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Plan Tricentenario: Ciudades resilientes
03.09.2010 | 14 Comments
Tres años después de su fundación, Santiago sufría su primera inundación. En 1552 vivió su primer terremoto mientras que Concepción, fundada en 1550, fue azotado por un sismo de gran magnitud en 1570. El primer terremoto que destruyó Valdivia fue en 1575. Valparaíso se demora más en sufrir una gran catástrofe: su primer gran terremoto no llega sino hasta 1822. El Chile urbano nace en medio de la catástrofe. Los terremotos, maremotos, inundaciones, irrupciones volcánicas y aluviones están en el ADN de su historia e identidad. Y esta “marca catastrófica” nos ha seguido a lo largo de la historia, una historia de la que nos vanagloriamos. Pero hoy deberíamos avergonzarnos por no tener, a pesar de nuestra historia, ni la más mínima cultura urbana de la catástrofe. Una cultura urbana de la catástrofe va más allá de formar expertos (en Chile hay, inexplicablemente, siete sismólogos) o de ajustar la normativa (la industria inmobiliaria tendrá, una vez más, que darnos una explicación). Significa, más profundamente, tener “ciudades resilientes”: ciudades capaces de adaptarse, mediante la autoorganización, al nuevo contexto y así mantener niveles mínimos de funcionamiento social. Crear ciudades resilientes no es fácil y requiere tener en consideración varias dimensiones. · Primero que nada, es menester contar con una base material y tecnológica básica. Es sencillamente inaudito que haya que esperar la donación extranjera, en plena “era de la tecnología”, para contar con teléfonos satelitales. · Segundo se requiere una mínima organización institucional: un “plan” que, al decir por el show de incompetencias y equivocaciones visto en estos días, debe ser revisado y reformulado en profundidad. · Tercero, este plan debe necesariamente considerar elementos infraestructurales: vías de escape/acceso, zonas seguras, áreas de aprovisionamiento. · Cuarto, se requiere que la cultura de la catástrofe entre a la escuela. Las nociones básicas para identificar la intensidad de un sismo, evaluar posibles efectos y reaccionar acordemente deberían ser parte del conocimiento obligado de todo profesor egresado en Chile y parte del currículo mínimo de todo estudiante chileno. Pero la clave de la “ciudad resiliente” está en la capacidad de las comunidades para anular la anomia y mantener normas sociales mínimas en momentos de crisis total, que es cuando las pulsiones de “desbande” se disparan. ¿Qué empuja a un ciudadano, en plena catástrofe humana, a incendiar edificios o a saquear viviendas? Más allá de las respuestas naturalistas (instinto de sobrevivencia) o individualistas (desorden psicológico), lo cierto es que algo se quebró en esa comunidad –sus convenciones, normas y parámetros morales- para permitir que ese instinto o esa desviación, antes reprimida o acotada, se despliegue a sus anchas. El quid de la “ciudad resiliente” es mantener, en situaciones de crisis en las cuales no se puede asumir la presencia de un Estado y su poder coercitivo, esas convenciones, normas y parámetros que le dan unidad a la comunidad y le permiten reaccionar organizadamente. ¿Cómo se hace esto? Tres ejes básicos: · Primero que nada, haciendo los planes de emergencia de forma participativa y local. No se trata de “invitar” a los vecinos a dar sus opiniones, sino de una co-creación de conocimiento entre expertos y legos, científicos y ciudadanos, representantes y representados. · Segundo, se debe fomentar la asociatividad vía instituciones locales. Las juntas de vecinos, las parroquias, los clubes de la tercera edad son clave. Es decir, se debe promocionar “lo social” puesto que no se hace solo, sino que requiere de entidades sociotécnicas –salas multiuso, plazas, subsidios, instituciones- que lo construyan, mantengan y expandan. · Y por último, y lo más difícil, es primordial contar con comunidades mínimamente incluidas. Comunidades azotadas por la pobreza, la exclusión y la desesperanza difícilmente podrán movilizar los recursos necesarios para salir adelante en estas situaciones de crisis. Lo que nos ha mostrado el “terremoto humano” en Concepción y Talcahuano no es sólo la violencia de un desastre natural, sino también la situación de abandono y rabia social que viven, con o sin catástrofe, importantes sectores de nuestras ciudades. Un columnista del Wall Street Journal decía que gracias a Friedman y sus “Chicago Boys” Chile es hoy un país desarrollado y con infraestructuras de calidad que hoy no debe sufrir las pérdidas de, por ejemplo, Haití. Sin embargo, al ver los saqueos en los centros urbanos de la VII y VIII regiones queda la sensación de que la (relativa) solidez de nuestras infraestructuras la pagamos a costa de una sociedad desigual e individualista que pulverizó la fuerza y estructura colectiva de nuestras comunidades. En 200 años de desastres naturales, las ciudades chilenas deberían estar preparadas para la catástrofe. El F27 nos demostró lo contrario. Pero no podemos dejar pasar más tiempo. Una meta Tricentenario, tal vez la más importante de todas, debería ser contar con ciudades resilientes, adaptativas y, ante todo, equitativas.
