Columnas de Negocios

 

"Mentirillas y disparates fiscales", por Barry Eichengreen

Jul. 19 , 2010

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En todo el mundo, el debate sobre la consolidación fiscal tiene el sonido distintivo de dos voces que se superponen entre sí.


Una de las voces es la de aquellos que insisten en que los gobiernos deben tomar medidas ahora mismo, a cualquier costo, para controlar los déficits presupuestarios. Llevar las finanzas públicas a una situación sostenible, arguyen, es esencial para tranquilizar a los mercados financieros. Si se realizan esfuerzos concertados para equilibrar los presupuestos, se fomentará la confianza. Y si se restablece la confianza, el consumo y la inversión aumentarán.


Desde este punto de vista, reducir los déficits será una medida expansionaria. Como prueba de que esto no se trata simplemente de una posibilidad hipotética, los defensores de la consolidación fiscal señalan casos como el de Dinamarca a principios de los años 1980, Irlanda a fines de los años 1980 y Finlandia en los años 1990.


Del otro lado están los que insisten en que sigue siendo necesario un mayor gasto público para respaldar la demanda. El gasto privado es aún débil, mucho más donde un alto desempleo persistente ha llevado a los consumidores, preocupados por sus perspectivas futuras, a guardar sus billeteras en el bolsillo.


Es más, objetan los críticos, la evidencia en respaldo de las consolidaciones fiscales expansionarias es errónea. En cada caso en que la consolidación supuestamente fue expansionaría, la economía creció por algún tercer factor. Dinamarca creció, a pesar de los recortes fiscales, porque las tasas de interés, en un principio de dos dígitos, cayeron. Irlanda y Finlandia crecieron, a pesar de los recortes fiscales, porque el tipo de cambio cayó marcadamente, alentando las exportaciones.


La economía mundial hoy, desesperada como está por la demanda, no puede recurrir a ninguno de los dos mecanismos. Las tasas de interés en muchos países ya son prácticamente de cero. Y todos los países no pueden depreciar sus tipos de cambio al mismo tiempo.


¿Quién tiene razón entonces? Consideremos la siguiente imagen: consumidores e inversores como pasajeros en un auto precipitándose directamente hacia una pared de ladrillos. En este caso, el conductor que pone el pie en el freno les dará a los pasajeros mayor confianza.


Aquí, los pasajeros factibles son las empresas del sur de Europa. Ellas entienden que las posiciones fiscales de sus países no son sustentables. Saben que el impago de la deuda sería perjudicial. Al ver la economía precipitarse hacia una pared de ladrillos, contienen la respiración colectiva, mientas que la evidencia de que el gobierno habla en serio cuando pone el pie en el freno puede inducirlas a exhalar. En este caso, es probable que la consolidación fiscal afecte su gasto de inversión de manera positiva.


Esto no implica que Grecia, Portugal y España se vayan a expandir de manera robusta como lo hicieron Dinamarca, Irlanda y Finlandia en los años 1980 y 1990. No pueden bajar el tipo de cambio para favorecer las exportaciones. Pero pueden reducir las tasas de interés si eliminan el riesgo percibido de un impago soberano. Los bancos podrán pedirse dinero prestado mutuamente por menos, y así podrán prestarles a las firmas por menos. Esto sugiere que la inversión puede responder mejor de lo que temen los pesimistas.


Ahora bien, lo que podría funcionar en el sur de Europa no tiene posibilidades de funcionar en otras partes. En otras economías del G-20, entre ellas Estados Unidos, Alemania, China y Japón, el auto sigue circulando a velocidad crucero por un camino despejado. La velocidad fiscal puede ser considerable –es decir, los déficits pueden ser grandes-, pero no existe ninguna evidencia de una pared de ladrillos por delante. Las tasas de interés sobre la deuda gubernamental siguen estando bajas. Si los pasajeros empezaran a intranquilizarse, éstas aumentarían. En este momento, no están intranquilos.


En estos países, no existe por lo tanto ninguna razón para pensar que la consolidación fiscal tendría un marcado efecto positivo en la confianza. Esa posibilidad podría plantearse en algún momento del futuro, cuando la proverbial pared de ladrillos apareciera a la vista. Pero todavía no se la vislumbra en el horizonte, lo que significa que no habría ninguna respuesta positiva del gasto privado para amortiguar los recortes del gasto público. En consecuencia, los recortes presupuestarios serían marcadamente contradictorios.


Finalmente, existen los casos fronterizos, como Gran Bretaña. El ministro de Economía y Hacienda, George Osborne, insiste en que la trayectoria fiscal de su país es peligrosamente insostenible, y ha propuesto recortes draconianos. Otros están marcadamente en desacuerdo y observan el nivel persistentemente bajo de las tasas de interés, y el hecho de que incluso bajo el programa del gobierno anterior ya se calculaba que los costos de endeudamiento netos caerían en aproximadamente dos tercios entre 2010-11 y 2014-15.


Es casi como si los gobiernos como el de Gran Bretaña estuvieran intentando manipular al sector privado y hacerle creer que las condiciones severas necesarias para una consolidación fiscal expansionaria ya se cumplieron. Es como si intentaran aterrorizar al sector privado, de manera que cuando caiga realmente el hacha fiscal, consumidores e inversores se sientan tan aliviados de que el desastre se haya evitado que decidan aumentar el gasto.


Si fuera así, los líderes están jugando un juego peligroso que depende de fomentar un mayor gasto futuro  alentando a  los consumidores y a los inversores ahora, al mismo tiempo que se deprime el gasto real justo cuando se lo necesita con más urgencia.


O tal vez los políticos no creen en nada de todo esto y simplemente intentan recortar el gasto por motivos ideológicos, sin pensar en las consecuencias económicas. ¿Pero quién sería tan cínico de creer eso?


Profesor de Economía de la Universidad de California, Berkeley. Project Syndicate.



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