Buenos días, Por Marcelo Con
Mar. 15 , 2010
Dos buenos amigos de mi abuelo eran hermanos, y aunque no se trataba de gemelos ni tampoco de mellizos, físicamente eran casi iguales, incluso nacieron el mismo mes, aunque con un par de años de diferencia. A pesar de que estos dos viejos asturianos con cara de manzanita eran como dos gotas de sidra, tan parecidos eran por fuera como diferentes por dentro. Mientras el mayor era individualista, desconfiado, soberbio y tacaño, el menor era cariñoso, idealista, desprendido y paleteado. El primogénito era machista, racista y clasista. El benjamín, progresista.
Al primero le fue muy bien económicamente, logró construir un gran imperio de locales comerciales y bienes raíces, el segundo no juntó tanta plata, pero sí, muchos amigos. Al mayor le costaba quedarse dormido y generalmente tenía pesadillas de saqueo donde le robaban sus propios empleados. El menor podía dormir siesta todos los días.
La única ayuda que era capaz de dar el más grande, era la limosna ratona o la moneda guacha que entregaba al pedigüeño de turno, más por miedo al garabato, porque tampoco había tanta conciencia que calmar. Aunque el más chico era de una generosidad dolorosa, pensaba que la beneficencia era sólo un paliativo, porque creía que la única forma de acabar con la pobreza estaba (y sigue estando) en la educación.
En uno de mis veraneos de cabro chico, los dos hermanos arrendaron una casa cerca de la nuestra en Concón. El mayor me ofreció que, al final de las vacaciones, me pagaría 20 pesos por cada día que les llevara el diario. Recuerdo esas mañanas con el viejo levantándose mal genio, enojado, con mirada sabandija y voz rabiosa alegando si estaba nublado o porque había sol (seguramente desconfiaba hasta de su sombra), el otro, en cambio, amanecía con una sonrisa y todas las mañanas se levantaba silbando una melodía que siempre daban ganas de tararear. (Nunca olvido esa canción, como tampoco, que el viejo granuja jamás me pagó).
Con el tiempo, los hermanos dejaron de parecerse físicamente, mientras al mayor se le amargó la cara, el menor nunca perdió sus ojos cosquillosos, tampoco se le cayó el pelo ni se le encorvó la espalda. Finalmente, el más grande terminó acompañado sólo de cuentas corrientes y depósitos a plazo, no se casó ni tuvo hijos, y salvo mi abuelo, no tenía más amigos. Dicen que en su funeral tuvieron que pedirle ayuda a unos obreros de la construcción que iban pasando por la calle porque faltaban manos para cargar su ataúd. Dicen también que los obreros no aceptaron la propina que mi abuelo les quiso dar.
Por culpa de un cáncer, el segundo debería haber muerto un año después que su hermano, pero un riñón trasplantado, que orgulloso donó uno de los que trabajaban con él, alargó su vida siete años más y así pudo dedicar ese engañito de tiempo a disfrutar su media docena de nietos.
Aunque obviamente ninguno de los dos vivió este terremoto, en ellos pensaba cuando a un amigo le pregunté: "¿Cómo crees que se va a levantar el país después de todo esto?", "con solidaridad, con esfuerzo y con garra, somos un pueblo que no se rinde ante la adversidad", dijo, y claro, estoy seguro que así será y que las pérdidas materiales se recuperarán y las humanas jamás se olvidarán, pero mi pregunta era otra: ¿Cómo nos vamos a levantar como sociedad?, ¿como el viejo amargado que sólo le importa el beneficio propio o como el hermano humano que también se preocupa de los demás? Creo que este cataclismo es la gran oportunidad que tenemos de construir un nuevo y mejor país, quiero pensar que este terremoto también remeció una sociedad que, en los últimos 30 años, ha privilegiado el individualismo, valorando a las personas exclusivamente por lo que tienen y donde el verbo más conjugado es competir y no compartir, esta sociedad que ignora al vecino y mira con desconfianza al prójimo, mal que mal, es el rival a vencer. Volveremos a construir nuestras casas y carreteras, pero también podemos levantar otro Chile, uno más humano, más justo y solidario, un país menos soberbio y arrogante (no dejo de pensar en las 120 toneladas de agua que donó Bolivia), con una sociedad donde lo importante no sea consumir insaciablemente ni acaparar riqueza como enfermos, donde la codicia se transforme en conciencia y donde, de una vez por todas, podamos erradicar el interés mezquino y la acción canalla. Una sociedad que cada mañana se levante silbando una melodía que todos quieran y puedan tararear.





jc.
Posted by juan carlos olivera on March 15, 2010 at 06:51 PM CLT #
Carmen Gloria
Posted by carmen gloria on March 15, 2010 at 10:10 PM CLT #
Posted by Rodrigo Guendelman on March 16, 2010 at 12:38 AM CLT #
Posted by Ale García on March 16, 2010 at 09:20 AM CLT #
Encuentro excelente la columna.Sin duda que tenemos mucho que aprender de todo lo sucedido para aplicarlo al futuro de Chile.No creo que el color político del gobierno tenga nada que ver, como parece indicar el sr.Olivera.Aquí se necesita un sentido de unidad nacional,un cambio en la conciencia ciudadana,no fácil de conseguir.Una reconstrucción de los valores.
Posted by ANITA on March 16, 2010 at 10:02 AM CLT #
Posted by juan carlos olivera on March 16, 2010 at 05:20 PM CLT #
Con respecto al relato me gustaria dejar un momento de lado el color politico al cual "individualmente" pertenecemos. Este cataclismo afecto a todo un pais y a todos les toco un poco, tengo fe en que lo que se viene para mi chile solidario sera mejor!!!
Posted by Joan Poblete Neto on March 19, 2010 at 07:43 PM CLT #
Posted by Hosting en Colombia on June 22, 2010 at 12:27 PM CLT #