23 Comments - 16 May, 2009 - por Pablo Pérez
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Hugo Lazo quería salir... pero tenía cuentas pendientes (Foto: Biblioteca Nacional, archivo Las Últimas Noticias) |
Tres de la tarde del 25 de junio en Santiago. El día está agradable, llovió hace poco. El sol de ese instante invita a caminar en familia y disfrutar el panorama que se ve en este invierno de 1980. El ambiente es tranquilo en la populosa población La Legua, a pesar de la fama de este barrio, que no es de las mejores. Siempre se la estigmatiza porque ahí viven cogoteros, delincuentes de todo tipo y traficantes de drogas.
Para Hugo Lazo, la vida comienza a tomar otro cariz. Hace dos años que no le chorea un peso a nadie. Es que, claro, ser uno de los choros más choros del barrio tiene sus repercusiones. Antes, se dedicaba a robar televisores, radios de automóviles y cuánta cosa que fuera fácil de sustraer. Cuando tenía problemas con la policía, Hugo viajaba a Antofagasta a visitar a sus familiares y, mientras tanto, aprovechaba de dejar su estela y cometía uno que otro “trabajito”.
La vida para él no había sido color de rosa. Nunca conoció a su padre, pero sabía de su existencia. Era el conocido “Chute” Lazo, un trabajador de Chuquicamata que fue famoso por sus relaciones amorosas con las mujeres más lindas del norte. Wilda, madre de Hugo, fue una de las “víctimas” de este personaje nortino. Cuando el “Chute” supo que estaba embarazada, los abandonó a su suerte.
Hombre alto, fornido, de tez blanca y pelo corto y oscuro. Tenía una barriga prominente que, junto con su altura, eran características de él. Muy pocas personas tenían la misma descripción, por ello no era difícil dar con su paradero.
Más conocido como “el Gato”, Hugo se dio a conocer como un hombre fuerte. Nunca bajaba la cabeza y luchaba para ganar respeto entre sus conocidos. Sin embargo, estaba aburrido de su vida. Ya no quería ganar dinero suciamente. Tenía tres bocas que alimentar. Su esposa Victoria y sus dos hijas, Romina y Brenda, de 5 y 4 años respectivamente. Por eso decidió cambiar su suerte. Esa mañana, “el Gato” decidió levantarse temprano para buscar una buena pega.
El drama está que cuando uno lleva tiempo en el ambiente, es más peludo zafarse de ese mundo. Hugo quiso hacerlo. Ya habían pensado cambiarse de casa. Victoria decía que no deseaba que sus hijas vivieran en ese barrio, porque siempre vivían con el terror que algo cuático les pasara.
Pero eso no es todo, la “minga” se debe a que “el Gato” tenía sus yayitas. Todos tenemos una, pero toda una vida como hampón… ¡Uff!, cómo cuesta la cosa. Uno de esos días de choreador profesional, Hugo fue sorprendido por los verdolios robando. Ellos le dijeron que si quería salvarse de la prisión, debía entregar a sus amigos delincuentes. Y lo hizo. No tuvo temor alguno al realizar este acto, sin embargo, las consecuencias llegan prontamente.
Ya son diez para las cuatro de la tarde en La Legua de ese 25 de junio. Nadie cachó en el barrio que el ambiente se enrarecería. Sólo dos personas se percataron de eso: Orlando Orellana, “el Chancho Pelao” y Jorge Moscoso “el Trompudo” sintieron que el aire se había puesto más espeso.
“El Chancho” y el “Trompudo” aguardan pacientemente en la calle que será testigo de un suceso que cambiará la vida de estos delincuentes. La suegra de Hugo advierte que ellos merodean en el barrio. Quizás el error fue no avisarle que lo esperaban afuera. La señora estaba asustada, luego de que los malandras la amenazaran de muerte si es que no entregaba al “Gato”.
Tres minutos antes de las cuatro de la tarde cuando la discusión se vuelve más fuerte, el barrio se entera del problema en el que está metido el Hugo. Ya no hay vuelta atrás. Los malacates lo llaman gritando que debe salir a “arreglar cuentas”. Hugo accede. Sale, conversa y sus amigos lo increpan. Él responde; no se puede quedar callado. Comienza el intercambio de golpes. Hugo se defiende.
Dos para las cuatro: aburridos del forcejeo, porque Hugo es más grande que ellos y no se la pueden con él, llega el momento fatal: Ambos sacan sus pistolas y le disparan dos tiros cada uno por la espalda. Hugo cae mortalmente herido.
Mientras los vecinos observan el fatídico suceso, Hugo comienza a arrastrarse hacia su casa. Los asesinos arrancan sin mirar atrás. No existe pausa en el momento. Hugo sigue reptando en busca de algo. Lo que encuentra es a su pequeña hija Brenda. Ella había observado todo el acontecimiento. Quedó en shock. “Llama a tu mamá y a tu hermanita”, alcanzó a balbucear. Hugo Lazo murió a las 4 de la tarde frente a su casa ubicada en la calle Jorge Cunning 567 de la población La Legua, comuna de San Miguel (de ese tiempo).
Pirulo on May 17, 2009 at 10:48 AM CLT
Pascual Rojo on May 17, 2009 at 03:53 PM CLT
Albertito on May 17, 2009 at 04:28 PM CLT
jaime r on May 18, 2009 at 09:34 AM CLT
Valentina on May 18, 2009 at 10:14 AM CLT
por: pachita on May 18, 2009 at 10:23 AM CLT
Luis Peñaloza on May 18, 2009 at 10:25 AM CLT
por: pachita on May 18, 2009 at 10:26 AM CLT
moisés on May 18, 2009 at 10:41 AM CLT
MAURO on May 18, 2009 at 10:47 AM CLT
Carolina on May 18, 2009 at 11:42 AM CLT
Jorge on May 18, 2009 at 01:11 PM CLT
KATTO on May 18, 2009 at 01:26 PM CLT
Lady Sherman on May 18, 2009 at 07:40 PM CLT
denis alexis on May 18, 2009 at 09:56 PM CLT
Para Denis Alexis on May 18, 2009 at 11:25 PM CLT
por: cecilia on May 19, 2009 at 05:09 AM CLT
paola on May 19, 2009 at 09:50 AM CLT
Enrique on May 19, 2009 at 01:18 PM CLT
susana on May 20, 2009 at 07:32 PM CLT
papelucho on May 21, 2009 at 07:56 AM CLT
por: gaston on May 31, 2009 at 10:53 PM CLT
susy on August 08, 2009 at 11:25 AM CLT
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