Noche 3: Aquel y aquellos
Con el riesgo de perder de vista algún estilo musical en la cuenta, Raphael, a lo largo de su extenso e intenso show, se paseó por la balada romántica, el swing, el tango, la rumba, el flamenco, la salsa, la polka e incluso hubo un momento en que rapeó. Atravesó su interpretación con un permanente uso del a capella, luego de lo cual, con una sincronía de reloj suizo, sin mirar de vuelta a su conjunto, volvía al ataque con otra pasada al coro final y terminaba todo repentinamente.
El público respondía embelesado. Raphael se ríe, se desplaza de lado a lado, invita una y otra vez a sus músicos a reverenciar los aplausos. Tiene tiempo y espacio y no pueden quitárselo. Le entregan galvanos. Los animadores interrumpen la bajada final de sus canciones con las peroratas que apresuran la despedida. Pero Raphael vuelve al escenario, se ríe, vuelve a cantar el coro otra vez. Los animadores están obligados a esperarlo. No hay espacio para concesiones. Si bien el público, compungido de frío en la noche de la Quinta Vergara, quiere verlo y escucharlo, es más bien Raphael quien quiere ser admirado y escuchado.
Felipe Camiroaga le pide una canción para la despedida. Él dice dos. Concluye porfiadamente con "Yo soy aquel". Así, la arrogancia también es parte de la puesta en escena, la que en Raphael tiene aval en una voz no sólo vigente sino extremadamente actual. Esto está ocurriendo ahora, y esta lección de canto e interpretación, que no hace sino emocionar, se entremezcla con la mirada personal del artista hacia el repertorio ajeno (Serrat, Sabina, Sanz, Adamo) o las voces desaparecidas (Rocío Durcal).
Mérito adicional fue la utilización de tecnología visual con los motivos proyectados en tres pantallas de lead que, al ser traslúcidas, se entremezclaban entre el artista y sus músicos de manera coherente.
Así, Raphael gobernó en una tercera jornada donde el número final tiende a salir perjudicado por la extensión del tiempo (algo que resulta antitelevisivo y que, sin embargo, sucede y funciona).
Pero también estuvieron aquellos. Bombo Fica, el humorista de turno, tuvo lo suyo. En tiempo, digo. Pasados los tres primeros chistes, el público aceptó sin miramientos su rutina rápida, repleta de personajes y de blancura optimista. No es poco, luego del culebrón oscuro que había planteado Legrand el día lunes. Ser contador de chistes, está claro, no es cualquier cosa. Bombo Fica incluso es divertido cuando a lo urbano le suma el absurdo: su rutina del
tarro de choritos es especialmente jocosa pese al abuso del habla más procaz. Resulta liviano, agradable. Se va con todos los premios. A esas alturas, los organizadores deben pensar que abrir las jornadas con el humor no es mala idea.
Y para hablar de Miranda! mencionemos el mérito del público asistente, que arropándose con lo que alcance (frazadas, cojines, abrazos) se queda hasta el final, pasadas las 3 y cuarto de la madrugada, con mucho frío hace harto rato, al baile y la fiesta de una banda que entregó diversión, desparpajo y extravagancia.
Esto no es como la lamentable Anahí. Lo de Miranda! está informado por el glam de Queen, Prince and The Revolution, The Cure y, ciertamente, Federico Moura. Lo de ellos es la canción de amor cándida y nerd, es la desilución hecha plástico y provocación. Miranda! es mucho más rock que muchos que se abogan el cartel. Traspiran, lucen mal intencionalmente, y tuercen melodías muy bellas en una fractura intensa. Ironizan con el dolor y el rechazo.
Así, el miércoles ha sido una noche larga, pero vale la pena, desde el primer chiste hasta la última nota sintetizada de los argentinos.

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