Miguel Kottow

Bioética y Pensamiento Médico

 

Ayuno público (huelga de hambre)

Sep. 09 , 2011

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En tiempos de efervescencia como la que actualmente vive nuestra realidad social, parece no haber ciudadano que no tenga una opinión sobre los sucesos que vivimos, ni se vea micrófono alguno que filtre las declaraciones públicas que comentan y enjuician las turbulencias del día a día en forma tan diversa y opuesta, ofreciendo visiones muy unilaterales, poco matizadas, cuyo objetivo es impactar más que esclarecer. En medio de confrontaciones fundamentales es natural que así sea, relegando por inoportunas la reflexión y la deliberación ponderada. Sin embargo, una vez que se recojan los escombros, será preciso canalizar los activismos para llevar los resultados a un debate racional a efecto de alcanzar compromisos y acuerdos que permitan apaciguar el activismo, destraben el status quo y mejoren la situación de quienes claman por reconocimiento y resolución de  necesidades impostergables.

No es momento, por lo tanto, de agregar una opinión más, a sabiendas que esta lectura de los códigos sociales será tan incierta y posiblemente sesgada como cualquier otra. Tampoco es válido refugiarse en un silencio culposo que solo osará asomarse después que los dados hayan dejado de rodar. Un silencio del que somos culpables muchos que callamos durante años y ahora levantamos la bandera de la crítica y de la indignación por procesos que debieran habernos inquietado y movido desde hace un buen tiempo.

Hay, no obstante, asuntos focales que es recomendable comentar, y uno de los más relevantes es la huelga de hambre. Desde ya, no corresponde emitir juicio sobre la legitimidad ética de la huelga de hambre como instrumento de presión social y política.  El ayuno público es decisión personal, y quienes opinian que la huelga de hambre “como medida extrema de presión, ha sido cuestionada en su legitimidad ética”, emiten un juicio ético desafortunado por cuanto improcedente. Tan impropia como la opinión que duda de la honestidad de los estudiantes en huelga de hambre, opinión irrespetuosa que no hace sino ahondar las brechas de incomprensión y exacerba los conflictos.

Se ha ido más lejos aún, señalando en repetidas ocasiones que los estudiantes carecen de la madurez para aquilatar las severas consecuencias de su decisión, lo cual significa que todo el movimiento estudiantil no merece ser respetado por cuanto proviene de personas presuntamente inmaduras.  Es ésta una opinión impropia del lenguaje ético que descalifica a las personas y no a las ideas, y tiene connotaciones políticas peligrosas por cuanto agravan las desavenencias si una de las partes es descalificada por ser quien es y no por el contenido de su postura.  Por lo demás, si un joven de 18 años puede hacer el servicio militar, participar en elecciones, e ingresar al mundo laboral, no tendrá sustento alguno calificarlo de “inmaduro” para participar en movimientos sociales y decidir para sí una huelga de hambre.

Sin cuestionar la legitimidad ética de la huelga de hambre en cuanto instrumento de movilización, ni poner en duda que los estudiantes tienen el discernimiento para decidir en esta materia, toda vez que la sociedad se los exige en otros asuntos cabe, no obstante, reflexionar sobre la prudencia de decidir un ayuno público de protesta. Ronda el fantasma de la huelga de hambre en Irlanda del Norte (1981), en que fallecieron 10 huelguistas que habían rechazado alimentación durante más de dos meses. Las huelgas de hambre invariablemente terminan mal y tienen consecuencias muchas veces irreparables. Iniciar el ayuno público es una medida extrema, que por lo general no acelera la resolución de los problemas, sino que incita a reacciones también extremas. Es desconcertante que al escribirse este blog, haya informaciones discrepantes, unos diciendo que ya no hay estudiantes en huelga de hambre, en tanto aparecen noticias que algunos están en serio estado de desnutrición y deshidratación. El testimonio del ayuno público es recibido en forma distorsionada y trunca por una opinión pública que permanece desinformada y, cosa grave, termina indiferente.

Quienes tardíamente pidieron a los estudiantes deponer su huelga de hambre hubiesen debido sopesar los costos humanos que sobrevendrían y haber desincentivado desde el comienzo un decisión extrema que de cualquier modo tendría un desenlace infortunado. Los riesgos crecen a medida que la huelga se prolonga y se producen nuevas situaciones que agravan el conflicto de fondo: daños orgánicos irreversibles, muerte por inanición, intervención con alimentación forzada, coerción para continuar o para suspender la huelga.

 En futuras movilizaciones, porque nadie cree que la actual sea la última, debiera descartarse el empleo de la huelga de hambre porque su contribución efectiva a la fuerza de una causa es muy incierta, pero las consecuencias negativas son inevitables y salpican a todos los involucrados. Triste espectáculo dieron aquellos que organizaron fiestas de empanadas y vino tinto, mientras un grupo de compañeros de causa sufrían los primeros calambres de la inanición.

 Penoso asimismo que comentarios de personas supuestamente calificadas se hubiesen conformado con descalificar y restarle legitimidad ética y competencia de decisión a una manifestación de compromiso que involucra valores más trascendentes y merece una deliberación más respetuosa.



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