Aprendices de espía, por Álvaro Vargas Llosa
Jul. 04 , 2010
Publicado en Reportajes de La Tercera, 4 de julio de 2010
La noticia esta semana de que el FBI había arrestado a 10 espías al servicio de Rusia en EEUU y coordinado la detención de otro en Chipre, ha provocado más risas que miedo. Lo cual no quita que todos los acusados estuvieran al servicio de Rusia. La evidencia que el FBI tiene en sus manos parece sólida. Pero todo indica que se trató de un grupo de "amateurs" sin acceso a nada importante.
A pesar de tratarse de una operación que lleva una década, se presume una inercia burocrática de Rusia, donde alguien montó -tras la caída del Muro de Berlín y de la URSS- este operativo que luego fue heredado por funcionarios que probablemente olvidaron el objetivo original. El grupo siguió existiendo, porque instancias menores en Moscú no tenían nada mejor que hacer para justificar el cargo. Lo cierto es que ni Rusia ha obtenido información sensible por esta vía, ni EEUU ha logrado averiguar por ella algo nuevo con respecto al espionaje ruso actual.
Hace pocos días, Barack Obama y su homólogo ruso, Dimitri Medvedev, hablaban de alta política comiendo hamburguesas en Ray Hell´s Burger. Todo andaba bien. Pero ya Obama sabía, mientras le ponía el ketchup a sus papas fritas mirando a Medvedev como si fueran compadres, que el FBI estaba apunto de sacar a la luz a 11 "topos" al servicio de su interlocutor desde Nueva York, Boston y Virginia.
El problema es que son "topos" muy extraños. Es casi toda gente de clase media que vive en los suburbios, hacía barbacoas y husmeaba en la periferia del mundo académico, financiero, turístico, científico y periodístico. Pero ninguno tenía contactos de alto nivel a pesar de una década -cuando menos, según el FBI- recibiendo dinero de Moscú para penetrar secretos. Y sus métodos -intercambio de bolsas con algo de dinero en estaciones de tren, mensajes por radio de onda corta y alguna entrevista en un parque- pertenecían a la prehistoria tecnológica del espionaje. El tipo de información que daban era la que veían en diarios neoyorkinos, oían en un alguna reunión social washingtoniana, o recogían en soporíferos diálogos académicos en Boston y ocasiones sociales en suburbios de Virginia.
Aunque la mayor parte son rusos con nombre falso, ha llamado la atención que hubiera una peruana, Vicky Peláez, colaboradora de "La Prensa" de Nueva York, quien, según una colega mexicana, carecía de acceso a fuentes significativas y enviaba colaboraciones repetitivas sin mayores aportes. Este cronista y otros latinoamericanos fuimos atacados por ella en alguna ocasión, al parecer, por criticar a la izquierda revolucionaria, de la que se decía simpatizante. Que esta periodista -que según la acusación recibió dinero desde 2000-aparezca en un espectacular círculo de espías pro-moscovitas ha despertado en la prensa hispana cierta hilaridad.
Otros casos no son menos raros. Uno de ellos: el de la atractiva Ana Chapman, muchacha de 28 años que pasaba su tiempo colocando fotos sexys en Facebook y tratando de conseguir trabajo cerca a un inversionista de Wall Street. Otro: el de Donald Heathfield, obseso de la tecnología futurista, que vivía en Boston y trabajaba en el think tank científico TechCast, y cuya hazaña fue hablar una vez sobre ciencia nuclear con un funcionario de cuarto orden del gobierno. También está Mikhail Semenko, dueño de una agencia de viajes, cuyo mérito era alquilar una oficina en el mismo edificio donde funcionaba un buró de reclutamiento militar. Por su parte, Michael Zolotti y su mujer, Patricia Mills, vivían en un edificio de Arlington una vida aparentemente entregada al ocio.
Las explicaciones más creíbles sobre este círculo de aprendices las han dado dos ex espías. John Slattery, ex hombre del FBI, afirma que "era una inversión rusa a largo plazo para ver qué lograban recoger a lo largo de los años y medir si tenían potencial". Según él, "no era gente entrenada ni mucho menos, sólo gente disponible por diversos motivos a la que le pedían que fuera a alguna reunión, visitara alguna feria comercial, se acercara a alguna embajada o tratara de enrolarse en alguna universidad, y ver si se topaba con algo interesante".
Por su parte, Bruce Riedel, ex agente de la CIA, sostiene que "se trata de un clásico caso al estilo del antiguo KGB: los plantaron para que décadas después pudieran lograr algo. La idea era, por ejemplo, que se relacionaran con el jefe de algún think tank a la espera de que ese señor fuera algún día ministro".
La categoría a la que este círculo pertenecía es la de "ilegales", como se denomina a quienes no tienen entrenamiento y son reclutados desde el ámbito civil, fuera del circuito de la embajada o la oficina militar de Rusia en EE.UU. De ahí su aparente insignificancia política y militar.
Moscú espía a EEUU sistemáticamente desde los años 20. A lo largo del tiempo, la superpotencia comunista logró penetrar importantes sectores del poder. Hoy, Moscú sigue usando dos agencias, la política (SVR, sucesora del KGB) y la militar (GRU). A partir del colapso del imperio soviético, se dio un cambio significativo. Lo que antes era un ámbito más circunscrito a misiones diplomáticas y militares, pasó a ser un ámbito más amplio, con fines civiles: espionaje industrial, científico y académico. Fue allí cuando creció la importancia de los "ilegales", que podían acercarse eventualmente a grandes empresas, centros de investigación y universidades. Es probable que los 11 agentes acusados por el FBI fueran parte menor de ese universo de "ilegales" que alguna agencia burocrática mantuvo como "durmientes" de entonces.
Existen grandes logros del espionaje ruso en tiempos del comunismo, como el círculo de "Silvermaster". El FBI, agencia que opera a la vez como brazo investigador para el crimen federal y como agencia de inteligencia interna, logró completar un archivo de 26.000 páginas sobre el círculo. Allí estaba, por ejemplo, Lauchlin Currie, asistente del Presidente Roosevelt, y nada menos que el subsecretario del Tesoro, Harry Dexler White.
El FBI es la principal agencia para asuntos internos, aun cuando la CIA, además de espiar en el extranjero, también se ocupa de contraespionaje, área que involucra lo doméstico. Esto último ha creado fricciones permanentes entre ambas. Pero fue el FBI quien detectó y cazó a los principales agentes rusos. En el caso de la CIA, la operación de contrainteligencia más sonada en época contemporánea fue la que cazó a un agente suyo, Aldrich Ames, a mediados de los 90.
¿Por qué eligió el FBI esta semana para poner al descubierto el funcionamiento de un círculo que no había aún logrado nada significativo? ¿Por qué concluyó que ya no llegarían más lejos y por tanto había llegado la hora de ponerles punto final? ¿Por qué el actual momento político dictaba las condiciones para un golpe de efecto que distrajera la atención cuando Obama sufre el embate del caso del derrame petrolero? ¿Por qué las autoridades temían la posibilidad de que alguno de los 11 estuviera cerca de lograr un contacto importante? Nadie, fuera de los que condujeron la operación, sabe la respuesta.
Pero una cosa sí es sabida: el FBI pone hoy énfasis en el contraespionaje civil de tipo industrial, financiero y científico. Es decir, contrarrestar la clase de espionaje que este círculo, si alguna vez llegaba a producir frutos, pretendía realizar. En esta última década, la propia agencia anunció que el espionaje económico había pasado a ser su segunda prioridad, tras el terrorismo. Parte considerable de sus US$ 6.8 mil millones de presupuesto se dirigen ahora a ese blanco.





Si Obama no sabia de esto, lo cual creo mas probable se trataria de una maniobra de los sectores mas conservadores de su gobierno para dinamitar los esfuerzos de acercamiento con Rusia (Secretario Gates partidario de mano dura con Rusia y escudo antimisiles sin miramientos).
Posted by Hernan Tapia on July 05, 2010 at 03:37 AM CLT #