El cambio: un imperativo del sentido común
Jun. 21 , 2009
En una entrevista reciente en el programa Terapia Chilensis de radio Duna, Héctor Soto y Fernando Villegas me preguntaron si las diferencias entre los economistas de distintas tendencias políticas eran muy significativas. La pregunta surgió en alusión un artículo que Oscar Landerretche publicó en revista Qué Pasa hace un par de semanas y que yo comenté por ese mismo medio una semana después.
Del artículo escrito por Oscar Landerretche se desprendía que las diferencias entre economistas de izquierda y derecha, como los clasifica él, serían bastante significativas. En mi artículo, en cambio, yo señalo que comparto la definición dada por Milton Friedman, en el sentido de que el mundo de los economistas no se divide entre especialistas de izquierda o de derecha, sino más bien entre buenos y malos economistas. En esa categorización, mi impresión es que las diferencias entre los economistas son mucho más acotadas que las que sugiere Oscar Landerretche.
Al interior del círculo de los que Friedman denomina "buenos economistas", es perfectamente posible la coexistencia de economistas que presenten diferencias respecto del tamaño que debiera tener el Estado, de cuán regulada tendría que ser tal o cual industria, o de si las políticas monetaria y fiscal debiesen ser más o menos agresivas durante una recesión. Por lo mismo, en las democracias más maduras de Europa y Estados Unidos es posible encontrar buenos y malos economistas a ambos lados del espectro político.
Las grandes diferencias ideológicas que determinaban las políticas económicas que se aplicaban en distintos países, hasta los años ochenta, han tendido a converger durante los años noventa y posteriores.
La virulencia de Landerretche contra sus colegas sólo se explicaría porque muchos en la Concertación, como él, creen que exacerbando las diferencias ideológicas entre economistas de izquierda y de derecha podrán cargarle el peso de la actual crisis económica a estos últimos.
Sin embargo las recientes elecciones del Parlamento europeo, que fueron ganadas por la derecha en medio de la peor crisis económica de los últimos cincuenta años, el liderazgo en las encuestas de Sebastián Piñera y la alta aprobación de la gestión del ministro Andrés Velasco, son evidencia contundente de que lo que realmente le importa a la gente no es la ideología de sus líderes, sino que la capacidad de éstos de hacer las cosas bien. En ese sentido, la alta aprobación de Velasco y el liderazgo de Piñera en las encuestas son dos caras de la misma moneda.
Por lo mismo, mi respuesta a los panelistas de Terapia Chilensis fue que, en los márgenes actuales de la discusión, las diferencias sobre el tamaño del Estado y la regulación de la economía eran bastante irrelevantes al compararlas con las coincidencias que había, entre los buenos economistas, en torno de la necesidad de mejorar la eficiencia con la que el Estado gasta los cuantiosos recursos de que dispone, la necesidad de mejorar la calidad de la educación y la necesidad de retomar un ritmo mayor de crecimiento económico para generar más y mejores empleos.
Un desilusionado Fernando Villegas acotó que esos no eran temas técnicos de los economistas, sino que la simple aplicación del sentido común. No puedo sino estar de acuerdo con él y con la gran mayoría de los chilenos que hoy claman en las encuestas por un cambio de conducción de este país, donde precisamente sea el sentido común y la pasión por hacer bien las cosas lo que prime por sobre las diferencias ideológicas, los cuoteos políticos y el aferrarse al poder sólo por el poder.




