La Tormenta: Maestría Rusa
Jan. 28 , 2011
Publicado por La Tercera, 28 de enero de 2011
La obra La tormenta es la más popular del ruso Alexander Ostrovsky (1823-1886), al punto que durante décadas se le representaba, ritualmente, durante ocho días en la ciudad de Torshok, de donde el autor extrajo esta historia y sus personajes. Originalmente se trata de un texto extenso y profuso, que la Compañía Pushkin Drama Theatre-Magnitogorsk sintetizó al máximo, quedándose para esta representación con el esquema básico de su argumento y de sus protagonistas. Su reconstrucción se consigue gracias a la acumulación de cuadros breves, casi fragmentarios.
Ostrovsky fue una especie de adelantado a los temas que después, a fines del siglo XIX, su compatriota Chéjov desarrollaría con amplitud. Se trata de un teatro esencialmente realista, que aspira a recrear el fondo de lo que se ha llamado "el alma rusa": su carácter, sus íntimas aspiraciones, sus pasiones más enérgicas y las culpas que acarrea la religión cristiana. Todo ello se vuelca aquí en la familia de una patriarca de provincia, la Kabanova (Nadezda Lavroba), mujer dominante sobre la cual gira el resto. Su nuera Katerina (Maria Mavrina) se asfixia al lado de su mediocre marido Tikhon (Vladimir Bogdanov), con quien no puede tener hijos y al que engañará con un joven recién llegado desde Moscú. Este acontecimiento provoca un desenlace infortunado, aunque esperable. Katerina representa esas oscuras ansias de huir de la mediocridad y de la monotonía que la circunda, anticipando a varias protagonistas femeninas de la literatura y la dramaturgia rusas.
Aquí se privilegian los aspectos escénicos, más que los verbales. La marcada gestualidad de los personajes, sus largos silencios, la conmovedora presencia de la música, los movimientos a veces ceremoniales y llenos de humor, la fuerza metafórica de ciertos objetos, los bailes y los juegos de desplazamientos constituyen el eje expresivo a través del cual se trasmiten emociones y sensaciones, más que conceptos. El imponente diseño es el corazón de esta propuesta: tablones que suben y bajan para insinuar diversos espacios y una fosa con agua que vemos a través de espejo oblicuo sobre el escenario, son parte indisoluble de la naturaleza de sus personajes.
De esta forma, una obra que al comienzo nos resulta algo extraña, o al menos poco habitual, nos va envolviendo en su particular estética, hasta convencernos de que estamos frente a un montaje sobresaliente. Como su título lo indica, en La tormenta el agua cumple una función clave y múltiple en sus significados, desde servir de purificación física y espiritual, hasta ser una advertencia de la tragedia que se aproxima. Y aunque muchas referencias culturales y códigos específicos quedan sin descifrar, el espectáculo en su conjunto constituye una lección de calidad y teatralidad.
Ostrovsky fue una especie de adelantado a los temas que después, a fines del siglo XIX, su compatriota Chéjov desarrollaría con amplitud. Se trata de un teatro esencialmente realista, que aspira a recrear el fondo de lo que se ha llamado "el alma rusa": su carácter, sus íntimas aspiraciones, sus pasiones más enérgicas y las culpas que acarrea la religión cristiana. Todo ello se vuelca aquí en la familia de una patriarca de provincia, la Kabanova (Nadezda Lavroba), mujer dominante sobre la cual gira el resto. Su nuera Katerina (Maria Mavrina) se asfixia al lado de su mediocre marido Tikhon (Vladimir Bogdanov), con quien no puede tener hijos y al que engañará con un joven recién llegado desde Moscú. Este acontecimiento provoca un desenlace infortunado, aunque esperable. Katerina representa esas oscuras ansias de huir de la mediocridad y de la monotonía que la circunda, anticipando a varias protagonistas femeninas de la literatura y la dramaturgia rusas.
Aquí se privilegian los aspectos escénicos, más que los verbales. La marcada gestualidad de los personajes, sus largos silencios, la conmovedora presencia de la música, los movimientos a veces ceremoniales y llenos de humor, la fuerza metafórica de ciertos objetos, los bailes y los juegos de desplazamientos constituyen el eje expresivo a través del cual se trasmiten emociones y sensaciones, más que conceptos. El imponente diseño es el corazón de esta propuesta: tablones que suben y bajan para insinuar diversos espacios y una fosa con agua que vemos a través de espejo oblicuo sobre el escenario, son parte indisoluble de la naturaleza de sus personajes.
De esta forma, una obra que al comienzo nos resulta algo extraña, o al menos poco habitual, nos va envolviendo en su particular estética, hasta convencernos de que estamos frente a un montaje sobresaliente. Como su título lo indica, en La tormenta el agua cumple una función clave y múltiple en sus significados, desde servir de purificación física y espiritual, hasta ser una advertencia de la tragedia que se aproxima. Y aunque muchas referencias culturales y códigos específicos quedan sin descifrar, el espectáculo en su conjunto constituye una lección de calidad y teatralidad.
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