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A la disputa del medioambiente
05.03.2009 | 4 Comments
Si el debate público fuese una casa, se podría decir que el tema medioambiental estuvo siempre relegado a la habitación más oscura e inaccesible, aquella sin ventanas ni salidas a la terraza. La ecología, la naturaleza y el medioambiente eran temas ininteligibles y enigmáticos para la opinión pública, primero por su monopolización por parte de dudosos e impenetrables grupos pseudomísticos, y luego por su aislamiento técnico en laboratorios de biólogos, ingenieros ambientales y otros crípticos expertos.
Hoy el tema ambiental está en todas partes. "Lo ambiental" ya no es un debate técnico, ya no puede serlo, no cuando adopta tan diferentes formas y se cuela por todos los intersticios de nuestra vida cotidiana. Aparece en una campaña política, como bolsas reciclables en un supermercado, bajo el formato de una protesta contra un vertedero, asumido como una restricción vehicular, posicionado en discursos gubernamentales, instruido en colegios y escuelas, movilizado en estrategias de marketing, declarado en la oposición de un alcalde a una planta de gas propano y promocionado en spots publicitarios.
Muchos dirán que lo anterior no es más que el aprovechamiento político y comercial del último tema de moda. Puede ser. Pero sociológicamente hay otro hecho importante detrás de la multiplicación del issue ambiental: que los expertos nunca más podrán ejercer control sobre él. O lo que es lo mismo, nunca más podrán separarse los elementos "sociales" de los "técnicos", ni los "irracionales" de los "racionales". El debate medioambiental quedó a la intemperie; nunca más estará protegido por la seguridad de los laboratorios ni circunscrito a los papers expertos: ahora le toca lidiar con todo lo que sucede cuando entran en la arena pública las agrupaciones ciudadanas, las campañas del retail, los blogs, los políticos, las ONG, los grupos corporativos, las asociaciones de consumidores, las "señoras Juanitas" y las encuestas, sin contar al universo de científicos, técnicos y tecnócratas que pueblan el debate. En EEUU, por ejemplo, ya es imposible separar el movimiento ambientalista del discurso de los civil rights, con todo lo que eso implica. Racismo, daño ecológico, pobreza, calentamiento global, segregación, deforestación y participación ciudadana entran todos dentro de un mismo paquete. En Francia, el soterramiento de desechos nucleares en la provincia de Bresse condujo a un debate ampliado, donde participaron vecinos, empresas agroindustriales y productores vitivinícolas. En Dinamarca se crearon las "Concensus Conferences" para debatir, de forma amplia y transversal, sobre distintas controversias medioambientales.
En Chile, cuando las controversias ambientales comienzan a multiplicarse, expandirse y entreverarse con otros agentes, espacios y dinámicas sociales, tenemos que reflexionar sobre cómo enfrentaremos estas situaciones -de Chaitén a los pozos del río Azufre, de Aysén a las antenas celulares en Santiago-. No son pocos los que pretenden que los conflictos ambientales se resuelvan entre expertos, porque consideran, aunque no lo digan abiertamente, que las masas son ignorantes, tendenciosas e irracionales. Quieren que "lo ambiental" vuelva a la habitación tapiada de la Ciencia, para que por fin ésta pueda entregar un poco de cordura entre tanta desinformación. ¿Pero cómo determinar qué es "desinformación" en situaciones donde el origen del debate es, precisamente, la falta de información? ¿Cómo definir lo "racional" cuando se trata de enredos formados por elementos biológicos, económicos, morales y culturales, cada uno con sus propias y válidas definiciones de lo "irracional"? Lo que aquí está en juego es nuestra capacidad para aceptar, y reforzar, las reglas de la democracia liberal y de una sociedad donde todas las voces cuentan, y de verdad. Ojalá que nuestros tomadores de decisiones sepan verlo así y no vuelvan a una versión añeja de la ingeniería social.
Hoy el tema ambiental está en todas partes. "Lo ambiental" ya no es un debate técnico, ya no puede serlo, no cuando adopta tan diferentes formas y se cuela por todos los intersticios de nuestra vida cotidiana. Aparece en una campaña política, como bolsas reciclables en un supermercado, bajo el formato de una protesta contra un vertedero, asumido como una restricción vehicular, posicionado en discursos gubernamentales, instruido en colegios y escuelas, movilizado en estrategias de marketing, declarado en la oposición de un alcalde a una planta de gas propano y promocionado en spots publicitarios.
Muchos dirán que lo anterior no es más que el aprovechamiento político y comercial del último tema de moda. Puede ser. Pero sociológicamente hay otro hecho importante detrás de la multiplicación del issue ambiental: que los expertos nunca más podrán ejercer control sobre él. O lo que es lo mismo, nunca más podrán separarse los elementos "sociales" de los "técnicos", ni los "irracionales" de los "racionales". El debate medioambiental quedó a la intemperie; nunca más estará protegido por la seguridad de los laboratorios ni circunscrito a los papers expertos: ahora le toca lidiar con todo lo que sucede cuando entran en la arena pública las agrupaciones ciudadanas, las campañas del retail, los blogs, los políticos, las ONG, los grupos corporativos, las asociaciones de consumidores, las "señoras Juanitas" y las encuestas, sin contar al universo de científicos, técnicos y tecnócratas que pueblan el debate. En EEUU, por ejemplo, ya es imposible separar el movimiento ambientalista del discurso de los civil rights, con todo lo que eso implica. Racismo, daño ecológico, pobreza, calentamiento global, segregación, deforestación y participación ciudadana entran todos dentro de un mismo paquete. En Francia, el soterramiento de desechos nucleares en la provincia de Bresse condujo a un debate ampliado, donde participaron vecinos, empresas agroindustriales y productores vitivinícolas. En Dinamarca se crearon las "Concensus Conferences" para debatir, de forma amplia y transversal, sobre distintas controversias medioambientales.
En Chile, cuando las controversias ambientales comienzan a multiplicarse, expandirse y entreverarse con otros agentes, espacios y dinámicas sociales, tenemos que reflexionar sobre cómo enfrentaremos estas situaciones -de Chaitén a los pozos del río Azufre, de Aysén a las antenas celulares en Santiago-. No son pocos los que pretenden que los conflictos ambientales se resuelvan entre expertos, porque consideran, aunque no lo digan abiertamente, que las masas son ignorantes, tendenciosas e irracionales. Quieren que "lo ambiental" vuelva a la habitación tapiada de la Ciencia, para que por fin ésta pueda entregar un poco de cordura entre tanta desinformación. ¿Pero cómo determinar qué es "desinformación" en situaciones donde el origen del debate es, precisamente, la falta de información? ¿Cómo definir lo "racional" cuando se trata de enredos formados por elementos biológicos, económicos, morales y culturales, cada uno con sus propias y válidas definiciones de lo "irracional"? Lo que aquí está en juego es nuestra capacidad para aceptar, y reforzar, las reglas de la democracia liberal y de una sociedad donde todas las voces cuentan, y de verdad. Ojalá que nuestros tomadores de decisiones sepan verlo así y no vuelvan a una versión añeja de la ingeniería social.
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Las obsoletas curriculas, hace que se esté perdiendo la oportunidad de preparar a las nuevas generaciones para lo que si o si les tocará vivir.
Se deben tomar y generalizar, lo antes posible, las propuestas de Educacion para el Desarrollo Sostenible de UNESCO.
No hay tiempo que perder.
Posted by Alvaro Castañón Seoane on May 03, 2009 at 11:21 AM CLT #
Posted by Felipe Padilla on May 04, 2009 at 09:42 AM CLT #
Posted by camilo esteban oyarzun on May 04, 2009 at 10:24 AM CLT #
Por ello es importante, para salvaguardar lo que usted señala, no una democracia liberal, sino deliberativa, amplia, informada, participativa.
Posted by Gonzalo Prieto Navarrete on May 04, 2009 at 10:42 AM CLT #