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Fuga sin fin

02.07.2010 | 1 Comments

Fuga sin fin


Joseph Roth


Acantilado, Barcelona, 2003, 158 págs.


En el brevísimo prólogo de Fuga sin fin, Joseph Roth dice: «No he inventado nada, no he compuesto nada. No se trata ya de ‘poetizar’. Lo más importante es lo observado.» No es una aclaración precisamente necesaria, porque el lector ahondará más adelante en la vida del protagonista, Franz Tunda – a quien el propio Roth llama en el prólogo, «mi amigo» – y se dará cuenta de la capacidad de observación de Roth, quien oficia de narrador y artesano en esta novela. Y ya diré por qué artesano.

 

Fuga sin fin es la historia del teniente del ejército austríaco Franz Tunda, quien en 1916 es capturado por militares rusos. Una vez huye se refugia en una granja en Siberia, cuyo dueño es un polaco, Baranowickz, con quien establece una relación de amistad tan profunda como para considerarlo un hermano. Cuando llegan «la paz y la revolución» Tunda decide dejar el refugio y recorrer Rusia, bajo una identidad falsa en la que toma el apellido Baranowickz.

 

Su deseo de regresar a Austria, en todo caso, no estaba determinado por algo en particular: «No tenía un plan determinado; ante él se extendía un camino incierto, lleno de revueltas. Sabía que duraría mucho tiempo. Sólo tenía un propósito: evitar tanto a las tropas blancas como a las rojas y no inmiscuirse en la revolución.» Además de eso, Tunda tenía cierta nostalgia por la novia que había dejado en Austria y que seguramente lo esperaba con la ilusión de las mujeres de aquella época, que velaban por el momento en que la guerra terminara para que sus amados regresaran a recuperarlas. Tunda, sin embargo, se desvió por amor hacia la revolución. Natascha Una mujer muy fuerte, de hierro prácticamente, se convierte en su amante y en la razón por la que se mete casi de lleno en la revolución y trabaja en ella.

 

Con esta historia, Roth reflexiona sobre muchísimos aspectos de su época y de la Europa que le correspondió vivir. Primero, se mete en la historia de un personaje apático, al que la palabra que mejor lo define (y esto lo repite reiteradas veces a lo largo de la obra) es la indiferencia. Tunda no tiene un rumbo, perfectamente puede estar aquí y allá. Lo más interesante de este personaje entrañable que crea Roth, es precisamente eso, que su indiferencia, su apatía, lo llevan, sin pretensiones, a reflexionar sobre la guerra y sus consecuencias. Y sobre todo, a definir una postura crítica de la revolución comunista. Tunda estuvo en ella, militó en ella y tiene los argumentos para entenderla y refutarla y lo escrito por Roth en 1924 adquiere una vigencia tremenda si lo leemos a luz de otros años posteriores (¿los ’60 por ejemplo?). Y por eso Tunda llega a un punto en que se siente totalmente ajeno a eso por lo que lucha: «Tunda no conocía Europa. Había luchado un año y medio por una gran revolución. Pero ahora se daba cuenta, por primera vez, de que no se hacen revoluciones contra ‘la burguesía’, sino contra los panaderos, los camareros…»

 

Roth es dueño de una prosa atrevida que desliza puñales a diestra y siniestra. Se vale de los apuntes de Tunda, o de su propia observación, y tal como lo decía en el primer párrafo, esto se transforma en una labor artesanal. Reflexionar un continente sacudido, desde la mirada de un indiferente apático y de un escritor mordaz que se toma su voz e incluso se da el lujo de que Tunda explique exactamente porqué un escritor es el adecuado para estas reflexiones: «Quizás habría que ser escritor para expresar esto exactamente», dice.

 

¿Esperaba Tunda algo de todas sus correrías? La novela nos muestra como recorre la revolución de la mano de la implacable Natascha, como la deja, como vuelve a ser un civil, como se reencuentra con su hermano, con el mismo Roth. Toda una serie de correrías que sólo aumentan su indiferencia y hacen que, a falta de algo en qué enfocarse, hacen que rebrote el interés en aquella novia que dejó en Austria. Implacable con sus personajes, Roth hace que la mirada de Tunda, a pesar de todas las experiencias vividas, sea al final fútil, porque el pobre Franz espera con ilusión que su novia no sólo lo aguarde, sino que sea la misma de aquellos años, que no se haya transformado en una superficial mujer burguesa, como si él fuese dueño de una inteligencia animada en medio de su apatía.

 

Por lo tanto, Fuga sin fin es también la historia de la constante decepción, de los caminos que sigue el azar cuando las personas lo toman como su guía, y de las consecuencias que tuvo la guerra y la desaparición de Austria en su autor, porque recordemos que Roth también sufrió (como Freud, por ejemplo) la incertidumbre de la pérdida de una nación, que en el fondo redundó en la confusión de la identidad: «su pasado era como un país definitivamente abandonado en el que se han vivido años intrascendentes» y con esta frase no puede quedar mejor reflejada la rabia de un autor ante la pérdida de una tierra a la que poder apegarse.

 

Esta es la historia de Franz Tunda, y su historia individual es a la vez la historia colectiva de un continente afligido por una guerra que comenzó para todos de forma absurda, pero si damos un paso más en la lectura, si leemos entrelíneas a Roth, encontraremos algo infaltable en una obra que supera con creces la terrible prueba de fuego del tiempo: la búsqueda del escritor. Roth se comprende y revela a sí mismo en esta obra, aunque se valga de Tunda para decirlo: «los escritores lo viven todo a través del lenguaje. No pueden sentir algo sin expresarlo». Por eso la necesidad imperiosa de que esta historia de Franz Tunda, como dice el autor en su prólogo, se trate solamente de lo observado.

 

Publicado también en 6Columnas.com

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Comments:

excelente muy adecuado, especialmente eso de los años intrascendentes" no se aplica solo a guerra sino que tambien a este extraño espejismo en que se ha convertido chile...
No estamos todos en la misma fuga errante?

Posted by luis solis on February 08, 2010 at 08:57 AM CLST #

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