabido, Antonio Vodanovic no solo salió sutilmente de libreto, a veces con frases lastimosas (“no me olviden que yo no los voy a olvidar”) sino que también le mencionó a Felipe Camiroaga su mamá, y le dijo matea a Soledad Onetto.


La pareja de este año, presa de los nervios, sobre todo Camiroaga al comienzo, intentaban salir del paso, en medio de esas frases dulces cargadas de perversión. Ese comienzo, en ese contexto, con Vodanovic libre frente a su monstruo, fue un riesgo alto, tanto como el caballo y la victoria que trasladaron a los animadores.


Otra que se mandó Vodanovic, que mezcló dulzura y perversión: “Decidí que no más porque estaba haciendo taco (a las nuevas generaciones)”. Su monstruo se domestica y es pura lágrima.


Ahora, con respecto al show de la primera noche, se debe clarificar que no puedes medir trayectorias de bandas diferentes e intérpretes de diferentes generaciones. Acá los actores, como en ningún otro evento transmitido (probablemente el fútbol sea el otro) los protagonistas son dos simultáneamente. Eso me queda claro luego de asistir por primera vez al festival: el público es realmente el monstruo y por lo tanto, decir que Serrat es enorme, un caballero, un consagrado, es solo la mitad de la historia.


De todas maneras, en la ecuación, Serrat hizo lo mismo que en su conferencia de prensa. Se echó el público al bolsillo y no hizo ninguna concesión con los presentes: ignoró la amenaza de ese monstruo, y prefirió hacer lo que viene haciendo siempre. Alguien podría decir que debió hablar menos, que no debió cantar una canción tan desconocida en catalán. Pero Serrat no solo hizo eso. Cambió la clave musical de sus grandes éxitos, haciendo al público adivinar tiempos y temas. Eso es tener huevos. Sus canciones, a lo largo de los años, y por lo mismo, no se repiten, tienen una densidad más allá del tiempo. Hay que adivinarlas de nuevo, y el público de Viña yace perplejo (el monstruo en silencio), en un tenso respeto. Se alcanzan a escuchar silbatinas, pero se va ovacionado sin griteríos. Esta vez solo aplausos. Solo antorcha. No cae nada más.


Con Camila se confirmaron varias cosas. Primero, que es la banda que finalmente toma el relevo de los ya desaparecidos Sin Bandera, y que la música romántica más contemporánea, la de frasesitas casi en falsete y medio mal pronunciadas es furor. El detalle es que Camila construye esa canción romántica una y otra vez, repitiendo hasta el cansancio la misma idea. Y eso es placentero. Es como cuando usted tiene en su reproductor digital una canción que le gusta y la coloca una vez, diez, cien. Camila es eso. Una misma canción romántica, con todos los elementos que provocan placer, digeribles, cantables, coros sencillos, no tanta aspiración poética idiota como Arjona. Lo del trío mexicano es sencillo y bien construido. Sumemos a eso el carisma y el look juvenil de sus vocalistas. Y suenan bien. Es lo menos que se puede pedir. El público se rindió a este repertorio. En 16 minutos tuvieron las dos antorchas. Antes de la hora, ya tenían gaviota. Y no las entregaron los animadores, que tuvieron la tarea difícil para despedirlos. Camiroaga, aún con nervios, se mandó cosas como “tenemos mucho que hacer esta noche”.


Un cuarto para las dos de la mañana apareció La Noche. Intentemos decir algo que no se haya dicho. Intentemos pensar por qué, cuando suena Que nadie se entere, la Quinta se viene al suelo. Simplemente, porque el grupo tropical chileno es excelente. Suena bien, tiene una sección de bronces de lujo, sus letras son cochinotas, de motel, de infidelidad. Su vocalista, Leo Rey, tiene una voz suave, pero no es severa como la de otras bandas del estilo. No resulta afeminado. Simplemente canta con estilo. Y tienen un grito de guerra: “Te lo dice… La Noche”.


Así, la primera jornada del Festival de Viña, heterogénea y a ratos extraña, con un monstruo pasivo tensamente enfrente de Serrat y rendido a Camila y La Noche, se recordará además por un Vodanovic que quiso despedirse, y que manejó esa historia a su antojo. Quedó claro que el perro sigue siendo de él. Al menos lo quiere hacer notar.


50 años del Festival: ¿tan malo como lo pintamos?

Pienso en el Festival de Viña como un pariente que ves una vez al año y que te da lata verlo, pero que cuando llega a la casa, con sus sorpresas y desaciertos, es inevitable tenerle una mezcla de cariño y lástima. Se queda varios días, le altera la vida cotidiana a todo tu entorno y de pronto, cuando se va, te deja el refri pelado, alguna que otra prenda sucia y te vuelves a dar cuenta de sus costumbres, a la vez cómicas y entrañables. No te quedan ganas ni de pelarlo. Te olvidas, total, ya lo descueraste antes que llegara.
 
En esos días que se queda, te reúnes en torno a él, te cuenta cosas, te emociona, te da lata, te da rabia. Durante el día, cuando anda en lo suyo te acuerdas que lo verás en la noche, y si estás fuera de casa, también recuerdas que está allí con los demás.
 
Eso es el Festival: una visita anual que te latea y te sorprende. Lo tratas pésimo, porque siempre sueles decir, casi sin fundamentos, que este año "está fome, malo".
 
El punto es que, justo este año en que todo cuesta más, el Festival cumple 50 años. Los seres humanos somos como tontos para los números redondos (viene el Bicentenario, con mayúscula, sin ir más allá), y, por lo tanto, en teoría esperábamos que se echase la casa por la ventana. No hay menos plata que otros años (8 millones de dólares y fracción de presupuesto) pero figúrate lo que sería en estos momentos pagarle la exclusividad a todos y cada uno de los que se presentan.
 
Mírenlo por otro lado: si hubiese sido posible entrar en el terreno de la exclusividad, el Festival hubiese subido un poco de pelo. Tiene dos números de estatura internacional (Marc Anthony y Juanes), un nombre que da prestigio (Joan Manuel Serrat), un chileno que se armó y consolidó compitiendo (Fernando Ubiergo), rock (Santana), pop (demasiado) adulto (Simply Red); la sensación tropical del verano (La Noche), la competencia internacional (mmm...), la competencia folklórica, un ex vocalista de una banda que se disolvió en 1983 (Roger Hodgson), un cantante europeo que sólo tiene fan club en Chile (Paolo Meneguzzi), un cantante de la onda disco con sobrepeso (KC), reggaeton (Daddy Yankee, RKM & KEN-YE), y dos números de humor para devorar. ¿50 años dignos? Sí y no. Salvo Juanes, todos los demás aprovechan la bajada y barajan presentaciones antes o después.

No quiero ahondar en el cartel. Me pone nervioso.  Me pongo inevitablemente a pensar en quienes se ausentan en estos 50 años: ¿por qué no Myriam Hernández, animadora y triunfadora? ¿Por qué no Coco Legrand en el humor? ¿Por qué no otro internacional de medio pelo para arriba que implique novedad y que no sea Luis Fonzi, por ejemplo? Perdón, se me pasa la mano, concuerdo con que en gustos no hay nada escrito. EL Festival no tiene por qué llenar mis expectativas personales sino apelar a una vocación de gran público. Desde ese punto de vista, ¿por qué darle la pasada a Natalino? ¿Qué relación tiene Camila con los 50 años, aparte del relevo a Sin Bandera? ¿Faltó uno más populacho como Marco Antonio Solís, Juan Gabriel o Arjona?

Pero apunto al acierto de antemano: la pareja de animadores. Felipe y Sole me agradan, se ven bien, son muy diferentes y eso dará que hablar, incluso a aquellos periodistas de los canales que no organizan la cuestión y que quieren que todo salga mal.  Todo lo que Sole o Felipe transformen en exabrupto será al menos con estilo. Que sirva de ejemplo. Cóbreme la palabra si son un fiasco, yo creo que acá puede haber una revelación.

Al cerrar esta columna estoy a 48 horas de la llegada de este pariente que viene una vez al año. La expectación es la de todos los años. Y nuestra misión será desnudar su identidad. Siga leyendo en los días que vienen.


Tan lejos, tan cerca

¿Dónde reside la empatía del ser humano? No aparece cuando alguien te pide la pasada en un taco. Te haces el vivo en las colas del supermercado. Peleas por un estacionamiento. Puteas por un ascenso de otro en el trabajo. No lees nunca los méritos que no sean tuyos. Condenas la avaricia exitosa. Te quejas de lleno. Quieres llegar antes. Tener antes...

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Peter Murphy no se escuchó

El sábado 14 el grupo La Noche reunió 5 mil personas en el Teatro Caupolicán. El domingo 15 no hubo más de 3 mil para ir a ver a Peter Murphy. Pero más allá de las cifras con las que las productoras aciertan o desaciertan, la persona que decide pagar una entrada, de peor o mejor perspectiva, de menor o mayor precio, merece, a estas alturas, un espectáculo de primera línea.

Este cronista estuvo, a su pesar, en Peter Murphy, el domingo que pasó, y en primer término debe aclarar que coincidía ser esta vez más que una obligación profesional, pues el intérprete en cuestión le simpatiza desde hace años.

Su banda principal, Bauhaus, ya no existe y así, el cantante británico puede dar rienda suelta a tocar en vivo, como solista, libremente, el repertorio que se le dé en gana. La noche del domingo, lo hizo generosamente. Porque si bien hizo apenas un guiño a "Bela Lugosi’s dead" y tocó "She’s in parties" libremente, Peter Murphy demostró no sólo que su carrera solista tiene un peso y una tradición más allá del purismo y creatividad que alcanzó Bauhaus, sino que también es un tipo que se relaciona con libertad y humildad incorporando repertorio de quienes admira, en este caso Joy Division, Iggy and the Stooges y Trent Reznor, antes incluso que sus propios logros.

Peter Murphy, enjuto, calvo y arrugado, envuelto impecablemente de negro, poco a poco va rejuveneciendo en el escenario, a medida que ocurren las canciones y se expanden así las dos décadas y algo que lleva como intérprete de muy buenas canciones.

Pero cuando su micrófono no interpreta su portentosa voz, impecable como siempre, la frustración se torna una molestia. Y cuando su voz no llena una incorrecta ecualización de su trío (bajista, baterista y guitarrista, con apoyo de secuencias pregrabadas) el resultado final es obvio y tremendamente injusto: la voz que vienes a escuchar, la voz de "Indigo Eyes", "All Night Long" y "Cuts You Up", no se escucha.

No es el recinto, pues el Caupolicán tiene esa gracia. Podrás no ver tan de cerca, pero en general escucharás bien desde todas partes.

Murphy se pierde al interpretar "The Sweetest Drop", pues desde el comienzo que no tiene correctamente instalado el retorno en sus orejas. Le da lo mismo, el tipo se crió en pubs donde volaban botellas y todo ocurría a media luz por lo que jamás se detendrá y se entregará por completo al designio del espectáculo y al deseo de un público que lo miró perplejamente cuando se contorsionó en una escala pero que reaccionó entregado cuando llegaron "Hurt", "A Strange Kind of Love" y "I’ll fall with your knife".

No creo que nadie lo pasó mejor que el mismo Peter Murphy, que al final hundía la cabeza en el público que lo besaba y tocaba. Como interpretación, nada que decir, el tipo se entregó por entero pero en lo que concierne a las decisiones técnicas que subsanan dificultades de este tipo (amplificación y sonido decente) los proveedores de mesas y altavoces (chilenos) no se coordinaron ni lograron resolver el entuerto con los gringos que le manejan el sonido al artista. Eso es como para pedir la plata de regreso. Y el artista corre en el completo desprestigio, pues no logra un nivel mínimo.

Hace mucho rato ya que los espectáculos dejaron de ser el producto del entusiasmo de algunos. Hace harto rato que en Chile la música en vivo es un espectáculo de gran calidad, nacional e internacional. Hace mucho tiempo que el público chileno podría exigir más a la hora del resultado de un espectáculo por el que paga. Pero no vi que muchos se quejaran esa noche.

Eso de acostumbrarse a escuchar música en celular nos resta perspectiva sobre lo que implica sonar bien: es un derecho inalienable si pagas más de 10 mil pesos por una entrada (que es lo mismo que cuesta hoy un disco). Y es un derecho que un artista de la estatura de Peter Murphy está dispuesto a garantizar.