Educación: ¿cómo viene la mano?
Feb. 07 , 2010
Diversos analistas nacionales e internacionales de la educación han señalado que, en todo el mundo, existen dos tipos de políticas educativas: aquellas que pueden generar conflictos porque afectan los intereses de algunos actores, y aquellas no conflictivas que benefician a muchos actores sin afectar intereses.
Las políticas conflictivas, o más “duras de roer” suelen ser las que apuntan más directamente a mejorar la calidad educativa. Ejemplos:
a) las normas orientadas a contar con docentes bien formados, remunerados e incentivados, lo que se llama Carrera Docente, entendida integralmente como la suma de los criterios de contratación e ingreso a la carrera, ascensos, condiciones de estabilidad laboral, evaluación de desempeño, incentivos, remuneraciones, jubilaciones y retiros;
b) aquellas relacionadas con la formación, remuneración, procesos de selección, y sobre todo atribuciones de los directivos en la educación pública; y
c) aquellas que tienen que ver con la regulación y el aseguramiento de la calidad, ya sea en la formación de los docentes en las universidades, o en el desempeño de las propias escuelas y sostenedores.
En este mismo ámbito de reformas “duras” - siempre más teñidas de disputas ideológicas - se ubican aquellas de carácter institucional y superestructural, como lo fue la Ley General de la Educación, o como lo será el proyecto de Ley de Fortalecimiento de la Educación Pública, o la rigurosidad con que se implemente la Agencia de la Calidad, la Superintendencia de Educación, y las necesarias reformas a la institucionalidad del Ministerio de Educación. Estas reformas, siendo por cierto relevantes, no tienen relación directa con lo que ocurre en la escuela y el aula: la calidad, cantidad y motivación de los profesores, y el liderazgo de los directivos respecto a sus comunidades de profesores, alumnos y apoderados.
Políticas no conflictivas (o “blandas”) son aquellas que, por la vía del aumento de recursos, generan aumentos de cobertura, infraestructura, equipamiento, libros y computadoras, asesoría técnica a establecimientos, etc. Ejemplos recientes del mismo tipo han sido algunos de los pre-anuncios programáticos del nuevo gobierno: crear 50 liceos de excelencia, o duplicar el número de horas de deportes en las escuelas. Ciertamente, todas y cada una de estas reformas son dignas de aplauso, en algo ayudan a la calidad, y son políticamente vistosas. Cortar cintas y lanzar este tipo de programas siempre da señales positivas al sistema político y la ciudadanía.
Sin embargo, la experiencia nos demuestra que 20 años de reformas mayoritariamente “blandas”, en balance, no han logrado hincar el diente de manera significativa en los problemas más graves de calidad, equidad y segregación en la educación, medidas por el rasero que se desee. La suma de muchas reformas blandas sirve de poco si no viene acompañada de las reformas más duras, aquellas que siempre ha sido tentador postergar para el siguiente gobierno.
En los próximos días, cuando el nuevo Ministro(a) de Educación anuncie las medidas que el Presidente Piñera le haya señalado, tendremos una clara idea de por dónde viene la mano, y qué puede esperar cerca de un millón de escolares que hoy están entre kinder y cuarto básico, y que de seguir así las cosas, egresarán de secundaria sin entender lo que leen en 8 o 12 años más.

