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de La Tercera

 

Esa costumbre de morirse, por Sonia Lira

Oct. 31 , 2009

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Mi primer encontrón con la muerte ocurrió cuando tenía ocho años y hojeaba una revista Geomundo.


En una página a todo color, aparecían fotos de Guanajuato, una región de México donde muchos de sus habitantes tienen la costumbre de no sepultar bajo tierra a sus muertos. Algunos incluso prefieren ponerlos en un nicho, contra la pared, y esperan a que se conviertan en momias. Siempre los visitan. 

Recorté el reportaje y lo escondí en el rincón secreto de la casa. Pero no pude olvidar las imágenes y caí en una depresión infantil que sólo superé tras una celebración de Halloween en Estados Unidos.

Por esos años, vivía en un pueblo de lo que se conoce como la América profunda. Un lugar que era la copia feliz de Springfield, el hogar de Homero Simpson. Para sortear el aburrimiento, sus habitantes festejaban cada fiesta del calendario como si se tratara del fin del mundo, incluido el Día de la Marmota. Y Halloween, por supuesto. 

Compartía techo con un matrimonio mixto. Ella, una chilena que no se aclimataba al sueño americano. El, un gringo cuya idea de la felicidad era tirar la casa por la ventana cada víspera del primero de noviembre. Por eso, con mucha anticipación compraba un cargamento de pumpkins para que su esposa latina las convirtiera en "Jack O' Lantern", la calabaza ahuecada con una vela encendida adentro. 

 

Mi amiga las miraba con lata, pero igual esculpía las mejores pumkins del suburbio. El se sentía orgulloso de ser americano.


Luego comenzaba la tarea de dar con los disfraces apropiados, de comprar los dulces y telas de araña.

Hasta que un día su marido anunció que una "Feria del terror" se había instalado en un bosque cercano a Springfield. "Y ofrece 18 atracciones por sólo siete dólares", dijo.

Fue así como la "Feria del terror" se convirtió en el panorama oficial para ese Halloween. 

En medio del ajetreo, llamé a Santiago para enterarme de cómo iban las cosas.

Sin entusiasmo, mi padre me informó que en Chile estaban comenzando a copiar esta fiesta de origen celta para la noche en que  desaparece la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos.  "¿Dulces o travesuras?" -gritó mi papá-, compré unos dulces de menta picantes para que a estos niñitos de m.. no les queden ganas de venir a molestar el próximo año".

En Springfield ya nos dirigíamos a la "Feria del terror".

Mi amiga no sabía dónde poner la cola de su disfraz de diablita y su esposo debía sacarse cada cierto tiempo la placa de vampiro para evitar lesiones. 

La feria fue un éxito total. Decenas de personas hacían fila para obtener un ticket. Y fue así como  comenzó la tortura, porque entre una atracción y otra había que caminar demasiado por un terreno enlodado, plagado de mosquitos y donde personal especialmente contratado  perseguía a los visitantes con una motosierra de bajo calibre para que nadie hiciera taco. 

Pues bien, cada "atracción" consistía en entrar a cámaras con gases lacrimógenos o en subirse a un vehículo para ser acosado con platillos que retumbaban en las orejas.

El marido de mi amiga disfrutaba como cabro chico y cada cierto tiempo exclamaba "¡Y son 18 atracciones por sólo siete dólares!", como si fuera la gran inversión de su vida.

Entonces, por primera vez eché de menos la costumbre chilena tan sobria de visitar con flores los cementerios para el católico Día de Todos los Santos. Hasta los muertos de Guanajuato me parecieron de un gusto exquisito. Sólo quería descansar en paz, pero todavía faltaban nueve atracciones.

Al año siguiente, invité a una amiga gringa a un cementerio chileno, un primero de noviembre.

Quedó horrorizada. Le pareció tremebundo cómo algunas familias celebraban un picnic junto a una tumba real que, seguro, contenía un muerto también real. Y lo que simplemente no soportó fue parte del ritual de lo que en el campo chileno   se conoce como la "velación de los angelitos". La muerte podía ser muy real por estos lados.

Educada y tolerante, no dijo nada mientras estuvimos en el lugar. Se limitó a poner la misma cara de desesperación que yo tenía en la "Feria del terror", en Springfield.

La diferencia es que yo ya había superado el trauma del reportaje sobre los muertos en Guanajuato que leí alguna vez en una revista. 

Pasó el tiempo y hoy Halloween es una fiesta más en Chile. Esta noche, los niños tocarán el timbre de su casa y preguntarán ¿Dulce o travesura?

Y mi padre les dará esos dulces de menta picantes.

Igual vuelven.



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