Matrimonio a oscuras, Por Pelayo Bezanilla
Jan. 25 , 2010
Tengo la costumbre de dormirme tarde, pasadas las 12 de la noche casi por norma. Aprovecho ese tiempo para leer o ver televisión. Como mi mujer, por lo general, prefiere dormirse más temprano y dice que no puede hacerlo si hay demasiada luz o ruido en la pieza (y me lo hace saber cada vez que puede), mis trasnoches suelen ser en una silenciosa penumbra.
No es la mejor manera de leer, pero si quiero avanzar un poco sin que ella termine desvelada, tengo que arreglármelas con la luz del velador. Y eso tiene su ciencia: hay que conseguir que la lámpara apunte directamente hacia el libro, que la almohada esté bien apoyada y que uno, al final, logre acomodarse. Para suerte de mi mujer, el sueño me vence rápido y no paso de las cinco o seis páginas, de modo que mis lecturas no la perturban mayormente.
Sin embargo, ver televisión sin sonido, o a lo más con una barra de volumen, es más difícil. Cuando mi mujer se duerme antes, pongo la TV en "muting" y busco películas que tengan subtítulos, con la dificultad de que no todas las que me interesan los tienen -más de una vez he tenido que adivinar los diálogos de películas enteras, en un heroico gesto de solidaridad nocturna-.
Alguna vez pensé seguir el ejemplo de mi madre -que como yo también se duerme tarde-, que hace muchos años se compró unos audífonos inalámbricos para poder escuchar la televisión sin despertar a mi padre. Pero daban una apariencia un poco "espacial" (por su llamativa antena plateada) y, al menos entonces, sonaban algo extraños. Y la verdad es que tampoco estoy dispuesto a someterme a un trance estético tan indigno.
El mejor de los mundos es cuando ambos nos entusiasmamos con la misma película y el trasnoche es felizmente compartido a plena luz y volumen. El problema es que eso sucede poco, porque tenemos "intereses televisivos discrepantes": yo les hago el quite a los dramones excesivamente lacrimógenos y los reportajes médicos sobre "largas y penosas enfermedades" que a ella tanto le gustan, y ella les hace el quite a las películas cargadas a la sangre y los reportajes de "vida salvaje" que a mí tanto me entretienen.
Sus opciones de elegir programa o canal, en todo caso, son casi siempre bajas por una razón que todo marido que se precie de tal compartirá: el control remoto está siempre bajo mi entero e irrenunciable dominio, salvo que, soberana y libremente, la deje usarlo mientras leo o en señal de generosidad -el manejo del control es, de hecho, uno de los pocos triunfos maritales en los que no ha habido ni habrá nunca margen de negociación-.
Si dejamos fuera el baño, el dormitorio debe ser la prueba máxima de la convivencia matrimonial: significa pasar años de años (cuando la cosa subsiste, claro) compartiendo un espacio limitado donde casi no existe la "propiedad privada". Salvo por el velador, que no digamos que es gran cosa, todos los bienes son "públicos": televisor, cama, clóset, lámparas, alfombras, teléfono…
Pero tampoco es llegar y usarlos. Todo requiere explicación. ¿Por qué apagaste la luz si estoy leyendo? ¿Vas a dejar la ropa tirada ahí? ¿A qué hora vas a apagar la tele? ¿Puedes cerrar la puerta?
Por eso uno va entendiendo a los matrimonios que, ya entrados en años y cansados de las respectivas mañas y manías (y las mías, admito, van por mal camino), optan por tener piezas separadas. Supongo que no debe ser muy estimulante para efectos "pasionales", pero de que tiene su lado bueno, lo tiene, partiendo por esa maravillosa posibilidad de levantarse al baño de madrugada prendiendo todas las luces posibles.





Saludos
Posted by Marcos Lacazette on January 27, 2010 at 09:51 PM CLST #
Posted by jose on February 01, 2010 at 03:58 PM CLST #