Ventanas, por Martín Vinacur
Feb. 03 , 2012
Sucede cuando viajo. También acá, o alguna vez en Buenos Aires. Pero más frecuentemente cuando viajo. Me atraen las ventanas. No los marcos, ni los dinteles. Tampoco la arquitectura. Me atraen las lámparas encendidas, las macetas asomadas, las pilas de libros de cubiertas desconocidas, los escritorios; me atraen los vestigios de cotidianidades ajenas.
En alguna variante del voyeur, lo que me interesan no son las personas en persona, sino su estela en objetos. En ese rectángulo -probable tema de diván- no puedo no entregarme. Me proyecto. Me imagino viviendo otra vida. No la vida de otra persona, sino la mía en ese mismo lugar, en esa misma ciudad, detrás de esa misma ventana. Las vidas que no fueron. Las que hubieran podido ser.
A esto se juega sin retrovisor. No se trata de la persiana de los lamentos. Se juega como se lee una novela o como se mira una película. A ser otro siendo uno mismo. ¿Cómo sería vivir acá? ¿Cómo sería trabajar, moverse, salir, ir al mercado, saludar a la señora del puesto de pollos, familiarizarse con los personajes que aparecen en los televisores (otra ventana), compartir el mismo cielo, la misma lluvia? ¿Cómo sería traspasar ese momento en el tiempo en el que todo lo que resulta extraño se vuelve cosa de todos los días? Al final una rutina -una ruta pequeña, una nadita de ruta- es una secuencia que va limando la novedad, una domesticación de la sorpresa.
Así fui un estudiante en La Sorbonne, un estibador en Haifa, conviví con una florista en Amsterdam, fui sous-chef en un restaurante del Soho londinense, un bandoneonista maldito en un conventillo de Barracas, un arqueólogo en Jerusalén, un dinky (double-income-no-kids) del Upper East Side, un físico retirado en una cabaña patagónica y un peón de estancia de Azul, al sur de la provincia de Buenos Aires, entre muchas vidas paralelas que se fueron dando como se dan los desvíos de los trenes, moviendo una palanca y cambiando de riel como de pensamiento.
El otro, el mismo. No sé si miraba por las ventanas, pero Borges solía dar largos paseos por los arrabales hasta altas horas de la noche. Caminaba en zigzag, se inventaba laberintos para perderse, perderse y ser otro, mientras absorbía el escenario de atardeceres abovedados y casas bajas. Los sonidos del sur, y ojos adentro iba proyectando las vidas malevas y entreveradas.
La alteridad como fantasía es también un mecanismo de control. Para un escritor, para alguien que crea, la ficción -abre Fuguet en Missing, pero con otras palabras- es una manera de sentirse a salvo, de controlar el caos, de clasificarlo y, en mayor o menor medida, de ajustar cuentas con lo que uno ha sido y con los que han sido con uno. Entrar en una ventana y construirse otra vida con los elementos que componen la escena es una manera de perderse sin salir del laberinto, de jugar al póquer apostando porotos, un pasatiempo cobarde.
Una vez me tocó jugármela en serio.
Casi 10 años atrás, cuando la propuesta de trabajo en Santiago fue lo suficientemente seria como para cruzar los Andes, también me perdí caminando en zigzag, recorriendo barrios desconocidos, ojeando detrás de vidrios ajenos, intentando imaginar una rutina, intentando transformar lo extraño en familiar. Esta vez sin la prerrogativa de la ficción pura porque cada ventana era una realidad posible. Ojos adentro me proyectaba instalado, con mujer e hijos reales, a quienes también iba a cambiarles el riel de la vida como de pensamiento. No eran porotos esta vez.
Una -entre las miles- de preguntas que me asaltaban mientras enfrentaba esta madeja de contingencias hipotéticas era ¿cómo vivir en un país en el que no tienes redes? Sin padres, ni amigos, ni parientes. Mirás hacia atrás y no hay nadie. Hacia los costados, y no hay nadie. Mi única red era mi empleador. Y estar espalda con espalda con Victoria.
Levanto esta pregunta no tanto por lo que me significó en su momento (debo confesar que a mí me daba lo mismo; pensaba más en mis hijos y los amigos que dejaban, y en mi mujer, que soltaba un puñado de amigas de oro), sino por lo que significa en una sociedad como la chilena, en la que las redes son todo, donde más de dos grados de separación en el colegio al que fuiste describen con fidelidad de oráculo tu trayectoria futura. Me preguntaba ¿cómo sería la vida de una persona que ha usufructuado desde siempre los privilegios de cuna que súbitamente es trasplantada a otra sociedad donde no tiene red alguna? ¿Si lo largaran con lo puesto y sin árbol genealógico, cómo se defendería? Sin poder levantar el teléfono y llamar a un compañero de curso. Enfrentados a la realidad, así, sin inercia y dependiendo de remos propios.
Quizás por no ser de aquí tuve la suerte de que Chile me dejara jugar con reglas que habitualmente les son negadas a los chilenos. La meritocracia no es axioma.





Posted by Fantomas Critica on February 06, 2012 at 12:46 AM CLST #