María de los Angeles Fernández

Esto es sin llorar

 

Entre la tarjeta amarilla y el espejismo

Oct. 28 , 2008

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Los momentos que siguen a cada elección se desarrollan de acuerdo con un libreto ya conocido.  La competencia no sólo no cesa sino que se viste de otro ropaje: el intento de cada sector por instalar mediáticamente su propia versión. Así, a pesar de que las distintas fuerzas políticas habrían acordado previamente interpretar los resultados municipales en base al cómputo de concejales, lo que permite medir el real impacto partidario, resulta que la Alianza por Chile saca ahora un conejo del sombrero: la interpretación interesada en base al cómputo de alcaldías obtenidas a lo largo del país. Esta situación, dicho sea de paso, abre oportunidades en las elecciones venideras para fiscalizar en ella el supuesto intervencionismo electoral del que tanto ha acusado al gobierno.

Es posible constatar algunos fenómenos: la previsible baja de la DC; los criterios para evaluar el recurso a las dos listas dentro de la Concertación; el hecho de que un mayor número de población vivirá  bajo la conducción edilicia de la Alianza y el triunfo emblemático del PC en una comuna capitalina gracias al pacto por omisión con la Concertación, contribuyendo a romper progresivamente la injusta exclusión de esta fuerza política. Otros análisis se centrarán en el posible impacto en las elecciones presidenciales; el perturbador fenómeno de los descolgados y la tesis pepedeísta del “hijo pródigo”, tolerando su regreso al redil concertacionista bajo el alegato de que “más vale sumar que restar”; las dinámicas futuras al interior de la Alianza, con la UDI recuperando la fe en sí misma así como el impacto del efecto “mordida” del PRI, originalmente subestimado.

Mientras tanto, la Concertación mantiene una clara ventaja en lo que realmente cuenta: presencia de concejales, manteniendo sus posiciones del año 2004. Sin embargo, ello no debiera oscurecer el hecho de que derrotas en municipios emblemáticos hablan de una ciudadanía que optó por levantar una tarjeta amarilla, instándola a una autocorrección que pudiera referirse, no sólo a la necesidad de unidad, sino a aspectos tales como la selección de candidatos y sus atributos fallidos. Por su parte, la euforia de la Alianza corre el riesgo de traducirse en el “síndrome del espejismo electoral”, queriendo ver un espaldarazo cuando, si se hila más fino, no sólo no logró superar la barrera psicológica autoimpuesta del 40% sino que pudiera haber otra cosa: una mezcla de épica individual (caso Zalaquett) con buenas dosis de descontento.

PUBLICADO EN LA SEGUNDA, LUNES, 27 DE OCTUBRE DE 2008



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