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de La Tercera

 

Lo bueno de perderse

Jan. 14 , 2012

6 Comments

Dicen que lo mejor que hacía cuando niño era perderme. Recuerdo un verano en sepia, cuando mi hermano tenía 13, yo apenas 11 y nuestros papás recién se habían separado: mi madre, quizás como para exiliar la pena, nos llevó de vacaciones a Buenos Aires. Era la primera vez que me subía a un avión, y como la ocasión lo ameritaba, embarcamos con camisa y pantalón de tela, pañuelo de género en el bolsillo y, colgando del pescuezo, una crucecita de plata que la noche anterior dejé remojando en un menjunje de agua y pasta de dientes para que estuviera reluciente.

El vuelo fue con una sonrisa sin escalas ni turbulencias. Después del aterrizaje, un bus nos esperaba para llevarnos directo al hotel, aunque, por un error de lectura del chofer, terminamos en uno de nombre parecido, pero equivocado. Recién en la recepción nos dimos cuenta; afortunadamente, nuestro verdadero destino quedaba a pocas cuadras, por lo que decidimos caminar acarreando bolsos y maletas sin ruedas.

Justo en la esquina de calle Florida con Lavalle, apunté a la izquierda preguntando a mi mamá si el hotel quedaba para allá. Sin mirarme contestó: "Sí, es para la derecha" y, como en aquel entonces diestra y siniestra se confundían en mi saber, nos separamos.

A paso redoblado peregriné concentrado sólo en el suelo de la peatonal, después de un rato con los sesos revueltos por esa humedad porteña que empapa febrero, giré mi cabeza lanzando la insoportable pregunta que todo mocoso, en cada viaje, hace a sus padres: "¿Cuánto falta?"..., pero no hubo respuesta, tampoco hermano ni mamá, sólo un choclón de personas apuradas. Inmediatamente, mi corazón comenzó a galopar, el sudor se volvió escarcha y toda mi piel de pajarraco.

Era un náufrago en medio de un mar de gente. Dos o tres minutos (que parecieron meses) estuve tieso en esa isla de resignación, hasta que, de pronto, entre el cardumen de oficinistas anónimos asomó un hombre joven vestido de cascanuez. Llevaba chaqueta color burdeo, dos cordones dorados atravesando su pecho, hombreras llorando flecos del mismo tono y un gorro que en cualquier otra circunstancia me hubiera dado mucha risa. Lo más extraño, caminaba directo hacia mí. Cuando empuñé la maleta pensando en un robo, dijo algo como: "Che, ¿vos sos Marcelo?". "Sí", le contesté con la cabeza (mi boca tenía pestillo en ese momento), "vení, tu mamá te espera". Y así recorrí las cuatro cuadras umbilicales sin despegarme más de medio metro de este nuevo superhéroe con sombrero chistoso que hasta tuvo la delicadeza de llevar la maleta.

Al llegar, mi hermano me esperaba con un reto (obvio, era el mayor), mi mamá con un beso y descubrí que mi salvador no era un soldadito de plomo, sino uno de los botones del hotel, pero lo más importante, pude entender que definitivamente el juego de vivir está en sobrevivir, incluso, a la pena de tener al viejo lejos.

Aunque este extravío encalló en mi memoria como un recuerdo sin mástil, indeseado y angustioso, casi toda mi niñez se escribe con un sinnúmero de párrafos en los que siempre me perdía. Sucedió como puntos seguidos en supermercados, playas y en cualquier barrio, generalmente, con un final repetido, porque cuando me encontraban o volvía solito, un gran reto me recibía. (En esos días, no entendía tanto alboroto por un ratito de ausencia, hasta que, claro, me convertí en papá y comprobé lo chica que se te vuelve el alma cuando pierdes de vista a tus críos).

Del colegio a la casa, acostumbraba tomar micros de recorridos ajenos y bajar en cualquier paradero sin importarme demasiado en cuál, total, sabía que preguntando se llega a Grecia (sí, Avenida Grecia, donde yo vivía). Para que la vida me llevara a su antojo, muchas veces doblé en una esquina que no era la correcta. Disfrutaba el viaje lateral más que vertical, renunciando al atajo para saborear un desvío que parecía aún más atractivo que el destino (quizás, por esa pena nunca extirpada de llegar a una casa sin papá). 

A muchos les aterra la idea de perderse y, por lo mismo, no sueltan mapa, celular o GPS y, a pesar de que también una gran mayoría son tan machitos que se avergüenzan de equivocar la ruta y prefieren dar vueltas rabiosas antes de preguntar y reconocer frente a un extraño que no tienen idea dónde están parados, siempre he creído que es necesario perderse por un rato. Sirve para encontrarse, sentirse minúsculo, extrañar y animar la tesitura y aunque hoy, entre tanta obligación y licitación ya casi no tengo tiempo de extravíos, ayer salí de vacaciones directo a un sol extranjero, y como Cees Nooteboom dice que la mejor forma de conocer un país es perderse en él, prometí repartir el tiempo entre playas y paseos familiares con algún camino que improvise el derrotero, aunque, eso sí, por ningún motivo voy a soltar las manitos de mis hijos.

* Publicista, guionista y director general creativo de Proximity.



Comments:

hoy decidí leer el diario y no ver noticias, por que la gente gritando o llorando no provoca mucho agrado.
Me he encontrado con esta columna, fascinante, siempre me ha gustado perderme o caminar mas de la cuenta, incluso lo hice también en argentina por un viaje deportivo. No me queda mas que felicitar a Marcelo por ayudarme a entender porque adquiría sensaciones satisfactorias. Escape, claro.

Posted by Francia V. on January 14, 2012 at 07:59 PM CLST #


Perderse en forma voluntaria es volver a nacer, me ha sucedido en varias ciudades de Mexico o Brasil, para que hablar de Buenos Aires (perderse en Capital Federal tiene una fascinacion unica y uno logra entender a J.L.Borges en su plenitud);Cual es la diferencia de perderse en el Barrio Matanzas de C.Federal, el Barrio Franklin de Santiago o las cercanias de Garuhlos en Sau Paulos, mirar con inocencia el entorno tiene una gran fascinacion...
<8)))

Posted by Fantomas Critica on January 16, 2012 at 08:53 AM CLST #

Mientras leía su columna, recordé lo que usted señala al final de ésta, que a veces para encontrarse es necesario perderse y al parecer todos sus extravíos lo han llevado por buen camino…

En cuanto a su hermano, no tengo dudas que hoy haría algo distinto, con el aprendizaje de los años, seguramente hoy en vez de con el reto, lo recibiría con un abrazo, un beso y el amor de hermano (no mayor, sólo hermano, a secas).

Felices vacaciones don Marcelo!!!!

R

Posted by Rolando Lamotta on January 16, 2012 at 10:25 AM CLST #

Ud es un verdadero crack con las palabras, me encantan sus columnas. Por qué no escribe un libro?, con la prosa ya tendría un séquito de lectores.
saludos.

Posted by Leo R on January 22, 2012 at 08:33 AM CLST #

Ohhhhh era terrible perderse cuando niño... me pasó algunas veces... pero sólo las primeras fue terrible, luego era una aventura, como dices, quizás cuando sea padre (si es que la vida me da esa posibilidad) entenderé la angustia de mi madre.

Posted by Rafa Dossetti on January 22, 2012 at 10:57 PM CLST #

usted tiene una capacidad de redaccion impresionante, creo que leyendo su columna no me dio (puede ser un poco ignorante el comentario, pero lo diré jejeje)lata leerlo completo, aunque tampoco es muy extenso, pero normalmente no leo columnas muy largas jejeje. Además todos nos perdimos alguna vez, y yo me ponia muy paranoico.

Posted by Daniel Rodriguez on January 25, 2012 at 10:34 PM CLST #

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