In Memoriam: Mónica la díscola
Oct. 12 , 2009
Ser díscolo en Chile es difícil. Digo, verdaderamente díscolo, como esos que se meten de verdad en las patas de los caballos y no sólo para "posicionarse" en los mercados de la notoriedad.
Visto así, sólo he conocido uno. Pero, comprensiblemente, no era díscolo, sino díscola. Digo "comprensiblemente", porque no me van a negar que aquí son las mujeres -de derechas o de izquierdas- las que suelen atacar de frente en las situaciones límites.
Esa díscola era Mónica Madariaga, con quien cultivamos una buena amistad a fuerza de estar en desacuerdo en todo. Ella, porque era insolentemente conservadora. Yo, porque me creía científicamente socialista. Ambos, porque nos fascinaba cotejar nuestros dogmas, en una época en que el debate existía de verdad.
De algún modo, el escenario nos obligaba: durante más de un quinquenio tuvimos oficinas contiguas en el Olimpo. Así le decían los funcionarios de abajo al Departamento Jurídico de la Contraloría General, que vivía su época de oro, bajo el mando de Enrique Silva Cimma.
Entonces solía toparme, en la antesala común, con un oficial militar de bigotito y maletín que la visitaba. Un día le pregunté si era un nuevo "pinchecito" y Mónica soltó su carcajada. "No, mi amor, si es mi primo Augusto". Agregó una explicación cómplice: ella le estaba revisando un libro muy importante que él había escrito. Años después entendí que eran las pruebas de Geopolítica, ese gran refrito de otros autores que, obvio, sólo fue publicado después de 1973.
Por eso, desde el exilio, no me sorprendió que Mónica llegara al gobierno de ese primo. Pero sí me sorprendió lo poco que cuidó su área de poder, que no era chica. Con su desparpajo de siempre, solía burlarse de los militares al mando de las universidades, de los "calzonudos" que rodeaban a Augusto (como siguió diciéndole) y nunca captó que estaba invadiendo la esfera de influencia de su prima Lucía. Tal vez creyó que iba a pasar tan piola como en el entrañable Olimpo, donde lo más grave que le decía el paternal Contralor es que parecía "un mono con navaja".
Cuando volví a verla, un mediodía de 1986, ella venía de vuelta de la dictadura y yo llegaba a reportear a Chile tras once años de exilio. En su oficina de abogado, entre café y masitas, me contó sus discolerías internas y su fascinación por Felipe González, a quien conoció como embajadora ante la OEA: "Nunca conocí un político tan inteligente". Al parecer, el sevillano le había dedicado un tiempo largo y cordial, pero también discreto, pues no lo beneficiaba aparecer del brazo con una personalidad de la dictadura chilena.
En la tarde de ese mismo día recibí un mensaje telefónico en la casa donde paraba. Mónica me decía que sintonizara radio Santiago, a la hora de su comentario habitual. Lo hice y escuché una larga alusión a lo que habíamos conversado y un apasionado alegato contra el exilio. Esa medida que condenaba a los chilenos "por el delito de pensar de modo distinto al oficial".
Durante los últimos años mantuvimos contacto por email. Siempre sobre temas-país, jamás sobre temas-enfermedad, pues ella se negaba a lucir victimizada. El caso es que se fue para siempre la semana pasada y yo no pude responder su último correo.
Por eso, desconociendo su nueva dirección, ahora le respondo en público, para confirmarle lo que ambos aprendimos en la Contraloría: que los amigos están por sobre las discrepancias políticas. También para decirle que no me sorprenderé si sigue alegando apasionadamente, con quien se atreva a discutirle y dondequiera ella esté.
Mónica siempre fue un alma libre y seguirá siendolo en el más allá.




