Ganadores, perdedores, especuladores y ventajistas
Jun. 27 , 2011
Publicado en La Tercera el 26 de junio del 2011
En la antigua Grecia, la vida se caracterizaba como una combinación de tragedia y comedia. Esto permitía acomodar no sólo los acontecimientos de la vida real, sino que también la diversidad de personajes que participan en ella. Buenos, malos, musas, galanes, bufones y siniestros, todos tienen cabida en el teatro de la vida real. De esta manera, cuando un acontecimiento alcanza dimensiones suficientes como para llamar la atención de todos los actores sociales, la ficción se convierte en realidad y vemos a los personajes del teatro en nuestras pantallas de televisión, en la radio y en las portadas de los diarios.
Lo de La Polar es, ciertamente, un escándalo e involucra de alguna manera, ya sea como clientes, accionistas o afiliados a una AFP a millones de chilenos, por lo mismo los personajes de nuestra sociedad no han tardado en hacer su aparición.
A estas alturas, sabemos con bastante certeza que durante varios años la aludida multitienda cometió un doble engaño. Por un lado, renegoció las deudas impagas de sus cliente sin el conocimiento y menos el consentimiento de ellos y, por otro, no registró como tales en sus libros de contabilidad dichos créditos, lo cual le permitió abultar significativamente sus ingresos y sus utilidades. El resultado final de este ardid fueron clientes endeudados hasta los dientes y accionistas y acreedores que financiaron lo que creían era un buen negocio y que terminó siendo una gran mentira.
Los clientes de La Polar son personajes destacados de esta obra y, a la vez, muy complejos de caracterizar. Son, en principio, los grandes perdedores y las principales víctimas de este fraude. Sin embargo, entre ellos hay gente honesta que se endeudó y luego pagó sus deudas a tiempo, como lo haría todo buen ciudadano; están los que se endeudaron y, por circunstancias de la vida, no pudieron pagar a tiempo, aunque hubieran querido hacerlo, y finalmente están los que se endeudaron e incluso pidieron avances en efectivo sin haber tenido nunca la mínima intención de pagar sus deudas. Hoy es muy difícil distinguir entre buenos y malos, y hay un gran riesgo de que al final de este caso las personas más honestas y esforzadas, los buenos pagadores, sean los más perjudicados entre todos los clientes. En efecto, las irresponsables declaraciones de los bufones que llaman a todos los clientes de La Polar a no negociar con la empresa y derechamente a no pagar las deudas, que sin más antecedentes que sus propias convicciones siembran la duda respecto de los créditos otorgados por otras casas comerciales y que pretenden que se regule en caliente las condiciones en que operará este importante sector de nuestra economía, pueden terminar produciendo una drástica disminución de la disponibilidad de crédito para los sectores más necesitados de nuestra población. Las abultadas pérdidas que ha reconocido La Polar por los créditos otorgados a sectores C3 y D ya han sembrado un manto de dudas sobre la viabilidad de otorgarles crédito a estas personas, si además legitimamos moralmente el no pago de los compromisos adquiridos, como parecen sugerir connotados personajes de nuestra sociedad, la disposición a prestarles a estos sectores podría reducirse significativamente por un largo período, lo cual asestaría un duro golpe al bienestar de nuestra emergente clase media. No debemos dejar que aquellos que quieren sacar una ventaja política de este escándalo se salgan con la suya y lo hagan, como muchas veces ocurre, a costillas de los más vulnerables de nuestra sociedad.
Los accionistas y acreedores (bancos y tenedores de bonos) han sido también protagonistas importantes de esta historia. Una primera mirada también los pone a ellos, al igual que los clientes, en la categoría de perdedores y víctimas de este fraude. En efecto, fue con sus dineros que los ejecutivos de La Polar pudieron perpetrar sus fechorías y ahora que se destapó la olla, no son pocos los accionistas y acreedores que observan atónitos cómo el dinero que ellos invirtieron en la compañía, con la esperanza de que se multiplicara, se esfumó, simplemente ya no está. Siendo así las cosas, cabe hacerse la pregunta: ¿Dónde están esos recursos? Bueno, están en los sueldos de miles de empleados que probablemente nunca debieron haberse contratado, están en las manos de los ejecutivos que se pagaron bonos sobre utilidades que nunca existieron, están en los televisores de plasma de los clientes que nunca pagaron sus deudas y están también en las manos de los accionistas que invirtieron en la Polar y tuvieron la habilidad o la suerte de vender sus inversiones antes de que explotara la bomba. Todos estos son ganadores en este lamentable episodio.
Resulta interesante constatar que aunque entre los accionistas y acreedores de La Polar ciertamente hay muchas víctimas, también hay otros que no lo son tanto. En efecto, desde hace meses o incluso años había información en el mercado de que los números financieros de La Polar no concordaban con los de las otras casas comerciales, más aún, a fines del año pasado la empresa ya había anunciado la necesidad de hacer provisiones adicionales en su cartera de crédito. De manera que en alguna medida quienes compraron recientemente acciones y bonos de La Polar y quienes otorgaron créditos a la multitienda en el último tiempo, lo hicieron sabiendo que esta era una empresa de mayor riesgo que las demás. Obviamente, nunca imaginaron que el riesgo era de la envergadura que hemos conocido y menos que se había fraguado al interior de la empresa un fraude de proporciones. Aun así es válido señalar en este caso que las pérdidas de algunos inversionistas son consecuencia de los riesgos asumidos. Esto es especialmente válido para los especuladores, en el buen sentido de la palabra, que en las últimas semanas vieron la oportunidad de comprar lo que ellos estimaban que eran acciones y bonos muy baratos y se pillaron los dedos en la puerta.




