Jamiroquai: Bailar con estilo propio, por Claudio Vergara
May. 02 , 2011
Publicado en La Tercera, 02 de mayo del 2011
Jamiroquai puede considerar su último paso por Chile como un pequeño golpe a la cátedra. La banda inglesa logró lo que hoy asoma como una victoria más excepcional que habitual en una cartelera atiborrada de shows: repletar el Movistar Arena la noche del pasado viernes y llevar gente incluso hasta ubicaciones con vista parcial. Todo, pese a tener algunos de los precios más altos de la temporada -su rango iba de $ 18 mil a $ 170 mil y la cancha estaba dividida en tres sectores, incluyendo dos áreas VIP- y a contar con relativa promoción en los medios masivos -no dieron entrevistas y su protagonismo fue incluso inferior al de visitas de menor jerarquía.
Un par de explicaciones fáciles puede apuntar a un público nostálgico de héroes noventeros que alcanzaron una segunda vida, o a fans que no han encontrado un relevo al maridaje de funk y pop patentado por el conjunto. Pero lo cierto es que los argumentos más categóricos están sobre el escenario: la agrupación que lidera el todopoderoso cantante Jay Kay aún es un combo dotado de recursos sólidos para animar la pista de baile.
Antecedido por las correctas presentaciones de los locales Papanegro y Matahari, Jamiroquai incluso debió seguir sorteando algunos escollos en escena, relacionados con graves deficiencias de sonido. A momentos, la fluidez del espectáculo tropezó con acoples que saturaron la voz de Jay Kay y que hicieron que su banda de ocho músicos sonara gruesa y sin mayores matices, sobre todo en el set de vientos. Consciente del traspié, el cantante reprimió una y otra vez a su sonidista y hasta lo encaró en el epílogo del concierto, en una postal más propia de nombres como Charly García que de la flema británica.
Como fuere, el grupo superó cualquier inconveniente con una propuesta anclada en la voz aún reluciente de su frontman -aunque no tiene un carisma arrollador, su sola figura vestida con chaquetón indio y sombrero de plumas se impone- y en un grupo obsesionado con los detalles. Porque a ese estándar ha empujado Jamiroquai sus casi 20 años de vida: sin olvidar su fe en el ritmo y el vigor, los ingleses hoy equilibran sus melodías con largos pasajes sumergidos en la precisión técnica, las atmósferas hipnóticas y los bruscos cambios de sonido típicos de la música negra destinada al baile.
Bajo esa lógica, la partida apostó por el material más reciente, como Rock Dust Light Star y Main Vein, dos composiciones creadas bajo el constante ajuste de piezas que vivió la banda en el nuevo siglo. Luego hubo espacio para hits como Cosmic Girl, una potente Deeper Underground -lejos, lo mejor de la noche- y Space Cowboy, mezcladas con versiones extendidas y reformuladas de Feels just like it should o Love Foolosophy, que hasta rasguñó los 15 minutos.
Quizás esas ansias por alcanzar una propuesta llena de timbres más diversos -ambición que, en todo caso, han apuntado desde sus inicios- ha convertido a Jamiroquai en un conjunto más preocupado de su riqueza instrumental que de despachar hits con piloto automático. Es cierto: no fueron pocos los que lamentaron que su retorno a Santiago haya obviado mega éxitos como Virtual Insanity o When You Gonna Learn? Pero hay una verdad mayor: hoy son un grupo que alcanzó la plena madurez y que puede manejar a su antojo una fórmula establecida como propia y que, hasta ahora, sigue luciendo única en su especie. Sobre todo, porque aún logra que el respetable vuelva a casa con la inigualable satisfacción arrojada por un par de horas de fiesta y baile.
Claudio Vergara, Periodista




