Bertoni en imágenes, por Catalina Mena
Dec. 31 , 2011
Publicado por La Tercera, 31 de diciembre de 2011.
No es la precaria belleza de sus imágenes, ni el ingenio sutil de su factura, ni la rotunda simplicidad de su lenguaje: lo que hace tan poderosa la obra visual de Claudio Bertoni es su total honestidad. Casi es imposible ejercer la crítica sobre ella: las palabras no agregan ni quitan, porque no hay nada que explicar. Las cosas están ahí, simplemente. No pretenden aparentar nada, no intentan instalar ningún discurso. Creo que ni siquiera les importa estar o no en la categoría de arte. Es lo que Bertoni hace cuando no está escribiendo. Objetos, acuarelas, dibujos y collages que viene fabricando hace 40 años, en un ejercicio de reciclaje que para él es una especie de meditación: una forma de parar el ruido de la cabeza y pensar con los ojos y las manos.
Como sus poemas, las piezas visuales de Bertoni reciclan elementos de la cotidianidad. La calle, las noticias, las penas, la basura, el amor: todo puede convertirse en imagen. Sus collages son graciosos y ocurrentes, y logran transmitir un momento cultural que se amarra de manera simple y consistente a supropio momento biográfico. Fueron realizados durante los 70, cuando vivía en Londres con la también poeta y artista Cecilia Vicuña. Pero la obra más potente son sus objetos, realizados en los 80 y 90, con palitos ymaderas recogidos a la orilla de la playa, o en cualquier patio trasero. “Yo trabajo con lo que botó la ola”, ha dicho. Son objetos precarios, pobres,
pero muy estéticos. Algo así como llevar la figura del haiku japonés al terreno de la visualidad.
Construcciones sintéticas donde la forma no está al servicio de transmitir un contenido, sino que la forma, en sí misma, es todo el contenido. Su valor está cifrado en el gesto de convertir la basura en una joya, de resignificarla e instalarla en un espacio de arte con la precisión y el poder de síntesis de Bertoni. A diferencia de su poesía -prosaica, cruda, humorística y muchas veces dolida- su obra visual es silenciosa, fina y animada por una mirada amorosa. Pero siempre, en lo que haga, hay esa honestidad que a uno la deja callada.
Es esa total falta de impostura lo que hace que su obra brille, una actitud comparable con la de Juan Pablo Langlois Vicuña, otro artista que trabaja desde la absoluta fidelidad a sí mismo y, quizás no sea casualidad, también reciclando materiales tan despreciados como el papel de diario y dotándolos de una nueva energía interna. Ese ejercicio primario es quizás el punto de inicio de cualquier proyecto artístico: un hilo que hemos perdido entre tanto efectismo y contaminación intelectual.
GALERIA D21
Nueva de Lyon 19, dpto 21.
Hasta el 7 de enero de 2012




