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Los malditos, por Alejandro Zambra

Feb. 05 , 2012

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Publicado en La Tercera, 05 de febrero de 2012

Los autores de Los malditos demuestran que esas vidas merecieron ser vividas.

Fogwill pensaba que escribimos para no ser escritos, para que nadie intente descifrarnos, convertirnos en personajes, banalizarnos. Y hace un tiempo Germán Marín dijo que escribía para ahorrarse la plata del psiquiatra. Aunque a Fogwill yo lo quería mucho y a Marín no lo quiero nada, estoy de acuerdo con los dos: creo que escribimos para no ser escritos, para que nadie nos reduzca o nos simplifique, y que también lo hacemos porque confiamos en el auxilio de esa terapia permanente: "Que la escritura da calma/ a los tormentos del alma", decía Violeta Parra.

Pienso en estos asuntos mientras leo Los malditos, la antología preparada por Leila Guerriero, un libro brillante y complejo que reúne los perfiles biográficos de 17 escritores latinoamericanos. La pregunta es inevitable: ¿Qué pensarían los biografiados sobre el hecho de figurar en una selección como esta? Ellos, que querían escribir y no ser escritos; ellos, que querían ser autores y no personajes.

Decimos que un escritor es maldito por motivos aparentemente vagos, y sin embargo sabemos muy bien de qué estamos hablando: de una cierta fatal disidencia, de un desacomodo ante las normas del mundo, de un deseo de provocación, de un destino trágico. Y de alcohol, de pastillas, de sexualidades intensas. Casi siempre estos autores escribieron obras importantes, pero creo que, más allá de la calidad de sus libros, el rasgo decisivo de los malditos es que para ellos era verdaderamente confuso el límite entre la literatura y la vida.

¿Es maldita la mujer que escribe en su diario, algún día del año 1962, que sólo después de tomar diez cafés y tragar varias pastillas revitalizantes cerebrales puede andar tranquilamente por la calle sin que "el deseo de matarme se haga imperioso"? Esa mujer -Alejandra Pizarnik- escribió una obra maravillosa y estoy seguro de que igual admiraríamos sus poemas si la autora hubiera llevado una vida convencional, aunque de haber sido así habría escrito otros poemas, o acaso ninguno, porque parece que la gente demasiado feliz no escribe poemas.
Me gusta mucho lo que dice Cristina Piña sobre Pizarnik, en el perfil -para mí el mejor del libro- firmado por Mariana Enríquez: "Apostó todo al lenguaje. Y cuando el lenguaje se fue a la mierda, o ella lo hizo irse a la mierda, se destruyó lo que había armado, lo que la contenía (…). Es como cuando un chico se enoja y rompe un juguete. Queda devastado, después se quiere morir, porque no lo puede arreglar. Alejandra rompió la casa de muñecas donde podía vivir y quedó a la intemperie".

Los encargados de escribir estos perfiles -Alan Pauls, Alejandra Costamagna, Gabriela Alemán, Oscar Contardo, Rafael Lemus y Daniel Titinger, entre ellos- realmente aman la literatura y no pretenden convertirla en letra muerta. En ninguno de estos perfiles se intenta simplificar las vidas de los biografiados ni mucho menos "explicar", a través de la anécdota, sus obras. El vínculo entre vida y obra es siempre complejo y misterioso, y si las obras perduran es porque en ellas laten direcciones desconocidas para quienes las escribieron y para quienes las leemos. Este libro prestigia a la literatura, porque no ve en ella un simple depósito de traumas.

En Los malditos se consigue algo asombroso: retratar a esos escritores que no querían ser escritos de un modo que, sin embargo, probablemente no les habría molestado, pero no porque en estos perfiles se callen -que no se callan- los detalles ni los secretos, o porque en ellos se ensalce sin más, en obediente beneficio del mito, a los biografiados, sino porque gracias a investigaciones rigurosas y a una escritura plena y comprometida, los autores de Los malditos demuestran que esas vidas merecieron ser vividas y que esos libros merecieron ser escritos.

Alejandro Zambra, Autor de Formas de volver a casa y académico UDP.



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