Miguel Kottow

Bioética y Pensamiento Médico

 

Los órganos del hortelano

Oct. 04 , 2009

3 Comments

Darwin ha dado para mucho, y mi reciente blog al respecto trajo un buen número de respuestas que no quedarán desatendidas, pero los sucesos de cada día tienen cierta prioridad.


A poco meses de distancia, nuevamente  ocupa los titulares el infortunado caso de un niño que fallece por una insuficiencia orgánica, desenlace que, tal vez, hubiese podido ser postergado o evitado con un trasplante de órgano. Mucha ruido periodísitico, escasa solidaridad ciudadana. ¿Qué está ocurriendo en nuestra sociedad, que las tragedias sanitarias son motivo de despliegue público, en vez de quedar resguardadas en la intimidad, en el respeto por el destino personal, por el dolor que busca el recogimiento y, si es posible, consuelo?  Si la publicidad tuviese por objeto recolectar recursos o estimular la donación del órgano tan urgentemente necesitado, ello podría lograrse con un austero llamado, guardando el anonimato que siempre ha sido condición importante del proceso de trasplantación de órganos entre seres humanos. Pero, ya lo hemos vivido, las estridencias publicitarias estimulan el morbo pero no la generosidad.


Pero eso no es todo. Más allá de la impertinente relación de detalles clínicos irrelevantes para el ámbito público, se nos nutre con información sobre presuntas desavenencias entre familiares y terapeutas, unos supuestamente reclamando negligencias al mismo tiempo que agradecen los esfuerzos médicos desplegados, las autoridades refugiándose en el silencio o haciendo descargos que no convencen porque no provienen de los protagonistas. El resultado es un aporte adicional a la desconfianza que se ha instalado entre los diferentes actores sociales y, especialmente  lamentable, entre medicina y ciudadanía. No es que las profesiones sanitarias estén libres de sospechas, pero la confianza es un elemento indispensable para el buen desempeño de los actos médicos, y si está tan deteriorada como lo está, es menester que los médicos vuelvan a ser confiables,  es decir, merecedores de la confianza de sus pacientes. Un proceso complejo, pero muy necesario, por lo que es tanto más deplorable que se nos alimente con incidentes y accidentes sanitarios que, aun cuando efectivamente hayan sucedido, requieren reparación, eventualmente sanción,  más que estruendoso despliegue.


El otro hecho develado, que por su gravedad merecía una cobertura y atención que se dilapidaron en lo escabroso, es que nuestro comportamiento social en cuanto a donación de órganos sufre nuevos retrocesos. La tasa de donación que en 2008 era de un magro 8 por millón de habitantes, llega a solo 3.5 a fines de Septiembre de 2009, lo cual, extrapolando para lo que resta del año,  daría un total de 74 donaciones de órganos, en circunstancias que hay actualmente 1745 pacientes en espera de un trasplante, si es que las cifras publicadas son fidedignas (El Mercurio del 26.09.09).


Frente a este panorama, desolador y regresivo, solo se vislumbra dos posibles paliativos. Uno, destinar recursos para organizar la red informática, la estructura logística, la prestancia técnico-médica y la cobertura económica a objeto de optimizar la obtención, el traslado y el trasplante de las donaciones que se presenten. Dos, agilizar la legislación del consentimiento presunto: todo ciudadano sería posible donante a menos que expresamente se haya negado en vida o sus familiares no lo autoricen. Con ello no se infringe autonomía alguna, pues solo se rescataría órganos sin contrariar voluntades pero aumentando, cabe esperar, las procuras en caso de no haber impedimentos.


Una política como la indicada se fundamenta en la razonable suposición que cualquiera de nosotros, si requiriese un órgano para sí o para sus prójimos, no querría vivir la angustia de ver acercarse la muerte porque nadie se preocupó. Esa legítima esperanza solo se sustenta con una disposición a reducir las trabas técnicas, económicas y culturales que nos han convertido, en esta materia y posiblemente en otras, en avaros de la ética, indispuestos a dar al necesitado aquello que ya no nos servirá.


 



Comments:

Bajo el supuesto que todos seremos donantes, incrementando con ello el número de operaciones que llevarán a cabo los cirujanos especialistas, no sería visto con buenos ojos que el precio de las operaciones se redujera sustancialmente (por ejemplo a un 25% de su valor) para que los que no tengan recursos puedan, también, acceder a esas caras operaciones.

Posted by Eduardo on October 04, 2009 at 09:02 PM CLT #

El consentimiento presunto abre la puerta en Chile a la piratería de órganos que ya hace años tiene presencia preocupante en países desrrollados, recordemos el film "Jesus de Montreal" de hace cerca de 20 años. Se sabe que los órganos deben extraerse con el donante vivo aún, y no hay manera de controlar los atropellos al consentimiento expreso de los familiares en caso de accidentes por ejemplo, en que no pueda ubicarse familiares en el tiempo previo al fallecimiento, o haya falsa declaración.

Posted by Hugo Arias on October 05, 2009 at 08:45 AM CLT #

Una parte del problema viene del modelo de Periódicos Comerciales" (algo así como casas comerciales) Estos no publican para informar - su meta no es informar - sino para vender, en particular publicidad. Más dramas, más escándalos, más circulación, más ventas. Nada ético. Denunciar no es un deber ético, sino una tarea comercial. De este estilo se valen también los familiares, muchas veces buscando, influidos por abogados inescrupulosos, rentabilizar la muerte. Total, en una de estas resulta.

Posted by Carlos Anríquez on October 05, 2009 at 04:17 PM CLT #

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