Reciprocidad, por Martín Vinacur
Jan. 06 , 2012
Cuando Julián vio que el tipo de migraciones se quedaba mirando el pasaporte más de lo acostumbrado empezó a recorrer mentalmente la lista de posibilidades. El documento estaba en regla, tenía validez por varios años más. Pensó que a lo mejor podría haber un delincuente internacional con su mismo nombre, que ciertamente era un nombre bastante común. Debe ser eso, se decía, y tamborileaba las yemas en la fórmica.
-¿Y cuánto tiempo piensa quedarse?
-Tengo un pasaje abierto por un año. Mire-, le respondió Julián, mientras revolvía adentro del sobre plástico con el logo de alguna agencia de viajes que consistía en un mundito y unas flechas. Todos los puñeteros logos de estas compañías tienen un mundito y unas flechas, pensaba, en claro hábito/deformación profesional. Julián es diseñador gráfico y lo sublevan los logos cutres.
El funcionario miró el pasaje, un e-ticket efectivamente abierto por un año.
-¿Dónde se va a quedar?
-En casa de un amigo-, contestó Julián con cara de póquer. Sí, por unos días paraba en casa de un argentino que había conocido en Madrid, que le había prometido aguantarlo hasta que consiguiera laburo. Después estaba jugado. Reprimió ese pensamiento, no fuera a ser que se le escapara frente al funcionario de migraciones de Buenos Aires.
-¿Cuánta plata trae? ¿Cuánto en efectivo? ¿Tarjetas de crédito?
El funcionario escupía las preguntas sin esperar respuesta. Julián asomó un fajito de euros de un bolsillo con cierre que traía anudado a la cintura, debajo del pantalón. Así, en plena fila y mostrando el borde de los calzoncillos. Tarjetas de crédito, una y sin intención de usarla. Siete meses en el paro lo habían dejado casi seco, de modo que Julián no tuvo otra que respirar hondo y salir a buscar, como todos los emigrantes, un lugar en el mundo donde poder armar una vida. Argentina, la nueva tierra prometida.
-Es poco para un año. ¿Tiene carta de invitación?
-¿Carta de invitación?
-Sí, para ingresar a Sudamérica los ciudadanos de la Unión Europea necesitan una carta formal de invitación. A menos que ingrese con pasaporte del Mercosur. ¿Usted tiene pasaporte sudamericano? ¿No leyó el instructivo en internet? No me diga que no lo leyó. ¿No tiene una carta de alguien que le pide que lo visite acá en Buenos Aires? ¿Su amigo no le hizo una carta?
-No.- Y en esas dos letras se le desmoronó el mundo.
El funcionario levantó la mirada del pasaporte y lo cerró. -Yo me quedo con esto. Usted va a tener que pasar a la salita de allá.
-Pero, hombre, soy ciudadano español.
No hubo más respuesta. Escoltado por un oficial armado, Julián fue ingresado a una pieza lateral, de ventilación imaginaria, en la que había otros dos españoles, una familia italiana, un griego y un portugués asustado. Se quedó parado, quizás pensando que lo suyo iba a ser rápido, sensación que le duró hasta que el policía volvió a la sala para sacarle el celular.
-No te preocupés, después te lo devolvemos. Esperá acá, que te van a llamar.
No supo cómo tomar que el policía lo tuteara. No se animó a cruzar palabra con nadie. La mujer del italiano lloraba.
Los fueron llamando de a uno. Los que se iban no volvían a la misma salita.
Cuando le tocó el turno de entrar, a Julián lo estaba esperando un oficial que no se tomó la molestia de identificarse, pero la chapa en el bolsillo de la camisa lo hacía de Migraciones. Una mesa, una silla y el oficial. Parecía una sala de interrogatorio.
- No le van a alcanzar los euros que trae. No para un año. ¿Usted piensa trabajar? ¿De qué trabaja usted?
Julián barajó un par de respuestas mentalmente, pero el ajedrez no le daba para más de dos jugadas de proyección, por lo que decidió inmolarse en la honesta.
-Escúcheme. Usted sabe cómo están las cosas en Europa. Un 22% de desempleo en España. No me quedó alternativa. Soy un profesional, diseñador gráfico. No soy un delincuente.
La honesta hizo que el oficial pasara directamente al voceo.
-Sí, están bien jodidos ustedes. Pero eso no es problema mío. Sin carta de invitación estás fregado, pibe.
-Mi padre es argentino -arremetió Julián-, se tuvo que ir a España en el 77, exiliado.
-Y mi abuelo se vino de allá escapando del turro de Franco, y a mi hermano acá lo agarró la crisis del 2001 y el corralito y la puta que los parió, y como tenía congelados los tres pesos que tenía, tuvimos que hacer una vaca entre todos para comprarle un pasaje a Madrid. Arquitecto, mi hermano. Profesor universitario. ¿Sabés cómo lo trataron allá por ser un sudaca sin papeles? ¿Sabés de qué tuvo que laburar? Nos cansamos, pibe. Este país se hizo con gente que no tuvo más remedio que irse de cualquier parte para encontrar un pedacito de paz. "Para todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino". Repetimos el preámbulo de la Constitución y ponemos la otra mejilla. Siempre. Nos cansamos, pibe. Por eso decidimos hacer la recíproca. No inventamos nada. Esto lo inventaron ustedes. Cuando está todo mal allá, se vienen para acá. Cuando está todo mal acá, no nos dejan entrar allá. Les copiamos la fórmula. No te calentés, pibe. El mundo es así, ¿viste? No te calentés.
Todos venimos de alguna parte. Los que nos fuimos. Los que nos quedamos. La situación que narro -a nadie le quepa duda- es una fantasía inconducente, una pésima idea, una demostración ab absurdum de las fronteras alambradas de la solidaridad, de las dilatadas llanuras de la estupidez. Así los pueblos.
* Publicista de Aldea Santiago




