Opiniones y lucro
Aug. 02 , 2011
Este blog ha estado silencioso durante varios meses precisamente porque sucesos que han interesado a la ciudadanía motivaron una verdadera explosión de opiniones, verbales y escritas, sobre los más variados aspectos de las grandes inquietudes recientes: las fuentes energéticas, protagónicas en lo nuclear por el terremoto en Japón y en lo hidroeléctrico por la polémica en torno a HidroAysén. Y, en lo inmediato, el movimiento estudiantil y los muy diversos temas de la educación: pública, privada, básica, secundaria y terciaria, pagada, gratuita, subvencionada, acreditada o no, en fin. Como se trata de temas cercanos a la ciudadanía, ha sido difícil encontrar quien no tenga opinión formada, como corresponde y es deseable en una democracia que quiere ser más que representativa.
Más que representativa quiere decir ser participativa y eso, claro está, requiere que las opiniones influyan, lo cual a su vez precisa que tengan peso, fundamento y claridad. Si las opiniones vertidas son livianas, tendrán el efecto contrario al deseado: no podrán influir sobre los procesos sociales que buscan modificar.
Tal vez un tema que todavía tolera opiniones, porque ha sido tratado más desde los afectos que desde las ideas, sea el referente al lucro. En un mundo donde todos rinden pleitesía al lucro, los liberales porque está en su sangre, los socialistas porque han visto la necesidad de abrirse al mercado, más no sea parcialmente, como ha ocurrido en Cuba y en China, es difícil vivir ajeno al lucro. Para descargo moral, se hace una distinción entre ingreso y lucro, lo cual por de pronto es un criterio cuantitativo. Quien gana lo justo para sobrevivir mal puede hablar de lucro, así como quien gana dinero porque sabe hacer trabajar el dinero que ya tiene, obviamente no ingresa sino que lucra.
Tal vez se posible aislar la connotación negativa del lucro, identificándolo como la obtención de bienes mediante un incremento de ganancias obtenido ya sea negándoles ingreso a quienes fueron partícipes en la producción de estas ganancias, o sea sobrevalorando lo que se ofrece en el mercado aún cuando ello implica sacrificios severos para quienes no pueden dejar de adquirir los bienes que requieren para vivir.
Así visto, el lucro se obtiene a costa de los demás, y eso le resta valor moral., sobre todo si se lucra especulando con necesidades impostergables, como lo es la educación.
Pero: además necesitamos medicina, y aceptamos que el mundo médico y farmacéutico lucre. Quien tiene una receta es un necesitado que no puede negociar lo que tiene que adquirir, pero eso no preocupa a quien receta, a quien fabrica, y a quien vende el medicamento. Y el conocimiento, tan necesario en un mundo globalizado, según se nos dice, es objeto de venta especulativa: los conglomerados editoriales publican libros y revistas científicas cuyo costo las hace prohibitivas para el particular, onerosas para los centros de estudio. El texto se encarece por el IVA, sí, pero su venta también deja excelentes “márgenes de utilidad” que no es llamado lucro sino compensación por un negocio riesgoso e incierto.
Hay instituciones que por ley o convicción se constituyen en Fundaciones y reniegan del lucro. Sin embargo, cobran y recaudan con entusiasmo, golpeando las economías de sus más frágiles usuarios, y luego desvían los suculentos excedentes a instituciones hermanas –inmobiliarias-; paga a quienes en ellas sirven en forma lo suficientemente generosa para que sus directivos y profesionales den por satisfactoria la contabilidad y migren alegremente desde la esfera pública la privada, lo cual no es criticable pero sí les debilita el piso para vituperar el lucro.
La inmoralidad del lucro debe ser combatida, qué duda cabe. Pero tratar de botar todo un sistema, fuera de ser imposible, tiene costos que pagarán todos, porque el lucro está encadenado a los procesos sociales: si la universidad lucra y endeuda al educando, éste buscará resarcirse posteriormente y, si encarece sus servicios, obligará a su clientela a generar lucro en sus actividades para poder solventar esos servicios. Habrá que actuar con decisión, urgencia y prudencia, haciendo votos porque los políticos entiendan ese lenguaje.




