Lo porcino
May. 04 , 2009
Buena parte de las polémicas que se vive en las sociedades modernas tiene que ver con la relación entre lo público y lo privado. Del Estado provienen leyes que cuidan el orden social, leyes que en lo fundamental regulan las relaciones de los ciudadanos con su sociedad y de las personas entre sí. Queda fuera de estas normas el espacio privado, allí donde cada uno toma decisiones que son personales y atañen al individuo y, eventualmente, a personas con quienes dese compartir estas decisiones. Los grandes problemas sociales se suscitan cuando el poder público invade la esfera privada y dictamina sobre materias que son privativas de cada uno, con consecuentes desprotecciones –la falta de anticoncepción de emergencia- y transgresiones –aborto clandestino-.
La tendencia de la ciudadanía es a resguardar o reconquistar el espacio donde sus decisiones son autónomas, lo cual es evidentemente más fácil de lograr en sociedades seculares que en aquellas con marcada presencia doctrinaria. Por otro lado, el proceso de globalización ha señalado repetidas veces su desinterés por un Estado fuerte, por lo que fomenta la privatización de servicios y bienes, así como el debilitamiento de leyes sociales y laborales. Con todo eso, el ciudadano contemporáneo pierde protección.
Todo esto viene a cuento en los momentos que vivimos crisis sobre crisis. De la económico-financiera baste decir que golpea más fuerte cuando no hay redes sociales de solidaridad, compensación, subsidios de cesantía. Las grandes empresas claman por el rescate, el individuo carece de esa opción.
Ahora, que el mundo enfrenta una crisis adicional con una posible pandemia gripal que cobrará salud y vidas, resurge la pregunta de la relación entre lo público y lo privado.
Desde hace al menos 300 años se reconoce que el Estado vela por la salud poblacional a través de las políticas, los programas y las instituciones de Salud Pública, a la cabeza de las cuales está la Secretaría o el Ministerio de Salud. A la salud pública le debemos los avances sanitarios e higiénicos, las oportunas campañas de vacunación, la educación y promoción en salud. También le debemos algunos errores, como las campañas contra el SIDA, las deficiencias de notificación a las personas HIV (+) o portadoras de hepatitis C.
Nos amenaza el virus de la gripe porcina, contra el cual no hay vacuna y el tratamiento es precario porque, alguien lo dijo hace tiempo, los virus son más inteligentes que nosotros, al menos saben sobrevivir mejor. No han faltado voces clamando por intervenciones públicas para protegernos.
Si la salud pública no tiene medidas útiles de protección, que se abstenga. Si instala termoscanners para detectar enfermos de gripe, ha de recordar que un portador y diseminador del virus pasará 3 días asintomáticos entre contagio y enfermedad, en los que el scanner nada va a detectar. ¿Y si tiene fiebre y se toma dos aspirinas en el avión? A la salud pública es preciso pedirle dos cosas; que no intervenga si carece de medidas eficientes, pero que lo haga con todo rigor si llegase a tenerlas.
Es en el área de la salud donde mejor se prueba la calidad ética de las relación entre lo público y lo privado. Es grave coartar la autonomía de las personas cundo ello no es indispensable para una medida preventiva, como fue el error cometido en algún país de aislar físicamente a personas con SIDA para evitar el contagio. Pero es igualmente grave dejar de imponer una disciplina estricta cuando solo así se logra cumplir una meta sanitaria importante: por eso que en su tiempo fue correcto imponer la vacuna contra la viruela.
Contra la gripe porcina no tenemos más que buenos y vagos consejos, que no deben ser impuestos sino solo recomendados. No sería justificado prohibir los viajes o bloquear los regresos, pero sí es preciso entregar toda la información que exista o aparezca, para que cada uno se comporte de la manera más segura posible, para sí y por los demás.
Hay una relación de coherencia entre la píldora del día después y el virus de la gripe porcina: que los poderes públicos solo intervengan en el mundo personal y privado cuando ello se precise para el bien social común y, en ese caso, comprometan la autonomía individual y exijan la disciplina necesaria para el cabal cumplimiento de la protección.
Colofón: Escrito en una parcela cuyo cuidador me cuenta que fue al policlínico a una curación de su mano herida y donde, sin consultarle, le colocaron la vacuna contra la “influencia”. Era la penúltima disponible, mientras afuera hacían cola unas 20 personas para vacunarse.




Posted by José Luis Contreras on May 04, 2009 at 03:42 PM CLT #
Posted by Julián on May 04, 2009 at 06:10 PM CLT #