Sobre azul, por Marcelo Con
Jan. 16 , 2010
La práctica la hice en una agencia muy chica, tanto que tuve que sentarme al lado de una ejecutiva de cuentas que llevaba como cinco años en la empresa. Sin mayores desafíos y aburrida de perforar y archivar promesas, andaba más preocupada de cambiarse de pega que de hacer bien su trabajo. De tanto sembrar currículos por ahí, finalmente le ofrecieron en otra agencia, un mejor cargo, con el doble de sueldo. La mujer estaba feliz, pero muy nerviosa de tener que decirle al gerente que se iba a la competencia. Después de mucho dudar, se timbró de valor y partió al encuentro del gran jefe. Casualmente se toparon en la escalera. "Patricia, necesito que nos juntemos cinco minutitos", le dijo el gerente. "Yo también tengo que hablar con usted, don Juan Pablo", contestó ella, y entraron a la sala de reuniones.
No pasaron 10 minutos cuando la ejecutiva volvió llorando. "¿Qué pasó Pati, te pegó?", le pregunté con mi tremendismo de siempre. "Noo", me contestó y, entre una tormenta de suspiros, continuó: "Don Juanpa me pidió que hablara yo primero, pero le dije no, empiece usted y entonces me avisó que estaba despedida", y nuevamente el tsunami de lágrimas. Algo no me cuadraba en esta historia. "Te felicito, si hubieras hablado tú primero no te pagarían la indemnización", le dije, pero me miró como si yo tuviera la sensibilidad de una corchetera. "¡No entiendes!", me dijo, secándose la pena con el pañuelo del orgullo, "me echaron". "Chuta, entonces lo siento harto", contesté como si yo tuviera la culpa de algo.
Jamás me han despedido de un trabajo, tampoco me echaron del colegio ni de la universidad. Una vez, eso sí, me expulsaron de un partido de fútbol y un par de pololas me patearon, pero el despecho laboral nunca lo he vivido, salvo porque he tenido que ser yo el que despide.
La primera vez que me dieron esa ingrata tarea no dormí en una semana pensando en qué le iba a decir, cómo se lo diría y cómo debería reaccionar ante un ataque de llanto, de nervios o, por qué no, un ataque directo a mi cuello. En esa época, los "expertos" recomendaban comunicar la noticia los viernes tipo cinco de la tarde (ahora aconsejan que sea los lunes en la mañana), pero era tanto mi nerviosismo que si no lo hacía pronto, después no iba a tener cómo darle un sobre azul a la úlcera que me aparecería en el esófago, así que el miércoles en la mañana le comuniqué la terrible noticia, el tipo se lo tomó muy bien, tanto que me dijo que me calmara y hasta se ofreció a traerme un vaso de agua.
Después me tocó hacer esa dolorosa pega muchas veces, incluso con personas a las que realmente les tomé mucho cariño. Lo único que me dejaba tranquilo, era que siempre avisé con tiempo que no estábamos conformes con su trabajo, así todos tenían la posibilidad de mejorar o, al menos, la noticia no era tan inesperada.
Debo reconocer, en todo caso, que lo más feo y manipulador que hice fue cuando tenía que despedir a un redactor muy bueno, pero extremadamente conflictivo; constantemente tenía problemas con todo el resto de la agencia y como no quería despedirlo, porque sabía que se pondría a discutir y negar todas las acusaciones, en vez de echarlo le hice ver que era joven y talentoso, y que no entendía qué estaba haciendo en esa agencia. "Yo en tu lugar, sin hijos ni compromisos, dejaría todo y me iría a trabajar a España", le dije. A los dos meses estábamos en su fiesta de despedida (a la que fue muy poca gente) y hasta el día de hoy sigue en Madrid.
Siempre es bueno recordar que para el libre mercado, no importa la empresa o el cargo, todos somos desechables, da lo mismo los años de servicio, las ojeras y canas entregadas, las ofertas de otras empresas rechazadas o los fines de semana hipotecados. Si antes no renuncias, te van a despedir, está escrito, tenemos fecha de vencimiento y cuando dejas de ser útil a la empresa, con suerte te regalan un reloj o un galvano, mientras ves cómo tus ex compañeros de oficina se pelean por tu ex estacionamiento o por tu ex teclado. Cruel se apellida el sistema, por eso, aunque está muy bien ponerse la camiseta de la compañía, creo que nunca hay que olvidar que debajo siempre hay que llevar la propia camiseta.
Cada uno es una empresa y las decisiones que se tomen en la vida laboral, más que hacerlas en función de nuestro lugar de trabajo, hay que pensar en lo que es mejor para nuestra carrera, ese es el verdadero negocio. Recuerda que en cualquier minuto el don Juanpa de turno te puede pedir una reunión de cinco minutitos o, si es un poco más cobarde, te dirá que no entiende por qué no dejas todo y te vas a trabajar a España.




