Y la tierra habló
Sep. 09 , 2009
Publicado en La Tercera, 09.09.09
Una verdadera tragedia los aluviones de Farellones, donde de nuevo lamentamos el calvario de aquellas personas que hasta hace días vivían o trabajaban en el paraíso de nuestra precordillera. Hoy suenan con fuerza voces que buscan responsables en las autoridades, municipales o ministeriales, pero dicha búsqueda será en vano, ya que los verdaderos culpables son aquellos inconscientes e irresponsables que a diario horadan nuestros cerros y rellenan quebradas, confiados en que son cauces secos que no revisten peligro alguno. El nivel de arrojo de esas personas llega al extremo que un vecino, cuya casa casi colgaba del lecho del río, increpó ante las cámaras al alcalde de Lo Barnechea, argumentando que en 10 años nunca había pasado nada y que no debía ser evacuado, pues lo peor ya había pasado. Su casa estaba irregularmente a menos de 40 metros del eje del lecho.
Ojalá ese nivel de arrojo se diera sólo en temerarios habitantes de la precordillera, pero esas prácticas se repiten sobre y bajo la cota mil en cientos de quebradas y cauces urbanos que son indiscriminadamente rellenados en forma ilegal por vecinos, transportistas piratas que botan escombros e incluso algunas inmobiliarias que desdeñan su importancia. No nos engañemos: la normativa urbana respecto de la construcción en áreas de riesgo es explícita y clara, y las normas de diseño de cauces urbanos en Chile son de primer nivel, fiscalizadas por las direcciones de Obras Hidráulicas y Aguas. Pero allí están todas las causas y anomalías detectadas, acumuladas en largos litigios que en nada ayudan a resolver la situación. Hasta que llueve sobre la cota de nieve y se nos viene el cerro abajo.
Es menester que de una vez por todas tomemos la iniciativa los propios vecinos. Que ante la mínima presencia de personas que atenten contra la integridad de nuestras quebradas seamos capaces de denunciar y encontrar los caminos para ello. Por otro lado, el Estado debe mejorar la fiscalización y penalización, además de priorizar -aprovechando la visibilidad de la tragedia- un impulso a obras de recuperación de quebradas y cauces urbanos y suburbanos. Licitar de una vez por todas obras tan importantes como el Parque la Aguada, y entre todos reconocer que la única forma que nos queda de vivir el paraíso de nuestro paisaje es respetar y conducir en forma sustentable sus fuerzas.



