Música para gimnasios, por Claudio Vergara
Mar. 31 , 2011
Publicado en La Tercera, 31 de marzo
Britney Spears lanza su séptimo álbum, pero el planeta que alguna vez la graduó como el más aventajado fenómeno del pop sintético ya no es el mismo: los arrebatos visuales y la electrónica de espíritu pretérito de Lady Gaga controlan el género y dominan sin gran contrapeso las listas. Bajo ese escenario, dos caminos: reinventarse con cierta clase o morir en la indiferencia. Dilema cuesta arriba para una estrella cuyo último lustro se sumergió en días de furia y álbumes prescindibles.
Y la estadounidense escogió la cirugía artística, aunque con matices. Optó por adaptarse a las corrientes de moda, aunque bajo sus principios. De algún modo, tiene derecho a hacerlo sin que el fantasma del oportunismo merodee su presente: en 2007, Blackout fue el trabajo que delineó el dance pop corpulento que hoy es hábito, fórmula eclipsada durante esos días por la vorágine de su vida privada. Bajo el mandato de productores sagaces -y con el olfato de la propia artista-, Femme fatale concilia su mejor costado electrónico con canciones paridas para amenazar la hegemonía de Gaga.
El ejercicio concibe una producción irregular, pero con canciones con tanta frescura como para musicalizar a un gimnasio completo y que cuenta con un volumen arrebatador de singles, como hace mucho no sucedía con sus lanzamientos. Guiada por Dr. Luke y Max Martin -productores de amplia reputación en el género-, Spears camufla sus ripios vocales con un cargamento no disimulado de efectos y logra hermanar sintetizadores y bajos gruesos en temas pensados para la pista de baile, como How I roll, Drop Dead (Beautiful) y Trouble for me, mientras que también asoman piezas melancólicas de menor voltaje, como Criminal, evocativas de su faz como intérprete vivencial. Sin ser un disco imprescindible, Spears logra dar el primer paso para recuperar el rentable estatus que alguna vez extravió.
Claudio Vergara, Periodista de música




