Diferencia irreconciliable, Por Pelayo Bezanilla
Jan. 09 , 2010
A mi mujer le gusta el mar. A mí, los lagos. Ella es feliz en las playas de la zona central, y yo en los "bordes lacustres" del sur. Ella disfruta capeando olas en aguas saladas, y yo chapoteando en aguas dulces y tranquilas como una taza de leche. Para efectos estivales, tenemos una "diferencia irreconciliable".
Dado que en Chile no hay lagos con olas -salvo las que provoca el temido puelche- ni mares de agua dulce, tenemos dos opciones: o cada uno veranea por su cuenta (con la consiguiente repartición de los niños y el perjuicio para la paz conyugal) o, como matrimonio moderno y dialogante que somos, "negociamos". Y eso es lo que hemos hecho año a año, desde el día en que nos casamos.
Son negociaciones intensas, que generalmente comienzan en octubre y acaban en noviembre. No es que estemos en una pugna permanente de la que se enteran los vecinos. Son más bien negociaciones a la chilena: frases al pasar, indirectas y comentarios solapados, hasta que un día cualquiera mientras vemos televisión o miramos el techo en penumbras, uno de los dos finalmente cede más que el otro y el asunto se zanja.
En los primeros años estos diálogos la favorecieron más a ella, derrota que admito hidalgamente. Como estábamos partiendo y las arcas maritales no permitían odiseas demasiado onerosas, se impuso la propuesta de la zona central sin mayor oposición de mi parte. Con mis dos hijos aún chicos, tampoco había ánimo para pasar las ocho o 10 horas en auto que toma llegar al sur sometidos al tortuoso cuestionario "geo-referencial" de los niños y haciendo escalas sucesivas para atender sus siempre urgentes requerimientos urinarios (no es que esto haya cambiado demasiado, pero las escalas se han reducido).
Una vez que estuvimos económicamente más "consolidados", logré poner el Turistel del Sur sobre la mesa. Ya más perito en los tira y afloja conyugales, preparé bien la estrategia, vi precios y destinos con tiempo y logré que por cuatro o cinco veranos consecutivos (hay un debate no resuelto sobre ese punto) nos instaláramos en las gloriosas orillas de un lago de la IX Región. No fueron triunfos absolutos, en todo caso, porque más de una vez me mostré generoso (por las apariencias, claro) e hice concesiones como pasar una de las tres semanas en la zona central.
Pero las rachas no son eternas. Este año mi mujer jugó bien sus cartas y apeló desde el comienzo al antecedente de los cinco veranos previos, lo que redujo mi margen de maniobra. Mi hija, ya en edad opinante, la apoyó.
Igual me defendí y devolví varios golpes hasta que me dio uno letal: "Si vamos a la playa, a la casa de tu mamá, que va a estar desocupada, no va a salir tan caro como en el sur". No pude contraatacar. Había apuntado justo donde más les duele a aquellos que, como yo, suelen volver de vacaciones con el cargo de conciencia de haber saqueado las arcas familiares y pasado del superávit al déficit en cuestión de semanas. Hasta la imaginé, de regreso en la carretera desde el sur, recordándome: "Te dije que íbamos a gastar más".
Desde la perspectiva del vil dinero, la idea de pasar el verano tragando agua salada terminó pareciéndome bastante más llevadera.
Dentro de todo, hasta ese punto la derrota era relativamente digna. Pero sucede que la casa de mi madre dispone de más piezas que las necesarias para nosotros cuatro, es decir, cabe más gente… y quienes estén casados y tengan suegros y cuñados y cuñadas sabrán que no hay nada más peligroso en este mundo que una casa de playa con camas disponibles en pleno verano. Es casi pecaminoso tenerlas vacías mientras algún miembro de la parentela se asa de calor en Santiago. Supe entonces lo que venía.
"¿Te molesta que invite a mi hermana unos días?", dijo ella.
"Cómo me va a molestar… ¿cuántos días?", respondí yo.
"Una semana, algo así. Y de repente podría decirles también a mis papás", dijo ella.
"Bueno… sí, claro", dije.
Faltaba que me diera el tiro de gracia y me dijera que lo justo es justo y que los últimos dos veranos los hemos pasado en el sur con mi rama de la parentela. Pero no fue necesario: yo había quemado ya toda mi munición y mordía, en silencio, el polvo de la derrota. Es el precio de las diferencias irreconciliables.





Fue como acariciar las hojas de una buena novela con mis ojos.
Suerte para la próxima...
Posted by Humberto Sanguinetti on January 14, 2010 at 11:01 PM CLST #