Contestatarios gringos, por Juan Manuel Vial
Jan. 14 , 2012
Publicado en La Tercera, Sábado 14 de Enero de 2012.
El libro con que Matías Kunstmann debuta como escritor transcurre en la ciudad de Nueva York, casi siempre al interior del campus de la Universidad de Columbia, aunque en ocasiones los personajes principales abandonan el recinto educacional y transitan por el barrio de Brooklyn Heights (no "Hights", como escribe Kunstmann). Por fortuna la novela no trata asuntos académicos en profundidad, a pesar de que tanto el autor como el narrador demuestran una marcada vocación por la física cuántica. Lo improbable de mí se centra en una línea simple de suspenso creciente que se interrumpe al final, cuando el protagonista pone en práctica lo que él entiende por "abandono".
En las semanas previas a la invasión de Irak perpetrada por el gobierno de Bush, ocurren en la universidad ciertos atentados ridículos y relativamente pacíficos -los incidentes casi siempre involucran el uso de pintura roja-, hechos que de manera indirecta involucran a Cristóbal Fernández, un físico chileno que se encuentra allí desarrollando una investigación acerca de los agujeros negros.
Fernández es también el narrador y el personaje central de la historia. Y a medida que la trama gana en velocidad, el joven va adquiriendo más y más atributos propios del nihilismo, en parte debido al vértigo de las situaciones que le toca enfrentar, y, en parte, guiado por ciertas lecturas de física que Kunstmann comparte con el lector a través de breves apéndices intercalados en el texto central. El opuesto de Fernández viene a ser la muchacha gringa que llegará a convertirse en su novia, Kate, quien además de estudiar una maestría en Derecho en Columbia, es militante activa en el movimiento que está detrás de los atentados (la organización se autodenomina "Pensadores radicales en acción", y en cuanto a ideología tiene mucho en común con los actuales indignados de Wall Street).
Al comienzo del libro, durante un foro sobre la conveniencia o no de invadir Irak, Cristóbal choca accidentalmente con Kate en medio de un desorden inesperado; minutos antes, alguien le ha vaciado un tarro de pintura roja en la cabeza a un expositor pro invasión de Irak, y luego de un sorpresivo corte de luz, otro alguien escribe en la pared del auditórium con aerosol rojo la siguiente consigna: "¡No al circo del poder!". La joven, alcanza a percatarse Fernández antes de perderla de vista, tenía los dedos manchados con pintura roja.
Kunstmann transmite una imagen acertada de cómo se articulan, funcionan y se expresan los grupos de jóvenes contestatarios en Estados Unidos. Aquel sondeo certero de una manifestación sociocultural ajena es el que está mejor logrado en la novela, el que le da provecho y trascendencia al resto de un entramado que, a ratos, también se sustenta sobre caricaturas, como la de Pepe, el estudiante peruano que comparte morada con Fernández, o Siri, la chica obesa que, a su vez, vive con Kate.
Hacia el final del libro, Fernández, ya en plan de fuga, resume con palabras elocuentes el abandono y desencanto que lo embargan. Y lo que pudo ser una novelita de aventuras verosímiles, toma un giro decididamente trascendental: "No hay nada allá afuera, nada ajeno al pequeño jardín de la propia existencia, esa dimensión única de experiencias ordenadas al arbitrio del narrador omnisciente que somos. Todo lo demás es un juego, una simple abstracción. Por más que Kate se empeñara en intentar cambiar las cosas esa mañana, es imposible escapar a la realidad perceptible, la única realidad: que el plural es un engaño y que nadie espera a nadie en ningún puente. Ni a ella, ni tampoco a mí".




