José Ramón Valente

Blog

 

Compasión que crea confusión

Oct. 24 , 2011

0 Comments

 Publicado en La Tercera, 23 de octubre del 2011

Empatizar con los problemas de la clase media es una cosa. Alentar la idea de los políticos de izquierda -y de algunos que se dicen de derecha- respecto de que dichos problemas son causados por la injusticia social, es otra muy diferente.

La visión  maquiavélica de que las diferencias de ingresos en un país como Chile  se producen por la acción premeditada y despiadada de un grupo minoritario de compatriotas, que abusa de una gran mayoría de chilenos indefensos, pudo haber sido creíble en el siglo IXX, pero no en el mundo de hoy.
 
Las diferencias de ingreso entre los chilenos son evidentes, nadie podría negarlas o esconderlas, pero las causas de estas diferencias no hay que buscarlas en la explotación y el abuso. Primero que todo recuerde que los ingresos se ganan, no se distribuyen. Es decir, no hay un poder central decidiendo que unos chilenos ganen más y otros menos, son las personas las que ganan más o menos, dependiendo de sus habilidades, la educación y preparación que hayan recibido, el esfuerzo que realicen, sus gustos y la suerte que tengan en la vida, entre otros muchos factores más. Además, creer que el Estado puede eliminar dichas diferencias, es  simplemente desconocer la historia.
 
El Estado tomó el control casi absoluto de la economía en la mayoría de los países de América Latina en la segunda mitad del siglo XX. Quienes alentaron dicha idea lo hicieron con la esperanza de encontrar en esa fórmula la equidad, igualdad y justicia social. Sin embargo, el resultado fue atraso económico, pobreza, polarización política, violencia y quiebres de la democracia. Lo mismo ocurrió en la China de Mao y los países que conformaron la unión soviética.

La historia del siglo pasado y el triste espectáculo de Grecia y varios otros países europeos, nos recuerdan que no debemos confiar en la promesa de que el Estado nos resolverá todos los problemas. El Estado puede ayudar a nivelar la cancha, pero no puede jugar el partido por nosotros. Son las personas las que tienen que tomar las riendas de su destino, utilizando todas las herramientas que están a su alcance.

El Estado es campeón para hacer promesas a largo plazo que no puede cumplir. Los indignados que hoy protestan por todo el mundo lo hacen porque se les prometió un mundo que nunca fue. Un mundo donde la educación y la salud eran gratis y donde si no se trabajaba no importaba, porque el Estado proveía subsidios de desempleo por el tiempo que fuese necesario. Pero eso duró un par de décadas. Hoy sólo quedan las deudas que en parte debe pagar una generación que ni siquiera pudo aprovechar los beneficios el mundo de fantasía que se construyó con esa plata.

Quienes claman en Chile  por la gratuidad de las cosas y quieren que la cuenta se pague con los impuestos a los ricos, debieran hacer un mínimo de esfuerzo por mirar mas allá y observar la calamitosa situación que este tipo de políticas ha generado en los países europeos. Además, podrían darse la molestia de revisar las cifras de ingreso de Chile. Muy por el contrario de lo que muchos vociferan hoy, está lejos de ser un país rico. No hay ninguna posibilidad práctica de que el 1% de los chilenos, los únicos que coinciden con la noción de "ricos" que tiene la gente,  pague la cuenta de otro 99% de los chilenos.

Durante el siglo pasado los ciudadanos en decenas de países se dejaron seducir o fueron forzados a aceptar, la idea de que se podía lograr igualdad eliminando a los explotadores y cambiando el sistema que los engendraba y protegía. El resultado de este experimento social fue desastroso. Más recientemente, la bonanza económica que se produjo en el mundo en las décadas del 90 y 2000, hizo que los gobiernos de varios países ofrecieran a sus ciudadanos el paraíso en la tierra. Por algunos años dicha promesa pareció cumplirse, pero las deudas evidenciaron que el mundo sigue tan terrenal como siempre. Las cosas no son gratis por más que los políticos quieran decir lo contrario. Todavía las cuentas tarde o temprano se pagan y la riqueza no se produce por generación espontánea, si no que es el resultado del trabajo y el esfuerzo.

No vamos a lograr que los chilenos tengan ingresos más parecidos, sólo porque el Estado promete hacerlo. Esa promesa nunca ha dado resultado. En cambio si Chile persevera por el camino que ha venido recorriendo en los últimos 25 años, esto es, crecimiento económico que genera más empleo y mayor acceso a la educación, todo indica que, aunque no inmediatamente, los chilenos sí lograrán dicho objetivo. La evidencia de que las generaciones más jóvenes, que han tenido mayor acceso a la educación y a un trabajo, han ido logrando reducir las diferencias de ingresos que exhibían las generaciones anteriores es contundente. La evidencia de que más impuestos y un Estado más grande, no es garantía de mayor igualdad, también lo es.
 



Post a Comment:
  • Quedan 500 caracteres

  • HTML Syntax: NOT allowed

Enlaces

Feeds