¿Y cómo andamos por casa?
Jan. 14 , 2012
¿Cómo les parecería la siguiente historia? "…En la casa de mis padres teníamos un mayordomo, una cocinera, una sirvienta para la limpieza y un empleado para cada niño; ellos se encargaban de lustrar los zapatos, tener listos a los niños a las 7.30 am para ir al colegio, supervisar las mochilas y preparar las tinas de agua caliente, entre otras cosas". ¡Espantoso!, por lo menos a mí me parece espantoso. ¿Para qué quiere un niño un sirviente personal?, ¿qué clase de valores le van a traspasar a esa pobre criatura?, así nunca va a aprender a abrocharse los zapatos, va a ser un inútil, ¿cómo es posible que una familia necesite tanta servidumbre? Son los pensamientos que se me venían a la cabeza cuando mi compañera de universidad, nacida en la India y de clase acomodada, lo contaba con toda naturalidad, sin sospechar que a la mayoría de nosotros nos parecía aberrante.
El año 2009, el diario Mumbai Mirror publicó un artículo donde el autor se quejaba amargamente de las desigualdades abismantes aún existentes en la sociedad india. En un párrafo decía: "El sirviente es realmente un esclavo. No tiene cadenas, pero no se necesitan. ¿Adónde van a ir si los dejan?… Nosotros pertenecemos a nuestra familia. Nuestros sirvientes también pertenecen a nuestra familia, pero su estatus está bien demarcado". Y a continuación se enumeran las reglas implícitas o explícitas: no pueden comer de la misma comida, a menos que sobren restos, tampoco comer en los mismos platos, sentarse en los muebles de la casa, dormir en una cama (duermen en el suelo) y usar aire acondicionado, entre otras. Eso sí, tienen algunas granjerías, como mirar televisión con la familia, pero sentados en el suelo (regla número tres) y van a restaurantes con los patrones (con la silla separada de la mesa y en un cierto ángulo para marcar la diferencia). Incluso se cuenta de la casta de los dalit o los intocables, personas dedicadas a las labores de limpieza, en general relacionadas con "residuos humanos". El nombre de intocables es porque los patrones prefieren no verlos, ni menos tocarlos. Mientras leía el artículo me sorprendía, me indignaba, se me ponían los pelos de punta al ver una foto de un dalit comiendo debajo de una mesa. ¿Cómo es posible que todavía se vean estas cosas? ¿No se daba cuenta mi amiga india que su historia la dejaba mal parada?
¿Pero no tendrán mis amigos gringos una reacción parecida cuando les describo la institución de la nana en Chile? Les he preguntado por qué ellos no tienen más ayuda doméstica; las respuestas han sido variadas. En lo que sí hay consenso es en que el concepto de nana jornada completa les parece inconcebible; una persona que pasa seis días seguidos a la semana circunscrita al perímetro de la casa (a menos que se los mande a comprar el pan), sin vida propia, sin ver a sus hijos, con horarios poco definidos, con probablemente más horas de trabajo diario de lo que la ley permite, les parece una aberración. Como dijo una amiga, "ni pensarlo, el tema de la esclavitud todavía está latente en nuestra sociedad y eso suena demasiado parecido".
Para los que optan por tener un servicio de limpieza una o dos veces a la semana, el trabajo está bien definido en cuanto a horario y labores. Esto de "tráigame un tecito", "cuélgueme el abrigo", "venga a limpiar el piso, porque se me derramó la leche", "sírvale la comida al caballero" (sin importar a qué hora llegue) o "quédese en la cocina hasta que se vayan las visitas" (no se le vaya a ocurrir a alguien tomarse un café a última hora) raya en la esclavitud. Si le agregamos niños malcriados pidiendo de un cuanto hay, sin decir ni por favor ni gracias, la cosa no se ve mejor.
Después de leer el artículo al Mumbai Mirror me acordé del día en que en el condominio donde tengo un departamento en Santiago llegó una circular prohibiendo a las nanas y a sus hijos el uso de la piscina, no tengo muy claro con qué argumento. No creo que sea por razones de higiene, mal que mal (con) vivimos con ellas diariamente; nadie chistó, parece que era obvio (mea culpa: nosotros nos escudamos en que sólo pasábamos unas semanas en Santiago, así que no valía la pena dar la pelea). También me acordé de lo normal que es ver nanas en los restaurantes con sus patrones, claro que en vez de poner sus sillas en un ángulo, usan delantal y se sientan en una esquina. ¡Y yo escandalizándome de las castas acomodadas de la India! Claro, siempre podemos argumentar que para eso pagamos. Es cierto, pero les aseguro que al empleado Dalit que come debajo de la mesa también le pagan por sus servicios.
Hace meses, cuando comencé este intercambio de experiencias sobre mi vida sin nana, pensé, con justa razón, que para mis amigas gringas estas reflexiones semanales serían de tanto interés y empatía como mi vida sin helicóptero. Bueno, de más está decir que olvidé a una gran mayoría de chilenos para los que este desafío les puede sonar igual de insensible y siútico que para los americanos.
* Ingeniera industrial y académica de la U. de Yale.





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