El color del azar, por Marcelo Con
Nov. 09 , 2009
Hace casi 30 años, Magallanes empataba con el Audax, faltaban 20 minutos para el final del partido y con ese resultado mi papá conseguía los puntos necesarios para ganar la Polla Gol. Estábamos ilusionados. Lo primero que haríamos sería comprar un televisor en colores y así dejaríamos de ver el mundo en blanco y negro (aunque en esa época casi todo era gris o verde camuflado).El reloj avanzaba y la posibilidad de saber realmente de qué color era Ultramán dejaba de ser un sueño, hasta que el puntero izquierdo del cuadro itálico agarró la pelota fuera del área y metió un zurdazo a un ángulo inalcanzable para el arquero, rompiendo la paridad y la ilusión de mi familia. Si en esos años los niños veían a Godzilla como el peor de los villanos, con mi hermano teníamos un jugador de fútbol a quien odiar.
Gracias a ese gol, aprendí a esperar más de la causalidad que de la casualidad. Por eso, no me gustan los juegos de azar y las veces que pruebo mi suerte, tengo tan poca fe, que jamás gano. Trabajé en una agencia gigante y en una de las fiestas de fin de año sortearon 200 regalos. Había desde pasajes de avión hasta la colección completa de los Beatles interpretados en instrumentos andinos. Eramos 203 empleados, al terminar la noche yo era parte del trío que nos fuimos con las manos vacías. Pero me sentí afortunado, pensé que la verdadera mala suerte era tener que andar en el auto con una versión de Helter Skelter en zampoña.
Confieso que las probabilidades siempre me han parecido odiosas. La nana de un director creativo de esa misma agencia se ganó el premio mayor del Kino, las probabilidades eran escasísimas, de una en cuatro millones y justo ella, tenía el cartón con los 14 aciertos. Llegó gritando al comedor, obviamente toda la familia saltó de alegría, pero a los pocos segundos, mi ex jefe perdió el color y se derrumbó en la silla con la cara desencajada. Y no por el hecho de tener que buscar otra nana, sino porque entendía que las probabilidades de que un premio así de gordo cayera dos veces en la misma casa eran casi imposibles.
También fue muy poco probable que los mismos números que llevaba jugando por años mi tío León salieran sorteados justo la semana en que no los alcanzó a apostar, pero así de cruel es el azar. A veces se gana, pero casi siempre se pierde; incluso, si se consiguen todos los aciertos no hay que cantar victoria.
El familiar de un amigo, la misma noche en que obtuvo los 13 puntos en la Polla Gol celebró como nunca, gastando en una comida lo que no tenía. El problema fue el lunes en la mañana, cuando se entero de que había más de 300 ganadores para repartirse el premio. Con lo que le tocó, ni siquiera alcanzó a cubrir la propina que le dio al mozo. Pero a mi juicio, el verdadero problema del azar es que muchas personas ven en estos juegos la única forma de salir de la pobreza y claro, mientras menos se tiene, más se juega, sobre todo en un país como Chile, donde la riqueza todavía sigue tan mal repartida.
Basta darse una vuelta por las poblaciones para ver todas esas maquinitas traga chauchas que se han hecho diestras en jugar chueco, exprimiendo pensiones, jubilaciones y sueldos de miseria. De a gambas convierten la esperanza en vicio y, cuando alguien sintoniza la ludopatíaa, ahí sí es que la vida se pone oscura, y todo se ve como en el televisor en blanco y negro que seguimos mirando durante años por culpa de un zurdazo.
Pasaron cuatro años de aquel gol y con el fin de fidelizar a sus distribuidores, una empresa de pinturas decidió sortear entre los ferreteros 20 televisores en colores. Daban un cupón por galón, así que mi mamá aprovechó de comprar para su ferretería todo el stock del año. No sé cuantos cupones eran, pero pasamos un mes entero llenándolos con los datos de cada uno. Estábamos tan seguros de que íbamos a ganar, que cuando mi mamá llamó para contarnos que efectivamente uno de nuestros cupones había salido sorteado, con mi hermano nos decepcionamos un poco, porque creíamos que, al menos, ganaríamos dos televisores.
Nunca pregunté a nombre de quién estaba el cupón elegido, aunque siempre supimos que el premio no había sido casual, sino que causal de todas esas noches que terminamos con los dedos acalambrados de tanto escribir. El televisor llegó un sábado en la tarde y, curiosamente, lo primero que vimos fue un partido de fútbol con el mismo puntero izquierdo que nunca se convirtió en crack. Empezando el segundo tiempo, pudimos disfrutar a todo color cómo nuestro villano perdía un penal. Los años seguirían grises en Chile, pero para mi hermano y para mí, ese día tuvo un color muy especial.
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Posted by marilyn palma on January 17, 2010 at 11:34 AM CLST #
Posted by marilyn palma on January 17, 2010 at 11:43 AM CLST #