Hospital, hospitalidad
Oct. 19 , 2009
Bien sabido y muy repetido es que los fantasmas no existen, pero que los hay, los hay. El sociólogo Thomas tuvo un acierto cuando observó que, si muchas personas creen que algo es real, tendrá consecuencias reales. El fantasma de la ineficiencia intrínseca del Estado es opinión tan generalizada, que ya cursa como verdad que se ratifica toda vez que una gestión pública muestre deficiencias y falencias.
Que ésta es una opinión basada en la experiencia pero infundada como para establecerla como norma invariable, queda demostrado por varias instituciones fiscales altamente eficientes, como son las que recaudan impuestos, el registro civil, el funcionamiento de las fuerzas armadas, como la han sido en su tiempo algunos establecimientos educacionales secundarios o universitarios totalmente financiados por el Estado y otorgando servicios gratuitos. Todavía circulamos por allí quienes recibimos sin costo alguno toda la educación, desde las “preparatorias”, ahora básicas, hasta llegar al diploma profesional.
Nadie desconoce gestiones estatales catastróficas, como podrían serlo ferrocarriles o la locomoción colectiva urbana, pero los ejemplos dados demuestran que la capacidad técnica, la solvencia, de gestión, la eficiencia en cumplir metas no le están negadas por principio al Estado.
Discusión ésta que serviría para amenizar una conversación de pasillo, si no fuese porque prejuicios y experiencias que se generalizan livianamente golpean con fuerza en la vida ciudadana. Hay ciertos servicios que son tan esenciales que ningún miembro del a sociedad debiera carecer de ellos, como son educación, atención médica, servicios de salud pública, protección social básica para situaciones de desempleo, de discapacidad, de edad post-laboral. Nuestro ingreso per cápita y su reconocidamente mala distribución hacen que muchos ciudadanos usen sus ingresos para vivir y no podrán ahorrar para solventar todas las necesidades básicas que ellos y su familia pudiesen requerir. Y entonces, el requisito de asegurarle a todos la cobertura de las necesidades básicas, no podrá ser asumido por instancia alguna salvo el Estado.
Todo esto va como base para reflexionar sobre el recientemente activado tema de los hospitales chilenos, instituciones estatales de las cuales regularmente recibimos noticias que atienden mal, protagonizan incidentes y accidentes médicos severos, carecen de recursos, compran instrumental quirúrgico en la ferretería, confunden guaguas, administran substancias mal etiquetadas, no informan lo que deben, ni callan cuando corresponde. Conclusión, no hay caso: una institución tan compleja y de tan altos costos como un hospital no puede quedar en las torpes manos del Estado, hay que llamar a la mano privada. Pero las clínicas privadas también se caen, pasan por dificultades económicas, cambian de dueño y, al menos en EE.UU. quiebran con cierta frecuencia.
¿Acaso el mercado se interesará por administrar, licitar o comprar un hospital a menos que sea lucrativo?¿Y quién paga el lucro en materias médicas? El paciente, ahora cliente o usuario, pero que por estar enfermo no tiene el dinero necesario a menos que saque su propia existencia a remate e hipoteque su futuro. ¿O pagará el Estado que no tuvo recursos para regentar el hospital y ahora los dispondrá para comprar servicios que la mano privada suministrará con ganancias? Perversa lógica: no tengo dinero para cocinar en casa, pero sí para pagar la cuenta del restaurant.
No hay que ser amigo del Estado para reconocer que ciertos servicios básicos no pueden ser materia de oferta y demanda, porque el necesitado no está en condiciones de negociar. No hay que ser de izquierda -usando una nomenclatura con olor a naftalina-, para saber que el Estado debe proteger a sus ciudadanos y que, si no lo hace pauperiza a la nación, la convierte en colonia. Tampoco es de creerle a los jardineros del terror cuando claman que exigirle al Estado el correcto desempeño de sus tareas indelegables, es condenarnos a los infiernos socialistas.
El Estado debe saber dar salud pública, atención médica, educación y seguridad social. No lo liberemos de esas responsabilidades y de la obligación de ejercerlas con probidad. Hoy ya tenemos que pagar para capacitarnos, para educar a nuestros hijos, y para despachar la receta médica. Pronto deberemos solventar también la sábana del catre clínico, el televisor de la sala de espera y la chata.





En vez de cambiar la constitución, garantizar por completo la salud y educación pública ( y no con un auge que nisiquiera se basa en AVISA), estamos con grupos que lucran con universidades, colegios, jardines infantiles e institutos privados y en salud nadie piensa en reformas de largo plazo y seguimos lucrando con los impuestos de las comidas tóxicas, el tabaco, el alcohol, etc.
Unos tienen el poder y los otros lo desean.
Posted by JP Larraín on October 19, 2009 at 06:56 PM CLST #
Varios puntos interesantes:
1.- La alta tolerancia al error que existe en las instituciones públicas. ¿Hasta cuándo vamos a tolerar la falta de probidad e ineficiencias?
2.- Sacarse las consignas trasnochadas de izquierda/derecha y trabajar por las mejores soluciones. La buena gestión no tiene partido político.
3.- La vulnerabilidad no puede ser negociada y si ocurre debe ser resguardando la probidad y justicia social.
Saludos!
Posted by Jorge P on October 19, 2009 at 11:08 PM CLST #
La necesidad de hacer bién las cosas es imperativo, las decisiones para lograrlo lo más importante
Posted by Hugo arriagada on October 21, 2009 at 10:00 AM CLST #