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de La Tercera

 

¿Quién cambió? ¿Yo o mis amigos?, por Sonia Lira

Oct. 03 , 2009

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Esta es la historia de un silencio incómodo. Mejor dicho, de una amistad que se volvió incómoda. Las tres mejores amigas   durante sus años universitarios decidieron reunirse y recordar los viejos tiempos. Querían pasarlo bien, ponerse al día. Pero el encuentro terminó mal. Con angustia, rabia y dudas sobre el sentido de la amistad.

Todo partió cuando dos de ellas se encontraron en el supermercado.  Besos iban y venían; los recuerdos comunes se atoraban. Hasta que una preguntó: "¿Y qué fue de 'la crespa' ?", la tercera integrante del triunvirato.  Cuando se despidieron cada una miró con disimulo el carro de la otra: si el de la morena estaba lleno de colados y   pañales; en el de la rubia abundaban cosméticos y productos diet. 

No comentaron nada al respecto. De todas formas, quedaron de reunirse pronto y,  claro, en ubicar a la"crespa". Fue una tarea fácil, porque ella seguía viviendo en el departamento de siempre y con el pololo histórico. 

 

 


Los primeros contactos fueron vía e-mail. No hubo consenso ni sobre la fecha ni el lugar de "la cumbre", como la llamaron. Entonces recurrieron al teléfono, pero como las diferencias siguieron, organizaron una "mini cumbre". ¡Qué distinto a esa época en que un "vamos"  era suficiente!

Ahora, en cambio, la reunión se estaba convirtiendo en un disgusto. "La morena" quería reunirse en su casa y preparar unas ricas "onces", porque tenía problemas con la empleada y su marido estaba de viaje. La rubia pensó que la idea de compartir un queque era una lata y propuso reservar una mesa en un pub ondero.  Quizás en un lugar así conocería gente interesante. "La crespa", la del pololo histórico,  lanzó la idea: ¿Por qué no mejor juntarse en el mismo boliche de la esquina al que iban 15 años atrás a comerse un completo a medias? Las otras dos la miraron con cara de espanto, la acusaron de haberse quedado "pegada".   Entonces 'la crespa' se sintió atacada y acusó a la morena, la casada, de haberse convertido en una "vieja", mientras que a la rubia la trató de "desubicada" por proponer salir a "carretear".

¿Quién había cambiado? ¿La rubia? ¿La morena? ¿Todas? 

Era como la famosa amistad  entre un hipopótamo y un pingüino sudafricano. Mientras fueron cachorros jugaron felices en el charco del zoo: el pingüino, muy fresco, se subía al lomo de Pepe Pótamo, para ir de una orilla a otra. Eran la gran atracción del parque, el símbolo mismo de la tolerancia, hasta el ominoso día en que el hipopótamo, sin querer, aplastó al ave. ¿Quién había cambiado? ¿El hipopótamo o el pingüino? La verdad es que seguían siendo los mismos animalitos. Sólo habían crecido.  Esa era la diferencia.

Desde el punto de vista de la sicología evolutiva, tanto los "compadres"  del zoológico como el triunvirato de homo sapiens, habían pasado de la adolescencia a la edad adulta. 

Y esto marca una diferencia abismal. Durante la juventud, la tarea es buscar la propia identidad y, para ello, es necesario experimentar, explorar y bucear entre distintas personas. "No sabemos quiénes somos, menos qué queremos y esto incluye a quienes nos rodean. No es que tengas más amigos. No tienes filtro", explica una terapeuta. En la adultez, en cambio, ya se cuenta con una personalidad definida, se sabe quién es y, por lo tanto, qué se quiere. Y eso incluye a "los otros".

En la consulta del sicólogo son normales, entre quienes llegaron a la madurez,  preguntas del estilo "¿por qué mis amigos cambiaron? Los solteros -dicen los especialistas- recriminan a quienes formaron parejas "que ya no son los mismos", que se volvieron rígidos e intolerantes. Pero muchas veces, los comprometidos tampoco están felices y  sienten celos de la libertad de los otros y los acusan de egoístas.

En el caso de las tres amigas, ninguna cambió, así, de repente. Esos rasgos que hoy provocan entre ellas un silencio incómodo, estuvieron siempre allí, latentes. Como la fuerza del hipopótamo que un día aplastó, sin querer, al cómodo pingüino.



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