José Ramón Valente

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Si no puedes contra ellos... ¡sube el tipo de cambio! I parte

Aug. 16 , 2009

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Publicada en Negocios, La Tercera.

La irrupción de China e India, entre otros muchos países que se incorporaron más plenamente a la economía global en los últimos 15 años, ha significado un tremendo desafío para países como Chile. Nos hemos beneficiado como consumidores del acceso a productos y servicios a precios muy inferiores a los previos. Pero, por otra parte, los 16 millones de chilenos tenemos que competir con cerca de 2.500 millones de trabajadores, ahora incorporados a la economía global y ávidos de producir bienes y servicios que antes podríamos haber hecho nosotros. Peor aún, ellos están dispuestos a trabajar por menos plata que nosotros.

Esto no ha sido un fenómeno que haya ocurrido de la noche a la mañana. Es una tormenta de avance lento y predecible, para la cual muchos países se prepararon con la debida antelación.

¡Y Chile no lo hizo!

Para prepararnos había que hacer que nuestros compatriotas adquirieran nuevas habilidades, de manera que pudieran pasar de los trabajos básicos y rutinarios, que probablemente tomarían primero los trabajadores chinos, a ser capaces de desarrollar tareas más complejas. Había que pavimentarles la carretera del desarrollo de iniciativas a los emprendedores, simplificando la regulación y disminuyendo la burocracia. No podíamos dar ventajas teniendo costos de energía más altos que nuestros competidores.

A pesar de que gastamos plata en educación, no fuimos capaces de mejorarla. A pesar de que hablamos de reforma al Estado, nunca la implementamos. Nos demoramos años en salir del asombro cuando los argentinos dejaron de mandarnos gas, lo cual multiplicó nuestros costos de energía y, a pesar de que construimos carreteras y privatizamos la administración de algunos puertos, nuestro esfuerzo por construir una infraestructura de clase mundial quedó a medio camino.

Los países que sí hicieron lo que nosotros no hicimos están hoy en la privilegiada situación de vender caro y comprar barato.
Venden cara las horas de sus trabajadores altamente calificados transformadas en tecnología, diseño de avanzada, consultas médicas o servicios financieros. Y compran barato los juguetes, televisores y cuanto producto manufacturado se produce en China, y los servicios de telefonista, traducción y secretariado que se ofrecen desde India. Estos son países como EEUU y su Silicon Valley, Italia y sus diseñadores, España y su turismo o Hong Kong y Singapur con sus servicios financieros.

A nosotros definitivamente se nos pasó el tren. Prueba de ello es el bajísimo crecimiento de nuestro país en la última década, no sólo comparado con la década anterior, sino que con el resto de las economías emergentes, el mundo entero y, en los últimos años, incluso con otros países de Latinoamérica, como Perú, Colombia y Brasil. La recesión en la que está sumido Chile, con una caída esperada para el PIB cercana a 1,5% para este año, es una de las más severas de la región y una nueva confirmación de la debilidad competitiva de la economía chilena. Si ahondamos un poco más, podemos observar que nuestros trabajadores, en vez de volverse más productivos, se están volviendo menos productivos: se requieren cada vez más personas para hacer el mismo trabajo y producir los mismos bienes. Hacer las cosas mejor, es decir hacer más con menos, fue la principal herramienta de Chile en sus años de alto crecimiento entre 1985 y 1996.

Hoy ese impulso creativo está sofocado por la regulación, la burocracia y la falta de inversión. Nuestro país se ha transformado en una nación que progresa poco, porque sus trabajadores no tienen las herramientas necesarias para competir en un mercado global con los trabajadores del resto del mundo. En algunos casos, porque su trabajo es de muchísimo más valor, como, por ejemplo, un ingeniero informático del Instituto Tecnológico de Massachusetts. En otro, porque siendo un trabajo similar al que podríamos realizar, nuestra competencia cobra menos, como es el caso de una telefonista bilingüe en India.

Chile se está quedando sólo con las ventajas que le regaló Dios, el clima y el cobre.

Es precisamente porque el precio del cobre ha estado por las nubes en los últimos cuatro años que no hemos sentido con tanta fuerza los efectos negativos del deterioro de nuestra competitividad.

Chile es como un trabajador a quien nadie quiere contratar por el sueldo que pretende y que inesperadamente recibe la herencia de una tía difunta.

Aunque pudiera, Chile no debería permitirse vivir sólo del cobre.

¿Qué clase de sociedad tendríamos en un país donde la profesión más lucrativa es pelear por el pedazo de los ingresos del cobre que cada cual cree tener derecho a recibir? Probablemente, una llena de huelgas, oportunistas y desempleados mantenidos por el Fisco.

Desafortunadamente, lo que Chile no hizo en los últimos 10 años no se puede hacer de la noche a la mañana. Lo que no significa que no haya que empezar lo antes posible. Mientras tanto, la única salida es hacernos competitivos a la fuerza; es decir, subiendo el tipo de cambio. Esto abarata automáticamente los productos y servicios que los chilenos ofrecemos en el extranjero y encarece los bienes y servicios que compramos desde allá.

Lamentablemente, tener un tipo de cambio más alto no parece ser ni la visión ni la prioridad del gobierno, lo cual se hizo evidente cuando hace algunos meses decidió, entre las opciones disponibles, vender US$ 3.000 millones en el mercado local para comprar los pesos para financiar su déficit fiscal de este año. A esto se suma que los inversionistas alrededor del mundo, entusiasmados con la pronta reactivación del crecimiento en China, están ávidos de comprar activos en países emergentes. Una forma fácil y rápida de comprar activos chilenos es invertir en el peso chileno. El alto precio del cobre le da tranquilidad al mercado de que Chile contará con las reservas suficientes en caso de que el gobierno decida seguir aumentando su gasto o que los inversionistas extranjeros decidan vender sus activos en pesos.

Todo lo anterior conforma un cóctel antiaumento del tipo de cambio difícil de combatir. Pero no imposible. Los países asiáticos lo ha n hecho y Chile lo hizo en la segunda mitad de los 80 y principios de los 90. Tener una política que fomente la inversión en el sector exportador no es una opción para Chile, sino una necesidad. Para analizar las alternativas, habrá que esperar la próxima columna.

Tener una política que fomente la inversión en el sector exportador no es una opción para Chile, sino que una necesidad.



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