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de La Tercera

 

Resentido o arribista, Por Sonia Lira

Feb. 27 , 2010

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¡Re-sen-ti-da!"- me dijo una compatriota en frente de un grupo de europeos que miraba  la trifulca entre nativos.


Viajaba feliz por los canales del sur. Todo era paz y camaradería, mariscos y pisco sour. Hasta que no sé cómo ni cuándo, la amena conversación sobre pingüinos y milodones derivó en política, politiquería y demagogia.


-"¿Resentida yo?" -pensé- ¿Por qué debería serlo si viajo en un crucero comiendo king crab y gratis?


De más está decir que el Crucero del Amor se convirtió, en un dos por tres, en el Titanic, a punto de hundirse de tanto odio de clases. 


Pues bien, aún resonaba en mis oídos el adjetivo cuando me reuní a intercambiar material fotográfico con unos viejos amigos. Les conté mi experiencia, pero uno de ellos me dijo medio en broma y muy en serio:


 -"¿Y desde cuándo que viajas en cruceros all inclusive? ¡A-rri-bis-ta!".


Y así fue como, en menos de 48 horas, pasé de un extremo de la descalificación al otro.


No me tomó mucho tiempo revisar algunos foros en internet y darme cuenta de que los calificativos que más se repiten son, justamente, resentido y arribista, según de quién venga. Desde hace tiempo que marcan la pauta en el arte de descalificar.


¿Qué hay detrás? Esa costumbre tan humana de poner nombres a las cosas: sólo de esta forma podemos guardarlas en el insectario de nuestros prejuicios.
 Lo natural es reducir una situación (o a quien tenemos en frente) a una categoría o estereotipo. A partir de esa conjura los dados están echados, porque acostumbramos a actuar según el mote que nos cuelguen o que colgamos a algo o a alguien. Por esa razón es un clásico el pánico que un alto porcentaje de la población masculina tiene a ponerle apellido a una relación de pareja. Y también la mala fama que se ha ganado un mes con cinco letras: ¿Se le apareció marzo?


En las llamadas ciencias de la comunicación este fenómeno se conoce como "economía del lenguaje"; en la sicología tiene que ver con la "identificación proyectiva" (te juzgo así porque algo de eso yo misma tengo o lo que la sabiduría popular resume como "¿Y bosnia?" o "albornoz";) y que ya encontramos en la Biblia desde el momento en que a Adán se le ocurrió poner nombres a los animales. Qué culpa tiene el chancho, digo yo.


Tan poderosa es la acción de nombrar que en Estados Unidos ya lo convirtieron en negocio y le pusieron -obvio- un nombre: naming. Se trata de una actividad remunerada que busca el mejor sonido para un producto, persona o empresa. Y por supuesto que también se usa al revés, es decir, para dar con la descalificación ideal y así sacar del camino a la competencia.


En el sitio NameThis, por ejemplo, por US$ 99 usted puede pedir ayuda para bautizar su negocio. Ahora, si es usted a quien se le ocurrió la idea, se lleva un porcentaje para la casa.


No conozco en Chile iniciativas por el estilo. Quizá se deba a que en nuestro país poner motes o iniciar una discusión descalificando al rival, es algo que se hace por deporte o placer. Somos un país de poetas, dicen.


Si mal no recuerdo, los resentidos fueron conocidos durante un tiempo como marxistas  leninistas y, si vamos un poco más atrás, como  rotos alzados. Los arribistas, en tanto, eran los momios, desclasados o parias.


"Es interesante observar que en estas descalificaciones nos referimos a quien tenemos en frente como si sufriera una enfermedad contagiosa; como si estuviera 'apestado'", explica el siquiatra Reinaldo Bustos.


Los resentidos apestan porque se quedaron abajo del carro del éxito que viene con metapío incluido. Y los arribistas apestan también porque todavía están en cuarentena y necesitan patente del SAG para ingresar al club.


Y hasta aquí nomás escribo porque capaz que ahora me cuelguen el mote de latera y esa enfermedad sí que es contagiosa.



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